jueves. 04.06.2026
HISTORIA DE LAS GUERRAS

Europa en capilla: de los Balcanes en 1914 a Oriente Medio en 2026

La nueva lógica del dominio geoestratégico emite un doble mensaje global: la dirección planetaria se organiza en torno a una oligarquía de tecnócratas corporativos y declara el planeta un cortijo de los Estados Unidos.
Rendición de Ioánina

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La hora liberal concluye su ciclo europeo, tras crear espejismos con promesas: la lucha contra el cambio climático, la solidaridad pandémica, y la modernización verde e informática, que no cumplió por falta de voluntad política. De ahora, en adelante, si la izquierda fracasa en crear una amplia alianza europea por la Paz, un militarismo, al estilo alemán, marcará el paso de Europa. El laborismo británico ya está buscando senderos de gloria colonial, en la senda histórica de apoyar al Tio Sam, y otros gobiernos pueden imitarlos. El discurso de Pedro Sánchez, el “No a la guerra” paralizó la maniobra de Ursula Von der Layen y Kaja Kallas, ambas, en la órbita pro-estadounidense del P.P. europeo, siempre a la zaga de la CDU. El partido que, tras la reunificación de Alemania, y bajo el protectorado estadounidense, se hizo cargo de los restos del imperio soviético, y covirtió la casa común europea en el almacén geopolítico del final del comunismo. Los líderes liberales se mueven confusos, entre el miedo a la guerra, la inflación y el desempleo de los ciudadanos europeos, y añoran el protectorado militar USA, en un mundo sin reglas. Sin embargo, solo la Unión Europea, a pesar de no tener brújula propia, y China, que necesita consolidar mejor su universo tecnológico, estarían dispuestos a la aceptación de un gran directorio multilateral, única salida civilizada a la crisis actual.  

Para cerrar filas con Netanyahu, Trump se ha saltado el último baluarte constitucional, al declarar la guerra a Irán, sin contar con las cámaras parlamentarias

Bajo la hegemonía la alemana, el centro del debate en la Unión Europea fue la política económica, y las respuestas a la Gran Depresión; lo que situó a los socios entre la Escila, de una Europa alemana, y el Caribdis, de un continente sin brújula. Durante esa década de austeridad, hay que resaltar el carácter keynesiano y progresista de algunas iniciativas liberales, que se tomaron a partir de julio de 2012, fecha que Mario Draghi (nuevo director del Banco Central Europeo) inauguraba la era liberal europea, con su famosa frase: “haremos todo lo posible para salvar el euro, (…), y, estén seguros, será suficiente”. El éxito en frenar la especulación con la deuda en euros levantó el ánimo liberal-socialdemócrata, y creó una ola de optimismo europeísta. En noviembre de 2018, Macrón dio un discurso ante el parlamento alemán; en él, reclamaba prioridad para las medidas dirigidas a fortalecer la unidad política de la Unión, previas a cualquier nueva ampliación. La UCD de Ángela Merkel, aún traumatizada por el Brexit, aplaudió el discurso, y evitó pronunciarse; y el líder del SPD se sumó a la cautela de la presidenta, y también calló. La posición de la socialdemocracia alemana, segundo partido y socio minoritario en el gobierno de Berlín, estaba siendo amenazada por Los Verdes. 

Macrón, como todos los gobernantes franceses desde 1990, recelaba de la determinación europea de Alemania, una vez unificada, y convertida en la gran potencia de Europa. Desde la descomposición de Yugoeslavia, los cancilleres habían jugado a recomponer el hinterland histórico de influencias germánicas. Primero Croacia y Eslovenia, más tarde Polonia y Ucrania; incluso la construcción de la gran conducción de gas ruso hacia Alemania creaba recelos en Francia, que aún estaba anclada en los viejos acuerdos del carbón y el acero, y en la mutua dependencia franco-alemana, como pilar del Mercado Común. Una de las condiciones planteadas por Mitterrand a Kohl, para permitir la anexión de Alemania del Este había sido: aprobar El “euro”, y un compromiso firme de avanzar hacia la unidad continental. Por ello, Macrón propuso, ante el parlamento alemán, congelar todos los acuerdos de nuevas incorporaciones a la Unión Europea, y condicionarlos, más tarde, a la conclusión de los temas pendientes desde 2015: unión financiera, flexibilizar los procedimientos de llegar a acuerdos, la eliminación de la unanimidad y, por último, clarificar la fiscalidad del tesoro europeo para soportar el euro. A pesar de las nulas resoluciones del Bundestag, Macrón creó una expectativa al conjunto de la U.E; el simple hecho de anteponer los requerimientos europeístas al mandato norteamericano, para que los europeos se hicieran cargo de los restos del imperio ruso. Ya era bastante. Pero, ni la Socialdemocracia, ni la izquierda vieron la oportunidad. 

El juego de gran potencia centroeuropea jugado por la Alemania unificada no era bien visto por Rusia, ni beneficiaba a la Europa del sur. España, Portugal, Italia e Irlanda vivieron 10 años bajo amenaza de quiebra financiera, y aún no se han podido recuperar en servicios esenciales de sus estados del bienestar: la sanidad está siendo privatizada, como lo están las universidades, y no existen posibilidades de presupuesto para viviendas sociales y servicios esenciales, como los transportes. En Europa, las necesidades de modernización se amontonan, y las instituciones de Bruselas no responden, ni dejan actuar a los estados nacionales. Desde la agresión rusa contra Ucrania, Europa está gripada: ninguno de los problemas expuestos por Macrón en 2018 han tenido respuesta, y ante los riesgos defensivos, se pide a los estados miembros una contribución, sin analizar cómo el desvío de recursos afecta a las necesidades básicas de cada socio. La guerra marcó el final de la hora reformista en la Unión Europea; pero no hemos sido conscientes de este retroceso hasta junio de 2024, cuando se destapó la dependencia estratégica de Europa respecto a los EE.UU. En el interín, hemos abandonado la lucha contra el cambio climático, y permitimos a Netanyahu llevar su ofensiva colonial en Palestina hasta el punto de no retorno, sin aplicar las cláusulas humanitarias de salvaguarda y, ahora, repetimos en Líbano nuestra inconsistencia. Desguazamos nuestra imagen ante el Sur global; y nos dejamos arrastrar por una mezcla de resabios coloniales, y de amnesia frente al pasado fascista. Reescribimos la memoria de los crímenes nazis, especialmente en Alemania, cuando tapamos el genocidio sionista con el Holocausto. 

La inconsistencia de los gobiernos europeos abrió el camino al populismo en las elecciones al parlamento europeo de junio de 2024. Ese verano, la presidencia demócrata estadounidense se desmoronó por el apoyo al gobierno sionista; evidenció que éste cumplía un mandato norteamericano, que le remitía la munición para mantener el dominio de la región. Con la guerra en Ucrania estancada, el retorno de Donald Trump a la presidencia se hacía previsible. El momento era óptimo y, en cuanto tomó posesión de la presidencia, el líder republicano se quitó la careta: subida de aranceles, detención del presidente de Venezuela, y ofensiva para expulsar a los inmigrantes hispanos. Sin embargo, no contó con la clase media ilustrada de su país. Empobrecida por años de neoliberalismo y harta de las razones de Estado, una parte de la sociedad norteamericana se lanzó a la calle en solidaridad con los hispanos, y los índices de popularidad del presidente estadounidense han caído en picado. La reacción ha sido una fuga adelante, sumamente peligrosa. El presidente Trump se ha rendido al colonialismo sionista. El propio embajador de los estados Unidos afirma, lo siguiente: “Israel tiene un derecho bíblico de dominio sobre las tierras de Oriente Medio”; y EE. UU cumple con su destino manifiesto, poniendo el mayor poder militar del planeta a su servicio. Netanyahu ha conseguido lo que llevaba muchos años persiguiendo: comprometer a los Estados Unidos en su choque con Irán por la supremacía en la Región, y anular la influencia de Europa en el Sur global. 

Una de las estrategias de consenso, entre todas esas fuerzas, es el laborismo feminista, que emerge de la alianza entre el movimiento sindical y el feminismo

Para cerrar filas con Netanyahu, Trump se ha saltado el último baluarte constitucional, al declarar la guerra a Irán, sin contar con las cámaras parlamentarias. El liberalismo se retira de la historia, como en ella entró, con una guerra de religión disfrazada de conflicto entre civilizaciones, y la cobertura humanista del capitalismo europeo se agrieta. En 2026, las armas y el poder militar son la única expresión del carácter de los estados nación occidentales, como lo eran en 1914, solo que el siglo XXI es el umbral de una nueva civilización tecnológica. En septiembre de 2024, vista la situación, el expresidente Draghi emitió un informe, a petición de la Comisión de la UE, conjunto con el del exmandatario italiano Enrico Letta; en sus recomendaciones, ambos solicitaban un fondo común europeo de 800.000 millones de euros, para financiar la modernización tecnológica y energética de los países de la Unión. Uno de los objetivos era alcanzar autonomía estratégica en la defensa europea común, para lo cual, los programas tecnológicos, energéticos y armamentísticos comunitarios se financiarían con la emisión de eurobonos. El gobierno alemán se opuso, y el informe pasó de las mesas de los comisarios, a los cajones y, finalmente, a las estanterías. En enero de 2025, la nueva presidencia de los EE. UU ha puesto patas arriba las relaciones atlánticas, traspasado el peso de la guerra en Ucrania a manos de los europeos e inaugurado una nueva era, gobernada por un triunvirato de grandes potencias nucleares en competencia, EE.UU., China y Rusia, ¿o la India? Inestable y muy peligroso. Europa tenía la opción de plegarse al hegemón, o inaugurar una época de unidad europea, con autonomía estratégica. Sin embargo, el parlamento elegido en 2024 no la favorece: los liberales reformistas habían perdido posiciones, y la izquierda se había hundido.

La nueva lógica del dominio geoestratégico emite un doble mensaje global: la dirección planetaria se organiza en torno a una oligarquía de tecnócratas corporativos; rechaza la democracia, en nombre de la libertad del capital; y declara el planeta es un cortijo de los EE.UU. La principal potencia militar no necesita permiso de nadie para imponer su Ley, y Trump cuenta con la abstención de las tres potencias medias de Europa; la principal de ellas, sometidas al recuerdo del Holocausto, no permitirá a la UE aprobar represalias contra Israel. Las rivalidades interreligiosas del Islam en la región harán el resto, e impedirán las solidaridades regionales. Convencido de que nadie arriesgará nada por ese régimen, Donald Trump arrasa la legalidad internacional, y regala a Israel una ampliación del caos en su entorno geográfico; un desorden que, principalmente, perjudica a sus múltiples enemigos del área, los cuales tardarán muchos años en recuperar un mínimo de tranquilidad, y de paz, porque la destrucción de Irán multiplicará los conflictos en la región. Prevé el control global del petróleo, y que los sionistas se apropiarán de los recursos en su entorno, desde el Sinaí hasta el rio Litani en el Líbano, completando el Gran Israel. Los tecno oligarcas que lo apoyan necesitan un nivel, controlado, de caos, que impida los intentos de los estados medios, y de la propia Unión Europea para la regulación del desarrollo y apropiación privada de las tecnologías de la información, especialmente, de la Inteligencia Artificial. El bien común no debe inmiscuirse en la apropiación de los datos privados que circulan por Internet, ni en su acumulación en los sitios corporativos del Big Data, ni en el manejo y manipulación de los algoritmos que los utilizan, que son privativos de las corporaciones capitalistas. Reclaman un cierto descontrol global, como incentivo para los negocios de Internet. 

Los cálculos que Donald Trump esconde tras su histrionismo belicista solo pueden ser trastornados por la resistencia iraní; y ésta es inviable a medio plazo, porque no tiene el apoyo de su población; los iranies están demasiado divididos por la dictadura, para ofrecer a los EE.UU. una nueva edición de Viet-Nam. La oposición de Europa frenaría mucho a Trump, falto de estrategia en su guerra, pero es imposible mientras Alemania utilice su hegemonía, para vetar las emisiones de bonos de la Union. Además, los gobiernos de los estados miembro estén presionados por la guerra en Ucrania, y maniatados por la falta de estructuras unitarias para la defensa. Una coalición de países medios, propuesta por Canadá, frenaría, algo, la dinámica trumpista, pero el tahúr conoce a los jugadores, y sabe cómo dividirlos. Las potencias medias, como Alemania o Canadá, no disponen de suficiencia financiera, ni de voluntad política para ofrecer un futuro pacífico a un mundo global; éste seguirá marcado por los militarismos y la resolución violenta de los conflictos, hasta que un nuevo poder continental frene al Tio Sam.

Los responsables de la Unión Europea, en un ejercicio de cinismo antiliberal, temen irritar a Trump y eluden calificar lo que, sin paliativos, es ilegal. Incluso la prensa aparenta que lo único que ocurre es el cierre del Estrecho de Ormuz. Pocos condenan a los agresores, hoy Israel y los EE.UU. Las antiguas potencias de Francia y el Reino Unido emulan pasadas glorias coloniales en el Canal de Suez; la Comisión de la UE cambia los objetivos inversores, y redirige la financiación de los proyectos verdes e informáticos hacia las industrias de armamentos; y los acuerdos se toman en cónclaves de ministros y tecnócratas; no se debate sobre las necesidades y objetivos de la Unión, ni tan siquiera en los parlamentos de los países miembros. Pero, el resultado del final de la hora reformista liberal no ha sido el ascenso de los partidos de la izquierda en Europa, perdidos hace años para la política continental. No tienen un proyecto para Europa, y ello les impide construir políticas sociales trasformadoras, en sus propios países. Para hacer política general, necesitan recuperar la perspectiva del trabajo, que ha sido, siempre, el enfoque común al conjunto de la izquierda. Sin cultura laborista, la izquierda se fragmenta en pequeños grupos de acción reivindicativa, centrada en alguno de los aspectos de la opresión social, pero irrelevante para los centros de poder de las redes político-sociales. La población europea percibe que las cuestiones importantes dependen de recursos que, en última instancia, se deciden en Bruselas. Por ello, la ausencia de soluciones no empuja hacia el voto de izquierdas, si no hacia la anti política. Porque los partidos sin una fuerte presencia europea no aparecen ante los ciudadanos como agentes trasformadores.

La izquierda perdió a su único referente europeo, los Verdes; éstos fueron un partido europeo, pero han devenido en un conjunto de fuerzas nacionales, y muy diferentes, según cada uno de los países. En su país de origen son, desde hace más de veinte años, un ala del liberalismo reformista, o del centro izquierda alemán. En otros países aglutinan izquierdas diversas, o no tienen representación. Ellos, también, reproducen los males sectarios de la izquierda, se fraccionan, y muestran incapacidad para debatir y consensuar entre sus diferentes corrientes. Los partidos de clase trabajadora pierden la base, por la fragmentación del propio trabajo. Además, la historia de la URSS ha dividido profundamente a los trabajadores del continente, hasta su desaparición en 1990; y aún persigue a los comunistas que, en Francia o Italia, constituyeron una fuerza imprescindible para vertebrar el país tras la guerra. El Partido Comunista italiano fue el agente que integró la mitad norte de su país, tras el acceso a la modernidad en la CEE. Su desaparición ha dañado la vertebración de las izquierdas europeas; las occidentales están aún separadas de los grupos de ideas trasformadoras procedentes del antiguo imperio soviético, que son prisioneros del malestar contra la potencia ocupante. Sin embargo, las izquierdas occidentales y del este europeo están obligadas a entenderse, porque la decadencia de Europa, de los valores sociales y liberales del continente son una tragedia global. Pero solo la paciencia y la voluntad de consenso lo conseguirán; durante muchos años, la palabra socialismo, ha venido asociada al estalinismo, o al imperialismo soviético para los que lo sufrieron, y no puede aglutinar a los que, sin embargo, si comparten los valores que dieron lugar a las internacionales obreras europeas. Los ideales del sindicalismo europeo son compartidos por todos los miembros de la CES, como los valores del feminismo, son un patrimonio europeo, con influencia global en ascenso, porque, en parte, señala una debilidad del socialismo, que es el mantenimiento del marco cultural del patriarcado, en el que nació. Igualmente, se deben integrar los principios de los movimientos por la paz, en una época tecnológica que convierte cualquier conflicto en una amenaza existencial, y del anticolonialismo, surgido tras la victoria contra el fascismo, que nos recuerda el destino común de la humanidad. Por su parte, el eco-pacifismo de los partidos verdes comprende al conjunto de ideas sobre la preservación del planeta, que soportan los acuerdos contra el cambio climático, y han marcado el cenit de la influencia europea. Se mueve en la frontera del liberalismo reformista, que alumbró la idea republicana de la ciudadanía, y de las diversas interpretaciones del cristianismo de base y el libertarismo anarquista, que han asumido las tradiciones comunitarias de cooperación y solidaridad, que son imprescindibles para mantener la civilización. Este conjunto de conceptos humanistas alimenta la izquierda en las múltiples regiones y culturas nacionales de Europa, y sus manifestaciones políticas (partidos, o movimientos organizativos) están condenadas a identificar sus valores comunes; los puntos de confluencia que les permitan superar la inoperancia a la que están sometidas. 

Una de las estrategias de consenso, entre todas esas fuerzas, es el laborismo feminista, que emerge de la alianza entre el movimiento sindical y el feminismo. Ambos son portadores de valores solidarios y cooperativos, pero el programa de la izquierda debe ir dirigidos a todos los demócratas europeos; apostar por la construcción de una sociedad política continental y confederada, que afirme la autonomía estratégica de la Unión Europea: En las Finanzas, creando suficiencia legislativa y administradora para armonizar nuestra fiscalidad, unir nuestro sistema bancario, y proteger el patrimonio financiero comunitario, contra la fuga y la utilización anti solidaria de los capitales individuales. En Defensa, para crear una estructura de mando y una industria militar común, que armonice nuestros estándares en el armamento y la informática militar. En el desarrollo de la Tecnología, con estrategias para desplegarla, y estándares de control democrático de los fines perseguidos con ella. En la Ecología y la Energía, para retomar y ampliar los acuerdos sobre el cambio climático, los mares y la energía. Y en la ampliación de la Democracia, que potencie el asociacionismo, a costa del poder de la tecnocracia, y abra los caminos a la democracia económica y la armonización social europea. Estos son los cinco ejes, en torno a los cuales la izquierda europea puede conseguir unidad de acción, y presencia en la Unión; confluir con el liberalismo reformista, y alejarlo del refugio militarista, superando las alianzas y ejes, Berlín-Roma, o París-Londres, que pretenden recuperar la supremacía europea, como si aún estuviéramos en 1919.

Europa en capilla: de los Balcanes en 1914 a Oriente Medio en 2026