lunes. 04.03.2024
incertidumbre

Por nuestra propia naturaleza, la mayoría de los seres humanos somos reacios a los cambios. Nacemos con unas costumbres heredadas que con el paso del tiempo creemos deberían ser inmutables, aunque adaptadas a nuestro interés, pero la realidad es tozuda y ni siquiera las piedras o el acero mantienen la misma textura con el paso del tiempo. Hace unos meses acudió un fontanero a casa a reparar una fuga de agua. Hablamos largo rato y en un momento de la conversación me dijo que los de mi pueblo teníamos la culpa de cosas que habían pasado en su aldea que no le gustaban nada. Claro -me decía- como tu pueblo es la capital de la comarca, todo lo que sucede allí, luego pasa en los demás sitios. Por ejemplo, en mi pueblo hay tres bares, yo siempre iba al mismo y me pedía un chato de vino o una caña con un pincho de tortilla o un trozo de bacalao, allí, en la barra, mientras hablaba con Antonio, el camarero, al que conozco desde que éramos críos. Pues nada el tío vio lo que se hacía en el tuyo y ahora voy y me dice que me siente, me pone un mantel, un plato, una servilleta de papel tipo manta, cuchillo, cuchara y tenedor. Le digo, Antonio, que quiero un quinto y unas olivas. Bueno, tu siéntate que esto funciona ahora así. Pues no estoy a gusto y no sé qué pretendes. Es lo que se hace en Caravaca. Allí la gente se sienta y le ponen un servicio pidan lo que pidan. Pues sabes que te digo, que no voy a venir más, esto es un coñazo y parece que me estás obligando a pedir el menú. No te lo tomes así, los tiempos cambian... El fontanero estaba verdaderamente indignado porque habían roto su costumbre, porque no se explicaba de manera alguna por qué tenían que obligarle a sentarse y ponerle la mesa como si fuese a almorzar cuando él sólo quería tomar un refrigerio en la barra y seguir trabajando. Puede ser, y es, una bobada, pero tal vez haya algo más, el rechazo a la dictadura de las modas que perturban tu cotidianidad sin que exista motivo alguno para ello.

Hay cambios imbéciles, absurdos, lamentables, como puede ser éste que afectaba al fontanero y que tampoco me gusta a mí, hasta el punto que he dejado de ir a muchos locales por ese motivo, pero en todo caso es un berrinche menor. Lo peor es cuando te dicen por activa y por pasiva que estamos ante cambios trascendentales e inevitables para los que todos nos tenemos que preparar porque serán beneficiosos para todos. Es lo que sucede, por ejemplo, con la economía digital. Supongo, ahora mismo estamos en las primeras horas de esa revolución infinita que no sabemos a dónde nos llevará, que si los ciudadanos somos capaces de organizarnos y reglamentar de forma adecuada el uso de las nuevas tecnologías, en un futuro se pondrán al servicio de los individuos y de la sociedad. De momento no es así, y la mayoría de los ciudadanos nos vemos acuciados por aplicaciones, robot, automatismos y servicios al cliente que han empeorado sustancialmente nuestra calidad de vida y la de los servicios que contribuyen a su mejora. Es cierto que puedo hacer operaciones bancarias desde casa, pero también que trabajo gratis para el banco que no me paga nada por el dinero que tengo depositado en él, me cobra comisiones por todo y ha despedido a miles y miles de trabajadores con mi colaboración indispensable, que si tengo un problema mayor, ahora tengo que pedir cita anticipada para acudir a la sucursal y que, normalmente, quienes trabajan allí para la entidad están esperando a que los despidan y tienen muy pocas ganas de agradar dada la amenaza constante que les persigue. También puedo sacar un billete de avión por treinta euros para ir a Berlín sin moverme de mi casa, pero tal vez yo no quiera ir a Berlín, la facilidad con que se compran los billetes está produciendo que suban exponencialmente los vuelos y la contaminación que producen. También que una vez comprado el pasaje, cualquier reclamación no es atendida por nadie y te ves a merced de los vientos que soplen, debiendo pagar cantidades desmesuradas por cualquier modificación o error.

Estamos en pañales, ya lo sé, este es el principio de algo nuevo, un cambio sin precedentes en la historia del hombre, mucho mayor que el del fuego, la rueda, la imprenta o el motor de explosión. Sin embargo, hay una cuestión que subyace en el fondo de estos cambios radicales: ¿Eran necesarios? ¿Aportan algo que mejore lo que teníamos antes? ¿Podemos prescindir de las personas para tratar de las cosas cotidianas o trascendentales que nos afectan? ¿Es lícito que las nuevas máquinas arrojen al paro a millones de personas sin que coticen a la Seguridad Social ni contribuyan al Erario como antes hacían los trabajadores que realizaban esas funciones? Hay trabajos que son esencialmente alienantes, dignos, pero sumamente erosionantes de nuestra salud física y mental. Sería genial que esos trabajos fuesen realizados por máquinas, siempre y cuando se disminuyese la jornada laboral y a esos aparatos se les considerase contribuyentes netos al sostenimiento del Estado del Bienestar, porque de otro modo para lo único que servirán será para convertirnos en trabajadores gratuitos de las grandes corporaciones, para aumentar de manera brutal las desigualdades económicas y la acumulación de riqueza, información y poder en unas cuantas manos. La respuesta en este caso está en la sociedad, en una sociedad civil adormilada que vive a merced de lo que diga el móvil o celular. No será siempre así, esperemos, cabe la esperanza de una reacción que ponga cada cosa en su sitio y que diga a quienes inventan o descubren nuevas tecnologías digitales que antes de seguir por ese camino se pregunten si lo que hacen sirve para mejorar la vida de los hombres o para construir una gigantesca dictadura mundial en la que quedemos reducidos a material amortizado o números sin rostro.

Lo mejor está por venir, dominando los cambios, uniéndonos para ponerlos a nuestro servicio, esclavizándolos

Por otro lado, hay cambios que son indudables mejoras para el futuro de la humanidad alteren o no el curso de nuestra cotidianidad heredada, el reconocimiento de los derechos de los homosexuales y transexuales, la eliminación de las conductas machistas con raíces paleolíticas, la protección activa de los derechos inalienables de las mujeres, la persecución de los abusos y acosos del tipo que sean, la reivindicación de la fragilidad de que hablaba Juan José Millás el domingo pasado en A vivir que son dos días como un rasgo superior de la humanidad de las personas o la lucha contra el uso del carbón, el petróleo y el gas como principales fuentes de energía pese a ser conscientes, ya sin ningún género de dudas, de que estamos asesinando al planeta y, por tanto, a nosotros mismos, a nuestros hijos y nietos, y a todas las especies animales o vegetales que pueblan este que fue bellísimo planeta, y aunque ello suponga una modificación tan radical de nuestras vidas que nos obligue a prescindir del automóvil y de la guerra como formas habituales de vida y de relacionarnos eliminando al otro, tal como sucede en la actualidad en Palestina con la política de exterminio que está llevando a cabo Israel.

Hay cambios buenos, regulares y malos. A veces pienso, viendo lo que viene, que me habría gustado seguir viviendo en aquel tiempo en que apenas teníamos nada, hacía mucho frío y nos juntábamos alrededor del fuego contando anécdotas, escuchando las batallas de los mayores, echando morcillas a la lumbre, sin prisas, sin miedo al futuro; otras, cuando recuerdo aquel tiempo en que comenzaba a abandonar la niñez, cosa que no he conseguido todavía, y oía a los mayores decir que no se hablaba de política y que a quien no se metía donde no debía no le pasaba nada, pienso que, pese al embrutecimiento casi general y progresivo en que nos obligan a vivir, lo mejor está por venir, dominando los cambios, uniéndonos para ponerlos a nuestro servicio, esclavizándolos. Esa es la tarea que nos espera, y no es cosa baladí.

Miedo a los cambios