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martes. 31.01.2023
TRIBUNA DE OPINIÓN

Ciudadanía, esclavitud y supervivencia

“La historia oficial, escaparate donde el sistema exhibe sus viejos disfraces,
miente cuando habla, pero más miente por lo que calla…”
 (Eduardo Galeano)


Las hojas del calendario caen con rapidez y el devenir del tiempo no lo marca ni el deseo ni la voluntad; es el peso de la historia el que toma las riendas del trayecto a recorrer. Estas reflexiones, que se inician con la memoria de lo acontecido el 24 de junio pasado a las puertas de Melilla, y finalizan con el archivo de la investigación por parte de la Fiscalía al no hallar delito alguno, son, ante todo, un punto de partida más que de llegada y, como tal, pretenden mostrar un camino frustrado de ilusiones de miles de migrantes recorriendo hacia un horizonte soñado de pisar el suelo español pero que la “legalidad” frustró, imponiéndose a la ética de la humanidad y la misericordia. Tal vez me equivoque, pues no soy jurista, pero hubiese preferido borrar la legalidad y remplazarla por la ética de una humanidad justa. Cada vez me siento más cercano a respetar el derecho que tienen todos los ciudadanos a participar de los bienes y los goces de este mundo y me aburre mucho más ver cómo unos cuantos se han ido haciendo los propietarios de la sociedad, reteniendo el acceso a la conciencia de la historia y a la historia misma, como escribió George Orwell en su novela 1984 en la que, como un instrumento de opresión, desarrolla el concepto de “double-pensée” (doble pensar), con el fin de dominar la mentes de las personas, consistente en ser capaz de creer dos verdades contradictorias al mismo tiempo.

El objeto de la historia no es tanto el pasado sino el tiempo, un tiempo atravesado por el anacronismo que conlleva, en un “montaje no histórico” al que llamamos memoria; es decir, el tiempo complejo de la historia no es otra cosa que la propia memoria. Las personas aprendemos dando significado a nuestras experiencias relacionándolas, conectando lo que estamos aprendiendo con lo que ya sabemos. Nuestra memoria funciona creando redes en las que los elementos se vinculan por relaciones de significado que provienen de la experiencia. Cuando tratamos de recordar lo aprendido estamos reproduciendo un conjunto de esos elementos, producto del aprendizaje, con otros que ya teníamos; en esa mezcla acabamos reconstruyendo los recuerdos. 

Recordar es un derecho y, para muchos, desde la historia, un deber para ser capaces, no de olvidar, pero sí de perdonar y cerrar heridas abiertas. La memoria, que interactúa y dialoga con la historia, acompañada de un ejercicio de reflexión sobre el pasado, tiene relevancia para el presente y para el futuro. Desde la memoria histórica, y en el marco del consenso social, el “olvidar” debe ser sustituido por el “recuperar”, al tener claro que lo sucedido en el pasado suele ser diferente a cómo lo relatan las fuentes oficiales y que aquellos que no pudieron participar en la construcción de ese relato histórico deben ser tenidos en consideración. 

Estas reflexiones se inician con la memoria de lo acontecido el 24 de junio pasado a las puertas de Melilla y finalizan con el archivo de la investigación por parte de la Fiscalía

La recuperación de la memoria histórica permite, además, que aquellos que se han sentido víctimas, sin haber podido reclamar o reivindicar su historia, puedan asumir un papel activo en la reelaboración de la memoria colectiva, en la verdad de lo sucedido. Lo verdaderamente importante es que quien construya esos relatos tenga en cuenta que la historia no se puede contar desde una única mirada; comprender la complejidad de la realidad debe reconocer como igualmente valiosas las verdades de todos los distintos involucrados, garantizando que el relato se construya y en él exista espacio para las verdades de todos. La recuperación de la memoria histórica constituye en sí misma un acto de resiliencia; resiliencia que implica, por una parte, la capacidad de adaptación y por otra, representa la facultad de resistencia.

En su libro, “Manual de resistencia, Pedro Sánchez, comentaba orgulloso la que fue la primera decisión de su recién estrenado Ejecutivo como presidente del Gobierno: la acogida del barco de rescate de inmigrantes Aquarius, tras el rechazo de Malta e Italia a abrir sus puertos a la embarcación, con 629 personas a bordo. “El haber salvado la vida a las 630 personas del Aquarius -escribe en el primer capítulo de su Manual-, hace que valga la pena dedicarse a la política. Podíamos haber mirado para otro lado, como ocurre con demasiada frecuencia respecto al tema de las migraciones, pero recibir al Aquarius era una cuestión humanitaria y urgente. Había 630 personas expuestas a una enorme vulnerabilidad. Corrían el riesgo de morir”. La gestión de la crisis del Aquarius tuvo una gran repercusión en la prensa internacional y Pedro Sánchez fue aplaudido por múltiples líderes europeos. La derecha, en cambio en España, le tachó de populista y demagogo. Pablo Casado, recién elegido como nuevo líder del PP, inició su dura oposición con la inmigración en primer plano: “No es posible que España pueda absorber a millones de africanos”, repetía una y otra vez, alertando del efecto“llamada”.

La gestión de la crisis del Aquarius tuvo una gran repercusión en la prensa internacional y Pedro Sánchez fue aplaudido por múltiples líderes europeos

Hoy, tras el gesto esperanzador del Aquarius, lo sucedido el pasado 24 de junio, en el puesto fronterizo del Barrio Chino que separa Nador de Melilla, Pedro Sánchez hace poco creíble lo que entonces dijo con lo sucedido en dicho puesto fronterizo: “por cuestiones humanitarias vale la pena dedicarse a la política”. Ese día muchos de los inmigrantes que quisieron pasar a España fueron golpeados y aplastados entre la barrera de 8 metros de altura y los guardias fronterizos marroquíes, que desplegaron porras y gases lacrimógenos. Los videos difundidos en internet muestran a decenas de personas apiñadas en una zona del puesto fronterizo, algunas inmóviles, otras sangrando y otras visiblemente angustiadas. Al menos 24 inmigrantes murieron, aunque aún existen más de 70 personas desaparecidas. Resulta poco esperanzador y nada ético que, tras los vídeos y los testimonios de algunos de los protagonistas que allí estuvieron y padecieron y que una investigación del Defensor del Pueblo detectara numerosas irregularidades cometidas por las autoridades españolas, la Fiscalía, hace apenas tres días, tras medio año de pesquisas, haya archivado la investigación sobre los muertos de Melilla al no hallar delito, cuyo texto del decreto dice: “No puede concluirse que la actuación de los agentes incrementara el riesgo para la vida de los migrantes, por lo que no se les puede imputar un delito de homicidio imprudente”.

Resulta muy difícil llegar a entender lo que no se sabe o no se quiere explicar. Es lo que le ha ocurrido al ministro de Interior, Fernando Grande-Marlaska, en su comparecencia en el Congreso de los Diputados, lanzando datos y cifras que en ese momento no se podían verificar para hacer creíble su relato. Bien sabemos que una vez lanzada una mentira resulta difícil desmontarla y más con la desmemoria con la que, con frecuencia, actuamos los ciudadanos; pero le resulta más complicada al que dice una mentira la dura tarea que adquiere al tener que inventar otras más para hacer creíble la verdad de la primera. Decía Kant que el sabio puede cambiar de opinión, pero el necio, nunca; o como decía Séneca, la gente no cambia, sólo se comporta bien cuando quiere conseguir algo. 

A pesar de las imágenes, bien analizadas desde la objetividad, la investigación conjunta de ciertos medios escritos de comunicación, como El País, Lighthouse Reports, Le Monde, Des Spiegel y Enass y un medio independiente marroquí, grabando a los guardias marroquíes que sacaban a rastras cuerpos del lado español del puesto fronterizo, afirmando que, al menos, una persona sí falleció en la zona bajo control español del recinto, el ministro Marlaska en su segunda comparecencia en el Congreso ha mantenido una vez más que “ningún hecho trágico” tuvo lugar en territorio español. Ha reiterado que “los hechos se produjeron fundamentalmente en territorio marroquí”, poniendo el énfasis, para justificarse, en la violencia con la que actuaron los inmigrantes. Ha defendido sin matices la actuación de la Guardia Civil, calificándola de “absolutamente rigurosa, templada y profesional”. A pesar de las imágenes en las que se ve aporrear a personas en el patio del puesto fronterizo instantes después de la avalancha mortal, actuando con brutalidad en territorio español para llevarse a la fuerza a aquellos que lograron entrar en Melilla y golpear después a personas heridas en el suelo, el ministro Marlaska, con un vergonzoso cinismo, ha vuelto a evitar cualquier crítica al proceder de las fuerzas de seguridad marroquíes subrayando que “hubo un cumplimiento pleno de la legalidad, respetando la normativa internacional de derechos humanos así como de protección internacional”, a pesar de la devolución en caliente de 470 personas que consiguieron cruzar el vallado y que el propio Defensor del Pueblo señala que tales devoluciones se llevaron a cabo sin que conste ningún procedimiento legal. Ante estas declaraciones del ministro, me viene a la memoria una cita de Platón: “La obra maestra de la impostura es parecer justo sin serlo”.

Con falta de humanidad y misericordia de si pisaban o no suelo español, Pedro Sánchez y el ministro Marlaska “han mirado para otro lado”, han vuelto a la mano dura

Con falta de humanidad y misericordia de si pisaban o no suelo español, Pedro Sánchez -contradiciendo lo que dijo cuando el Aquarius-, y el ministro Marlaska “han mirado para otro lado”, han vuelto a la mano dura, calificando la llegada masiva de inmigrantes, que llevaban meses esperando esta oportunidad, como un violento asalto contra la integridad territorial del país. Con qué razón, en su obra “Oráculo Manual y Arte de Prudencia”, se preguntaba Baltasar Gracián¿Dónde puede vivir quien no tiene lugar? Negarles lugar y situar al margen de la ley a los que quieren una mejor vida, que en su mayoría proceden de países en los que viven en extrema pobreza, además de una segura xenofobia, es señalar como culpables a quienes intentan acceder a Europa en busca de oportunidades, no sólo económicas, sino también, de posibilidades de vida democrática. Los que se oponen a su entrada, sin empatía ni ética solidaria, saben utilizar “la ley”, pero ignoran qué quieren, de qué escapan, qué sentimientos dejan atrás…; lo único que pretendían era tener una vida mejor, probando suerte en las opulentas sociedades europeas; éstas, en cambio, andan preocupadas, sobre todo, por levantar barreras, poner concertinas, golpear, lanzar pelotas de goma y gases lacrimógenos y cuanto sea necesario para que no lograran entrar. Esta sorda y despiadada batalla está siendo la música de fondo de este siglo XXI en la voz de políticos sin entrañas.

¡Qué pronto se olvida la historia, nuestra historia de emigración, cuando no nos conviene! Estamos ignorando que la democracia, para todos, también “para y con los inmigrantes”, se construye todos los días con sueños, con ilusiones y con el objetivo último de mejorar la vida de las personas y puedan, así, ser más felices con más libertad, igualdad y justicia. Hay momentos y situaciones que nos alejan de ese modelo de sociedad democrática que queremos cuando hay ciudadanos inmigrantes que se convierten en esclavos en el momento que intentan probar suerte poniendo su ilusión y sus pies en nuestras opulentas tierras democráticas. No quieren ser esclavos, no quieren ser personas que carecen de libertad por estar bajo el dominio de otra. Son ciudadanos con derechos y obligaciones, pero ciudadanos en una ciudadanía universal que equivale a respetar su dignidad; una dignidad humana que hay que potenciar a través de la libertad, la igualdad, la acogida y la justicia. Una democracia se consolida cuando es la expresión política de una sociedad libre, feliz, solidaria, ética, humanitaria, transparente y bien gestionada.

No quieren ser esclavos, son ciudadanos con derechos y obligaciones, pero ciudadanos en una ciudadanía universal

La sociedad del espectáculo es un trabajo de filosofía publicado en 1967 por el teórico político y filósofo Guy Debord. A través de las tesis del libro, Debord traza el desarrollo de una sociedad moderna en la que “Todo lo que una vez fue vivido directamente se ha convertido en una mera representación”. Argumenta que la historia de la vida social se puede entender como “la declinación de ser en tener, y de tener, en parecer”. Para el autor, es la condición en la cual la vida social auténtica se ha sustituido por su imagen representada, es decir, en puro espectáculo. Lo sucedido en junio pasado entre Nador y Melilla, no deja de ser el resultado de un espectáculo, bochornoso, sí, pero espectáculo; basta retener las imágenes en la memoria: fotógrafos y paparazzi, avizorando desde las alturas, con las cámaras listas, para captar imágenes y verterlas después en los medios: todos las hemos visto, pero no todos han dado la misma versión e interpretación de los hechos: ante el horror de los mismos, la versión del ministro Marlaska: “hubo un cumplimiento pleno de la legalidad, respetando la normativa internacional de derechos humanos así como de protección internacional”, y la de la Fiscalía: “No puede concluirse que la actuación de los agentes incrementara el riesgo para la vida de los migrantes, por lo que no se les puede imputar un delito de homicidio imprudente”. No creo que haya unas imágenes y unas declaraciones que resuman mejor la sociedad del espectáculo: una sociedad, cuyos responsables, gobierno y fiscalía, con frivolidad irresponsable, han visto legalidad, los ciudadanos con valores éticos hemos visto inhumanidad. Ante la voluntad de no querer ver ha prevalecido el no querer saber.

He titulado estas reflexiones: “Ciudadanía, esclavitud y supervivencia”; tres sustantivos que se asocian en la realidad histórica que estamos viviendo y los tres cobran una importancia necesaria en el tema sobe el que he intentado reflexionar.

Lo sucedido en junio pasado entre Nador y Melilla no deja de ser el resultado de un espectáculo bochornoso

Aprender a ser ciudadano, vivirlo y enseñar a serlo debe ser la meta de cualquier educador, pues, como afirma reiteradamente Adela Cortina, “a ser ciudadano se aprende”, y en ese aprendizaje surge la necesidad de generar entre los miembros de la sociedad un tipo de identidad en la que se reconozcan y que les haga sentirse pertenecientes a ella: es la ciudadanía, pero una ciudadanía que trasciende lo nacional y trasnacional para llegar a ser cosmopolita e intercultural en un proyecto ético y político en un mundo globalizado; como decía Rousseau “somos ciudadano del mundo”. En mi opinión, de nada sirven los valores y las leyes si no se acepta que cualquier persona, al margen de la localización de su origen, es un ciudadano del mundo, intentando encarnarlo en las instituciones básicas de la sociedad, uniendo la racionalidad de la justicia con el calor del sentimiento de pertenencia. Hay que recordar a Sánchez y a Marlaska que el socialismo es cosmopolita y encaja bien en “el Estado del bienestar”. Hoy en día no puede tenerse por justa ninguna comunidad política que no tenga en cuenta, desde el respeto y la legalidad a los “inmigrantes”. Como sostiene Adela Cortina, el referente en cualquier comunidad política son los ciudadanos del mundo y si los bienes de la tierra son bienes sociales, les corresponden a toda la sociedad. Y concluye: “frente a tantas exclusiones, solo una lúcida y sabía solidaridad es una actitud éticamente acertada”.

La palabra esclavitud nos traslada inevitablemente a siglos lejanos y nos trae a la memoria, barcos llenos de personas, vendidas posteriormente como si de mercancía se tratara. Pero, en contra de lo que muchos creen, la esclavitud no se terminó en el siglo XIX, ni siquiera entrado el siglo XX; en el siglo XXI existen ciudadanos víctimas de la esclavitud moderna, todos ellos seres humanos. En el siglo XXI, ser un esclavo puede significar diferentes cosas. Cuando se carece de lo más elemental para sobrevivir, la libertad queda reducida a la mínima expresión, de ahí que para la Organización Internacional del Trabajo (OIT), la vulnerabilidad económica es la principal causa de la esclavitud moderna; son aquello ciudadanos atrapados en una realidad de la que, a pesar de que lo intentan, es imposible escapar. Y la imagen, mejor, las imágenes de esta esclavitud moderna, son las que hemos visto el 24 de junio en el puesto fronterizo del Barrio Chino que separa Nador de Melilla, pues víctimas de esclavitud son todos aquellos que hacen lo posible y lo imposible por sobrevivir, ellos y los suyos. Hasta los animales, desde el comienzo de los siglos, luchan por la supervivencia de ellos y los suyos. La supervivencia es la acción y efecto de sobrevivir, de ser capaz de mantenerse con vida frente a la adversidad, a sucesos y situaciones que la pongan en riesgo y prepararse para afrontarlas. ¿Qué otra cosa movía sino el deseo de sobrevivir a los miles de subsaharianos en esa valla de Melilla en la que con una salvaje brutalidad sólo recibieron golpes, gases lacrimógenos, porrazos a personas heridas en el suelo y muertes, sin atención médica alguna para llevarse después a la fuerza a aquellos que lograron entrar en Melilla?

Hoy en día no puede tenerse por justa ninguna comunidad política que no tenga en cuenta, desde el respeto y la legalidad a los “inmigrantes”

Desde la evidencia de unos hechos incontrastables quiero concluir, por si el presidente Sánchez, su ministro Marlaska y todos los que han apoyado tal brutalidad la ignoran, con otra realidad incontrastable: El 10 de diciembre de 1948 la comunidad internacional (España incluida) adoptó, por consenso, la Declaración Universal de los Derechos Humanos, documento que sigue teniendo preeminencia entre el creciente cuerpo de instrumentos sobre los derechos humanos. Y como ejercicio ético, después de leer el texto de la Declaración, que miren las imágenes de Nador, que se miren a sí mismos y se respondan cómo se sienten. Si Sánchez dijo cuando el Aquarius: “El haber salvado la vida a las 630 personas del Aquarius hace que valga la pena dedicarse a la política. Podíamos haber mirado para otro lado, como ocurre con demasiada frecuencia respecto al tema de las migraciones, pero recibir al Aquarius era una cuestión humanitaria y urgente. Había 630 personas expuestas a una enorme vulnerabilidad. Corrían el riesgo de morir”. ¿Qué tiene que decir hoy?

Yo, en cambio, sí afirmo que la vergonzante magia de la impostura permite adoptar diferentes personalidades en función de las circunstancias.

Ciudadanía, esclavitud y supervivencia