lunes. 22.04.2024
'Pablo Picasso pintando El Guernica', 1937. Foto: ©SucesiónPicasso

Dentro de tres semanas se cumplirá el cincuenta aniversario de la muerte de Pablo Picasso, un hombre que parecía que nunca iba a morir, de una vitalidad tan extraordinaria y fecunda que aparentaba que siempre había estado ahí y siempre iba a estar. Arrollador, tímido, alegre, depresivo, exultante, generoso, raro, impulsivo, caprichoso, animal, fecundo, atronador, silencioso, inagotable, entregado, abatido, luminoso, anárquico, dominante, celoso, comprometido, amable, pasional, portentoso, único, así fue un hombre irrepetible que renunció a ser francés cuando Francia se lo propuso con todo tipo de lisonjas porque él se consideraba el representante del exilio español.

Recuerdo el día de su muerte porque mi padre había guardado en una carpeta las portadas de un periódico en el que fueron apareciendo las caras de los tres Pablos, Neruda, Picasso y Casal, fallecidos en 1973. También por la reproducción que había en casa del Guernica, una reproducción que simulaba brochazos y que a punto estuvo de costar un serio disgusto a mi padre. Estaba en su biblioteca, que era donde trabajaba. Por allí pasaba mucha gente y un día recibió un aviso de un guardia civil amigo: “Esta semana van a registrar tu casa, no sé el día, pero esconde todo lo que sea sospechoso...”. Esa noche de un día del mes de octubre de 1973, mi padre se encerró en la biblioteca y estuvo horas y horas sin salir. Al día siguiente, ni estaba el Guernica ni tampoco cientos de libros peligrosos que fueron desalojados para evitar males mayores. Tiempo después, no demasiado, encontramos el cuadro y el alijo de libros en una vieja casa de la huerta, entre cajas de frutas, arpilleras y aperos de labranza. Hoy, vuelve a estar en su sitio, junto a los libros prohibidos de entonces, junto a los recuerdos del tiempo pasado que nunca fue mejor.

Un hombre irrepetible que renunció a ser francés cuando Francia se lo propuso con todo tipo de lisonjas porque él se consideraba el representante del exilio español

Es probable que Pablo Picasso sea el pintor sobre el que más se ha escrito en la historia. Las razones son obvias, Picasso a través de sus mutaciones, de su evolución, de su genialidad, supone un antes y un después en el mundo del arte. No porque inventase algo nuevo que sólo él sabía hacer, no porque dedicase décadas a la decoración del palacio de tal príncipe o multimillonario, no porque hiciese de la extravagancia una forma de vida, no, ni mucho menos. Antes que Picasso estaban Cezanne, Degas, Monet, Gauguin, Toulouse Lautrec, antes que Cezanne estaban Goya y Courbet, y antes que ellos El Greco y Velázquez. Picasso nació pintor y a los veinte años había resumido en su paleta los colores y las formas de tres siglos de pintura con una fuerza tan descomunal que, colaborando con todos, con Braque, Matisse, Jacob, Gris, Modigliani..., terminó por convertirse en el artista más representativo del siglo XX, en el creador y catalizador de las nuevas corrientes, en el punto de referencia obligado para cualquiera que quisiera aportar algo al mundo del arte. Picasso, para disgusto imperecedero de Dalí, fue un espectáculo en sí mismo, un personaje que marcaba las horas y el rumbo del arte de su tiempo y del tiempo que vendría después. Picasso era la pintura, el arte, la vida. Lleno de contradicciones, de conductas extremas, de subidas y bajadas, de misterio.

Hoy, a los cincuenta años de su muerte, de la muerte de uno de los más grandes genios de la historia de la Humanidad, hay gente que pretende juzgarlo desde otra mirada, desde otro punto de vista, pero sobre todo desde otro tiempo donde muchas causas justas quedan anuladas por la desvergüenza de la ignorancia. Decía el gran historiador británico y marxista E. P. Thompson que quienes se dedican a reconstruir el pasado para darlo a conocer, no pueden permitirse el lujo de juzgarlo con los ojos del mundo en el que viven, sino que han de retroceder hasta el tiempo objeto de investigación, estudiarlo, comprenderlo, saber de sus valores, y sólo entonces, con suma discreción, describirlo e interpretarlo. De ahí, por ejemplo, que no tenga el menor valor historiográfico o intelectual afirmar que Isabel la Católica fue una protofeminista o una racista empeñada en la defensa de la inexistente raza hispana.

Picasso, para disgusto imperecedero de Dalí, fue un espectáculo en sí mismo, un personaje que marcaba las horas y el rumbo del arte de su tiempo y del tiempo que vendría después

Pablo Picasso nació en un tiempo en el que los derechos de la mujer no estaban contemplados en ninguna constitución, en una sociedad absolutamente religiosa y patriarcal en la que pequeños grupos de mujeres reclamaban respeto, igualdad y libertad en un mundo hecho por hombres y al servicio de los hombres. Llamar machista a Pablo Picasso carece del menor sentido, primero porque las relaciones hombre-mujer de aquel tiempo surgían, en la inmensa mayoría de los casos, de una situación de poder que estaba perfectamente asimilada; segundo, porque Picasso no era una persona normal, porque Picasso necesitaba a la mujer para poder crear, porque su creatividad volcánica, apabullante, demoledora, insaciable, tormentosa, loca, siempre necesitó una compañera de viaje sin la cual ni su evolución ni su obra habrían sido posibles; porque las mujeres fueron en la vida de Picasso el argumento principal de su obra y de su vida, de una vida y una obra en la que todo se mezcla en una orgía sensorial infinita.

Entrar en la vida de las personas más grandes que han existido para buscar el error conductual que sirva para destruir su memoria, me parece una tarea tan perversa como enfermiza, más si como resulta en el caso de Pablo Picasso estamos hablando de uno de los genios más excelsos de la historia del arte universal, de una persona que ayudó a miles de exiliados españoles a salir de los campos de concentración franceses, de un “artista degenerado” que se jugó la vida para salvar a cientos de personas de la persecución nazi o de alguien que siempre tuvo abiertas las puertas de sus múltiples casas a quienes acudían desde su país en busca de ayuda: Manuel Ángeles Ortiz, María Lejárraga, Rosa Chacel, Ramón Gaya, María Blanchard, Aurora Bertrana, Consuelo Berges, Manuela Ballester, Josep Renau y Remedios Varo son algunos de los artistas que contaron con la ayuda incondicional de Picasso para seguir viviendo, junto a ellos cientos de personas desconocidas y organizaciones antifascistas de todo el mundo, de un mundo que continuó ignorando sus denuncias contra la dictadura franquista y contra las guerras, las mismas guerras que hoy vuelven a asolar el mundo sin que nadie pinte Guernicas ni promueva asociaciones mundiales a favor de una paz cada vez más amenazada por quienes nunca acudirán a los frentes de batalla.

Picasso en la historia