viernes. 21.06.2024
Edward Bernays & Joseph Goebbels, los titanes de las comunicaciones estratégicas

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Ese engendro mental llamado creacionismo ofrece un ejemplo modélico de permanencia en candelero de ideas manifiestamente falsas. Nació hace algo más de un siglo en los EE.UU. cuando, al aumentar el número de estudiantes de secundaria, el evolucionismo alcanzó los oídos de amplias capas de población. Los guardianes de la moral y las esencias del puritanismo, que transportaron allende el Atlántico los carcas del Mayflower y demás padres peregrinos, se alzaron contra tamaño desafuero. ¡Hasta ahí podíamos llegar, mancillar con sacrílegas evidencias científicas los virginales oídos de los jóvenes! 

En 1925, la ley Butler prohibió la enseñanza sobre la evolución humana en el estado de Tennessee. El profesor John Scopes, en un juicio que marcó época, fue condenado por infringir la norma. Más tarde se revocó la sentencia, pero por razones técnicas que no entraban al fondo de la cuestión. Esa y otras leyes estatales siguieron en vigor, al menos teórico, hasta 1968, cuando la Corte Suprema las declaró anticonstitucionales. Vista la imposibilidad de evitar por las bravas que se expusiera la verdad en las aulas, los fans de la Creación en seis días no tardaron en reaccionar cambiando el chip. Presentaron las mismas ideas adobadas con un nuevo nombre: creacionismo científico o, ya en el colmo del cinismo, ciencia de la creación. Estos reyes del oxímoron no retroceden ante nada. 

¿Y qué dice esa disciplina académica? Que la tierra es una jovencita de apenas unos milenios, que los animales actuales proceden de las parejas que Noé consiguió, nadie sabe cómo, meter en esa arca que deja en pañales a Costa Cruceros, que el universo todo surgió de la nada y que todos los humanos habidos y por haber descendemos de la pareja primordial formada por Adán y Eva. Yo soy el primero en considerar la frase «Bereshit bará Elohim…» [1] un magnífico comienzo para un bestseller destinado a una gran longevidad, y con muchas partes de envidiable altura literaria. Ahora, de ahí a atisbar en esas páginas el menor indicio de ciencia, media un abismo. La Corte Suprema anuló en 1987 las normas que la amparaban por contrarias a la Primera Enmienda, que establece la separación absoluta entre las iglesias y el Estado. 

Las tesis de Bernays y su indudable eficacia le granjearon un enorme prestigio profesional que le permitió convertirse en asesor de grandes corporaciones y consejero de presidentes

Pero el creacionismo ya se había embarcado en otras digievoluciones. Viendo que no iba a ser posible entrar en la escuela púbica enarbolando estandartes confesionales, alumbró una nueva criatura: el diseño inteligente. Escudándose en la pobre coartada de que tal nombre no citaba a Dios creador, y que el diseñador que lo diseñaba podía ser una inteligencia extraterrestre o cualquier otra cosa, negaban con énfasis que su postura fuera religiosa, incluso que se tratara de una versión de lo anterior. La confusión volvió a reinar en multitud de escuelas e institutos de ciertos estados de la Unión. Sí, esos que todos tenemos en mente, aunque no solamente ellos. Una de las últimas grandes causas en relación con este tema, el caso Kitzmiller contra la escuela del distrito del área de Dover en Pensylvania, se refería a una directiva obligando a explicar a los alumnos que la evolución es solo una teoría, y que el diseño inteligente es otra teoría alternativa. El juicio terminó nuevamente con una declaración de inconstitucionalidad y con la afirmación de que tal constructo carece de bases científicas, siendo el creacionismo de siempre vestido para la fiesta de graduación. 

¿Cierra esto la larga historia de persecución inquisitorial de una verdad avalada por todo tipo de evidencias? Desde luego que no. En junio de 2008, el gobernador de Louisiana firmó una ley donde la burra vuelve al trigo, ahora pertrechada con las armas de moda: la libertad académica, el derecho a la propia opinión, la reivindicación de la crítica y demás eslóganes que usan las palabras bandera de la Ilustración para arrastrarlas por el barro hasta volverlas irreconocibles. Es muy llamativo ver el incansable interés de las autoridades estatales de Louisiana en el ataque a la enseñanza de la ciencia biológica. En una entrevista, Jonathan Pincus destaca que, en la primera década del siglo XXI, su índice anual de homicidios se elevaba a 17 por cada 100 000 habitantes, cuando en el conjunto de Estados Unidos era de 7, y en Europa apenas llegaba a 1.

Uno de sus logros fue hacer bascular a la opinión pública estadounidense sobre la intervención en la Segunda Guerra Mundial

En 2009 la Junta de Educación de Texas aprobó incluir el diseño inteligente en los manuales, con el mismo tratamiento que la evolución. Con el habitual retraso de los procedimientos judiciales, esas normas aberrantes van siendo desautorizadas una tras otra, pero a sus promotores no les importa. Su finalidad es socavar la transmisión de verdades científicas que contravienen los dogmas a los que se aferran millones de sus conciudadanos. Porque para ellos, cuanto ataque la evolución demuestra el creacionismo. Como los dogmáticos y ultraortodoxos de cualquier calaña, ven el mundo en lenguaje binario: blanco o negro, sí o no, cero o uno. En su mente no hay sitio más que para una disyuntiva: ellos o el caos. Solo que ellos son el caos, la barbarie y, por usar una expresión que les es querida, la abominación de la desolación. 

Aunque no dispusiéramos de sólidas pruebas de los procesos evolutivos, o ni siquiera hubiera sido pensada su posibilidad, lo suyo seguiría siendo una superchería sin fundamento. Esto no quita para que siga pululando, y no solo en los EE. UU. A principios de 2020, el tenebroso personaje que presidía los destinos de Brasil nombró responsable de la agencia encargada de los estudios de posgrado a un defensor del creacionismo, probablemente de su misma cuerda evangélica. Sirva esta semblanza de las andanzas de un desvarío de larga vida como advertencia a quienes se limitan a reírse ante la sarta de idioteces que inundan redes y medios de comunicación. No se puede ignorar a la ignorancia, hay que combatirla. Es demasiado peligrosa.

No se trata de una mera cuestión académica, ni de la obsesión de unos cuantos por aferrarse con contumacia al error. Esa gente potencia y financia la lucha contra los derechos de las mujeres, de los colectivos LGTBI o de los indígenas en todo el mundo. Su objetivo no consiste simplemente en comerle el coco al personal, sino conservar y aumentar su poder, amén del contenido de sus cuentas corrientes. Para ello se afanan en mantener vivas durante décadas delirantes fantasías, cambiándolas de disfraz de tanto en tanto. Algunas armas ideológicas de embrutecimiento masivo pueden permanecer latentes largos años y reactivarse en el momento adecuado, cual retrovirus con mala leche. Estas prácticas no surgen por casualidad ni a la luz de los acontecimientos. Tienen bases teóricas firmemente establecidas y son producto de la reflexión de cerebros que habrían hecho mejor dedicándose a otras cosas. 

Cuando en 1954 acabaron con la presidencia democrática de Arbenz en Guatemala, el propio Bernays fue fichado por el Departamento de Estado para avalar el golpe a través de una intensa campaña de proselitismo

Fuera de ciertos círculos, el nombre de Edward Bernays es poco conocido. Sin embargo, en el ámbito de esa curiosa disciplina llamada Relaciones públicas, muchos lo consideran su santo patrón. Es autor de dos exitazos de ventas entre publicitarios, comunicadores, estrategas políticos y pastores de masas en general. Sus títulos no dejan lugar a dudas: Cristalizando la opinión pública (1925) y Propaganda (1928). Este término latino significa en origen 'lo que debe ser propagado'. Todo depende de quién decide qué debe serlo, cómo, cuándo, a quién, para quién y demás complementos. La Iglesia se apropió tempranamente del concepto a fin de aplicarlo a la labor de sus predicadores y misioneros. Después pasó a la política y la publicidad. 

Bernays mezcla profundos conocimientos de psicología, antropología y sociología con altas dosis de cinismo, construyendo una temible maquinaria de manipulación individual y colectiva. Comprende que el resorte de las acciones humanas es el deseo, y que hay que crearlo y alimentarlo para controlar a los hombres. Sabe que buscamos algo «no porque sea intrínsecamente precioso o útil, sino porque, inconscientemente, lo vemos como símbolo de otra cosa que no nos atrevemos a confesar que deseamos» (Propaganda). Esto sirve para un coche, comprado amparándose en la necesidad de movilidad autónoma, pero ocultando su simbolismo de éxito profesional y económico, de estatus social y de búsqueda de la admiración o la envidia de otras personas. 

Lo mismo que se implantan apetitos consumistas, es posible hacerlo con opiniones y convicciones: «Un dirigente político es un creador de circunstancias». Se establecen las condiciones para que un mensaje cuele en la población. Se utilizarán todos los medios de modelado y moldeado de las mentes. Entre ellos, el apoyo abierto y solemne de «hombres y mujeres importantes que sin un interés personal en su destino político tengan buenas razones para sostener su proposición». Es el nacimiento de los opinadores, celebrities y tertulianos como cortejo indispensable de quienes buscan el poder. Se trata de «lograr atraer la atención sobre la cuestión antes de dirigirse personalmente al público». En el fondo, es infundir en la ciudadanía la idea de que estamos ante algo que no tiene vuelta de hoja. Es la antesala de la famosa estrategia TINA –There is no alternative– ligada al nombre de Margaret Thatcher, aunque ella no usó mucho la expresión. Lo que sí hizo fue aprovechar que sus ideólogos de cabecera lograran que calara hondamente en los electores. Era el periodo de máximo esplendor del pensamiento único. La cabezonería de la realidad terminó por pinchar la burbuja, pero mientras tanto disfrutaron años de gloria.

Este autor se limitó a constatar que la política se había transmutado en un arte similar al de vender vehículos usados. En teoría, un partido o un grupo presenta un programa de cuyas bondades tiene que persuadir racionalmente a la ciudadanía, con más o menos medios y con mayor o menor éxito. En la práctica, el electorado es un fondo de comercio, una masa de potenciales clientes a la que hay que conformar a los productos con los que se quiere comerciar, incluidos los más infames. No se trata de intentar transformar la sociedad hacia algo cada vez un poco mejor, sino de tocar un Poder que no es más que apariencia. Quienes figuran al timón no son los que manejan la nave, sino meros grumetes. La política debería partir de «tengo un proyecto, ¿cómo puedo convencerte de que es necesario llevarlo a cabo?», aunque a la hora de la verdad suele reducirse a «tengo unos electores, ¿qué puedo venderles?». 

Las tesis de Bernays y su indudable eficacia le granjearon un enorme prestigio profesional que le permitió convertirse en asesor de grandes corporaciones y consejero de presidentes. Uno de sus logros fue hacer bascular a la opinión pública estadounidense sobre la intervención en la Segunda Guerra Mundial. La idea de enviar a sus jóvenes a combatir a Europa no seducía a los ciudadanos, pero la cosa cambió al enfocarse el conflicto como una defensa imprescindible de la democracia y la libertad. Esto hizo popular una causa que, de entrada, estaba lejos de serlo. Lo malo es que después, esta consigna ha sido usada de excusa para las numerosas incursiones, directas o subcontratadas, de los EE.UU. en otros países. Cuando en 1954 acabaron con la presidencia democrática de Arbenz en Guatemala, el propio Bernays fue fichado por el Departamento de Estado para avalar el golpe a través de una intensa campaña de proselitismo. 

Claro que los aprendices de brujo desencadenan fuerzas que no son capaces de controlar. En el pecado les va la penitencia. Que el apellido de Edward coincida con el de Martha Bernays, el nombre de soltera de la esposa de Sigmund Freud, no es casual. Era sobrino carnal suyo, y por ende sobrino político del sabio vienés. Tenía pues estirpe judía, y era consciente de ello. Fue un trauma considerable descubrir que sus obras gozaban de gran éxito en el Ministerio de Propaganda nazi, y que su Cristalizar las opiniones públicas era uno de los libros de cabecera de Goebbels. 


[1] En el principio Dios creó.

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