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En estos días, de enero de 2026, cuando Europa termina de aprobar el acuerdo comercial con Mercosur y, con esta firma, intenta transmitir independencia decisora, la Comisión que la gobierna, y los países que la componen arrastran los pies ante los hechos en Centroamérica. Desde el Caribe, Trump amedrenta a los gobernantes del continente, exige el control de sus riquezas y proclama su primacía, para convertir al hemisferio en un club de vasallaje. El tiempo, y no muy tarde, juzgará a Europa y a su autonomía, en función del desarrollo de sus compromisos con esos países; porque, la inacción europea, desde 2012, ha permitido que los EE.UU. sitúen las relaciones internacionales en el campo de las reacciones geoestratégicas; ámbito poco propicio para una hipotética autonomía de la Unión Europea (UE). No está presente en las negociaciones para terminar la guerra en Ucrania, coto reservado a Putin y Trump, y persiste en la connivencia con el genocidio en palestina, esta última a costa del capital simbólico europeo. En lugar de afirmar una cierta independencia europea frente al Tío Sam, Europa vende sus principios sobre Derechos Humanos, y se escuda en pagar viejas deudas alemanas, despreciando a los pueblos de las naciones musulmanas, que no podrán olvidar el alto precio que ellos pagan por los pecados europeos. Nuestros gobiernos no defienden, ya, ni los acuerdos sobre el Clima de París, tomados en 2015 a iniciativa de la propia UE. Nada pone colorados a los dirigentes europeos, porque la vergüenza ya no les pertenece. Gracias a la inacción de sus gobernantes, Europa está dejando de ser un proyecto de los europeos; alimentando la bestia del nacionalismo populista, que ya deberíamos reconocer, tras las experiencias vividas en el siglo XX.
El olvido parece apropiarse de la memoria popular europea, cuando la U.E. decide permanecer como protectorado de los EEUU, a pesar del conflicto ucraniano. Cuya deriva demuestra que la OTAN es una alianza caducada con su tiempo, y reanimada por el presidente norteamericano, porque a él le interesa. Obama, primero, y Joe Biden, después, le inyectaron oxígeno de guerra fría para ocultar el deterioro tras los desastres de Afganistán, y las mentiras de Irak; calentaron las viejas fronteras, provocando al nacionalismo ruso con ampliaciones de la OTAN, que no tenían sentido defensivo para Europa, con la única intención de cercar a la gran potencia nuclear, en tiempos de redefinición estratégica. En lugar de buscar caminos de seguridad mutua y cooperación, e iniciar una era de desarme, metieron a Rusia y Ucrania en una apuesta de desgaste mutuo. Los dirigentes europeos, aún en el siglo XX, se sumaron, acríticamente, a la estrategia de Joe Biden. Cuando se demostró que Rusia no puede con Ucrania, pero tampoco se derrumba; ante la evidencia de que Rusia tiene resiliencia, y aguanta las guerras de erosión, o que los imperios, como los gatos, no ceden, cuando están cercados. Solo una oferta de seguridad haría que Rusia abandonara el bunker. Trump tiró de una patada el tablero, y ha dejado en la estacada a los dirigentes europeos, que se limitan a lloriquear, rogando al Gran hermano que no les abandone. Con la renuncia a ser un actor global, la UE acepta la lógica del siglo XXI, donde el fuerte reclama tributos del vasallo: un 5% del PIB europeo en compras de armas norteamericanas, en una nueva edición de la carrera de armamentos, que acabará con nuestros estados del bienestar.
En el marco de esa carrera contra el reloj de la Historia, debemos enmarcar la invasión de Venezuela por las tropas de EE UU. Un paso más, en el camino, cuyas reglas las pone Trump. Esta nueva acción de piratería internacional no debería asombrarnos; los EE.UU. han adelantado señales de sobra; la más reciente, la retirada de la ciudadanía financiera a la relatora de la ONU sobre Gaza, la italiana Francesca Albanese, y a los fiscales y jueces del Tribunal Penal Internacional, que se han atrevida a encausar a Netanyahu y a su ministro de la guerra por crímenes de guerra, y probable genocidio contra los palestinos. Una entidad política, como la Unión Europea, que no defiende la ciudadanía de las personas a su cargo, ¿Qué sentido tiene? Porque la Sra. Albanese y los miembros del TIJ son miembros de instituciones de la justicia, impulsadas por la propia Europa. Y no solo ellos, cualquier ciudadano europeo está expuesto a las represalias del gobierno de los EEUU. Éste puede impedir que recibamos dinero en nuestras cuentas bancarias, o que podamos retirarlo; su control de las redes financieras globales y de su funcionamiento le permite bloquear las cuentas de cualquier ciudadano, porque las redes de crédito están obligadas a seguir las órdenes del gobierno norteamericano; las autorizaciones de cobro y de pago, del sistema bancario global son operadas desde instituciones radicadas en su territorio. Las finanzas de los miembros y ciudadanos de Europa no dependen de instituciones internacionales, como el FMI. Dependemos del gobierno de los EEUU. y de instituciones privadas, VISA, MASTERCARD, de órganos de compensación y de giro financiero, sometidos al gobierno de Washington. Lo mismo ocurre con nuestras comunicaciones digitales; o con las agencias de calificación crediticia.
Toda Europa es un protectorado estadounidense, militar, tecnológico, comunicacional y financiero. La crisis de 2008 lo puso al descubierto. Tras los primeros pasos ruinosos del BCE, un nuevo presidente, Draghi, puso la primera piedra eficaz de independencia, cuando salvó al euro en 2012. Pero la cosa quedó ahí, nuestros gobiernos no intentaron ir más lejos, y los lobbies bancarios maniobraron para impedirlo. Las sucesivas Comisión y Consejo no completaron el paquete, que incluía impuestos a las transacciones financieras, agencias europeas de calificación y una Unión Bancaria, dependiente del Banco Central Europeo. El proyecto se dejó dormir, incluso cuando el Brexit despejó el freno principal, la City de Londres, enemiga declarada de la independencia financiera europea. Entre 2012 y 2015, el dólar recuperó el dominio sobre los mercados, y EEUU. su posición privilegiada, como deudor que se reserva el control de las deudas globales.
En 2010, China había intentado desbancar al dólar, y fortalecer el euro, aprovechando la crisis financiera del 2008, y la buena disposición del FMI, que estaba bloqueado por la crisis en Wall-Street y conocía la debilidad China; la República Popular China era, ya entonces, acreedor principal del Tesoro norteamericano, pero aún estaba muy lejos de ser un competidor. Pero Europa no supo aprovechar la oportunidad. Desde aquella fecha, China ha desplegado sus agentes financieros en Latinoamérica, e intentado construir un mercado del petróleo independiente del dólar; con precios y transacciones cotizados en el yuan. La base comercial serían las transacciones con Rusia, y el mercado de futuros de Venezuela, país con las mayores reservas de crudo del planeta. Ante los avances geoestratégicos de su competidor, Trump ha desempolvado la vieja doctrina Monroe, e invadido el país caribeño, secuestrando a su presidente; proclamando un nuevo derecho a controlar los recursos del hemisferio americano. Son los EEUU. presidios por Trump, quienes han invadido Venezuela, en una acción dirigida contra las veleidades de independencia financiera en los mercados de la energía. Donald Trump no está loco, ni es impredecible. Es grosero y matón, pero sabe que tiene que anticiparse, ahora, mientras mantiene la supremacía en la tecnología militar, y financiera, con el concurso de Israel. Porque, el papel del dólar es crucial para la hegemonía. Controlando la moneda de reserva, sin limitaciones de referencia, como la equivalencia oro o los giros del FMI, puede financiar las enormes inversiones en infraestructuras digitales y tecnología militar, y sus bases en el conjunto del planeta, a cargo de la balanza comercial global. Sin el dólar, o mejor sin los bonos de la Reserva Federal, EE. UU. no podría sostener el esfuerzo; mientras controle la moneda de referencia, podrá endeudarse, y exportar las consecuencias inflacionistas a los países de su esfera de dominio.
Como las infraestructuras digitales son, también, propiedad USA, y son las que canalizan los flujos financieros globales; Trump protege la expansión de sus monopolios tecnológicos, que se apropian de los datos digitales de las poblaciones en su esfera geográfica de influencia. Los datos informatizados son los vehículos financieros de la principal riqueza actual, el conocimiento en know-how, la I+D o la innovación, y de las tendencias de los mercados y la cultura global. Esta riqueza no tiene valoración objetiva, pero puede ser contabilizada, una vez que los algoritmos trasforman el conocimiento en datos, y éstos son comercializados por los canales digitales, y convertidos en dinero. Los inputs de información pueden así ser procesados, comparados con los datos proporcionados por la actividad comunicativa de consumidores y ciudadanos por los monopolios tecnológicos, que son los dueños de los canales y dispositivos para el proceso y almacenamiento de la información. El control del Big-data, permite a los monopolios tecnológicos, y al poder político con ellos asociado controlar el relato social, y así encauzar las tendencias culturales, que cultivan y configuran la ideología narcisista del consumidor; con el relato se previenen contra la reflexión ética y estética, en torno a los comportamientos impulsado por el consumo. Esa es la causa principal de las amenazas de Trump a la Unión Europea contra los intentos de regular la utilización y el manejo de la información digital. Aunque todos contribuimos a crearla, la metamorfosis del conocimiento en datos permite a las corporaciones convertir la riqueza intelectual en dinero. Igual que el petróleo de Venezuela pertenece al Imperio, los datos digitales, en la configuración de los mercados pretendida por Trump, son propiedad de los oligopolios tecnológico norteamericanos. ¿La razón? Ellos apoyan al emperador, y financian sus campañas políticas. Solo China, o la India, optan, hoy, por la autonomía estratégica, tienen armamento nuclear, tecnología digital y de Inteligencia Artificial, y población generadora de conocimiento, suficientemente numerosa para ser proveedora de datos (Big-data). Europa, con su crédito reputacional, y 500 millones de habitantes, podría alcanzar autonomía estratégica, pero estamos en manos de unas tecnocracias envejecidas, y éstas controlan todos los mecanismos políticos del continente. Si la izquierda fuera capaz de imaginar hacia donde vamos, y su contrario, hacia donde podríamos ir con la riqueza de conocimientos que generamos; y si, los europeos aceptaran renunciar a los privilegios coloniales conquistados en el pasado, que son cada día más inútiles, y que tanto perjudican nuestra relación con otros pueblos, el mundo podría emprender caminos de colaboración y paz multilateral, basados en el bien común del conocimiento, y conjurar los peligros, obvios para todos, de la deriva imperialista actual.




