martes. 18.06.2024

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Confianza es una palabra mágica en el escenario del teatro capitalista. Tanto que existen metodologías variadas para cuantificarla y organismos dedicados a hacerlo. Se mide puntualmente, mes a mes, la de los empresarios, los inversores o los consumidores. Sus oscilaciones inciden sobre los movimientos bursátiles y las políticas económicas públicas y privadas. Imagínese un hospital donde los médicos actuaran basándose en las fluctuaciones de la fe de los pacientes en su competencia. O una pareja que funcionara según los cambios mensuales en la apreciación de uno respecto al otro y viceversa. 

De todas las confianzas de las que dependen las decisiones de gobiernos, financieros, gestores o accionistas, la más esperada, deseada e implorada es la de los mercados. Esta entidad, metafísica y casi sobrenatural, tiene en vilo a los poseedores y administradores de los dineros, las fortunas individuales y las arcas del Estado. Alcanzarla es el sueño húmedo de todos ellos, en especial de unos dirigentes que, aunque electos, saben que tenerlos contentos es esencial para que su silla no se mueva. Pero ganarla no es gratis, cuesta lo suyo. Y se paga con sudor, mayoritariamente de aquellos que no tienen una idea siquiera aproximada de qué son los mercados, ni de por qué hay que tenerlos contentos. Por eso las élites no tienen problema en aplicar las temibles dietas de adelgazamiento recomendadas por la Doctora Austeridad. A ellas no las afectan, siguen viviendo en su burbuja impermeable, sentadas sobre blandos cojines de prebendas y beneficios. Tampoco les preocupa que sea necesario en algún momento acudir al último recurso: someterse a la férrea disciplina de estricta gobernanta propia del FMI y demás prestamistas usureros. Estos no solamente se van a cobrar su libra de carne, rebañando más si tienen oportunidad, sino que ninguna regulación va a impedirles desangrar al paciente hasta su agonía y muerte. Aquí Porcia no tendría mucho porvenir.  

De todas las confianzas de las que dependen las decisiones de gobiernos, financieros, gestores o accionistas, la más esperada, deseada e implorada es la de los mercados

En la sacrosanta confianza de los mercados en los Estados juegan un papel desmesurado unos extraños conglomerados llamados agencias de calificación. Al igual que los mosqueteros, son tres: Standard & Poor's, Moody’s y Fitch. Solo que estos son los malos de la película. Sus veredictos, cuya racionalidad, incluso desde el punto de vista neoliberal, queda por demostrar, pueden hundir la economía de una nación. Cambiando A por B, retirando una letra, añadiendo un + o un –, transformando una mayúscula en minúscula, se disparan las primas de riesgo. Un día tonto de una agencia, y las finanzas estatales sufren un hachazo demoledor. Como funcionan en cadena, a las bajadas de nota de una siguen la de otra y enseguida la tercera. Lo que debes abonar por tu deuda se hace tan oneroso que literalmente te sacan del mercado. Nadie te presta, y aunque lo hicieran, nunca podrías devolverlo. Esto te obliga a aflojar el pizzo al padrino de turno, normalmente el FMI. 

Muchos han pasado por esta tesitura en décadas recientes. Recordemos los rescates de Irlanda, Portugal o España. Sí, ese salvamento para nuestros bancos presentado como un préstamo en condiciones muy favorables que nos dejó molidas las espaldas. Pero el caso más patético fue el de Grecia, lanzada a los pies de los caballos de la Troika sin que apenas voces se levantaran contra aquel atropello indecente. El truco de estos hermanos Dalton de la calificación es que intervienen en inversiones cruzadas con otros agentes financieros. En otras palabras, son juez y parte, policía, fiscal y carcelero, todo en uno. Esta versatilidad capitalista que algunos consideran digna de elogio es causa de elegía por sus víctimas. 

El caso más patético fue el de Grecia, lanzada a los pies de los caballos de la Troika sin que apenas voces se levantaran contra aquel atropello indecente

El sistema vigente confía a pies juntillas en la confianza. Podríamos deducir que debe de ser un valor al que otorga importancia trascendental, y que, si la exige, es porque en reciprocidad la ofrece. Pensaríamos que sus gestores económicos, sociales y políticos dedican ingentes esfuerzos a regular y controlar las conductas, de modo que el dinero de todos y la riqueza del país están en buenas manos. 

Cualquiera puede aportar multitud de testimonios de que esto es falso. Empresas públicas como el canal de Isabel II se usan para oscuros negocios que reportan comisiones transportadas en bolsas de toallas en Cartagena de Indias. Aparece 1 millón de euros en un altillo, con toda evidencia producto de triquiñuelas urbanísticas, y se atribuye a la generosidad de algún empleado de Ikea. Las Ciudades de la Justicia de Madrid, de la Cultura de Galicia o del «qué verde era mi valle» de Castilla y León se convierten en fiascos superlativos que dejan millones de euros por el camino. Esto no impide que sus artífices vuelvan a ganar elecciones, y aleguen tal muestra de irresponsabilidad colegiada como prueba absolutoria. Grandes constructoras y proveedores estimulan con suculentas sumas a partidos a fin de conseguir contratos públicos. El control de las petroleras, las eléctricas o las telecos se hace virtualmente inviable, dadas las decenas de exministros colocados en sus consejos o en puestos de alta (di)gestión. La corrupción campa a sus anchas en los niveles estatal, regional o municipal. Los organismos reguladores, del mercado de valores (CNMV) o de la competencia presentan balances gruyère, repletos de agujeros. 

El control de las petroleras, las eléctricas o las telecos se hace virtualmente inviable, dadas las decenas de exministros colocados en sus consejos o en puestos de alta (di)gestión

Sin embargo, la teoría económica es otra cosa. ¡Ellos sí que saben, ojalá les hiciéramos caso…! Repasemos sus mantras de la hipótesis del mercado eficiente y la elección racional. Según Tony Judt, vienen a significar que «provistos de la suficiente información correcta sobre los mercados –tanto los reales como las instituciones en las que se compran y venden acciones y bonos– tomaremos las mejores decisiones posibles para nuestro beneficio individual y colectivo» (Algo va mal). Por supuesto, uno es muy libre de creer esto. También hay gente convencida de que la Tierra es plana, en el área 51 se guardan cadáveres de alienígenas y Elvis está vivo. Pero que los mercados sean entes merecedores de confianza entra dentro de las leyendas urbanas más disparatadas. Como señala el gran ensayista británico, «la naturaleza de la competencia económica implica que el participante que rompe las leyes triunfa –al menos a corto plazo– sobre sus competidores con más sensibilidad ética». La malicia, el fraude, el cinismo, la deshonestidad, la inmoralidad y la falta de autocontrol son requisitos básicos del éxito en el mundo actual de los negocios.

Para no abonar la idea de que «Spain is different», vamos a examinar un ejemplo de corrupción ultramarina. Su similitud con casos europeos, y en concreto peninsulares, habla a las claras de la universalidad del fenómeno. Algo antes de 2010, un informe interno del Gobierno de EE. UU. determinó que el Servicio de Gestión de Minerales vivía «una cultura de quiebra ética». Funcionarios adscritos a ese organismo habían aceptado regalos y «bebían habitualmente alcohol en citas de empresas del sector, habían consumido cocaína y marihuana, y habían mantenido relaciones sexuales con representantes de esta industria» (Klein Esto lo cambia todo). Es razonable que, según un sondeo de 2013, apenas un 4 % de los estadounidenses considere a las petroleras honradas y de confianza

«Seríamos capaces de apagar el sol y las estrellas porque no dan dividendos». De hecho estamos destruyendo el planeta, la vida y los mares porque ninguno cotiza en Bolsa

Esta historia nos enseña, aparte del parecido con volquetes y ordinarieces de nuestros sospechosos locales, que no solo es falso que compañías, instituciones y mercados sean de fiar, sino que una enorme masa de la población, incluyendo votantes conservadores, sabe que no lo son. Pese a todo, portavoces varios y grandes medios insisten una y otra vez en negar la evidencia. Esta obstinación en hacernos ver el sol cuando es de noche y no estamos en Laponia es connatural a una visión burguesa del mundo. Se creen capaces de convencernos de cualquier cosa. El paisaje con figuras que se extiende ante nosotros tiene título: «Este sistema es perverso. Es necesario reiniciarlo». Aun así, se nos presenta a modo de idilio pastoril con algún pequeño desgarrón. El viejo truco de que el sistema en sí es perfecto, sus desajustes son asunto de unos cuantos malvados, hay corruptos y corruptores coyunturales, y de no ser por eso, todo iría como la seda. 

Pero sabemos, y ellos también, que la podredumbre es estructural. Y la cosa no es de hoy. Recordemos unas frases de John Maynard Keynes, ese economista británico tan odiado por los cuarenta ladrones de la cueva académica neoliberal: 

En vez de utilizar sus recursos técnicos y materiales […] para construir una ciudad maravillosa, los hombres del siglo XIX construyeron suburbios deprimentes […] que según los criterios de la empresa privada eran "rentables" mientras que la ciudad maravillosa […] habría sido una extravagancia que, en la estúpida jerga de la moda financiera, habría "hipotecado el futuro".

En su tiempo como en el nuestro, el ansia de lucro, el beneficio a toda costa, seguía siendo la única meta. «Seríamos capaces de apagar el sol y las estrellas porque no dan dividendos». De hecho estamos destruyendo el planeta, la vida y los mares porque ninguno cotiza en Bolsa. 

La confianza