martes. 23.07.2024
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Se cumplen ciento veinte años del nacimiento del pintor de Cadaqués, del hijo de notario de pueblo, del chico tímido, raro y caprichoso. Todo son ditirambos, alabanzas, panegíricos: precursor del surrealismos –como él mismo se encargaba de pregonar-, magnífico escritor, hombre de una imaginación infinita, etc. Sólo falta que encima alguien diga que era una excelente persona, que seguro lo han dicho.

En esta nuestra España necrófila, está en boga que no haya buenos ni malos, ni tan siquiera regulares. Cuando se cumple el aniversario de algún personaje conocido todos nos volcamos a cantar sus virtudes y a apartar aquellas travesuras intrascendentes que en realidad poco tenían que ver con el verdadero espíritu del genio. En este camino se ha llegado a calificar de inmovilistas, retrógrados y rencorosos a quienes se atreven a criticar a una personalidad célebre del régimen pasado de cuya muerte o nacimiento se cumplen ahora unos cuantos años.

Dalí fue un buen dibujante, un magnífico dibujante, pero, ante todo, fue un payaso, a veces gracioso, a veces no tanto

Dalí fue un buen dibujante, un magnífico dibujante, también pintó algunos –muy pocos- cuadros excelentes, sobre todo aquellos inspirados en la pintura florentina, en Mantegna, por ejemplo, y alguno de su primer periodo surrealista. Pero, ante todo, pese a las palabras hermosas de su amigo el buen Pepín Bello, Dalí fue un payaso, a veces gracioso, a veces no tanto. Niño travieso y mimado se negó a seguir las indicaciones familiares para el porvenir. Instalado en Madrid con el dinero paterno, ingresó en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando protagonizando varios alborotos que le dieron el renombre que había buscado desde su infancia: Promovió un altercado contra el nombramiento de Vázquez Díaz como profesor de la Escuela y en uno de los exámenes, preguntado por Rafael, contestó que ninguno de los miembros del tribunal estaba capacitado para oír lo que él sabía sobre el gran maestro italiano. Fue expulsado y su fama aumentó entre la bohemia artística de aquel Madrid irrepetible. Ligado desde el primer momento a los principales hombres de la Residencia de Estudiantes, no dudó ni un instante en traicionarlos a todos cuando le convino. Jugó con los sentimientos y el sexo ingenuo de García Lorca, abandonó a Buñuel y al surrealismo –“ese cateto baturro”- en cuanto descubrió la senda fácil del dinero y la fama, a Paul Eluard, a Max Ernst, a Magritte, manejado como una veleta por la personalidad arrolladora de su amante rusa.

Después de la guerra civil hay poco que contar de él. Servidor incondicional de la dictadura, bufón “real”, llegó a afirmar que si a García Lorca lo habían fusilado habría sido porque se lo merecía. No tuvo una palabra de amor hacia nadie que no fuera Gala y su ambición. Odiaba a Picasso, tal vez por su naturalidad, por el talento y la vitalidad que derrochaba. Acomplejado, tímido, quiso superar sus complejos con payasadas de las que daban cumplida cuenta el Nodo y los telediarios: Conferencias con una tortilla en la cabeza, desembarco en Nueva York con un pan de varios metros de largo, salida de un cascarón de huevo en un acto público, acompañante de Maruja Garrido en el vídeo promocional de Es mi hombre, escándalos relativos en los mejores hoteles del mundo, en fin un histrión que cambió la pintura por el circo.

Sin amigos, medio arruinado, murió sólo, abandonado, contemplando el incendio de su castillo estrambótico

Tuve la suerte de comprobar su talento admirando durante muchas horas a su hermana Ana María Dalí –su primera musa- en el cuadro “Muchacha en la ventana”, el “Retrato de Luis Buñuel” –del mismo periodo- y las exposiciones antológicas que de sus dibujos y oleos se hicieron en Madrid. Pero también la desgracia de ver su complacencia activa con el régimen, de seguirle a través de la televisión española, más que al gran escritor Camilo José Cela, otro histrión de parecidas características personales y humanas de cara a la galería, aunque en este caso su hijo nos haya desvelado aspectos insospechados de su personalidad íntima. Pese a todo, y como a Cela, la vida le pasó factura durante sus últimos años de vida: Sin amigos, medio arruinado, con la cotización de sus cuadros hundida gracias a los manejos de sus representantes, alguno de los cuales llegó a obtener de él miles de papeles con su firma para falsificar sus grabados, murió sólo, abandonado, contemplando el incendio de su castillo estrambótico.

Hoy la crítica especializada salva pocos óleos de su producción –pese a que su museo sea el segundo más visitado de España- y el lugar que ocupa en el Olimpo de la pintura es muy inferior al que podría haber merecido si no se hubiera traicionado a sí mismo y al arte. Mala persona donde las hubiera, pintor demediado, principal creyente de su religión, su vida y su obra contrastan con la de otros surrealistas españoles como Óscar Domínguez o Joan Miró. Celebren sus seguidores y admiradores su aniversario con mayor entusiasmo del demostrado para con Luis Cernuda, uno de los mayores poetas de la historia de la literatura, al fin y al cabo, siempre es bueno celebrar algo.

Qué y quién fue Dalí