jueves. 18.04.2024

El 17 de julio de 1936 por la tarde mis abuelos paternos fueron a despedirse de sus familiares más queridos. Al día siguiente tenían pensado ir a pasar unos días a Alicante con sus dos hijos. Eran maestros, el curso había acabado y con unos pequeños ahorros pretendían hacer lo que hoy hacen muchas familias. Entonces no se amaba tanto la playa como la ciudad y Alicante tenía fama de ser un lugar tranquilo y agradable para el descanso. Estaban en casa de una prima cuando un hombre entró visiblemente alterado: Le habían contado que en las posesiones españolas en África estaban pasando cosas terribles. Mi abuelo, que era hombre calmo, le preguntó qué había oído. El hombre, andaba en un mar de confusiones y no se supo aclarar. Se despidieron de la prima e iniciaron el regreso a pie, unos cuatro kilómetros. Al llegar a casa, mi abuelo se metió en una pequeña sala de estar donde había una radio Grundig, que en los días de verano solía sacar a la calle para que la oyeran todos los vecinos. En una emisora cuyo nombre desconozco, oyó que se habían sublevado los militares en Melilla, sin demasiados detalles. Sabía cómo se las gastaban esos señores, llamó a su mujer y después de un rato de conversación decidieron suspender el viaje. Comenzaba así una locura de sangre que marcaría sus vidas y las de tantos millones de españoles para siempre.

En una emisora cuyo nombre desconozco, oyó que se habían sublevado los militares en Melilla, sin demasiados detalles

Sabían por la prensa que había huelgas, algunos atentados y trifulcas en el Congreso, nada diferente a lo que había sucedido en los años de la Restauración que presidió el rey Alfonso XIII, mucho más violentos. Lo que cambiaba a hora es que había una República y que no mandaban los de siempre. Mis abuelos eran conservadores, iban a misa con frecuencia, pero en ningún momento pensaron que España estuviese al borde de una guerra civil. Leían, escuchaban la radio, hablaban con los amigos y estaban informados de lo que pasaba en Madrid, Barcelona o Sevilla. Eran conscientes de que había dificultades, como maestros públicos sabían que había mucha desigualdad, que los niños pasaban hambre, que no había trabajo, que muchísima gente sobrevivía y no vivía, nada diferente a lo que había sucedido en los últimos cien años, nada que impidiese viajar a Alicante para pasar unos días con sus hijos.

Sin embargo, mientras aquella familia, como tantas otras, pensaba en hacer su vida como mejor podían, grupos de militares de alta y media graduación, obispos, empresarios, banqueros y políticos del antiguo régimen se reunían para incendiar España: Antes muerta que de otros. Y así, el 18 de julio de 1936, con la debida financiación de Juan March, Hitler, Mussolini o Cambó, con la anuencia de Gran Bretaña, las fuerzas de la oscuridad, los representantes de la España rancia, caduca, maleducada, antiliberal y ruin que habían gobernado desde tiempo inmemorial sumiendo a la mayoría de los españoles en la miseria y la ignorancia, decidieron que la única solución para impedir que el país evolucionase era destruirlo todo, no dejar piedra sobre piedra, desatar un torbellino de odio de tal calibre que impidiese respirar durante décadas. ¿Era lo que la gente quería y necesitaba? ¿Estaban España y los españoles en riesgo de extinción? No, el pueblo necesitaba comer, trabajo, dignidad, libertad, justicia. Lo único que estaba en peligro era el privilegio insoportable de una minoría ramplona, mediocre y egoísta que confundía Patria con patrimonio.

Lo único que estaba en peligro era el privilegio insoportable de una minoría ramplona, mediocre y egoísta que confundía Patria con patrimonio

Cuando hace más de un año comenzamos a oír que Rusia acumulaba tropas en las fronteras con Ucrania, quienes no vivíamos allí pensábamos que eran maniobras de Putin para detener el cerco al que estaban sometiendo a su país los Estados Unidos y su agencia militar europea conocida por el nombre de OTAN.

Confieso que nunca pensé que Rusia invadiría Ucrania por varios motivos, primero porque había unos lazos culturales, familiares, sociales, históricos y económicos tan grandes que una acción de ese tipo destruiría para siempre; segundo, porque los propios dirigentes rusos eran conscientes de que su ejército convencional no tenía potencial para ocupar con éxito un país de esas dimensiones; tercero, por las consecuencias económicas devastadoras para Rusia de una decisión tan grave; cuarto, porque creía que entre los dirigentes rusos habría alguien con dos dedos de frente para no caer en la celada que se les había tendido desde el Pentágono.

A los militares rusos sólo se les ocurrió que incendiarlo todo, que provocar miles de muertos y heridos era la única solución para un pueblo, el ruso, que carecía de libertad

Erré como mi abuelo el 17 de julio de 1936, ni había gente con dos dedos de frente ni una pizca de humanidad, ni había estrategas geopolíticos de altura, ni les importó un bledo las íntimas relaciones de Rusia con Ucrania. A los gobernantes rusos, a los oligarcas rusos, a los militares rusos sólo se les ocurrió que incendiarlo todo, que provocar miles de muertos y heridos era la única solución para un pueblo, el ruso, que carecía de libertad, justicia y los mínimos exigibles en igualdad, que el pueblo ucraniano, que hasta entonces vivía como podía bajo el mandato de un gobierno esencialmente corrupto, racista y autoritario, también necesitaba una guerra para ver morir a sus hijos, a sus padres, para contemplar como una bomba que vale más que una vivienda destruiría su hogar sin saber el motivo.

Como Rusia, Ucrania es un país poco desarrollado, esencialmente agrícola, dominado por una oligarquía feroz y sin escrúpulos. La guerra no soluciona los problemas básicos de ninguna de las dos naciones sino que los agrava, creando además una herida abierta y purulenta que tardará mucho en cicatrizar. Las guerras se arman en los despachos y las pagan con su sangre los pueblos que nada tienen que ver con ellas. En este caso la guerra de Ucrania es el resultado de las estrategias de dominio global que han decidido volver a crear dos bloques, el Occidental con Estados Unidos a la Cabeza, y el Oriental, con China al frente. El disparate es de tal envergadura que los señores de la guerra ignoran que en su eje del mal -el oriental- viven más de dos tercios de la humanidad. Ucrania, como en su tiempo lo fue España, es el laboratorio de algo más, del nuevo reparto del planeta.

Ucrania, como en su tiempo lo fue España, es el laboratorio de algo más, del nuevo reparto del planeta

Entre tanto, mientras miles y miles de rusos y ucranianos mueren en el tablero de ajedrez de la geopolítica, Europa, siguiendo los pasos de su dueño y señor, se dispone a mandar tanques, quizá también aviones, para que la cosa continúe. ¿Es tan difícil invertir en conversaciones de paz la milésima parte de lo que se está gastando en destruir y matar? ¿A quién beneficia una guerra tan absurda y dramática? ¿A quién han beneficiado siempre, desde la noche de los tiempos, las guerras? ¿Quién ha puesto los muertos?

No hay interés alguno en la paz. Si lo hubiese, los aliados occidentales habrían tratado de desmontar los argumentos rusos retirando bases militares de la frontera rusa antes de la ocupación de Ucrania, negociando, exigiendo y concediendo. Eso no ha ocurrido desde que la URSS desapareció como Estado y como sistema político, aquí lo único que interesa es frenar del modo que sea el desarrollo económico chino, impedir que sea la nueva potencia hegemónica. Para eso sirve todo, incluso matar a millones de personas, provocar una crisis económica que auemente la pobreza y la incertidumbre, incluso la perspectiva no descartable de un desastre nuclear. Las guerras las pagan los pueblos, los pueblos debemos parar las guerras, por tanto, guerra a la guerra.

Guerra a la guerra