Nuevatribuna

RELATOS ERÓTICOS

Juegos de circo

foto Kastarnado 2La arena del circo está vacía. Un solo foco ilumina la parte central de la pista. Claudia tiene ganas de ensayar sus habilidades de bailarina resuelta en brisa. Le gusta sentir el columpio del trapecio para ella, asirse a él con dominio y experimentar la seguridad de su cuerpo bien entrenado. Sabe que es un juego peligroso columpiarse sola. No le importa, el riesgo dispara su corazón, que salta como un tapón a presión desbordado por el gas de la adrenalina, tonificando su musculatura hasta volverla flexible e indómita como la armadura de una felina perfecta.

Esta noche es especial. En el globo de la carpa del circo hay un ojo abierto por el que se vislumbra una luna llena magnífica, grande y roja, una luna fabulosa, que la turba con su luz y lleva su imaginación a componer danzas libertinas en el aire con su compañero habitual de trapecio. (Imagen: Kastarnado).

Se sube al columpio y comienza a oscilar de un lado a otro recibiendo el viento entre los cabellos. Suelta sus manos, se cuelga de las piernas boca abajo con los brazos abiertos y recibe la noche dulce y tibia toda para ella. Sus pechos caen por efecto de la bendita gravedad y asoman con osadía por encima de la malla. Los nota casi libres, tan libres como todo su cuerpo flotando de un lado a otro al amparo de la brisa nocturna. Separa un poco las piernas y alcanza sus labios más íntimos con los dedos humedecidos de saliva, se frota con cadencia sinuosa y resbaladiza, con la delicadeza de una serpiente blanca mientras se columpia. La sangre se agolpa en su cabeza, mientras permanece boca abajo y sigue jugando con los dedos entre sus pliegues interiores, provocando que su cuerpo comience a responder haciendo manar fluidos lúbricos. Una incandescente excitación inunda cada poro de su piel con una gota de humedad, que la hace brillar a la luz de la noche roja lunar como una antorcha de púrpura en medio de un festín medieval.

Está tan concentrada en su propio placer que no ve que otro columpio se cruza con el suyo.

Como si lo hubiera convocado con su mente, su compañero de trapecio se cruza con ella dos veces antes de colocarse boca abajo hasta conseguir asirla y elevarla en el aire sacándola de su goce íntimo y propio por unos momentos. La columpia varias veces hasta atraerla hacia sí y alojar en ella su lengua por completo, succionando sus labios en un beso inesperado de ventosa de carne, que funde a ambos como si les prendiera la llama que sale por la boca de un comedor de fuego.

Ella ha ido parando el columpio con su cuerpo poco a poco. Cuando están preparados, saltan abrazados sobre la cama elástica, haciendo figuras increíbles mientras se despojan de las mayas, para quedar desnudos con los cuerpos pegados y enlazados en saltos fantásticos, sicalípticos, voluptuosos, describiendo un doble tirabuzón que supera cualquier expectativa visual o física.

En cada salto dibujan una posición distinta, de forma que sus figuras entrelazadas parecen una sola, dotada de cuatro piernas trenzadas, cuatro manos que acarician enrolladas como lianas selváticas hasta perder la noción de donde comienza una y termina otra, dos cabezas situadas en lugares inverosímiles, con sus lenguas que chupan los rincones más fronterizos, impenetrables e imposibles de cada uno de los cuerpos, sin acusar descanso ni aceptar consuelo… para rebotar una y otra vez sin freno, cada vez más rápido, cada vez más alto, cada vez más frenético, más salvaje, hasta salir propulsados como el hombre bala por la claraboya de la carpa del circo y llegar a fundirse con esa luna llena roja y animal, que los atrae y los acoge con toda la envidia bárbara que puede atesorar un cuerpo celeste hermoso y singular, pero totalmente solitario.