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En los países desarrollados, el aumento de la desigualdad provoca el desengaño de una mayoría de los ciudadanos, que tienen la sensación de haber sido olvidados por los sistemas sociales y políticos existentes; sentimientos que son aprovechados por movimientos ideológicos retrógrados y populistas. Hasta hace pocos años, la oligarquía tecnológica del globalismo se oponía al populismo, y apoyaba el neoliberalismo demócrata de los EE.UU, pero en 2024 cambió de perspectiva hacia la extrema derecha. La explicación es sencilla, los oligarcas tecnológicos necesitan gobiernos autoritarios, porque su estrategia de negocios es demasiado disruptiva; pues está orientada a la apropiación de toda la riqueza, que se crea ex novo. Para implantar el nuevo paradigma de la distribución de riqueza, “el ganador se lo lleva todo”, utiliza políticas, que estiran los valores liberales al límite de su elasticidad. Estos criterios de reparto, tan desiguales, han sido concebidos en el ámbito de la globalización, y se inscriben en el anonimato de los algoritmos financieros y de la Inteligencia Artificial. Están bajo el poder oligárquico, creado por las nuevas tecnologías, y sus negocios, cuyo alcance supera la capacidad ordenadora de la mayoría de los países. En ese ámbito, corregir los abusos de poder y las operaciones mercantiles, no deseables, necesita de atribuciones reguladoras, que solo pueden permitirse los grandes poderes institucionales: como la Unión Europea, China, los EE. UU. y, posiblemente, La India. En ese contexto global, la Unión Europea es la única autoridad de gobierno, que ha iniciado trámites para regular, corregir y desvelar los procedimientos base de los algoritmos de esos negocios. No obstante, el arrebato de independencia europeo ha durado poco tiempo, Trump lo anuló en Londres, cuando la discusión sobre los aranceles al comercio, entre EE. UU. y la U.E., encarriló a la Sra. Von-der-Layen, y la condujo hacia la sumisión. Dadas las limitaciones de los gobiernos, y la parálisis de la Unión Europea, los ciudadanos de los estados se sienten impotentes, porque sus derechos se diluyen, y los problemas se eternizan. La frustración alimenta el populismo, y éste promete líderes fuertes, y vuelta a las fronteras nacionales.
Dadas las limitaciones de los gobiernos, y la parálisis de la UE, los ciudadanos de los estados se sienten impotentes, porque sus derechos se diluyen, y los problemas se eternizan
En el corto plazo, la democracia europea parece retroceder; la batalla solo ha empezado; será larga, y el populismo lleva ventaja, porque la derecha tradicional y las instituciones económicas liberales siguen sus consignas, porque aún están por democratizar. La enorme interrelación entre los problemas asusta a gran parte de la izquierda, y ésta se refugia en lo nacional, o adopta posicionamientos numantinos. Pero la paciencia no es eterna, y va por barrios, los jóvenes, angustiados, se radicalizan hacia la anti-política, porque tienen la sensación de haber sido olvidados; y los mayores calculan que pueden ser convertidos en los nuevos chivos expiatorios, perseguidos por los algoritmos que calientan las redes. El fascismo nace siempre de sentimientos de ese calibre, pues se alimenta del resentimiento de grupos ninguneados [i].
La Globalización
La pequeña historia de los últimos cinco años tiene su prólogo en acontecimientos, que Adam Tooze ha titulado: “El Apagón, cómo el coronavirus sacudió la economía mundial” [ii]. Aquello trastocó el orden geoestratégico, y puede abocarnos a confrontaciones catastróficas: China, con pasos prudentes, comenzaba a ocupar un lugar central “en la escena mundial”, poniendo especial atención a las reacciones de las potencias en presencia, a la cohesión de la sociedad china y a los equilibrios multilaterales. El eje planetario cambia hacia el Océano Pacífico, ante lo cual, los dirigentes europeos reaccionan con movimientos irracionales y precipitados. Hasta hace pocos días, marcaban el paso a los países del planeta, pero su falta de estrategias flexibles frente a la potencia dominante los ha llevado a la irrelevancia. En el mundo desarrollado, los problemas no resueltos provocan una visión enajenada de la política en los ciudadanos, la ven como algo externo, incapaz de resolver sus necesidades; el estado de ánimo desencantado genera una sensación crepuscular. Sienten que la democracia, el pacto social entre capital y trabajo, cuyo objetivo era mantener el conflicto social dentro de límites civilizados, está sobrepasada, enajenada de su propio y legítimo ámbito.
En el mundo desarrollado, los problemas no resueltos provocan una visión enajenada de la política en los ciudadanos
En la esfera de las relaciones internacionales, la velocidad de transmisión de la pandemia nos reveló, en primer lugar, la “vinculación” mundial; también, las trasformaciones operadas en la comunicación global. En todas las sociedades, se perciben los peligros de la amplificación de los mensajes por los canales, y la falta de instituciones para moderarlos; los ciudadanos captan la enorme permeabilidad de las conexiones que unen el mundo, y el riesgo de que se generen reacciones desmedidas a esa proximidad. La cercanía genera angustia, causada por la baja conexión cultural entre las poblaciones, y por las desigualdades en los intercambios económicos y culturales interterritoriales, percibidas por los ciudadanos; o por lo fácil que resulta magnificar las diferencias religiosas. Pero, antes, el 11-S de 2021, el declive del liberalismo quedó en evidencia, cuando la expansión del poder blando occidental chocó con los límites culturales de la globalización; ese día, los EE. UU. se encontraron con el yihadismo, una respuesta violenta del conservadurismo extremo musulmán a la agresividad militar, y al expansionismo cultural occidental en Oriente medio; aquella reacción, también se puede inscribir en la respuesta de masas al ocaso religioso, de la cual es un epifenómeno.
Las doctrinas derivadas de la Biblia, el cristianismo, el judaísmo y el islam están enloqueciendo en el siglo XXI, no resisten el gran reto de las ciencias físicas y biológicas, ni la decadencia del sentido filosófico trascendental. El catolicismo y el protestantismo europeo perviven en la intimidad individualista y, en especial, en las pautas conservadoras de estratificación social, heredadas del patriarcado; pero las religiones ya no pueden construir las sociedades, ni pueden proporcionar una ética a los cambios que vivimos, especialmente a la conexión cultural, intrínseca a la globalización. Aunque sus valores estén enraizados en el inconsciente de las normas de convivencia, y sean fácilmente manipulables por el populismo, no existe un bagaje mágico de creencias, con la potencia de convicción suficiente para ello. Un ejemplo, las congregaciones evangélicas americanas otorgan mesianismo al mensaje MAGA, pero es la ideología iliberal del republicanismo estadounidense, en declive. El talón de Aquiles de la globalización es no venir acompañada por valores compartidos; la globalización no dispone de cementación social, lo cual crea un gran desasosiego entre los ciudadanos, huérfanos de normas valorativas. La nueva era del materialismo tecnológico genera élites mercantilistas, que rechazan las tradicionales por religiosas, pero es incapaz de innovar en los valores. Al otro lado de las instituciones, el político, la izquierda está aprisionada por esquemas mecanicistas y teleológicos; éstos le impiden comprender que la ética nueva se construye con ladrillos morales del pasado, como el comunitarismo rural, o la sociabilidad urbana y del trabajo, que facilitaron la democracia. Las redes relacionales globales se están confeccionando con la ideología única del mercado, como material aglutinante.
Las doctrinas derivadas de la Biblia, el cristianismo, el judaísmo y el islam están enloqueciendo en el siglo XXI, no resisten el gran reto de las ciencias físicas y biológicas
¿Hacia la entropía en el área de los valores?
El extremismo religioso combate la racionalidad de la ciencia y la lógica del positivismo liberal; utiliza una prédica justa para denunciar la deshumanización de las relaciones sociales, y la imputa a las tecnologías de información. Las formas irracionalistas del rechazo a la globalización encuentran un amplio apoyo en las masas, que se sienten excluidas de la modernidad neoliberal. Sin lógica aparente, el ascenso del fascismo es un síntoma de la necesidad de nuevos valores, que den cohesión a la coexistencia global. La cultura del trabajo creó los valores del movimiento obrero, y fue un factor de cohesión de las sociedades europeas del último siglo y medio; una contribución popular y urbana a la convivencia, que ayudó a conformar la sociedad. Pero los valores son creaciones de la historia humana, cada sociedad crea sus propios valores; los que dieron cohesión a las aglomeraciones urbanas industriales procedían de la alfabetización de masas en las congregaciones metodistas y las parroquias de barrio; las personas que se sentían excluidas de la sociedad los trasformaron, al organizarse en mutualidades, sindicatos, cooperativas y cajas de socorro solidario; y el mutualismo obrero hizo lo mismo con la tradición comunitaria rural; ésta fue llevada a la ciudad por la emigración, la organización de las masas urbanas le dio vuelta e hizo brotar, de ella, culturas de convivencia que trasformaron en barrios los poblados chabolistas [iii].
En la globalización, la protesta asume ideologías identitarias, vestidas con el ropaje de las religiones y creencias tradicionales; no genera ideologías de emancipación, porque el descontento social no tiene estructura
En el mundo práctico y material de la globalización, la dinámica de los negocios corporativos provoca migraciones, y sus tecnologías de automatización eliminan empleos y desplazan a las personas. Las sociedades afectadas se ven sacudidas por el conflicto social, y éste genera fuerzas de oposición, que subvierten la entropía social. Sin embargo, en la globalización, la protesta asume ideologías identitarias, vestidas con el ropaje de las religiones y creencias tradicionales; no genera ideologías de emancipación, porque el descontento social no tiene estructura. El trabajo era una fuerza social en alza, organizada por el propio sistema del salariado industrial; pero ahora, está en retroceso por la desarticulación de la industria, y la dispersión de los empleados en los servicios; ambos, provocados por la tecnología informática. Gran parte de la organización actual de la producción genera personas aisladas, que son pasto de ideologías individualistas, y las masas crecientes de personas expulsadas del sistema productivo son captadas por grupos culturales inorgánicos e irracionales, a los que acuden para paliar la soledad. El grupo ilustrado en ascenso [iv], que pueda vertebrar al conjunto, aún no tiene identidad.
Una vez controlado el conflicto social próximo, gracias al avance de la robótica y la automatización productiva, las antiguas metrópolis occidentales actúan militarmente contra la resistencia cultural extramuros, porque perciben en ella un desafío, que favorece a otros competidores en los campos de la tecnología y las finanzas globales. El multilateralismo (presente en todos los intentos de convivencia global, desde las competiciones deportivas a la ONU) es combatido con discursos del viejo hegemonismo, al que acompañan acciones punitivas unilaterales. Las viejas potencias coloniales respaldan al gobierno del apartheid sionista, y apoyan sus alianzas con las dictaduras petroleras del Golfo Pérsico, cuyo objetivo es boicotear la recomposición de las sociedades islámicas, para controlar el petróleo. No muestran disgusto ante la violencia genocida, porque la considera una muestra de la determinación en el uso de la fuerza, útil en las viejas estrategias coloniales de prevención contra el nacionalismo y la identidad musulmanas. Por si no quedaba clara cuál es la postura de la actual Comisión de la U.E., hoy, noviembre de 2025, cuando el Consejo de seguridad aprueba el Plan de Trump para Gaza, bajo el chantaje de proseguir el genocidio; la Sra. Kaja Kallas, alta representante de la U.E., reitera que el Israel de Netanyahu es uno de los nuestros. Implícitamente, supone que la patria es un derecho humano, pero solo se aplica a los europeos. Sin embargo, las guerras coloniales son de otra época, que impiden la construcción de estados fiables para las sociedades en desarrollo, y militarizan las relaciones internacionales, dificultan el cambio hacia energías renovables, y boicotean la lucha contra el calentamiento global. Son una apuesta segura por el caos.
Europa sin espíritu
El abandono de los valores morales sitúa a Europa sobre arenas movedizas; sus ciudadanos pisan suelo líquido, un contexto donde todo puede cambiar
El abandono de los valores morales sitúa a Europa sobre arenas movedizas; sus ciudadanos pisan suelo líquido, un contexto donde todo puede cambiar. Sus gobiernos se oponen a una salida negociada de la guerra de Ucrania, pero no pueden implicarse en ella, porque carecen de capacidad militar para forzar un desenlace; la actitud de la UE genera desconcierto, y respuestas impotentes de los países más cercanos al conflicto, que van de la rabia a la parálisis. Llegados a ese punto, y faltos de autonomía bélica, se refugian en el protectorado estadounidense. Pero el Tío Sam no está dispuesto a defender gratis a los europeos, y reclama un 5% de su PIB por la protección. La coyuntura interpela a Europa sobre la estrechez de sus opciones estratégicas; y ante los pueblos de Europa, aparece el dilema de mayor calado desde la reconstrucción de posguerra y los tratados de Roma [v]; o avanzan en la Unión para evitar la destrucción del orden basado en normas y derechos humanos, o pagan el canon del 5% al imperio protector, y esperan al desenlace de los acontecimientos. Como los estados-nación son reacios a fortalecer la Unión Europea, el estancamiento del proyecto común presta alas al nacionalismo y al escepticismo. Pero, ambas posiciones se evidencian estériles, y, mientras, Rusia y Ucrania se asoman al precipicio humano y financiero; China aún no puede pretender la hegemonía, pero puede ser muy peligrosa si se la obliga a defender el desarrollo ya conseguido, y EE. UU está sobrepasado en su capacidad de liderazgo; las guerras acometidas tras el 11-S solo han ilustrado su capacidad destructiva, ninguna ha resuelto los problemas afrontados y, en el interín, las presidencias de Biden y de Trump han dilapidado el poder blando de los EE.UU. y el apoyo a la guerra de exterminio en Palestina lo ha suprimido.
La Unión Europea representa, hoy, la esperanza como ningún otro actor global, pero esa aliento se desvanece con rapidez, anulado por la ausencia de reacción ante el genocidio en Palestina. El silencio de la presidencia de la UE ante la foto de Trump y Netanyahu en Jerusalén, sobre las ruinas de Gaza y del orden civilizado, supone el entierro de los valores liberales. Mientras tanto, como hace un siglo, el militarismo nacionalista retorna a Europa, representado por el gobierno alemán del canciller Merzt. Presa del síndrome del eterno retorno, Alemania se unifica, como cada tercio de siglo; refuerza su ejército, y revive la quimera de su expansión, hacia el Este europeo. Sin embargo, el complejo militar-industrial no será la salvación keynesiana para su industria, como lo fue en 1933; las prisas por reunificar el Reich se comieron las reservas [vi] y, en el siglo XXI, Alemania debe acudir a la tecnología sionista, si quiere tener una industria militar. Por esa razón, se salta las barreras de la Corte Internacional de Justicia, y coloca al país en el bando genocida; el gobierno de Berlín repite el siglo XX, y el XIX, y Europa recibe la respuesta del mundo a su insensibilidad. En la votación de la Asamblea de la ONU sobre las sanciones por la guerra de Ucrania, el Sur se abstuvo, y la dejó sola.
El objetivo de las recomendaciones del FMI es evitar el colapso del comercio global, pues considera que todos los países se beneficiarían de mantener esos flujos
Europa también ha desoído, repetidamente, las llamadas del Sur global para la pacificación del comercio y las finanzas globales; el propio Fondo Monetario Internacional avaló las peticiones de los BRICS, en 2010, para fortalecer los pagos internacionales, rebajando del peso del dólar con la potenciación del euro. Ahora vuelve a pedir el concurso de la U.E. para mantener el comercial global; el último número de la revista Finanzas y Desarrollo del FMI advierte a Europa contra el anti-multilateralismo [vii]. Según los técnicos del Fondo, el área de la U.E. será la principal damnificada por la segmentación global; recomienda a las potencias intermedias europeas tender puentes comerciales “basados en normas”, e incluso firmar convenios de comercio con el Acuerdo de Asociación Transpacífico, porque ese bloque tendrá el mayor crecimiento mercantil de las próximas décadas [viii]. El objetivo de las recomendaciones del FMI es evitar el colapso del comercio global, pues considera que todos los países se beneficiarían de mantener esos flujos. En un mundo irremisiblemente globalizado, el comercio es una tabla de salvación para los analistas del FMI, que invitan a emprender acciones concretas de cooperación, porque (la colaboración) “surge de forma natural, cuando los países se ponen de acuerdo sobre una solución común a un problema, y establecen disposiciones explícitas de colaboración (a partir de ella)”. No consideran imprescindible que haya compromisos previos entre los países, e instan a cooperar a pesar de las discrepancias, porque “lo importante es hacer lo correcto, aunque la razón sea equivocada”. Según la directora, en un conflicto, hay razones que superan la inmediatez, el consenso multilateral es una de ellas, y como no hay otro camino, se debe transitar.
¿Una izquierda federada y europea?
En el momento presente, el militarismo y el populismo hacen retroceder a la democracia, única forma, hasta el momento, de superar los límites liberales sin destruir sus valores de sociabilidad, aunque la extrema derecha crece con estas premisas. Pero los partidos de las izquierdas del continente son incapaces de asumir las lecciones de su experiencia, como la padecida por la izquierda griega en 2015; Syriza sufrió las consecuencias de no tomar en cuenta la correlación de fuerzas en Europa, aprobó políticas sociales, sin cubrirlas con alianzas y consensos en la Unión, y no pudo protegerlas contra los ataques del capitalismo global. Desde aquel fracaso, no ha vuelto a gobernar en las instituciones de su país. La frustración abrió el camino de la ultraderecha helena, y ésta esgrime la xenofobia europea, y un nacionalismo equívoco contra la emigración, como arma de encuadramiento de masas. Lo mismo ocurre en Italia; aunque Giorgia Melloni se refugia en la Unión Europea, porque necesita un referente, al que achacar los problemas no resueltos; las derechas griegas e italianas se atrincheran en la U.E, y la utilizan como parapeto frente a la oposición. En Alemania, la guerra de Ucrania impide la autonomía estratégica, buscada con la reunificación, y la coalición de rojos y azules va a remolque del nacionalismo socialcristiano, que cierra el camino a los socialdemócratas para los cambios progresistas. En Francia, el populismo explota la crisis, que amenaza con seguir el camino marcado por Italia. Si la crisis sigue adelante, Marine Le Pen, junto con Giorgia Melloni podrían dominar la U.E en unos meses.
Europa necesita autodefinirse como una potencia global con autonomía estratégica, o no afrontará sus retos
Europa necesita autodefinirse como una potencia global con autonomía estratégica, o no afrontará sus retos; los problemas de los nacionalismos se podrían resolver con la unión política, y la racionalización del gasto militar, con la construcción de una industria bélica de la Unión. Esta última la independizaría de los proveedores estadounidenses e israelitas, que condicionan, hoy, la política exterior y de paz europea. Parece que solo la izquierda, mediante una coalición progresista, puede poner el continente en el mundo, pero necesita una política para Europa, si quiere hacerlo. El camino estratégico es la Unión Europea de estados federados, con autonomía estratégica global; y esta vía sería un tránsito hacia una confederación de democracias económicas. La democracia económica es la evolución progresista del Estado social de derecho; y su objetivo consiste en franquear las instituciones económicas a la democracia. Pero, si los avances de la democracia económica, en cada país, no se apoyan con directivas de la U.E. nacen débiles ante los ataques previsibles de los oligopolios globales. El derecho mercantil es el instrumento, utilizado por las corporaciones y otras instituciones económicas, para perpetuar las estructuras autoritarias del liberalismo predemocrático; porque, la legislación, aún decimonónica, no reconoce las aportaciones del trabajo al capital y la tecnología, aunque vengan científicamente fundamentadas por los nuevos conceptos organizativos de la producción. El trabajo crea conocimientos que hacen ganar mucho dinero a las empresas; si queremos que esa aportación sea reconocida legalmente, y que tenga una eficacia real y duradera, los cambios en la legislación de sociedades anónimas deben cubrir ambos ámbitos, el nacional y el europeo.
[i] En los años 1920-1933, de los jóvenes europeos licenciados de la guerra y sin trabajo.
[ii] Tooze, A. (2021) El Apagón, cómo el coronavirus sacudió la economía mundial, Debate, Barcelona.
[iii] Ver Jose Candela (2019) Del pisito a la burbuja inmobiliaria, P.U.V., Valencia.
[iv] Las personas con formación media universitaria alcanzan ya el 50% de la población, de 25 a 45 años, en los países desarrollados (E. Juliana (11/20/2025) “Zafarrancho en la Universidad” La Vanguardia.
[v] El tratado de Roma, 1957, posterior a la CECA del carbón y el acero.
[vi] Grass, Günter (1990) Alemania: una unificación insensata. El País, Aguilar.
[vii] Danny Quah (2025) El multilateralismo puede sobrevivir a la pérdida de consenso, F&D, FMI, 25/10
[viii] Acuerdo comercial firmado, junto a otros, por China, Japón, Corea, India, Australia, etc.








