Nuevatribuna

"Veníamos bien, pero pasaron cosas"

“Hambre para hoy, pan para mañana” bien cabría como eslogan para simplificar la propuesta de los Chicago Boys argentinos que, en dictadura y en democracia, han irrumpido en la escena política para destrozar todo lo construido.

Si hay un país que pueda jactarse de tropezar con la misma piedra, ese país es Argentina, que llevando al paroxismo el refrán, tropezó en 2015 dándole a Macri la presidencia del país; es decir, dándole al zorro la responsabilidad de proteger el gallinero.

¿Cómo fue posible que una sociedad próspera, con elevados índices de desarrollo humano, con abundantes y fértiles tierras, con numerosos recursos hídricos, con petróleo, con un enorme litoral atlántico y un parque industrial considerable, que para la primera mitad del siglo XX tenía una pujanza mayor que Canadá, Australia o España, en tan sólo unos años pudiera descender a niveles sólo comparables con países hambreados del África, convirtiendo a uno de cada tres de sus habitantes en pobres? La respuesta a estos interrogantes está en la perversidad con la que los mesías del neoliberalismo supieron imponerse, envalentonados por los medios de comunicación hegemónicos que juegan a su favor demonizando y criminalizando a quienes pretendieron (con éxito) imponer un modelo de país cuya prioridad no es bajarse los pantalones ante Estados Unidos.

Luego de la Segunda Guerra Mundial, cuando Europa estaba destrozada y comenzaba su lento proceso de recuperación con la inyección del Plan Marshall, Argentina rebosaba de divisas, siendo la décima economía mundial. El desarrollismo, como teoría económico-político-social, marcó la época, llevando la industrialización a niveles insospechados.

DESARROLLO DE LA INDUSTRIA NACIONAL

Hacia 1950 Argentina se encontraba entre los tres países más avanzados en el aprovechamiento del gas natural, junto con Estados Unidos y la Unión Soviética

En ese modelo, al que las élites dominantes llaman con desprecio “populismo”, se alienta el desarrollo de la industria nacional. A finales de la década de los 50, durante el gobierno peronista, Argentina aportaba la mitad de todo el Producto Interno Bruto –PIB– de Latinoamérica. Además de las exportaciones de cereales y carne vacuna, la industria argentina era pujante. La producción global era el doble de la de Brasil. Junto a ese dinamismo, la sociedad en su conjunto tenía un nivel comparativamente muy alto con otros países de la región. Los salarios eran los mejores de todo el sub-continente, y la clase trabajadora –urbana y rural– estaba sindicalizada, gozando de importantes beneficios.

En ese contexto, la pobreza nunca superó el 10 por ciento de la población, y la participación de los salarios de los trabajadores en la riqueza nacional rondaba el 50 por ciento. AsImismo había en el país grandes desarrollos científico-técnicos como también culturales en su sentido más amplio. Hacia 1950 Argentina se encontraba entre los tres países más avanzados en el aprovechamiento del gas natural, junto con Estados Unidos y la Unión Soviética. La producción científica y cultural también alcanzó altas cotas con tres Premios Nobel en Ciencia, una gran industria editorial, discográfica y cinematográfica que marcó el rumbo en el continente, un masivo acceso a la educación que puso a Argentina en el primer puesto de los países de la región. Para la década de los 60 los indicadores socioeconómicos eran inhallables en otros países latinoamericanos, y asemejaban a Argentina al perfil de países europeos con desarrollo medio.

Pero como diría el mismísimo Mauricio Macri, “pasaron cosas”. Y las cosas que pasaron, con nombres y apellidos, hicieron que aquel nivel de bienestar que los mal llamados “populismos” habían logrado establecer, sean ahora un lejano aunque fresco recuerdo. Ese histórico índice de pobreza siempre bajo, hoy alcanza a uno de cada tres niños, mientras que la cifra total se eleva a niveles insospechados hasta hace apenas tres años: El 35 por ciento de la población es pobre, y en algunas provincias el porcentaje llega incluso al 50 por ciento. El salario mínimo actual cubre solo el 45 por ciento de la canasta básica, las jubilaciones son miserables, la desnutrición infantil supera el 20 por ciento, la desocupación se ubica en el 7,6 por ciento de la población económicamente activa, miles de fábricas han cesado su actividad, los despidos en el sector público y privado son moneda corriente, se incrementa la indigencia, crece la mortalidad infantil, y un vasto y dramático etcétera.

La entrega de la soberanía económica efectuada por Macri al FMI, ha puesto de rodillas nuevamente a la Argentina. Ya no es Macri quien gobierna el país, sino Christine Lagarde. Y las imposiciones del Fondo van en la misma sintonía de los grandes centros de poder con capacidad de incidencia global, que hacen de Argentina lo que actualmente es.

“Veníamos bien, pero pasaron cosas”, dijo Macri durante una entrevista realizada por uno de sus comunicadores a sueldo. A lo que cualquier televidente con medio dedo de frente podría agregar: “Veníamos bien, pero llegó Macri”.