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lunes. 26.09.2022
terrorismo
Foto: Pixabay

Aunque últimamente eclipsada mediáticamente por la guerra en Ucrania, la competición chino-estadounidense por la hegemonía y el giro a tout azimut de la OTAN, si hay algo que caracterice a las relaciones internacionales, la geopolítica y la geoestrategia de este comienzo de siglo xxi es la llamada Guerra contra el Terrorismo, anunciada por el presidente estadounidense Bush, la misma noche de los atentados suicidas contra Washington y Nueva York del 11 de septiembre de 2001. 

Acciones de carácter terrorista, en el sentido que esta palabra se utiliza en la actualidad, como una técnica de combate del débil frente al fuerte, de David frente a Goliat, con la población civil más que las fuerzas armadas enemigas como objetivo, las ha habido siempre. En los viejos enfrentamientos ideológico-religiosos (los hashashin o “consumidores de hachís” de Alamut), en la lucha de clases (terrorismo anarquista), en las “guerras de liberación”, tanto si eran predominantemente de guerrilla rural como urbana, o en las disidencias separatistas (IRA, ETA, etc.).

Y si siempre que ha existido “terrorismo” así entendido, también ha habido siempre, lógicamente, contraterrorismo: acciones, tácticas y técnicas, tanto defensivas para proteger a las personas o instalaciones susceptibles de ser atacadas o amenazadas por las organizaciones o grupos terroristas, como ofensivas para localizar y neutralizar o destruir a las organizaciones o grupos terroristas, a sus componentes, a sus posibles escondrijos o a sus sistemas de abastecimiento y movimiento. Acciones, tácticas y técnicas, tanto ofensivas como defensivas, siempre enmarcadas en una estrategia de carácter eminentemente defensivo, al ser el “enemigo”, dado su carácter clandestino y habitualmente reivindicativo, quien elige la “zona de guerra” e incluso el “lugar de cada combate”; la “población blanco” a ser atacada y, por tanto, defendida, respectivamente; y los tiempos, marcando cuando se inicia la guerra, cuando se termina (con su victoria o con su asunción de imposibilidad de ella) o cuando se suspende temporalmente.

Lo que va a diferenciar esta nueva Guerra contra el Terrorismo es su carácter predominantemente ofensivo frente al carácter estratégicamente defensivo del clásico

Lo que va a diferenciar esta nueva Guerra contra el Terrorismo de este contraterrorismo clásico así entendido, es su carácter predominantemente ofensivo frente al carácter estratégicamente defensivo del clásico. Ni ninguno de los países que sufrían el terrorismo anarquista de los años de plomo del paso del siglo xix al xx invadió u ocupó nunca otro país para neutralizar a “sus” terroristas. Tampoco lo hicieron las potencias colonialistas con los vecinos de sus colonias o protectorados levantados en armas para conseguir su liberación o sujeción colonial, aun sabiendo que en ellos se refugiaban “sus” terroristas y desde ellos se planeaban sus atentados. Ni a España se le ocurrió nunca invadir Francia, ni al Reino Unido, Irlanda. Sólo Israel ha dado, y sigue dando, algunos zarpazos en sus vecinos árabes, donde tradicionalmente se han refugiado “sus” potenciales terroristas, pero siempre en el contexto de algún otro tipo de operación militar. 

Hasta el 11 de septiembre de 2001, cuando unos yihadistas, residentes en Alemania, se trasladan a Estados Unidos con la orden, emanada del mando central de Al-Qaeda en Afganistán, de llevar a cabo unos originales atentados utilizando como arma aviones comerciales civiles desviados en pleno vuelo. Muertos los autores materiales del acto en el atentado suicida, ¿contra quién dirigir la ira, las represalias y la persecución? Al-Qaeda, autora intelectual, era un enemigo difícilmente abatible debido a su clandestinidad y dispersión. Afganistán, por el contrario, era un objetivo físicamente identificable y, por tanto, abatible, aunque también un país soberano sin ninguna participación en los atentados, salvo que desde su territorio habían partido las órdenes e instrucciones, como, por otra parte, de Alemania habían partido sus ejecutores materiales.

No es fácil saber si cuando Estados Unidos decide (octubre-noviembre de 2001) apoyarse en la Alianza del Norte afgana, que combate al régimen (Emirato Islámico) instaurado en el país por los llamados talibanes, para poder entrar en Afganistán para neutralizar a al-Qaeda, ya había decidido quedarse o se toma esta decisión (en diciembre de 2001) como consecuencia de la hábil retirada alqaedista, que logra evadir a su cúpula y a gran parte de sus efectivos al vecino Paquistán, eludiendo su destrucción. 

Sea cual sea el momento y el razonamiento de la decisión de materializar el nuevo paradigma de la Guerra contra el Terrorismo, haciendo de Afganistán un “protectorado estilo siglo xxi”, lo que la historia posterior nos induce a creer es que, en la misma, influyó de forma decisiva la nueva filosofía del complejo de la “superioridad moral de Occidente”, basado en la teoría del pensador estadounidense Fukuyama, según la cual, vencidos el fascismo en la Segunda Guerra Mundial y el comunismo en la Guerra Fría, las democracias liberales capitalistas tenían la obligación de imponer sus insuperables (“fin de la historia de las ideas políticas”) formas político-jurídicas y su western way of life al resto del mundo. Por supuesto, por su propio bien. Y bajo diferentes rúbricas para denominar su “ocupación”: estabilización, reconstrucción, responsabilidad de proteger, etc.

Influencia decisiva la nueva filosofía del complejo de la “superioridad moral de Occidente”, basado en la teoría del pensador estadounidense Fukuyama

Desde entonces, el contraterrorismo se ha convertido en una estrategia universal y ofensiva, que exige ocupar o condicionar económica y militarmente los países (Estados soberanos) en los que se asientan o se pueden asentar las organizaciones o grupos terroristas (estrategias política de “fronteras avanzadas” y militar de “defensa adelantada”): Afganistán, Irak, Siria, Sahel, etc., con una doble finalidad: contraterrorismo e imposición cultural y neoliberal. Como nos alerta Hobsbawm: “cuando un país o una sociedad se enfrenta para lo que no está preparado, se inventa un nombre para lo desconocido, aunque no pueda definirlo”. En este caso Guerra contra el Terrorismo, concepto que nadie ha sido capaz hasta ahora de definir con un mínimo de consenso, pero que implica e involucra a decenas de Estados y sociedades y, como se apuntaba antes, se ha convertido en uno de los principales signos de nuestro tiempo. 

Pero no parece que este paso a la ofensiva militar e ideológica, en nombre del contraterrorismo, haya mejorado mucho las cosas ni para los Estados y sociedades que sufren el terrorismo ni para los Estados en el que éste anida. 

Hubo éxitos iniciales: en 2001, al-Qaeda queda bastante desbaratada tras su expulsión de Afganistán, el último reducto que le quedaba en el mundo desde el que podía actuar con una cierta libertad, y el Emirato Islámico talibán disperso y desarticulado. Ambos condicionados por Paquistán, obligado a jugar con la doble baraja de la presión interna de su población y de su necesidad de apoyo y subsidio estadounidense, sin poder dejar de mirar al este a su rival, la India. 

Pero como en los fuegos artificiales, la explosión de un cohete no lo destruye del todo, sino que lo transforma en una miríada de otros muchos que salen a la luz. Con distintos nombres, en distintos puntos y con objetivos distintos dentro del gran objetivo ideológico del terrorismo del islamismo salafista (yihadismo), empezaron a aparecer por el mundo las secuelas, los imitadores o los continuadores, como quiera llamárseles, de al-Qaeda. En el propio Afganistán y su vecino Paquistán; en Oriente Medio, con la importante aparición del Califato Islámico o Daesh, hoy día bastante reducido en su terreno original Irak y Siria, pero también presente en otros puntos mediante “franquicias” -como al-Qaeda-: en Filipinas, en Nigeria, en el Sahel y en el golfo de Guinea, etcétera. 

Hoy día, una gran internacional terrorista, compuesta de muchas organizaciones y grupos con variados objetivos inmediatos y locales, incluso en algunos casos enfrentados entre sí, pero aunados por la estrategia común de combatir la preponderancia cultural, y sus correlatos político-jurídico-religiosos, del mundo modernizado y desarrollado, que mantiene, o eso creen, dependientes a sus sociedades de origen.

Una gran internacional terrorista, que parece estar empezando a ganar la partida. Ha habido que retirarse de Afganistán y parece que va a haber que retirarse también de Malí, y África en general, otro de los inicios aparentemente exitosos de la Guerra contra el Terrorismo.

Lo que hace pensar en el fracaso de la Guerra contra el Terrorismo es la total ausencia de éxito en cualquiera de sus despliegues contraterroristas a lo largo y ancho del mundo durante los últimos veintitantos años

Pero no son estos comienzos de retirada (¿de fracasos?), que podrían continuarse en el futuro, lo que fundamentalmente hace pensar en el fracaso de la Guerra contra el Terrorismo, sino la total ausencia de éxito en cualquiera de sus despliegues contraterroristas a lo largo y ancho del mundo durante los últimos veintitantos años. Cada vez se le abren más frentes y en ninguno de ellos puede considerarse victoriosa, porque en ninguno de estos frentes se ha acabado con el terrorismo local o el transnacional. Y en todos ellos sigue habiendo destrucción y bajas de soldados foráneos y locales y de población civil.

Lo que contrasta vivamente con los aparentes éxitos del contraterrorismo clásico o defensivo ejercido en los propios países occidentales. En los que el número de atentados terroristas de impronta yihadista presenta un comportamiento claramente asintótico. En los que los atentados, que todavía no pueden ser evitados, son, en general, mucho menos letales, (acuchillamientos llevados a cabo por un solo terrorista aislado o una pequeña célula, por ejemplo). Por autores que son emigrantes residentes, nacionalizados o no ya en el país de acogida, de primera, segunda o tercera generación y, por tanto, con apenas vinculación con su país o región de origen.

Disminución de la amenaza terrorista endógena que se refuerza con el elevado número de detecciones y detenciones de presuntos yihadistas que podemos leer con harta frecuencia en la prensa cotidiana. Precisamente porque es la principal causa de que el número de atentados y su letalidad están a la baja, demostrando su eficacia, en contraposición a la aparente falta de eficacia del contraterrorismo ofensivo (Guerra contra el Terrorismo) de allende nuestras fronteras. 

¿Será que lo que falla es lo que tiene el primero, la Guerra contra el Terrorismo, y no el segundo, el contraterrorismo clásico: el intento y esfuerzo de imposición cultural y neoliberal manu militari

La Guerra contra el Terrorismo y el complejo Fukuyama