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jueves. 29.09.2022
OTAN
OTAN.

Se llama propaganda de guerra. Y ha existido siempre. Aunque ahora le llamen fake news o o guerra híbrida. El viejo dicho nos lo recuerda a diario: “la primera víctima de la guerra es la verdad”. Es un arma más, y poderosa: hay que mantener la moral y el apoyo de las tropas y ciudadanos propios y desmoralizar y asustar a los del adversario.

Es a lo que estamos asistiendo con la casi unanimidad con que la mayoría de los medios de comunicación occidentales han decidido convertir la tragedia de los ucranianos en una película de vaqueros, de las malas, con buenos buenísimos y malos malísimos, sin matices, sin valorar razones, circunstancias, inseguridades, necesidades, posibilidades e, incluso, la propia lógica. Rusia es el malo malísimo, Ucrania la chica a la que hay que salvar, la OTAN/UE, sus esforzados salvadores, los buenos, buenísimos. Además, hay también una minoría que nos lo presenta al revés, para la que los buenos buenísimos son los malos malísimos y, al contrario, los malos malísimos son los buenos buenísimos.

Dos, se me ocurre, que son las causas de este desmadre informativo. La primera es esa especie de negación a querer entender lo que es una guerra: muerte y destrucción por definición. Y a querer entender que el armamento con el que se llevan a cabo, hoy día, es el resultado de un proceso de perfeccionamiento técnico de larga data para que se pueda matar y destruir cada vez a más distancia y con menos riesgo para quien lo intenta. Y así nos encontramos con noticias y noticias, de marcado signo sensiblero al estilo publicitario, de que ha habido muertos y edificios volados, ¡qué inesperado, verdad! Y de que están muriendo civiles, como si estuviéramos en las batallas medievales o en las guerras napoleónicas combatiendo en campo abierto. No, hoy se combate por controlar o neutralizar las ciudades, los centros industriales y productivos, las vías de comunicación y, hoy como siempre, por donde puedan estar las cabezas rectoras, civiles o militares, en sus diferentes niveles. Es decir, hoy se combate donde se concentra la población.

Si no queremos que haya destrucción y muerte, lo mejor sería que no hubiera armas con las que hacer la guerra

Esto no invalida que, desgraciadamente, se sigan cometiendo barbaridades innecesarias, es decir, crímenes de guerra y demás vulnerabilidades de los Convenios de Ginebra y del Derecho Internacional Humanitario. Vulnerabilidades que hay evaluar, y es bien difícil, en función de los escenarios en los que se dan fundamentalmente hoy día los combates (muchas veces desde gran distancia): precisamente donde se concentran la población, las tropas y los medios materiales que permiten hacer la guerra, atacándolos o defendiéndolos. Y no evaluarlos en función de que, presuntamente, los hayan cometido nuestros buenos o nuestros malos particulares y, mucho menos, para sacar tajada informativa y audiencia, que suelen reportar suculentos beneficios crematísticos.

Si no queremos que haya destrucción y muerte, lo mejor sería que no hubiera armas con las que hacer la guerra, pero, ¿quién para y cómo se para la suculenta industria armamentística? ¿Quién para y cómo se para la ambición por los recursos? ¿Quién para y cómo se para la sempiterna tendencia humana a utilizar todo lo que nos rodea, incluidos los demás seres humanos, en nuestro propio beneficio? ¡Si a base de utilizarlo nos estamos cargando hasta nuestro propio hábitat natural, nuestro propio planeta! 

Nos guste o no, la guerra está en la condición humana; como lo está el progresivo perfeccionamiento de los artificios para matar y destruir cada vez desde más lejos y con menor riesgo de quien lo intenta. Las armas nos horrorizan cuando se utilizan, pero no cuando se investigan y fabrican.

La segunda causa, que se me ocurre, para el desmadre informativo al que estamos expuestos es la negación a querer aceptar que, en Ucrania, estamos ante tres conflictos íntima e inevitablemente conectados, que citados por orden de aparición -con el riesgo que siempre tienen las fechas concretas, ya que no hay episodio histórico que no tenga sus propios antecedentes- serían: la rivalidad geopolítica entre la OTAN y la Rusia postsoviética (1991), la guerra civil ucraniana (2014) y la invasión rusa de Ucrania (2022). Los tres se están dirimiendo en estos momentos en Ucrania.

En 1990-1991, la Unión Soviética acepta su derrota en la Guerra Fría y, en consecuencia, su cambio de régimen, su incapacidad para seguir controlando a los demás países del área europea (ya no) comunista, la disolución de su alianza militar, el Pacto de Varsovia, y de su asociación económica, el COMECON, de las que era primus inter pares, e incluso su propia disolución, transformándose en la Federación Rusa, de la que se desgajan las tres repúblicas bálticas, Ucrania y Bielorrusia, además de las repúblicas soviéticas de Asia Central y el Cáucaso.

A cambio, considerándose aún gran potencia, por su extensión, por su población, por su historia, por su capacidad económica, por su asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU y por su potencia nuclear, puso condiciones, entre ellas que su viejo ámbito de influencia le sirviera de glacis defensivo, manteniéndose ajeno a cualquier alianza militar, especialmente a la hasta entonces su gran rival, la OTAN.

A lo que la OTAN pareció comprometerse de palabra, pero no de hecho, ya que ese mismo año, 1991, en su Cumbre de Roma, añade a su tradicional cometido de la defensa colectiva ante un ataque armado a sus miembros, los de la gestión de las crisis y la prevención de los conflictos que pudieran suscitarse en el mundo, presentándose como la única garantía posible de seguridad internacional. Y lo que hasta entonces definía como “defensa avanzada”, pasa a denominarse “presencia avanzada”. Presencia que empezará a materializar tan solo cuatro años más tarde, en 1995, interviniendo militarmente en la República Federativa de Yugoslavia, contribuyendo a su desmembramiento y al aislamiento de Serbia, históricamente vinculada a Rusia a través del paneslavismo. Y presencia mucho más significativa cuando, en 2004, la OTAN fomenta y consiente la incorporación de Estonia, Letonia y Lituania, exrepúblicas soviéticas y, sobre todo fronterizas con Rusia.

El glacis se ha roto. Las tropas y el armamento de la OTAN pueden asentarse y desplegar en la misma frontera rusa. La tensión está asegurada. No porque estos tres países no tengan derecho a querer incorporarse a las alianzas que crean conveniente, sino porque la OTAN, que es quien se comprometió a mantener un determinado statu quo en la zona para evitar crisis y tensiones en la misma, debería haber tenido la prudencia geopolítica y estratégica de no aceptar dichas incorporaciones. Especialmente teniendo en cuenta el riesgo que supone poder desplegar armas nucleares (que las hay de diferentes rangos de alcance) en las mismas fronteras de una potencia nuclear de la categoría de Rusia. De una Rusia que empieza a sentir inseguridad, aislamiento y su orgullo imperialista herido.

Una sensación de inseguridad y orgullo herido que se verá considerablemente reforzada cuando en el documento final de su Cumbre de Bucarest de 2008, la OTAN declara su disposición a que Ucrania pueda incorporársele en cuanto cumpla los requisitos políticos y legales exigidos para ello. Ucrania no son las repúblicas bálticas, ni por historia ni por geografía, ya que sus fronteras con Rusia alcanzan los 2.295 km. frente a los 735 km. que suman todas las fronteras de las repúblicas bálticas con ella. Por ello, cuando seis años más tarde, en 2013-2014, un nueva revolución en Ucrania (conocida como  el Euromaidan) aparte del poder a los partidos paneslavistas partidarios de mantener a Ucrania en la órbita de Rusia, ésta decide actuar, haciéndose con la península de Crimea, de clara adscripción rusa, y fomentando la secesión de ciertas  áreas del este ucraniano. Así estalla la actual guerra civil ucraniana entre nacionalistas y paneslavistas, partidarios unos de ingresar en la Unión Europea y ser protegidos por la OTAN, partidarios los otros de mantener su tradicional vinculación con Rusia y ser protegidos por ella.   

Siete años más tarde (febrero de 2022), ante el temor de que las regiones rebeldes secesionadas del este ucraniano sean barridas por la superioridad militar ucraniana, apoyada y abastecida por Estados Unidos y la OTAN, Rusia invade Ucrania con el objeto de imponerle la neutralidad y otras condiciones, consolidar su ocupación de Crimea y crear en el este y sur ucranianos una situación favorable a sus intereses mediante alguna forma de Estado o región autónoma tapón a lo largo de toda la frontera, o al menos de gran parte de ella, entre ambas.

No puede entenderse, por tanto, la invasión rusa de Ucrania en febrero del 2022 sin tener en cuenta su conexión con los dos anteriores conflictos, de los que es parte al modo de las muñecas rusas (¡qué casualidad, rusas, no!). Mostrándonos, una vez más en la historia, que las situaciones bélicas son un problema de intereses y posibilidades y no de buenos y malos.

La verdad del viejo adagio romano Si vis pacem, para bellum (Si quieres la paz, prepara la guerra) no lo es completamente si no se tiene en cuenta también que “cuanto más prepares la guerra, más tenderás a usarla”. Y recordando que, salvo que se desate la locura nuclear, la OTAN es militarmente más poderosa que Rusia, Rusia que Ucrania y Ucrania más que los separatistas paneslavistas del Donbass, a lo mejor esta reflexión es un buen punto de partida para analizar y comprender lo que está pasando.  

'Si vis pacem' y propaganda de guerra