viernes. 19.04.2024

“Aquel que quiere permanentemente llegar más alto tiene que contar que algún día le invadirá el vértigo”.  Milan Kundera (La insoportable levedad del ser) 


“Memorias de Adriano” es una novela de la escritora francesa de origen belga Marguerite Yourcenar sobre la vida, la apasionante personalidad y el deceso de Adriano, emperador de Roma, que, envejecido, enfermo del corazón e inmerso en la soledad, le escribe a su amigo Marco Aurelio. En ella reconstruye la biografía del emperador y el contexto histórico en el que surge y se desarrolla, pero también recrea un modo de ver el mundo y las formas en las que una mente como la de Adriano se relaciona con él, es decir, una filosofía de la vida. Este inventario autobiográfico ficticio que Adriano hace a las puertas de la muerte constituye el más íntimo y magistral retrato de quien fue uno de los últimos espíritus libres de la Antigüedad. El primer capítulo de la novela se inicia con una enigmática frase latina “Animula vagula blandula”, que es una forma bella de expresar el sentimiento por “el alma compañera que abandona el cuerpo”. En la carta a Marco Aurelio le intenta mostrar su temprano interés y su vital pasión por las artes, la cultura y la filosofía de Grecia, al punto de alabar la hermosa inscripción que Pompeya Plotina, la onubense esposa de Trajano, había hecho grabar en el umbral de la biblioteca creada por su interés cultural en pleno foro de Trajano, calificándola con creativa inteligencia como “Hospital del alma”. En sus reflexiones Adriano se cuestiona si ha merecido la pena abandonar la posibilidad de ser feliz por mantener el poder absoluto con una frase que es todo un legado para la historia de la política y los políticos: “Lo esencial es que el hombre que ha llegado al poder haya podido probar después que ha merecido ejercerlo”.

“Memorias de Adriano” de Marguerite Yourcenar
“Memorias de Adriano” de Marguerite Yourcenar

Tomando como referencia esta frase de Adriano, teniendo en cuenta el Parlamento que ha salido de las elecciones del 23-J, que refleja la complejidad territorial de España y la necesidad de saber gestionarla, en estos tiempos de incertidumbre, sobre quién puede llegar a gobernar, jugando con pactómetros, reuniones a escondidas y cartas defendiendo derechos por ser la lista más votada, no existe mucho margen para el optimismo de la inteligencia; son muy escasas las palabras y los argumentos de los políticos moderados; y sin embargo sus ponderadas voces se hacen más necesarias que nunca después de estas últimas elecciones. Desde la coherencia política, lo mínimo que se le puede pedir a un partido y a un político es que sepa en qué lado está. Hoy, a la espera de un gobierno que lidere los años venideros, desde la ética política, no es admisible la mala fe y el engaño oportunista. Precisamente Marco Aurelio, a quien Adriano dirige su carta, también nos legó un gran consejo del que tendrían que aprender nuestros actuales políticos: “Si no es correcto, no lo hagas. Si no es verdad, no lo digas”.

Adriano: “Lo esencial es que el hombre que ha llegado al poder haya podido probar después que ha merecido ejercerlo”

La Edad Dorada se refiere a un breve período en la historia de Estados Unidos entre el final de la Guerra Civil y el comienzo del siglo XX. Durante este tiempo, Estados Unidos experimentó un boom económico y de población, lo que llevó a la creación de una clase alta increíblemente rica. El término “la Edad Dorada”, acuñado por Mark Twain, tenía un significado irónico que llegó a simbolizar el contraste entre la clase alta mimada y las clases trabajadoras e inmigrantes cada vez más pobres y se utilizó para describir una época caracterizada por la corrupción, pero cubierta de oro. Los inmigrantes a menudo eran despreciados por los ciudadanos nacidos en Estados Unidos y relegados a malos trabajos, salarios bajos y condiciones de vida miserables. La explosión demográfica provocó una grave escasez de viviendas, lo que llevó a muchos a vivir en edificios de viviendas mal construidos, con altos riesgos de incendio y otros desastres. Fue una época complicada, recuperada solo a través de una depresión económica repentina y extrema. La ironía de “La Edad Dorada” es metafórica: una fina capa de oro falso sobre una situación sucia y terrible. 

La Edad Dorada estableció una realidad cultural estadounidense desafortunada, con un mantra que se ha mantenido desde entonces: que “la riqueza es poder”, destinada a enriquecer a los que la poseen más que al resto de la comunidad de ciudadanos. Utilizando no la ironía de Mark Twain, sino la dura realidad, la edad dorada de la transparencia, de la integridad, de la solidaridad y de la política ética nunca ha existido; sin embargo, necesitamos mantener el sueño de que no es imposible; pero es necesario ir construyéndola, no por razones económicas, que también, sino, sobre todo, por razones morales, porque estos valores, junto con la eficacia de una política ética, componen el núcleo de una democracia sana, en el más literal de los sentidos de la palabra “democracia”. Desde la transición, con tantos años como llevamos a la espalda, es hora ya de que queden desautorizados los políticos deshonestos, los partidarios de una moralina ñoña y edulcorada, dispuestos a lanzar anatemas contra los que no piensan como ellos y a recordar con enfermiza nostalgia épocas pasadas que para ellos “sí fueron doradas”. Como todo en la vida, el camino es avanzar al futuro, progresar, aunque sea con cierta incertidumbre, pero sin retornar a un pasado del que sabemos que “fue edad dorada para una minoría”, pero injusta, difícil y terrible para la mayoría.

La política siempre ha planteado cuestiones críticas sobre el alcance y autoridad de las nociones comunes de la moralidad y de la ética. Es ante todo la política lo que tiene presente Trasímaco cuando, en la República de Platón, desafía a Sócrates a que refute su alarmante definición de la justicia como “el inte­rés del más fuerte”. Con semejante modelo devaluador de la ética, algunos políticos actuales consideran que el realismo político supone que las consideraciones morales carecen de lugar en la política. La idea de que la política tiene cierta exención especial respecto al orden moral resulta bastante desconcertante, como también el hecho de que la historia ofrece abundantes razones para desear un examen moral especialmente minucioso de las actividades de los políticos. Merece la pena recordar y criticar lo que dijo Dean Acheson, consejero de cuatro presidentes de Estados Unidos y principal artífice de la política exterior de su país en la época de la Guerra Fría, durante la crisis de los misiles cubanos de 1962, cuando, de utilizarlos, se sopesó la muerte de centena­res de miles de personas inocentes; y ese político sin ética y sin escrúpulos morales dijo: “la historia recordará la irrelevancia de las supuestas consideraciones morales plan­teadas en estas discusiones...; las cuestiones morales no tienen ninguna rela­ción con este problema”. Por suerte, su punto de vista no se impuso.

La Edad Dorada estableció una realidad cultural estadounidense desafortunada, con un mantra que se ha mantenido desde entonces: que “la riqueza es poder”

Quienes anteponen y aluden a las necesidades de la política por encima de todo, haciendo una pésima interpretación de Maquiavelo, por conseguir el poder, asumen los riesgos y prescinden si es necesario del carácter moral que debe tener toda conducta humana, se impone el modelo in­moral, se impone la mentira, la crueldad, incluso, la traición y el asesinato. Inspirándose en la obra teatral “Las manos sucias” de Sartre, estrenada en abril de 1947 en París, en la que plantea la eterna discusión entre el idealismo político y la praxis, entre “el ser y el deber ser”, entre luchar por los grandes ideales y valores o hacer lo que le conviene en cada momento, algunos pensadores modernos, con vistas a justificar la acción de los políticos, tien­den a hablar de la necesidad de las “manos sucias” en la política, en el sentido de justificar que el ejercicio de la política, en determinadas circunstancias exige, a quienes la practi­can, violar normas morales que son importantes y obligadas fuera de la política.

En estos tiempos “pre y postelectorales”, en esa ambición razonable por llegar a alcanzar el poder, los políticos y los politólogos no siempre dejan claro qué entienden por moralidad política, es decir, por la relación “ética-política”. Con Maquiavelo consideran que en ciertas circunstancias la necesidad política exige racionalmente el aban­dono de las razones morales genuinas que en otro caso serían decisivas, sugiriendo que existe una moralidad específica adecuada a la actividad política y sus aplicaciones pesan más que las consideraciones morales; es la justificación que decía Sartre de la política “de manos sucias”.

Sin embargo, interrogarse sobre la relación entre ética y política es una reflexión que debe hacerse toda persona que se dedica a la gestión de la “res publica”. La relación entre la ética y la política ha sido siempre un tema inevitable por una razón evidente: ambas, al menos en su sentido filosófico y desde su propia identidad, tienden al mismo fin: buscar el bien. Razón tenía Aristóteles al escribir en su Ética a Nicómaco que “no se enseña ética para saber qué es la virtud, sino para ser virtuosos”. Ética y política son los ojos de un mismo rostro; la política no puede operar acertadamente sin la ética. En la cultura clásica romana, de aquellos que ejercían la política con ética, se decía que tenían “decorum”; y tener “decorum” era garantía de ser un político honesto, discreto y que actuaría de manera correcta y justa. En su obra Vidas paralelas afirmaba Plutarco que “el hombre es la más cruel de todas las fieras, cuando a las pasiones se une el poder sin virtud”. Y Cicerón, en su arriesgado y valiente ataque en sus “verrinas” contra la corrupción de Cayo Verres, el político romano conocido principalmente por su tiránico gobierno de Sicilia, decía: “Cuando los políticos no se rigen por la ética, son como hienas a la caza del poder”.

Si la inestabilidad, la crispación, el insulto y el enfrentamiento se están convirtiendo en normalidad en nuestra clase política, la obligación de los políticos serios y responsables, éticamente honestos, consiste en generar estabilidad y tranquilidad en la sociedad; si así no sucede, es porque nuestros políticos no son serios, ni honestos ni responsables. Cuando individuos sin ética ocupan cargos públicos son ellos quienes corrompen el poder que ejercen al hacer de él un uso indebido. Con certera clarividencia lo describe el profesor y abogado José Manuel Urquiza Morales“La política puede ser la más noble de las tareas; pero es susceptible de ser el más vil de los oficios”. Con la autoridad de siglos, es bueno recordar las palabras del sabio Confucio sobre la manera de actuar de un buen gobernante, necesaria lección para nuestros políticos: “El gobernante se haya obligado, sobre todo, a perfeccionar su inteligencia y su carácter para conseguir la virtud; si obtiene la virtud recibirá el afecto del pueblo; si goza del afecto del pueblo, su poder se extenderá por toda la región; si ha adquirido el poder sobre la región, le resultará fácil alcanzar la prosperidad del Estado”.

Algunos pensadores modernos, con vistas a justificar la acción de los políticos, tien­den a hablar de la necesidad de las “manos sucias” en la política

Se diría que las palabras “ética y demócrata” están de moda, tienen un uso inflacionario tendente al abuso. Se invocan sus nombres a todas horas, como si fueran una especie de conjuro y bastara mencionarlas para practicarlas. Nada más lejos de la realidad. Si tienen omnipresencia en los medios de comunicación y en los discursos políticos, en la gestión, en cambio muestran justamente lo contrario: brillan más bien por su ausencia. Tributemos a la ética y a la democracia el homenaje que realmente se merecen, sin tomar en vano su nombre hasta banalizarlo mediante una inflación carente de toda solvencia. Como señaló Kantla moral del éxito no debe traicionar las intenciones y, ciertamente, siempre cabe negarse a secundar lo injusto. Por otra parte, la política y la ética, en sus dimensiones más amplias y comprensivas, no son asunto exclusivo de los políticos profesionales o de los gobiernos de una nación; forman parte de la condición humana, de nuestro deber como ciudadanos. En efecto, la convivencia social con otras personas en un territorio determinado, exige determinada organización social y política que haga posible la convivencia justa, ética y pacífica. 

Para la filósofa Adela Cortina, catedrática de Ética de la Universitat de Valencia, que atesora más de cuatro décadas de trayectoria vital dedicada a la ética, ésta sigue siendo el eje principal alrededor del cual se pregunta, reflexiona y analiza: ¿Para qué sirve realmente la ética? Para ella hay pocas causas más ilusionantes e interesantes que fomentar el valor de la palabra como clave de convivencia ética y como forma de consolidar el sistema democrático. Se lamenta de que con frecuencia se utiliza la palabra “ética” sin conocer su auténtico significado. La ética es personal, pero también política. De hecho, la ética política es importantísima en una sociedad porque no hay auténtica política sin una base ética. Una política que prescinda de la ética es, sencillamente, mala política. Ni siquiera inmoral: es mala, y el adjetivo “mala”mucho tiene que ver con maldad y con malicia. Resulta difícil definir ciertos conceptos; la maldad es uno de esos conceptos que sabemos identificar muy bien en la práctica, pero al momento de definirlo, nos puede resultar complicado. Si nos pidieran diferenciar entre acciones moralmente buenas y malas, seguro lo haríamos sin mayor dificultad, basándonos en valores y principios; pero si tenemos que definir en teoría la maldad, nos encontraríamos con algunas dificultades. Se trata de un concepto complejo, cuya naturaleza y dimensiones resultan difíciles de delimitar. De ahí que la noción de maldad posea un amplio historial de discusión filosófica. 

Analizando y mirando nuestro mundo, no podemos negar que existe la maldad, incluso, podríamos ponerles nombre. Existen al menos dos conceptos de maldad: uno amplio y otro restringido. En sentido amplio la maldad abarca cualquier eventualidad que perjudique al ser humano o le cause sufrimiento, incluyen aquellas acciones humanas que perjudican a los otros. Y nadie puede negar que existen estructuras sociales, proyectos políticos, decisiones económicas que causan sufrimiento y dolor a personas y a colectivos. Por otra parte, el sentido restringido de maldad incluye aquellas acciones, personajes o acontecimientos considerados despreciables desde el punto de vista moral. En este sentido, el mal solo se atribuye a los agentes morales, a los seres humanos y a sus acciones. ¿Es la maldad una cualidad natural del ser humano o es una cualidad aprendida?

Maquiavelo o Hobbes afirmaban que el ser humano es malo por naturaleza. Kant sostenía que existe un mal radical en la naturaleza humana, lo que implica que todos los seres humanos tenemos una propensión a subordinar la ley moral al interés propio; Rousseau en cambio defendía que el ser humano es bueno por naturaleza y es la sociedad la que lo corrompe. En el siglo XX, Hanna Arendt ofrece una noción de maldad asociada a grupos sociales y al propio Estado. Defiende que el mal no es natural al ser humano ni es una categoría metafísica; sería producido por las personas y se manifestaría solo cuando encuentra espacio institucional y estructural para ello. Sus reflexiones surgen como un intento de comprender y evaluar los horrores de los campos de exterminio nazis. ¿Todos los alemanes justificaron los horrores del nazismo? Posiblemente no, porque la maldad se esconde en la sombra, se disfraza y se justifica tras la política poco o nada ética. Si la política tiene que perseguir el “bien común” éste no tiene una sola interpretación. A lo largo de la historia ha habido muchos modelos y sigue habiéndolos ahora. Eso es lo que diferencian los proyectos políticos de los partidos; es normal, incluso necesario que las sociedades democráticas dispongan de esa variedad de propuestas y proyectos; no se pueden condenar las diferencias, sí las exclusiones; es lo que sucede en los regímenes totalitarios que solo hay un proyecto y, cuando solo hay un proyecto no se busca el “bien común” sino el bien de quienes detentan el poder. Somos los ciudadanos los que tenemos que pensar en las distintas propuestas y analizar cuáles nos parecen convincentes y cuáles no. No se trata de que el político de turno nos manipule para vendernos su alternativa. Una ciudadanía lúcida y sensata estudia las distintas propuestas y valora si realmente van a ser mejores o no sin sesgos de ningún tipo. Y eso es lo que nos estamos jugando en estos momentos. 

Como señaló Kant, la moral del éxito no debe traicionar las intenciones y, ciertamente, siempre cabe negarse a secundar lo injusto

Estamos viendo en estos atropellados momentos postelectorales, que el mayor riesgo que corre tener o no tener un determinado gobierno, no está en la confrontación ideológica ni programática, que casi ni ha existido, sino en la lucha por conseguir el poder a cualquier precio y la desinformación con la que muchos ciudadanos han ido a votar, esos “votantes volátiles”, que votan con el sentimiento pero no con el conocimiento, sin capacidad para diferenciar los hechos de las opiniones, incapaces de diferenciar quien actúa con principios y valores éticos y quién prescinde de ellos con tal de conseguir el poder. Y no resulta fácil distinguirlos, pues como decía Salustio“Es difícil templar en el poder a los que por ambición simularon ser honrados”, pues, en el marco de la ética hay combates en los que no es deshonroso perder.

Alexandre Koyré, filósofo e historiador de la ciencia, en su obra “La función política de la mentira moderna”, se preguntaba cómo identificar a los políticos mendaces, mediocres y falsos, inmersos en ese magma que es la acción política, cuál es su perfil para saber ubicarlos: y la respuesta no es otra que observando sus conductas, si su táctica es la mentira y sus estrategias, trajinar en aquellos escenarios donde existe falta de información y razones y exceso de ignorancia y emociones. Es ese político que se dirige a aquellos ciudadanos ingenuos que pueden servirle como trampolín para conseguir el poder y sus oscuros intereses. Pero no se puede olvidar los que de ellos decía Charles Péguy“El triunfo del demagogo es pasajero, pero las ruinas de su acción son permanentes”. O como decía la filósofa y escritora rusa, nacionalizada estadounidense Ayn Rand“La ambición de poder es una mala hierba que sólo crece en el solar abandonado de una mente vacía”.

La maldad en la sombra, o cuando la política ignora la ética