El “genocidio” o la polisemia del lenguaje
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“Hay causas por las que merece la pena morir,
pero jamás por las que merece la pena matar”.
Las ideas políticas nunca son sencillas de definir. La polisemia del lenguaje se refiere a los diferentes significados que puede tener una misma palabra; las palabras, además de ser una herramienta de la que todos nos servimos como instrumento eficaz para la comunicación, es también un medio eficaz para conseguir los objetivos deseados. Una de las características del lenguaje es la prevaricación, es decir, la posibilidad de transmitir información falsa o mensajes emitidos a conciencia, sabiendo que son falsas, (hoy se llaman “fake news”). Aunque la polisemia no sea más que la diversidad de significados de una misma palabra, en especial en el campo de la política, la polisemia del lenguaje encuentra su ambiente natural dependiendo del sentido y la intención que se les quiera dar. Al político le interesa que sus palabras cuenten con una mínima pluralidad de significados según quien las escuche, las lea y de las circunstancias que más le convengan. Esta deriva presenta serios riesgos, tanto en términos de agitación de la sociedad como de erosión del funcionamiento de las instituciones democráticas.
Hay que darle la razón a Borrell que, con honestidad brutal, ante este genocidio lo ha resumido así: “Europa ha perdido su alma en Gaza”
Hace unos días escuché en la Cadena SER una entrevista a Luis Moreno Ocampo, exfiscal jefe de la Corte Penal Internacional, el cual precisó que lo que está ocurriendo en Gaza es un genocidio con el hambre como arma de guerra usada por Israel. Y si realmente lo que está ocurriendo es un genocidio, nadie, repito, nadie por humanismo, por ética política y por decencia moral universal puede permanecer impasible y, mucho menos, justificarlo. En el Diccionario de la Real Academia Española (RAE), “genocidio” se define como el exterminio o eliminación sistemática de un grupo humano por motivo de raza, etnia, religión o nacionalidad. El término “genocida” se refiere a la persona que comete genocidio, ya sea por su acción o pertenencia a un grupo que lo lleva a cabo. Winston Churchill lo llamó en 1944 “el crimen sin nombre”. Y es que no existía un término, una palabra, para expresar la gigantesca y enorme barbarie que los nazis cometieron contra el pueblo judío, que según los cálculos se saldó con el asesinato de seis millones de hombres, mujeres y niños. Dos de cada tres judíos que se contaban en Europa antes de la II Guerra Mundial fueron exterminados.
Ante las interesadas interpretaciones del uso del término “genocidio”, pues dependiendo de qué amplitud o dimensión le demos, se pueden ofrecer soluciones diferentes a cuanto está sucediendo con la política de Netanyahu y de los corifeos que le apoyan, -Trump es su máximo y descerebrado apoyo-, desde hace años en Gaza. Es lo que intentaban explicar en el diario El País hace días el catedrático de Historia Antonio Cazorla Sánchez con su artículo Los genocidios y sus paradojas. Y clarificador el artículo, también en El País, de Miriam Martínez-Bascuñán, titulado: Es un genocidio. Y llegamos tarde. Explicita en él que si el que perpetra el genocidio es un adversario, se actúa y califica de genocidio con una velocidad admirable. Pero cuando es un aliado estratégico, como está siendo el del indeseable presidente Trump, los mismos criterios legales se vuelven súbitamente “complejos” y requieren “más investigación”.
Sabemos que nuevas situaciones exigen nuevas palabras, nuevos neologismos. El concepto de genocidio, tal como lo conocemos hoy, desde la imaginación contra la barbarie e intentando denunciar nuevos escenarios de justicia internacional, buscando un marco legal para convencer al mundo de la barbarie del holocausto nazi mediante un tratado legal universal, fue acuñado por el jurista Rafael Lemkin. Para Lemkin no fue un proceso ni fácil ni corto, lo acuñó en torno a 1943, en medio de otro genocidio que hoy conocemos como el holocausto, o la Shoah, y que acabó con buena parte de su propia familia. Él lo definió como la destrucción de una nación o grupo étnico, combinando el término griego “genos” (raza o tribu) con el término latino “occido”(matar). Aunque el término “genocidio” fue utilizado en los debates del juicio de Nuremberg contra los criminales nazis, como explica el profesor Cazorla, sin embargo, no apareció en las sentencias del juicio; condenados a muerte fueron ahorcados no por genocidas, sino por haber conspirado contra la paz en una guerra de agresión, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad.
Llevamos 15 meses asistiendo en vivo a un genocidio documentado por periodistas y organismos internacionales, pero seguimos debatiendo si cumple los criterios que estos mismos países establecieron para Myanmar
La Convención para la Prevención y el Castigo del Delito de Genocidio fue aprobada por la ONU el 9 de diciembre de 1948, entrando en vigor el 12 de enero de 1951. La clave de la Convención está en su artículo número dos. Este estipula que se entienden constitutivos de genocidio los actos “perpetrados con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso”. Como escribe Martínez-Bascuñán, Canadá, Francia, Alemania, Reino Unido, Países Bajos y Dinamarca presentaron ante la Corte Internacional de Justicia una Declaración Conjunta de Intervención definiendo lo que constituye un genocidio como lo fue con los rohinyás en Myanmar; y las atrocidades que allí se cometieron, etiquetadas como genocidio, hoy se cumplen en Gaza con evidencias aún más abrumadoras. Llevamos 15 meses asistiendo en vivo a un genocidio documentado por periodistas y organismos internacionales, pero seguimos debatiendo si cumple los criterios que estos mismos países establecieron para Myanmar. Los seis países de la Corte Internacional argumentaron que “los niños son esenciales para la supervivencia de cualquier grupo como tal” y que su destrucción afecta a su “capacidad regenerativa”, siendo esto una “evidencia clara de intención genocida”.
En síntesis, en su texto está grabado el rechazo moral universal a una conducta execrable como es, por ejemplo, las atrocidades que está haciendo Netanyahu en Gaza, dejando que el ejército israelita mate con disparos o bombas a gente hambrienta que se acerca a por algo de comida, dejando que niños escuálidos y en los huesos, mueran al final de inanición y sin poder ser atendidos. Aún en el supuesto de que no se cumpliesen “todos los requisitos” legales y universales para ser un genocidio, el incontable y enorme número de muertes en aumento, el dejar morir a niños de hambre, la destrucción permanente de hospitales, la no asistencia a los enfermos crónicos y la traumatización diaria a un pueblo entero es una evidencia que no se puede ni se debe silenciar o ignorar. Por desgracia, quienes defienden lo que está haciendo Netanyahu con la aquiescencia de Trump, los casi 60.000 palestinos muertos, son, como mucho, víctimas colaterales de una guerra no deseada cuya responsabilidad es de Hamás. Esta execrable y terrible situación posee argumentos suficientes para considerar que Netanyahu y quienes le apoyan están cometiendo un auténtico genocidio por el que deben pagar, él y todos los que le apoyan. Hoy, algunos políticos, para justificar lo que está haciendo Netanyahu, con la aquiescencia de Trump, que quiere convertir Gaza en un complejo turístico, han contribuido a que la palabra “genocidio” se haya convertido más en un término usado para elaborar discursos políticos, ignorando el instrumento jurídico penal elaborado por Lemkin.
Aquellos a los que les falta ética, compasión y humanismo siempre encontrarán una pésima razón para justificar cuanto hacen
Sería una cruel injusticia histórica que, pasados unos años, en un posible juicio semejante al de Nuremberg, en el que se condenó a algunos de los que fueron responsables por los crímenes cometidos durante el Holocausto, aunque la mayoría declaró que sencillamente seguían órdenes de una autoridad superior, no se llegue a juzgar y a condenar por genocidio a quienes son hoy los responsables, se emplee el término que se emplee, de esta masacre colectiva, siendo asesinados por bombas israelíes, mientras buscan comida o ayuda humanitaria. Aquellos a los que les falta ética, compasión y humanismo siempre encontrarán una pésima razón para justificar cuanto hacen.
Después de ver las imágenes de los niños hambrientos, desnutridos y familias huyendo del exterminio de las bombas, que nos trae a la memoria las imágenes de lo que fue el holocausto judío, ¿cómo hay que describir lo que están haciendo los sionistas presididos por Netanyahu en Gaza? Ninguna causa puede justificar la muerte de inocentes. Es de vergüenza colectiva ver la pasividad incomprensible de la comunidad internacional, y me pregunto ¿qué estamos haciendo a nivel mundial? ¿Acaso estamos aceptando que lo que está pasando es inevitable? Pienso que en el futuro muchos ciudadanos, al ver estas imágenes, se preguntarán que hemos hecho los ciudadanos actuales.
Ignoro si legalmente se puede calificar de genocidio, pero sí es un “gazicidio”. Se crea la cárcel más grande del mundo al aire libre, se dejan allí confinados a los 2 millones de personas que vivían en Gaza, se utiliza la maquinaria más sofisticada de la industria de la guerra para arrasarlo todo e ir matándolos con la excusa de que todos son terroristas. La paz es la única guerra digna de librarse. Pues mientras muchos gobiernos se limitan a condenar la masacre en Gaza, Netanyahu sigue usando el hambre como arma de guerra. A estas alturas resulta muy difícil seguir hablando del hambre en Gaza como de una “catástrofe humanitaria”. El castigo de hambre al que se encuentra sometida la población civil palestina responde a una estrategia deliberada de Netanyahu. Es una verdadera planificación inhumana del sufrimiento y uno de los fracasos morales internacionales más grandes de nuestro tiempo.
Después de ver las imágenes de los niños hambrientos, desnutridos y familias huyendo del exterminio de las bombas, ¿cómo hay que describir lo que están haciendo los sionistas presididos por Netanyahu en Gaza?
¡Quién sabe si se producirán juicios similares a los de Núremberg en un futuro! Lo dudo, pero de lo que sí estoy seguro es de que, llegado el caso, Netanyahu contará con abogados que se le defenderán y que argumentarán con una retórica tan brillante que negarán el genocidio.
Ante la ineficacia europea hay que darle la razón a Borrell que, con honestidad brutal, ante este genocidio lo ha resumido así: “Europa ha perdido su alma en Gaza”. La excepcionalidad de su confesión radica en que habla de un fracaso existencial. No dice “nos equivocamos en Gaza”; dice que hemos destruido la base moral de lo que pretendemos ser. Europa se construyó sobre una narrativa redentora, pero esa narrativa ha colapsado. Decir que “Europa ha perdido su alma” no es solo admitir un error político, es llorar la muerte de una identidad, del sueño de lo que podíamos ser. En realidad, no llegamos tarde a reconocer el genocidio, sino a admitir que siempre supimos que lo era. La diferencia entre demorarse por ignorancia o por cobardía es la misma que entre el error y la complicidad. En Gaza, estamos eligiendo, sin quererlo, ser cómplices. Desde la polisemia del lenguaje, si queremos llamar a las cosas por su nombre si queremos justicia y paz, hagámosles la vida imposible a los genocidas hasta que acaben en la cárcel, que es donde deben estar.