miércoles 19.02.2020
NUEVO EJECUTIVO RUSO

La reinvención de Putin

Foto: Flickr G20
Foto: Flickr G20

Todos los rusólogos -o mejor, los putinólogos- andan estos días tratando de escudriñar lo que el presidente ruso esconde -o protege- detrás del anuncio de próximas modificaciones constitucionales y de la ya acometida recomposición del gobierno y otros órganos de poder.

De momento, Putin dispone de un nuevo ejecutivo. Al frente ha colocado a Mijail Mishustin, un tecnócrata que se encargaba hasta ahora del sistema impositivo, donde, según opinión compartida, había demostrado su eficacia y su implacabilidad (1). Lo que no obsta para que necesariamente se aplicara los principios de rigor a si mismo. Circulan informaciones sobre manejos turbios de sus propiedades y prácticas fiscales evasivas, que él ha negado.

Se hacen quinielas sobre el papel que Putin se reserva para sí y acerca de cómo ha diseñado el futuro de su reinado, después de veinte años manejando el timón. El líder lo ha hecho con tiempo: su actual mandato expira en 2024

Sospechas aparte, el perfil de Mishustin ofrece pistas sobre lo que Putin espera de este gobierno remasterizado: gestión pura y dura. Tecnocracia, sí, pero autoritaria, según el modelo muñido pacientemente por el gran patrón (2). El funcionariado al que representa el nuevo jefe del gobierno mantiene estrechas relaciones y comunión de intereses con los siloviki, la casta del personal de seguridad de la que procede el propio Putin.

En el gobierno permanecen los mismos pesos pesados, responsables de las carteras de fuerza (Defensa, Interior, Seguridad) y otros departamentos clave (Exteriores, Finanzas, Energía). De los treinta ministros sólo diez son nuevos, la mayoría en departamentos sociales y económicos, telón de Aquiles del estancado aparato productivo ruso.

El nombramiento de Mishustin ha supuesto el aparente desplazamiento del hasta ahora más fiel delfín de Putin, Dimitri Medvedev, con quien practicó el gambito de puestos (presidencia y  jefatura del gobierno) entre 2008 y 2012, para seguir controlando de hecho el poder efectivo.

Medvedev no ha sido jubilado: Putin lo mantiene a su lado, en la vicepresidencia del Consejo de Seguridad, un órgano que controla las parcelas más sensibles del Estado, una especie de gobierno dentro del gobierno o de gobierno por encima del gobierno. Sería, mutatis mutandis, una especie de Politburó de estos tiempos.

Estos cambios -y otros de menor trascendencia- han coincidido con el anuncio de una reforma constitucional, de la que aún no se sabe más que algunas pinceladas y que será sometida a “consulta ciudadana” (o sea, a referéndum).

Los elementos más destacados de la reforma son los siguientes:

- refuerzo de los poderes de la Duma o Parlamento (nombramiento de algunos ministros y del propio primer ministro, y no sólo ratificación, como hasta ahora).

- eliminación de la limitación de mandatos del Jefe del Estado (ahora son dos, consecutivos).

- poderes adicionales para el Consejo de Estado, un órgano consultivo de escasa relevancia hasta la fecha.

- más restricciones para optar al puesto de Presidente, relacionadas con el tiempo de residencia en Rusia y otros requisitos administrativos (un filtro ad hominem para eliminar a competidores conocidos como el popular dirigente opositor Navalny).

- preeminencia de la constitución rusa sobre las leyes internacionales, un blindaje legal de inspiración nacionalista contra las interferencias extranjeras en asuntos internos.

GATOPARDO A LA RUSA

Hasta aquí lo que se sabe. Y a partir de aquí, las especulaciones. Se hacen quinielas sobre el papel que Putin se reserva para sí y acerca de cómo ha diseñado el futuro de su reinado, después de veinte años manejando el timón. El líder lo ha hecho con tiempo: su actual mandato expira en 2024. Con la constitución actual, no podría presentarse a la reelección. Nadie cree que Putin, 67 años, haya pensado en retirarse (3). Las elucubraciones se disparan. Estos son los puestos en que los putinólogos (4) sitúan a Putin dentro de cuatro años.

1) La eliminación de los límites de mandatos presidenciales le permitiría optar de nuevo a la reelección.  Es la opción más obvia, pero el resto de cambios hace que los expertos se inclinen por salidas más alambicadas.

2) El Consejo de Estado con poderes reforzados es el destino al que apuntan muchas de las predicciones. Sería un órgano de vigilancia de ese proyecto de reconstrucción nacional de la Gran Rusia del que Putin habla confusa pero solemnemente en ocasiones. Putin ya preside este organismo, pero en su nueva configuración lo haría de forma vitalicia o ilimitada. Pasaría a ser una especie de Padre de la Nación. Algo parecido al papel que jugó Deng en China cuando se retiró de la primera línea institucional, o, salvando las distancias culturales y política, lo que representa Ali Jamenei en la teocracia iraní: un garante de las esencias.

3) El Consejo de Seguridad, solución menos solemne, más pragmática. El ejemplo más cercano es Kazastán. El expresidente Nursultán Nazarbayev, líder de la independencia en el periodo de descomposición de la URSS, asumió ese puesto para seguir pilotando la nación, cuando abandonó la jefatura del Estado el año pasado.

4) La Duma, reforzada en sus atribuciones de nombramientos gubernamentales, le daría a Putin la facultad de elegir a los que gobiernen, controlarlos y someterlos a escrutinio. Parece la opción más improbable.

Estas alternativas reflejarían la aplicación del famoso axioma de Lampedusa contado en El Gatopardo: cambiar aparentemente cosas para que nada cambie en realidad.

¿STALIN O ANDRÓPOV?

La inmensa mayoría de analistas atribuyen a Putin la intención de perpetuarse en el poder y convertirse en el dirigente más longevo de la Patria (ahora sólo le supera Stalin). Y, sin embargo, hay que considerado si Putin, en realidad, ha piensa en abandonar el poder, pero dejando establecida una arquitectura de poder que garantice hasta donde sea posible la continuidad de su proyecto. Atado y bien atado.

El responsable de Eurasia en el Instituto de investigación en política exterior, Chris Miller, recuerda que el maestro e inspirador de Putin fue Yuri Andrópov, su jefe durante mucho años en el KGB, efímero líder soviético entre 1983 y 1984 y mentor público de Gorbachov. Andrópov accedió a la cúspide PCUS sabedor de que no viviría mucho; por tanto, su intención no era desarrollar un proyecto de liderazgo sino encauzar un sistema a la deriva y seleccionar al encargado de conducir el barco en momentos tan delicados (5). Incluso se ha apuntado la posibilidad de que Putin, como Andropov en su día, estuviera también enfermo, pero no parece que esta especulación tenga fundamento alguno. 

Lo que es seguro es que seguirán haciéndose cábalas hasta que el líder ruso desvele sus verdaderas intenciones.


NOTAS

(1) “Mikhaïl Michoustine, spécialiste des impôts et poète à ses heures, désigné premier minister russe”. LE MONDE, 18 de enero.
(2) “Russia’s new prime minister augurs Techno-Authoritarianism”. JOSEPH W. SULLIVAN. FOREIGN POLICY, 20 de enero.
(3) “Putin, the Great. Russia’s Imperial impostor”. SUSAN B. GLASSER.  FOREIGN AFFAIRS, septiembre-octubre 2019.
(4) “Did Putin just appoint himself President for life?”. DIMITRI TENIN, ALEXANDER BAUNOV, ANDREI KOLESNIKOV Y TATIANA STANOVAYA). CARNEGIE MOSCOW CENTER, 17 de enero.
(5) “Succession and Punishment”. CHRIS MILLER. FOREIGN POLICY, 21 de enero

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