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martes 17/5/22
LA GUERRA HÍBRIDA DEL SIGLO XXI

El complejo Fukuyama

Alcanzada la tercera década del siglo XXI, todo parece indicar que estamos ante un nuevo episodio de guerra fría entre grandes potencias.
mapamundi
 

Alcanzada la tercera década del siglo XXI (o la cuarta si aceptamos la propuesta de Hobsbawm de un siglo XX corto: 1914-1990), todo parece indicar que estamos ante un nuevo episodio de guerra fría entre grandes potencias, a la que se le está llamando híbrida.

Es verdad que los contendientes no son exactamente los mismos. Mientras en la Guerra Fría propiamente dicha, entre los años 1945 y 1990, lo que había eran dos bloques, relativamente bien definidos, enfrentados ideológica, geopolítica, económica, religiosa y culturalmente, en esta entrada de tercera/cuarta década lo que encontramos es un “bloque”, al que podemos seguir llamando “occidental”, que permanece bastante homogéneo en sus esquemas económicos (capitalismo) y políticos (democracia liberal), aunque algo menos cohesionado (propuestas de mayor autonomía en seguridad y defensa de la Unión Europea o “giro al Pacífico” estadounidense, por ejemplo), mientras el llamado entonces “comunista” ha desaparecido para dar paso a una amalgama de países con regímenes políticos diversos, cuyo principal punto de coincidencia es su enfrentamiento con un enemigo común: Occidente. Amalgama de países en la que todos han terminado por adoptar, de una forma u otra, el esquema económico capitalista occidental: el capitalismo controlado por el Partido en China, el confabulado con el Estado en Rusia, el vigilado por la sharía en Irán, etcétera. 

Tampoco la causa del enfrentamiento (frío, es decir, sin combates ni batallas entre ellos) es exactamente la misma. En 1945, una vez vencidas las potencias del Eje por el esfuerzo mancomunado de ambos, los dos bloques aspiraban a controlar el resto del mundo para imponerle sus propios presupuestos ideológicos, económicos y políticos, radicalmente diferentes. De ahí que estallara entre ellos la guerra, que se quedó en fría, por el miedo (inseguridad) a la potente capacidad de destrucción de las armas nucleares, y se quedó en esa especie de equilibrio inestable (que afortunadamente nunca llegó a desestabilizarse) que se conoció como “la coexistencia pacífica”.   

La causa, sin embargo, de los enfrentamientos a que estamos asistiendo en esta tercera/cuarta década del presente siglo parece estar en lo que podríamos llamar el “complejo de superioridad moral” de Occidente o “complejo Fukuyama” o del “fin de la historia de las ideas políticas”, según el cual, una vez derrotados el nazismo y el fascismo en la Segunda Guerra Mundial y el comunismo en la Guerra Fría, solo queda seguir imponiéndole al resto del mundo el supuestamente insuperable sistema político de la democracia liberal capitalista y su correlato de derechos humanos (solo) políticos y civiles. Mediante una constante y omnipresente repetición (propaganda) basada en las técnicas de la publicidad comercial, tan al uso en el mundo occidental; a través de la presión que le permite su mayor desarrollo económico y su dominio y control del capital financiero mundial (sanciones económicas); o utilizando su inmenso poder militar (imposición de la paz, estabilización, contraterrorismo, etc.).

El intento de controlar todo el orbe para mayor gloria del mundo financiero y del complejo de superioridad moral de occidente es la base de toda la geopolítica actual

Este intento de controlar todo el orbe para mayor gloria del mundo financiero y del complejo de superioridad moral de los países de la vieja Europa, tan poderosa en otros tiempos, y de sus hijos anglosajones más queridos (Estados Unidos, Canadá, Australia, etc.) es la base de toda la geopolítica actual.  

Sus efectos empezaron a notarse recién acabada la Guerra Fría con la implosión de la Unión Soviética. Empezaron a desaparecer (procesos de paz inducida) como por encanto la mayoría de las subversiones y guerrillas que combatían contra Gobiernos y regímenes apoyados y sostenidos por Estados Unidos y el mundo occidental; y aquellos territorios en que no fueron posibles estos procesos, pasaron a ser denominados como “Estados fallidos” (¿proscritos?). Los países excomunistas europeos (en menor medida los asiáticos), incluida la propia Federación Rusa, fueron financieramente asaltados y subvencionados y en un número significativo de casos progresivamente incorporados a la OTAN y a la Unión Europea (significativamente por este orden precisamente).

Pero Rusia era (por territorio, por armas nucleares, por historia) y, sobre todo había sido, tan poderosa que no tardó en rebelarse contra este estado de cosas y en diciembre de 1999 sube al poder Vladimir Putin con la intención de ir paso a paso pudiendo hablar de tú a tú con las principales potencias del mundo occidental, su rival hasta no hacía tanto para él y para un buen número de rusos; y con la intención de que Rusia, ¡como gran potencia! pudiera mantener su vieja área de influencia eslava y, a ser posible, soviética. Impedir esa área de influencia será desde entonces el objetivo geopolítico de Occidente. Absorbiéndola, también paso a paso, e incorporándola, como ya se ha indicado, a la OTAN y a la Unión Europea. Y en esas estamos, ahora con Ucrania como principal protagonista.

china
Xi Yinping

Mientras este conflicto latente se iba desarrollando poco a poco, en el lejano oriente, en un tercer disidente de la Guerra Fría (comunista antisoviético y tercermundista antiestadounidense), la República Popular China, alcanza el poder, en 1978-1979, doce años antes de la implosión de la URSS, Deng Xioping, con sus políticas de “apertura al exterior” y “reconstrucción económica” sin renunciar a los ideales marxista-leninistas del socialismo ni a la hegemonía del Partido Comunista (socialismo con características chinas). Una apertura y una reconstrucción que debían llevarse a cabo paso a paso, sin terapias de choque como las que años más tarde (1991) se aplicarían en la exURSS y en la Europa central con tan dudosos resultados. Una nueva “democracia popular”, mixta de libre mercado y planificación y de propiedad privada y pública (estatal o social/colectiva). 

Se inician reformas económicas de carácter capitalista. Se establecen relaciones diplomáticas con Occidente. Se recuperan, bajo regímenes políticos y económicos especiales, Hong Kong (1997) y Macao (1999). China empieza a abandonar poco a poco su postura abstencionista en el Consejo de Seguridad de la ONU e inicia su expansión económica en el “tercer mundo”.

Para cuando, en 2012-2013, sube al poder Xi Yinping, China ya se había transformado en la segunda economía nacional y el primer exportador mundiales y en la llamada irónicamente “fábrica mundial de productos industriales”. Convirtiéndose, por tanto, en una amenaza para las preponderantes, hasta entonces, economías occidentales, especialmente para la norteamericana, su primus inter pares.

La subida al poder de Xi Yinping (socialismo en una nueva era) se tradujo en un gran impulso a la diplomacia, sustentada en la idea de que el resonante éxito de su proceso de modernización le permite a China exigir el lugar que le corresponde a todos los demás actores del sistema internacional; y a la defensa, con prioridad para las fuerzas navales, encargadas principales de la seguridad inmediata del cinturón de islas que la rodea por el este en el Pacífico, entre ellas, Taiwán, territorio chino secesionado (1949) y amparado por Estados Unidos. Y en esas estamos, ahora con Taiwán como principal protagonista.

SUPERIORIDAD MORAL DE OCCIDENTE

Dos frentes que progresivamente se le han ido abriendo al mundo occidental y a su complejo de superioridad moral, tecnológica y económico-comercial o complejo Fukuyama, que se le han añadido al viejo contencioso con el llamado “tercer mundo”. Un “tercer mundo” que ya consiguió, en términos generales, una importante victoria sobre el occidental durante la Guerra Fría con su liberación del colonialismo y su acceso a la independencia política, que no económica ni cultural. Y será en este ámbito cultural en el que germinará la nueva “rebelión” al complejo de superioridad moral de Occidente, personificada en el mundo musulmán, cuyas masas, que no dirigentes, nunca han acabado de entender porque el mundo occidental (defensor autodesignado de los derechos humanos civiles y políticos) ampara el apartheid y el genocidio de la población palestina.

Su primer chispazo, todavía en plena Guerra Fría, salta con la revolución iraní de 1979 y en la humillación sufrida por Estados Unidos por su fracasado intento de liberar a sus conciudadanos secuestrados. Desde entonces, Irán será considerado un país proscrito y permanentemente vilipendiando, como lo será algo más tarde Corea del Norte, tras la implosión de la Unión Soviética. Ambos pretenderán con el tiempo contrarrestar su forzado aislamiento y su debilidad frente al coloso occidental haciéndose con la aparentemente mágica solución de las armas nucleares. Consiguiendo, sin embargo, solo más marginación y mayor aislamiento.

Pero será la permanente intromisión de Occidente en las cuestiones internas, y en la relaciones entre ellos, de los países de mayoría musulmana, especialmente en el cercano y medio oriente debido al importante factor de los hidrocarburos: Líbano (1958 y 1982-1984), guerra irano-iraquí (1980-1988), etcétera, y finalmente Guerra del Golfo (1991), la que, realmente, terminará haciendo saltar la chispa que desatará el gran incendio: los atentados del 11 de septiembre de 2001 y la eclosión de un terrorismo transnacional, al que se le declarará la célebre e inconcreta “guerra contra el terrorismo” con sus secuelas afgana (2001-2021), iraquí (2003-actualidad), siria (2011-actualidad), saheliana (2013-actualidad), etcétera. Y en esas estamos, ahora con Irán, Corea del Norte y el Sahel como principales protagonistas.

Nada nuevo bajo el sol: ya Tucídides, en su Guerra del Peloponeso, interpreta que la causa de la guerra (que duró veintisiete años, 431-404 a.c) fue el miedo de Esparta al imperialismo expansivo de Atenas, que acabaría dominando todo el mundo griego si no se le ponía freno; y el miedo de Atenas a que si no seguía expandiendo su imperio provocaría la rebelión de sus colonias y ciudades sometidas (“Renunciar al imperio no está en nuestras manos; puede ser injusto adquirirlo, pero es peligroso abandonarlo” Pericles, 431 a.c.).

Quizás alguien debería recordar que la Guerra del Peloponeso la perdió la democrática e imperialista Atenas frente a la oligárquica Esparta y su Liga del Peloponeso. Una guerra que tuvo de “híbrida”, tal como entendemos actualmente este concepto, tanto, si no más, que la actual “guerra fría siglo XXI”: ideología imperialista/expansionista o complejo Fukuyama versus inseguridad frente al imperialismo expansionista o complejo espartano.

El complejo Fukuyama