miércoles 28/7/21
MEMORIA DEMOCRÁTICA

Jaime del Burgo Torres, de Jefe de Requetés a censor franquista

¿Tú, también, hijo mío?

del burgo

Jaime del Burgo Torres

Jaime del Burgo (1912-2005) era hijo de Eusebio del Burgo Pascual y Paula Torres Jacoisti, naturales de Pamplona. En los años 20, el padre fue emigrante en México, curtiéndose como militante católico participando en las filas de los “cristeros”, donde la ciudadanía, acuciada por la obispada mexicana, se opuso a las reformas laicas de la Constitución impulsada por el presidente Calles, a finales de los años veinte (1926-1929).

Eusebio del Burgo regresó a España en 1930. Su hijo estudió Perito Mercantil en la Escuela de Comercio de Pamplona. Sería al final de la guerra cuando obtuvo el título de profesor mercantil en Bilbao. Casó con Mercedes Tajadura Goñi el 12 de febrero de 1939, con quien tuvo tres hijos. Uno de ellos, Jaime Ignacio, presidente de la Diputación Foral de Navarra (1979-1980 y 1984).

Este artículo responde al hecho de que uno de sus nieto, Arturo, hijo de Jaime Ignacio, presentó una querella contra el historiador Fernando Mikelarena por considerar que este había injuriado al abuelo. Para que los lectores de Nuevatribuna conozcan cuáles eran las ideas y los hechos que adornaron la vida del supuesto agraviado Jaime del Burgo Torres va dirigido este trabajo. Ya es triste constatarlo, pero parece que la única manera de saber de este Del Burgo es gracias a las querellas entabladas por su hijo y, ahora su nieto, contra historiadores y pintores. Y siempre exigiendo respeto al honor del paterfamilias. Se diría que esa es la única manera que tienen sus herederos de volver a la palestra a quien fuera jefe de requetés de Navarra y gran censor cultural, que no “caballero andante de la cultura”, como pretenciosamente se le quiso reivindicar en tiempos pasados.

Lo primero que me gustaría advertir es que nunca se comprenderá que los nietos y los hijos salgan a la palestra a defender el honor de sus antepasados negando la épica en la que estos se basaron para construir su currículo y del cual se sentían la mar de orgullosos.

Pocos gerifaltes del fascismo y del franquismo lamentaron sus hechos, bárbaros, crueles, incluso criminales, mientras vivieron; al contrario, no solo se pavonearon de ellos, sino que, para escarnio de sus víctimas, los utilizaron para ocupar cargos y sinecuras a los que nunca hubieron accedido sin esa catarata de enormidades que una ética de andar por casa jamás les habría consentido. Ni en tiempos de guerra, ni de bonanza. Dar golpes de Estado o alentarlos para cambiar un gobierno, legítimo y democrático, solo es propio de fascistas o de militaristas africanistas.

De ahí que el silencio de los hijos y de los nietos debería ser una obligación moral que ninguno de ellos debería traspasar. Pues lo más habitual en estos casos es que el muerto se revuelva en su tumba y grite desaforado: “¿Por qué no me dejáis en paz?”.

¿Ningún reconocimiento público?

Hace unos años, un cargo institucional navarro se preguntaba por qué siendo este Jaime del Burgo “uno de los hombres que más han contribuido a la historia de Navarra”, no ha recibido como historiador, novelista, dramaturgo y poeta, ningún reconocimiento público.

A lo que podría aducirse una explicación muy sencilla.

Políticamente, el citado Jaime del Burgo es una figura que produce cierta repugnancia. Habría que verificar si esta afección le corresponde por méritos propios o solo es consecuencia de los prejuicios ideológicos que él se creó a lo largo de los tiempos con relación a su hosca figura y a la que habría que la general antipatía añadida por la trayectoria política del hijo, Jaime Ignacio, recientemente coronada por su relación con el caso Bárcenas, que era ya lo que le faltaba a la familia.

Literariamente. Entiendo que su obra -novelas, dramas y poesía-, no aporta ninguna originalidad estética. Sus novelas son una instrumentación política de la literatura a la causa carlista, cuyos personajes habituales son de una pieza, de cartón piedra o como pedazo tosco de hormigón, es decir, sin matices y sin variedad en el frente. Carlistas de muy buen corazón, llenos de fe y comprometidos hasta la muerte con Dios, la Patria, los Fueros y su Rey Carlos VII. Con su pan se lo coman. Se les ve demasiado el requeté.

Históricamente, en su libro Historia de Navarra. La lucha por la libertad (1978), del Burgo se tomará la licencia de criticar a los nuevos historiadores porque, según dice, su metodología “desemboca en la utilización de la historia como instrumento de propaganda política, tan en boga hoy en día en la España de las autonomías”, aquella “charlotada de país”, que decía Aznar.

historia navarra libro jaime del burgoTiene ironía la admonición. Como si la historia escrita por del Burgo no estuviera atravesada por su sumisión al legado carlista del que es incapaz de salir. Nadie está obligado a dar una versión objetiva de la historia, porque eso es desiderátum imposible, pero, al menos, convendría no presumir de lo que se carece. Acusar de la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el propio, es mucho más que presbicia o anteojera histórica. Del Burgo se vio radicalmente incapacitado, no para contar la verdad de los carlistas, que lo hace muy bien, sino la otra verdad, la que pertenecía a quienes tenían otra idea de la vida, de la justicia, de la sociedad, de la economía, incluso, de la religión. Del Burgo nunca toleró la existencia de los rojos; decir que los respetó, sería un sarcasmo.

El mismo, en una de sus pocas confesiones con las que podríamos estar de acuerdo, reconocería en unos versos (o lo que fueran), recogido en su poemario En Pos… que “el joven poeta sabe que su vida discurre a contracorriente y por ello sufre al verse colocado / en un siglo distinto del dorado siglo de poesía y de aventura”. En efecto. Del Burgo se equivocó de siglo. Hubiera disfrutado mucho más como subalterno de Zumalacárregui llevándole el zacuto de comer.

conspiracion y guerra civil jaime del burgoEn Conspiración y guerra civil (1970), una vez que el hombre le va viendo las orejas al lobo, aboga por “aprobar la asignatura de la historia y no abrir viejas heridas casi cicatrizadas”. Patética estampa. Que lo diga un individuo que se pasó media vida alentando a sus requetés para abrir heridas en las venas de más de 3000 familias navarras, suena a sarcasmo. Como se dice en plan coloquial: “A buenas horas, mangas verdes”. ¡Heridas casi cicatrizadas! ¿La de quiénes? Es muy fácil apelar a esta cauterización, exigiendo olvidar las mamarrachadas que uno hizo en vida. A fin y al cabo, del Burgo fue del club de los verdugos y empatizar con las víctimas nunca se le dio bien, de hecho no lo hizo públicamente mientras vivió.  Diré de pasada, y como puede apreciarse, el autor dedicó uno de estos ejemplares a Sixto de Borbón de Parma.

jaime del burgo prensaAl contrario, en una entrevista que aparecida en el extinto periódico Navarra Hoy, el 18 de mayo de 1986, no mostraba ningún arrepentimiento al respecto. Todo lo contrario, seguía culpando a la República de lo sucedido.

Tanto él como su hijo Jaime Ignacio jamás tuvieron ese gesto de presentar una disculpa a la sociedad navarra por su innegable responsabilidad al apoyar la preparación del Golpe en Navarra y, en especial, por las matanzas que luego se sucedieron en los comienzos de la contienda debido a sus bélicos discursos alentando la matanza de rojos como si fueran garrapatas.

En este sentido, no parece que, por este lado, del Burgo padre se mereciese un reconocimiento. Más bien, lo contrario.

En cuanto a la desafección de la ciudadanía de Navarra durante la transacción democrática, es bastante lógica. Del Burgo, ni a título póstumo, ni con carácter retroactivo, es una figura compatible con la democracia, contra la que él, no solo motejó e insultó, sino que persiguió con armas y pertrechos. Como buen carlista fanático, jamás estuvo a favor de la democracia, ni del sufragio universal.

El problema no está en que del Burgo sea bueno o mal historiador. Nadie podrá negar su dedicación a la investigación histórica con entusiasmo y su aportación al destape de cantidad de hechos desconocidos de figuras carlistas, de algunos de ellos delatando su propia barbarie y revolviéndose de gusto en ella. No. El problema está en que su ideología a lo largo de la vida fue siempre la misma ideología que alimentó el golpismo y la misma ideología con la que accedió a las balaustradas del poder, pues sin ellas no hubiera sido nada. A lo sumo, un oscuro profesor mercantil en una ciudad de provincias.

Reconocimientos públicos

Sin duda alguna, la sociedad navarra, la que empezó a ver los primeros frutos de la democracia a partir de 1978, jamás le tributó un homenaje aunque algunos lo pretendieran presentando su candidatura como Premio Príncipe de Viana. No cayó esa breva. Hubiera sido un baldón ignominioso contra las víctimas de la guerra civil, por mucha aportación a la historia de Navarra que tenga en su haber el nominado.

Conviene recordar que, desde 1939 hasta bien entrados los años 80, fue uno de los personajes que más cargos institucionales acumuló durante ese tiempo, accediendo a ellos manu militari.

Veamos.

- Fue Consejero Permanente de la Institución Príncipe de Viana; Director de la Biblioteca General de Navarra, 1939-1982;

-Teniente-alcalde del Ayuntamiento de Pamplona de octubre de 1942 a diciembre de 1944;

- Delegado provincial de Comunicaciones y Transportes (Marzo de 1943);

- Ocupó la Vicesecretaría de Educación Popular de Falange Española Tradicionalista y del las JONS (agosto de 1943):

- Consejero Nacional del Movimiento Vicepresidente del Real Consejo del Reino de Navarra de la Comunión Católico-Monárquica (carloctavista) (agosto de 1945);

- Delegado Provincial del Ministerio de Información y Turismo (1950-1964);

-Director de Turismo, Bibliotecas y Cultura Popular de la Diputación Foral de Navarra (1964-1982);

- Académico de la Real Academia de la Historia;

- Procurador en Cortes (1958-1964):

- Premio Nacional de Literatura (1967)

Y pudo haber sido ser gobernador civil de Lérida y de Lugo, pero rechazó la oferta.

Desde luego, no conozco ninguna figura pública navarra que obtuviera tantos cargos a lo largo de su vida.

Y por hacer y decir, ¿qué?

Es una evidencia que su importancia ha ido menguando y, si no fuera por “ciertos hechos” protagonizados por su hijo y, ahora, por su nieto, ya nadie se acordaría de él. ¿Leerlo? Sigue siendo una fuente para conocer la deriva de cierto carlismo. Pero sigue siendo un personaje escapado de la tercera guerra carlista de 1872 o, lo que es lo mismo, de un incendio incontrolable.

AET. 1932. DEL BURGOAtribuir a prejuicios ideológicos y políticos la causa de su olvido es una de las explicaciones a las que se recurre, pues, como es habitual, las izquierdas no leen a las derechas, ni las derechas a las izquierdas. Lo que interesa en este caso es comprobar si los prejuicios ideológicos que se sienten hacia del Burgo son consistentes o no. 

Para saberlo, sería necesario conocer sus hechos, que él caracterizaba como épicos y sus dichos/ideas, que tenía como la biblia del requeté

Hagamos esta aproximación. Para ello, distinguiré dos momentos: los hechos y dichos ubicados en el contexto de la República y la guerra; y los que tuvieron lugar una vez que se acomodó en las poltronas que le fue ofreciendo el régimen franquista.

Los más condescendientes con su figura pretenden salvar el honor de del Burgo  diciendo que fue “un joven comprometido de manera coherente con la causa carlista”. Y, claro, ser coherente debe ser algo formidable para pasar a la historia. ¿Acaso no lo eran, también, los socialistas contra los que él luchó a degüello? Seamos serios. La coherencia no nos salva de ser unos desalmados, sobre todo, si se es coherente con una mierda de pensamiento fascista. Ser coherente no es garantía de nada. De hecho, ¿a dónde le condujo a del Burgo ser coherente con el carlismo? ¿A que más de las tres cuartas partes de Navarra lo odiase o, nada más escuchar su nombre, a escupir sobre sus significantes?

Hitler, Franco, Mussolini y Stalin, también, fueron coherentes. Y así pasó. Así que intentemos ser un poco más precisos y preguntemos: ¿Con qué fue coherente del Burgo? ¿Con su pensamiento?

Entonces, veamos algunas de las ideas con las que fue coherente y deduzca el lector sus conclusiones.

Durante la II República

Desde 1930, ya era presidente la A.E.T. La a.e.t. era una organización que, según sus palabras, “además de recoger a la masa estudiantil carlista, encubría, bajo la denominación de socios protectores, a la mayor parte de los requetés de Pamplona, que bajo la bandera de la AET organizaban sus excursiones militares”. En este órgano de expresión, siempre escrito a.e.et., se pueden entresacar algunos de sus más piadosos pensamiento, que, con el tiempo, serían, ¡cómo no!, fruto de la fogosidad juvenil. Son fragmentos pertenecientes a artículos que también los publicaría en El Pensamiento Navarro.

a) “Cuando se crucifica la vida en esa cruz odiosa que engendran las dictaduras prolongadas de todos matices, es entonces cuando el espíritu de la gente joven debe ser un oleaje de pensamiento y de sangre, que venga a barrer de una manera definitiva, la causa del mal, desde sus más hondas raigambres” (artículo de Del Burgo, presentado como Presidente de la AET de Pamplona  en el número 1 de a.e.t. se publicaba el 26 de enero de 1934)

b) «¡Pamploneses, ciudadanos todos! ¡Ha llegado el momento de obrar por nuestra cuenta! Que la Justicia en España está hoy en contra del Bien. Los infortunados Lorca y Oricain es posible que no sean las últimas víctimas del odio de clase que se alimenta en las Casas del Pueblo. Quizá alguno de nosotros caiga también en el proceso de esta lucha. Pero seamos hombres, y sepamos vengar al caído, aunque sea haciendo poner por todo un año a los socialistas crespones de luto en sus centros. Porque contra esos, cualquier procedimiento es bueno: la bomba, el puñal y el incendio. A los parásitos se les destruye y se queman sus restos» (Jaime del Burgo en el número 13 de la revista a.e.t. de 20 de abril).

c) “Pudimos convencernos [de] que ha llegado el momento de actuar [...]. Ha llegado un periodo de caza del hombre por el hombre, y en este deporte singular, preferible es ser cazador que cazado. Para eso, no hay que asustarse de nada. Ni de las amenazas de los indeseables, ni de las represalias de la autoridad, pues nunca nos cansaremos de repetir, que la persecución enaltece y honra cuando viene de ese lado. Mucha prudencia para no ser muertos por la espalda, y decisión en la lucha frente a frente. Pero siempre utilizando las mismas armas que el enemigo. El 1º de Mayo pasado debe servirnos de lección, para comprender que está empeñado un juego muy peligroso que debemos ganar» (Jaime del Burgo en el número 15 de a.e.t. de 4 de mayo de 1934).

Y de este modo podríamos seguir, si no hasta el infinito, sí hasta aburrir al más paciente de los lectores.

Hechos

Los méritos militantes adquiridos por del Burgo los comenzó a pulir durante la II República, donde no hubo día que no conspirase contra ella. En su libro autobiográfico, admite que ya en la primavera de 1931manejaba un buen arsenal de armas haciendo puntería para cuando llegase la hora.

pensmaiento navarro

El domingo del 17 de abril de 1932, la prensa lo contempla como protagonista principal en los incidentes de una lucha callejera, que terminarían en un tiroteo donde murieron dos ugetistas y un jaimista, además de ser heridas gravemente tres personas. Y ojo al dato, porque del Burgo cuenta tan sólo con 19 años.

Sería procesado y encarcelado durante nueve meses por su participación la primera estructura paramilitar de los Decurias, denominadas las Decurias, en 1932 y 1933.

estampas de la sierraQueda patente su participación más que notable como dirigente requeté en maniobras militares en los montes de Maquirriain, Ezcabarte, Mendillorri, Sierra Andía, Izaga y Urbasa, desde 1934 a 1936. En el libro Requetés… se hará constancia de estas actividades incluyendo fotografías, como la que se reproduce, en la que aparece del Burgo y Miguel Ángel Astiz, otro requeté de pro.

El 20 de julio de 1934, junto con otros requetés viajará a Italia, donde recibieron instrucción militar en julio y agosto en un campamento cercano a Roma por parte de militares del régimen fascista de Mussolini. Aunque en el futuro más inmediato se negará este hecho lo cierto es que el propio del Burgo, quien, ciertamente, no tenía pelos en las encías a la hora de contar sus bravuconadas de esta época de su vida, jamás lo desmentiría. Esto es lo bueno para un historiador: encontrarse con alguien que, a pesar de perpetrar las mayores perrerías, nunca las negaría. Lo tenía a gala.

Su libro Requetés en Navarra antes del Alzamiento, que, ya de entrada asombra por estar dedicado a un lunático, como lo fue el Excmo. Sr. General Millán Astray, pero no a Franco o a Mola, que era entonces lo preceptivo, es, cuando menos, insólito. Dado que el libro se publicó en 1939,  su autor no tendrá ningún escrúpulo en describir  el espíritu destructivo que le inspira contra la II República. Contará cómo durante los años 1935 a 1936, se impartieron clases de “formación militar” a los sargentos del Requeté, el grupo paramilitar carlista, así como a los oficiales, los martes, jueves y sábados de diez y media a doce de la noche en el Círculo Carlista para estar preparados para cuando llegase el momento de dar el golpe contra la II República 

Se trata del manual de un terrorista en el plano ideológico. Para completarlo del todo, le hubiese venido bien un apéndice dedicado a cómo construir bombas de mano.

En el mismo libro, aparece su firma como jefe del requeté de Pamplona dando órdenes para la toma militar de Pamplona por el Requeté, el 16 de febrero de 1936, día de las elecciones.

En enero de 1936, será nombrado jefe máximo del Requeté de Pamplona como  Adelantado del Requeté y ascendido en febrero del mismo año a Capitán, rango solamente compartido con Mario Ozcoidi.

requetes

En una Circular fechada el 7 de marzo de 1936, firmada como jefe del Requeté de Pamplona, dirá: “Si nuestros cuadros están perfectamente nutridos, atentos a las decisiones del Mando y dispuestos a cumplirlas con temeridad y valor, nada habrá que nos detenga, porque caeremos sobre las barricadas de la revolución y barreremos para siempre, con la punta de nuestras bayonetas, la soez raza del marxismo extranjero”. 

Cuando se dé la movilización miliciana del 18 de julio, será uno de los principales dirigentes del requeté navarro que alardeará de tomar Madrid y acabar con la República en cosa de pocos días.

Desde Somosierra, el 4 de agosto de 1936, enviará a El Pensamiento Navarro un escrito firmado como Capitán: “Requetés de Pamplona que yo formé para para este momento: habéis sabido estar a la altura de las circunstancias. En vuestros ojos leo la confianza que en mi pusisteis y que en mi conserváis y me siento pequeño (…). Podremos caer muertos en el campo del honor, pero jamás retroceder cobardemente dejando al enemigo apoderarse de España y destruir lo que más amamos sobre todas las cosas de este mundo: la religión, la Patria y nuestro hogar”.

ordenesEn el mes de octubre, ostentó el cargo de Jefe de Requetés de Navarra de manera temporal durante unos diez días por designación del jefe de Requetés de Navarra, Esteban Ezcurra, por ausentarse este de Pamplona. La orden de este nombramiento se publicó en Diario de Navarra y El Pensamiento Navarro. Llevaba fecha del 16 de octubre y ya, al día siguiente, del Burgo daba su primera orden como tal jefe.

 
   

En efecto. La primera orden de del Burgo fue  referente a la asistencia del Requeté a los funerales de Alfonso Carlos, fechada el 17 de octubre, y otra  sobre la manera obligatoria con la que debían vestir los cargos militares en materia de lencería fina: leguis y polainas, acordes con la naturaleza del Requeté, fechada el 24 de octubre. Y otra requisitoria, fechada el 23 de octubre, exigiendo la presencia en la secretaría del Requeté, sita en Escolapios de dos requetés, recordándoles que, “de no hacerlo, se les seguirán los perjuicios consiguientes a su no comparecencia”

requetes del burgoEzcurra reaparecerá firmando una orden, también publicada en El Pensamiento Navarro y Diario de Navarra, el 4 de noviembre de 1936, aunque con formato bien distinto. Mientras que El Pensamiento recalcaba la orden proveniente de la Jefatura de Requetés, Diario se limitaba a incluirla en un anuncio sin realce alguno, lo que ponía en evidencia las suspicacias de Diario con relación a los carlistas. ¿Cómo era posible que una orden dictada por el jefe de requetés de Navarra se tratara como si fuese una gacetilla de andar por casa?

requetes del burgo 2Todo ello confirmaría el hecho importante de que del Burgo, desde el día 17 de octubre hasta el día 3 de noviembre, permaneció en Pamplona ejerciendo dicha jefatura de requetés.

Designado por el Mando para ostentar accidentalmente la Delegación de Requetés del Señorío de Vizcaya, publicará bajo el título “Vizcaínos” en El Pensamiento Navarro el 24 de febrero de 1937, un artículo donde, tras referirse a “barrer el mal desde su más honda raigambre [y de] cuando el esfuerzo consumado haya producido la total regeneración de la Patria”, terminará diciendo que “sobre todas las catástrofes, eternamente triunfará España».

Cuando los socialistas del semanario ¡¡Trabajadores!! lo califiquen de “matón, terrorista e incendiario” (1), del Burgo replicaría que nunca se había sentido tan halagado recibiendo tales muestras de reconocimiento. De hecho, comentaría que “al enterarme de las lindezas que me dedicaba el papelucho de la calle de la Merced no pude por menos de sonreírme compadeciendo a los que se dejan engañar por gentes tan miserables”. 

Su axioma fundamental como requeté era: “Somos intransigentes, porque somos la Verdad”. El detalle es importante. No tenemos la verdad, sino que “somos la verdad”. Como Dios. La verdad y el camino. Amén.

A ello añadía que “la legalidad es buena cuando es la aplicación de la Justicia divina a las leyes humanas”. No extrañará, entonces, que el republicano, el socialista y el ateo solamente existían para ser depurados o fusilados. Por malos. Pero no se deduzca de esta abrupta conclusión que este hombre llamado Jaime del Burgo no fuera sensible a los demás. Para nada. Hasta podía llegar a ser tan respetuoso declarando: “No nos metemos en las creencias individuales, pero, convencidos de la Verdad de nuestra religión, ninguna otra consentiríamos se manifestara públicamente”.

Reconozcámoslo. Era un fascista que, al menos, avisaba.

El cinematógrafo

Baile y cine fueron los dos espacios culturales más importantes durante esta época. Gracias a ellos, la población disfrutaba de algunas horas de esparcimiento en sus vidas. Las autoridades no se fiaban de ninguno de ellos, pues, si no era el demonio quien los había creado, seguro que lo fue un súcubo. Tanto el baile como el cine fueron catalogados como corruptores de las costumbres.

enciclicaLa pauta, cómo no, ya la había marcado la Iglesia. Pío XI en su carta encíclica Vigilanti cura de junio de 1936 ya alertaba sobre la necesidad de velar por la moralidad y la conveniencia de calificar las películas según edades y, por otro lado, valoró el cine como un medio de hacer el bien y transmitir valores cristianos. En seguida, la prensa se hizo eco de la encíclica. Un ejemplo recurrente es el artículo que publicó Diario de Navarra el 3 julio de 1936 comentando en extenso dicha encíclica. (En la imagen: Diario de Navarra, 3.7.1936)

En septiembre de 1957, Pío XII repetiría el discurso en su encíclica Miranda Prorsus, esta vez perorando sobre el cine, la radio y la televisión.

El franquismo fue tiempo de censores e inquisidores. Nadie, ni los más furibundos franquistas, podrá negarlo. Ahí están las hemerotecas y archivos para comprobarlo. Y lo peor no fue la censura en sí sobre libros, cine, radio y demás medios de comunicación. Lo terrible sería el control censorio previo instalado en la sociedad por la moral de guerra establecida militarmente. En ese proceso, la censura interior, la que el propio creador se aplicaba a sí mismo, so pena de sufrir los varapalos de la inquisición franquista, sería la peor herencia que el intelectual se impondría a lo largo de un largo invierno. No era lo peor que te censurasen; muchísimo peor era que tú mismo castrases tu lenguaje.

Existió un “Ilmo. Sr. Director General de Cinematografía y Teatro” quien, con su camarilla de censores, dictaba desde Madrid qué se podía ver y qué no. En cada provincia, existía un largamano de esa dirección que cumplía de forma espartana lo que la Dirección General establecía. En Navarra, la encargada de hacer efectiva esa censura se denominaba Delegación Provincial de Educación Popular.

¿Y saben quién se encontraba al frente de ella? Exacto. Jaime del Burgo Torres.

Paradójicamente, después de haber sido un requeté redomado, no tuvo ningún escrúpulo en subirse al carro del franquismo y convertirse en el conducto principal de la censura de libros -también fue Director General de Bibliotecas de Navarra-, bailes, películas y toda clase de espectáculos y movimientos más o menos cadenciosos.

Era ni más ni menos que el encargado burócrata de administrar la censura de películas, de libros y de espectáculos en la provincia que le ordenaban desde Madrid. Todo un regalo de la santa Inquisición. Hay que reconocer que su labor purgativa fue sobresaliente cum laude. Ningún libro que figuraba en el Índice de Libros Prohibidos por la Iglesia, tuvo acomodo en las bibliotecas públicas de Navarra. Y aquellos libros censurados y encontrados en casas de republicanos pasaron a engrosar bibliotecas particulares franquistas, y no las llamas del fuego purificador. Vox pópuli dixit.

Las películas que llegaban a los pueblos tenían su correspondiente tarjeta de censura. En ella se especificaba claramente si estaba tolerada para menores de 14 años o lo era para mayores con reparo. Si una película, como ocurrió con Pobre mi madre querida, de Cifesa, llegaba a los salones de cine sin la correspondiente tarjeta, al momento, el sátrapa del Burgo remitía a los dueños del cinematógrafo su particular aviso de que “era para mayores de catorce años”.

documento navarra 1El control pretendía ser estricto, riguroso, militar. Cada mes transcurrido, la empresa debía remitir a la Delegación Provincial la programación cinematográfica pasada por el escenario con las observaciones del inspector correspondiente.

Sin embargo, en algún caso, más de uno desde luego, Del Burgo, motu proprio, se quejaría ante la autoridad municipal “de no haber recibido en lo que va de año ningún parte de programación, por lo que rogamos nos indique las causas de esa omisión. Estos partes deberán obrar en nuestro poder antes del día cinco de cada mes.”

A medida que pase el tiempo, en lugar de producirse cierto relajo y distensión en la aplicación de la censura, se hizo mucho más intensiva.

De hecho, en 1951, la Delegación Provincial, acuciada por la de Madrid, envió una circular a los municipios marcando las atribuciones del llamado “Inspector de espectáculos”. Del Burgo, aplicado como era, distribuyó entre los municipios esta orden sin inmutarse lo más mínimo. Las obligaciones de estos inspectores eran las siguientes:

“VIGILARÁ sobre la NO ASISTENCIA DE MENORES a las películas no autorizadas expresamente para ellos. En caso afirmativo deberá levantar acta que suscribirán junto con el Inspector, el delegado de la autoridad y el empresario o gerente de la sala, y remitirla inmediatamente a esta Delegación Provincial de Educación Popular.

COMPROBARÁ si la película viene acompañada de la guía correspondiente; en caso negativo no debe permitirse la proyección de la película en cuestión, como tampoco si el documento no es original y solo fotocopia o copia del mismo, que deberá retirarse y enviar a esta delegación.

COMPROBARÁ igualmente si en la película se han observado o realizado ya los CORTES que vengan reseñados al dorso de la guía correspondiente. No podrá en absoluto el inspector INTRODUCIR nuevos cortes aunque los estimase convenientes.

COMPROBARÁ asimismo si efectivamente la calificación que figura en las Carteleras coincide literalmente con la que figura en la guía de censura, teniendo en cuenta que puede ser distinta de la calificación que se le haya dado por otras entidades no estatales.

Agradeceremos que cualquier duda que pudiera surgir en el desempeño de su misión, la exponga sin dilación para la mayor eficacia de este delicado servicio. Al alcalde Inspector de Espectáculos de la localidad.”

A lo dicho, Del Burgo añadió de su particular cosecha: “La película cuyo número de expediente no venga consignado en la casilla respectiva, se entenderá que se ha proyectado sin él, por lo que se seguirá la responsabilidad que determinan las disposiciones vigentes. Las calificaciones a consignar son las que constan en la misma hoja de censura y no las que adoptan otras entidades no estatales. Los partes deberán obrar inexcusablemente poder antes del día cinco de cada mes. Los partes deberán venir firmados y sellados con el de la Empresa si los tuviere”.

documento navarra 2Las intromisiones de la censura y sus ramificaciones serán continuas e irán más allá del marco específicamente cinematográfico. En 1951, la Delegación Provincial remitirá a todos los alcaldes que “a partir de las veinticuatro horas del próximo miércoles 21 hasta las doce horas del Sábado de Gloria queda terminantemente prohibido todo espectáculo teatral y cinematográfico que no tenga por tema la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo. (2)

A esto lo llamaron libertad de expresión y libertad religiosa. Una libertad que se prolongará hasta la muerte del Dictador.

La lista de películas prohibidas fue interminable y su relación ocuparía varias páginas. Los partes de del Burgo nunca daban explicaciones de por qué se prohibían, por lo que no es posible calcular la potencia del pensamiento moral de los censores de esa época. Una pena.

Solo un ejemplo de los miles que se pueden encontrar en cualquier archivo municipal a lo largo de varias décadas. 

documento navarra 3Para dar mayor vistosidad a la ciénaga del espanto en que había caído la libertad de expresión durante este tiempo, recordaré el distinto tratamiento que la obra de Luigi Pirandello, Seis personajes en busca de autor, recibiría, no ya en la II República, sino durante la Dictadura de Primo de Rivera (1923-1930).

En 1924, los pamploneses pudieron contemplar su representación en el teatro Gayarre sin ningún contratiempo, ni condena por parte de la censura. Incluso, al pudoroso Diario de Navarra solo se le ocurrió decir que Pirandello, al lado de “nuestro Jacinto Benavente, era autor menor”.

documento navarra 4Olvidaba este periódico que en 1905, cuando se estrenó en Pamplona la obra de Benavente, Los malhechores del bien, el periódico se la quitó de encima diciendo que “el único malhechor era el propio Benavente”. Vueltas mareantes que da la vida. Y es que Benavente, en 1936, era un conspicuo franquista.

El 26 de abril de 1951, la censura franquista prohibió que la obra del dramaturgo italiano se viera en los cines de Navarra, como en los de toda España.

Todo lo dicho confirma plenamente lo que Dionisio Ridruejo cuando, al frente de la Dirección General de Propaganda fascista, afirmaba que “el ejército cobraba el poder más decisivo y ejecutivo. La Iglesia se volvía invasora. Todo era insatisfactorio: el Partido era una comparsería; la Jefatura del Estado y el Partido -una en la persona- nada tenían que ver entre sí; 1os sindicatos deberían ser una ficción; el Ejército imponía su poder; la Iglesia tiranizaba la política cultural con criterios calomardianos (3) y proyectaba una autoridad ejecutiva inaceptable sobre la sociedad laica.” (4)

Más claro, agua de manantial.

¿Censor o servil, o ambas cosas?

¿Qué llevó a las personas con un intelecto más o menos desarrollado, el de del Burgo lo era, a aceptar una situación que, incluso, a un conspicuo falangista como Ridruejo, el llamado Mirlo Blanco, le daban arcadas?

Del Burgo sabía muy bien cuál era la respuesta. En su interior seguro que se sentía más que satisfecho cooperando con la censura siguiendo, obedeciendo ciegamente los dictámenes de la superioridad franquista. Nunca interpuso frente a ellos sus propios criterios derivados de su autonomía intelectual y reflexiva, antaño formidable barricada ideológica contra los otros, incluso gentes de la misma camada carlista. ¿Cómo era posible que una persona como él, que presumía de  poseer una indomable voluntad para hacer siempre lo que le dictaba su conciencia carlista, que tenía, incluso, como modelo de comportamiento al indómito Espartaco, aceptara sin rechistar todas y cada una de las órdenes de la censura suscrita por sus superiores, para colmo franquistas o falangistas, nunca carlistas?

Quizás, la respuesta se encuentre en su obra Requetés de Navarra antes del Alzamiento. En ese texto, es posible hallar una explicación a una manera de actuar impropia de alguien que se consideraba tener criterios propios en todos los órdenes de la vida. ¿Cómo él, siendo escritor, novelista y poeta, podía soportar tanta inmundicia represora sobre la actividad intelectual que él tan bien conocía?  

Del Burgo mostrará de un modo repetitivo y con verbo agresivo su odio radical a los tipos que llamaba serviles, y serviles eran, cómo no, los socialistas de Pamplona y los rojos de la II República, porque se dejaban llevar como papanatas que eran por las consignas de sus partidos.     

Ante semejante consideración, uno se pregunta si la tarea que del Burgo realizó como largamano de la censura franquista, tanto en el terreno cinematográfico, teatral y libresco, no era, en esencia y en la forma, una tarea asignada a sujetos serviles, que aceptan sin chistar cada una de las órdenes de sus superiores, en su caso, franquistas. Tendría puñetera gracia que, después de su recorrido vital, lo coronase convirtiéndose en un personaje que era lo más aborrecible y repugnante de este mundo: un hombre servil. Como contrapeso, se dirá que del Burgo estaba conforme con tales órdenes y mandatos que atentaban contra la libertad de expresión. No hay modo de saberlo. Pero si se leen sus reflexiones en torno al hombre servil que vienen a continuación, uno no puede sino aceptar que del Burgo renunció a su libertad, para convertirse en uno de ellos:

 “Con frecuencia hallamos en la sociedad civil seres incapaces o aduladores que en política humillan su testa al dictado de los fuertes y poderosos, y, en el transcurso de las relaciones sociales siguen ciegamente las opiniones y conducta de quienes están en situación de arrojarles un mendrugo de pan o de satisfacer sus ansias inmoderadas de mesa o vanagloria, concediéndoles la deferencia de figurar a su lado. Son los hombres serviles, que abdican de dos facultades del individuo la de pensar y la de actuar”.

Una reflexión que remataba con la siguiente estocada mortal:

El hombre servil no piensa por sí mismo; obedece todo lo que se le ordena, sin reflexionar si la orden es justa o injusta, y en política es un odioso instrumento de los que dominan, dispuesto siempre a realizar los actos más reprobables con tal de obtener, a la postre, una sonrisa de sus amos. Detesto al servil. Por eso, cuando observo a los que arrastran por tierra su dignidad en un desbordamiento de adulación, en un grado de bajeza espiritual, acude a mi mente, entre muchos, el nombre insigne de Espartaco, de aquel gran espíritu rebelde que floreció en la roma de hace dos mil años”.

Ante lo que no cabe sino aceptar que el hombre sabía muy bien de lo que hablaba y que se conocía muy bien a sí mismo.


(1) ¡¡Trabajadores!!, 23.4.1934.
(2) Circular del Ilmo. Sr. Director General de Cinematografía y Teatro (15.3.1951).
(3) Tadeo Calomarde (1773-1842). Ministro de Gracia y Justica durante la restauración absolutista de Fernando VII. , ministro Según Larra, «Calomarde fue el prototipo del sistema que podríamos llamar de los apagadores políticos, pues que sólo tendía a sofocar la inteligencia, la ciencia, las artes, cuanto constituye la esperanza del género humano. Él cerró las Universidades y abrió en cambio una escuela de tauromaquia, sangrienta burla, insolente sarcasmo político que caracteriza él todo un sistema»
(4) Dionisio Ridruejo, Escrito en España, Buenos Aires, Losada, 1962.


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