miércoles. 03.06.2026
TRIBUNA EUROPEA

¿Quo vadis Europa?

La Unión Europea tendría que afrontar la renovación de su bienestar, y la izquierda plantear su modelo, mediante la ampliación del pilar social existente a los aspectos no contemplados hoy en él, como la democracia del trabajo y la vivienda.

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En anteriores escritos publicados en Nuevatribuna.es, he defendido que la Democracia Económica necesita un ámbito territorial con peso global. Es una idea que solo es viable si se desarrolla en un mercado con un peso específico determinante en la economía global. Ese ámbito, hoy, es la Unión Europea; ésta se presenta como el único reducto de los derechos sociales y ciudadanos, con dimensión suficiente para proponer acuerdos y bases de solidaridad y cooperación global; el problema es que aún está por construir políticamente. Y sigo defendiéndola, pero no podemos ignorar las enseñanzas de nuestra historia común; la crisis de 2008-2015 demostró que los ingenuos, en un proyecto común, pero no solidario, acaban pagando la factura. La pregunta sobre los adultos en la habitación, realizada por el ministro griego Varoufakis, demostró que la izquierda, cuando ruega ser admitida en el Club acaba sirviendo las bebidas. También evidenció que Syriza, Podemos, y la mayor parte de la izquierda europea estaba participando en un juego de grandes apostantes sin una estrategia, ni tan siquiera un mapa del territorio. Ninguna de las fuerzas que han despertado las esperanzas populares durante los últimos quince años partía con una visión del ámbito político donde se deciden las líneas y reglas de convivencia de los casi quinientos millones de conciudadanos europeos. 

Dos guerras mundiales han demostrado que las coaliciones militares, entre estados soberanos, acaban beneficiando a los económicamente más fuertes dentro de cada coalición: refuerzan su liderazgo y crean imperialismo

El problema de Europa comienza en esa última frase del párrafo anterior. No es Rusia, ni tan siquiera Ucrania, sí lo es para los ucranianos; si desean ser europeos, deben preguntarse, también ellos, que es Europa. Por lo tanto, al hablar de un rearme europeo, no podemos centrarnos en el dilema nacional de “armas o mantequilla”; antes que esa pregunta, que también deberá plantearse, viene qué es Europa para nosotros: ¿Una ilusión, que nuestros socios del Norte devaluarán en el primer contratiempo? (recordemos la frase del ministro holandés y secretario actual de la OTAN sobre las aficiones meridionales a la siesta y la fiesta; asimismo, es conveniente rememorar las afirmaciones del Wall Street Journal en febrero de 2012 sobre la muerte del modelo social europeo, recordadas por Draghi al exigir la reforma laboral de Rajoy, como condición de la financiación a los bancos españoles). Por lo tanto, la ocasión actual exige sacrificios, nuestros socios del norte los reclaman; lo lógico, a la luz de la experiencia, es solicitar a esos mismos socios el compromiso con nuestros problemas, adelantando con hechos concretos la unidad europea y sus compromisos: en primer lugar, la mutualización de la deuda para la defensa europea; a continuación, la creación de un auténtico sistema de defensa europeo.

¿Que implica un sistema de defensa europeo? Una estrategia común de futuro que lo justifique. Dos guerras mundiales han demostrado que las coaliciones militares, entre estados soberanos, acaban beneficiando a los económicamente más fuertes dentro de cada coalición: refuerzan su liderazgo y crean imperialismo. El momento exige de los europeos una voluntad de unidad, de renuncia a los nacionalismos y, concreción: avances reales hacia un gobierno común y solidario. Sin esas condiciones, hablar de rearme es una locura para los españoles. Nuestro problema principal, aparte del cambio climático, común a todos los habitantes del planeta, es la dependencia de 90 millones de turistas; nos hemos convertido en una economía de monocultivo, necesitamos avanzar en las nuevas tecnologías y en la transición económica, o acabaremos explotando nuestra ventaja competitiva: estar cerca de los países con la clase media más amplia y rica del planeta, tener un índice mínimo de delincuencia, buenos alimentos y buen clima; somos, además, pacíficos y simpáticos, ideales, por lo tanto, como sirvientes. ¡Cualquier desastre geopolítico o climático en Europa o el mediterráneo, nos arruinaría y dejaría sin empleo! 

Nuestro problema principal es la dependencia de 90 millones de turistas; nos hemos convertido en una economía de monocultivo, necesitamos avanzar en las nuevas tecnologías

Enlazando con las debilidades de nuestro sistema industrial, no podemos, en nuestra posición, alimentar el complejo militar industrial de EE. UU., Israel o, incluso, de nuestros no solidarios socios del norte. Si participamos en el rearme europeo, debemos tener garantías de que la planificación de proveedores e inversiones nos garantiza el aprendizaje de nuevas tecnologías de uso diverso. Asimismo, de que no estamos alimentando al monstruo belicista, las potencias citadas, lideradas por Trump y Netanyahu, más Reino Unido; dentro de la Unión Europea, el gobierno británico es un boicoteador de la Unión, fuera de ella, es un elemento diletante y poco fiable, siempre tentado de recurrir a las armas para solventar cualquier problema geoestratégico. Tampoco podemos olvidar a Marruecos, peón de los EE.UU. y reino siempre amenazado por el descontento de sus súbditos, que recurre con facilidad al chovinismo antiespañol para callar a sus opositores. Desde mi humilde criterio, estos temas deben ser discutidos; antes de afrontar el dilema clásicos de la mantequilla, hoy Estado del Bienestar. Por el sencillo hecho de que el problema social es común a toda Europa; por lo tanto, solo puede ser debatido si los europeos, y nuestros gobernantes, estamos convencidos de pertenecer a un club solidario que tiene un proyecto común. Si el proyecto común no existiera, sería mejor preparar la salida, no sea que nos encarguen apagar la luz del bienestar.

Las señales de descomposición son aún indistinguibles del pánico provocado por la situación; se suceden las reuniones por grupos al margen de las instituciones comunitarias. Primero Macrón, escondiendo su descrédito nacional bajo un circense sombrero de mariscal, con invitados británico y canadiense en la mesa de los mapas. Ahora los gobernantes bálticos y escandinavos, junto a franceses, alemanes y británicos se han reunido para preparar la cumbre de junio en La Haya, donde pretenden mantener a Trump en la ecuación defensiva con un aumento del gasto inasumible para nosotros, los meridionales. Turquía, fuera de la UE, pero pieza clave de la OTAN durante la guerra fría y para el control del Oriente Medio, sumida en una profunda crisis institucional por la deriva antidemocrática de Erdogán, y nosotros, los españoles, solos al sur, con Portugal afrontando sus terceras elecciones en tres años, Francia gobernada por una minoría parlamentaria solo sostenida por la abstención del PSF y el miedo a Le Pen, e Italia gobernada por una coalición de populistas y neofascistas. El resto, los nuevos países del Este, y el Sureste continental siguen atentos a sus fronteras, sin decidirse aún por su animadversión al ocupante reciente, o su admiración al nuevo estilo americano, al que acompaña la promesa de tolerancia a la corrupción, y la energía abundante.

Las señales de descomposición son aún indistinguibles del pánico provocado por la situación; se suceden las reuniones por grupos al margen de las instituciones comunitarias

En una situación tan confusa, la tentación de independencia es sumamente peligrosa. Expone, al país que ceda a ella, a convertirse en el blanco de todos los ataques, la versión.com de Syriza en el año 2015. Porque, ningún país del Este y Sur de Europa disfruta de independencia financiera; altamente endeudados por la pandemia y las políticas sociales aplicadas a su salida, todos dependemos de la Unión Europea para no ser unos parias ante los mercados globales. Nuestra salida menos dolorosa pasa por crear alianzas con todos los damnificados, para pedir la mutualización de los gastos militares y, como apoyo a esa política financiera una estrategia de defensa adaptada a las nuevas circunstancias globales, que incluiría un nuevo acuerdo se seguridad europea con todos los países del continente y fronterizos, que garantice, con medidas reales y verificables, unas normas civilizadas de convivencia entre la UE y sus vecinos a partir del status-quo saliente de los acuerdos sobre Ucrania. Cualquier otra pretensión llevaría a la guerra, nuevamente en Europa, y sin garantía de restricciones, o a la descomposición. A partir de ahí, la Unión Europea tendría que afrontar la renovación de su bienestar, y la izquierda plantear su modelo, mediante la ampliación del pilar social existente a los aspectos no contemplados hoy en él, como la democracia del trabajo y la vivienda.

¿Quo vadis Europa?