lunes. 27.05.2024
Viñeta de Iñaki y Frenchy

Confieso que uso las redes sociales por inercia, por vicio, por desidia, que soy un enemigo acérrimo de las mismas tal como hoy funcionan y que si fuese por mi voluntad, estarían fritas a impuestos en vez de gozar de impunidad fiscal. Es cierto que el mundo de internet abrió puertas al conocimiento que jamás habríamos soñado. En un primer momento, todo el mundo andaba loco por colocar sus publicaciones en cualquier plataforma, incluidos estudios científicos muy trabajados. Hoy para consultar esos trabajos hay que pagar cantidades cada vez mayores y lo que queda en las redes es, con excepciones admirables, pura bazofia que condiciona más que los medios convencionales el pensamiento y la obra de millones de ciudadanos de todo el mundo. Es posible, no lo niego, que todo el mundo tenga derecho a expresar su opinión en un medio de comunicación, a lanzar su exabruptos, a ensalzar sus filias y enfatizar sus fobias, pero desde el momento en que no existe respeto, admiración o simplemente silencio ante las palabras de quienes de verdad saben de lo que hablan, entramos en una nebulosa llena de agujeros negros de los que es muy difícil escapar.

Siento un interés primitivo por saber de muchas cosas, por eso leo todo lo que puedo asimilando poco, pero si algo aprendí a lo largo de los años es que hay muchísimas cosas, casi todas, de las que apenas sé nada, aunque creo que me educaron para saber quiénes son las personas ante las que hay que guardar silencio, escuchar con los oídos bien abiertos y aprovechar lo que quede en el interior. Es un proceso grato, apaciguador de ansiedades, amable y provechoso, siempre que el orador muestre la necesaria humildad de la grandeza y las dosis suficientes de amenidad y capacidad comunicativa. ¿Qué mayor placer que escuchar a quien sabe de lo que está hablando? ¿Qué mayor gozo que preguntar por algo que se ignora pero interesa? Hace mucho tiempo, no sólo en España pero aquí de una manera singular, que no escuchamos, que no atendemos, que no respetamos a quienes por su empeño, facultades y generosidad, quieren transmitir conocimientos propios a los demás, una tarea de una generosidad abrumadora y necesaria que siempre, hasta hace unas décadas, servía para agrandar horizontes, iniciarse en lo poco desconocido o descubrir aquellas cosas de las que jamás habíamos oído hablar.

Estamos en tiempo de cambios en una situación en la que eso que llaman sociedad civil está en estado catatónico

Sabemos que la televisión, casi siempre embrutecedora y mantenedora de mediocridad insultante, está en horas bajas. No hay que dedicarse a la cuestión para saber que ahora un programa de máxima audiencia no supera los dos millones de seguidores cuando esas cifras antes se multiplican por cinco. Aún así, los telediarios, la mayoría en extremo conservadores, siguen moldeando el pensamiento de muchas personas. La radio continúa con su ritmo, sin subir pero sin desmoronarse, con más programas notables que la televisión, con más vida. Sin embargo, hoy los medios audiovisuales han tomado otro rumbo y una buena parte de sus usuarios se construye una televisión a la carta con las plataformas, las distintas redes o los programas personales dirigidos por tipos a los que se ha encumbrado a la categoría de influyentes. Como he afirmado en otros artículos, nunca he pensado que cualquiera tiempo pasado fue mejor, es más, estoy convencido que después del horizonte oscuro que se nos viene encima a corto plazo con cuestiones como el capitalismo salvaje, el cambio climático o el avance de la ultraderecha en todo el mundo, volveremos a la racionalidad, a buscar el tesoro donde verdaderamente está que no es en lo que se compra o se vende, sino en lo que carece de precio pero está lleno de valor, la solidaridad, el amor a la naturaleza, la búsqueda de la justicia, la abolición del acaparamiento y de la miseria, llegar a esa sociedad, que llegará, definida por Juan Jacobo Rousseau en la que nadie será tan pobre como para sentir la necesidad extrema de venderse, ni nadie tan rico como para poder comprar a otra persona.

Pero estamos en tiempo de cambios en una situación en la que eso que llaman sociedad civil está en estado catatónico. La revolución tecnológica actual, sin duda la mayor y más intensa de la historia, es inevitable, pero no como nos la están vendiendo, obligándonos a hablar con bot, impidiéndonos hablar con personas, eliminando millones de puestos de trabajo. Cualquier revolución ha de estar al servicio del hombre, pero para eso es menester que las personas seamos capaces de establecer el cauce por el que tiene que discurrir, tal como ocurrió cuando las dos primeras revoluciones industriales, cuando los trabajadores se dedicaron a incendiar fábricas y a convocar huelgas generales para que las nuevas tecnologías de entonces sirviesen para disminuir la jornada laboral.

Fue ahí, en la crisis de 2007-2008, con la posterior explosión de las redes sociales de destrucción masiva del espíritu crítico ilustrado, cuando comenzamos a embrutecernos

Como decía, la sociedad actual, incluida la europea, está siendo triturada por los informativos que constantemente hablan de catástrofes inminentes y futuros más negros que el betún, por la desesperanza extrema. Quizá todo empezó a mostrarse de forma fehaciente en aquella crisis del ladrillo y la banca, cuando todo se fue a la mierda debido a las políticas económicas implantadas por quienes ganan cantidades astronómicas, por los amos de la globalización, que además de no verse afectados por aquella bancarrota, se permitieron el lujo de decir que quienes trabajaban doce horas al día por poco más de mil euros, habían vivido por encima de sus posibilidades. Debido a esa crisis, España, por ejemplo, pasó de tener un déficit de un tercio del PIB, a superar su monto total. Fue una especie de golpe de Estado mundial en el que se dijo a los gobiernos y a los ciudadanos que importaban un carajo, y que a partir de ahí, sólo los obedientes, los aduladores y los quietos tendrían cabida en el reino de los cielos.

Las redes sociales comenzaron entonces su periodo de ebullición, de emisión de infundios, de difusión de opiniones sin el mínimo rigor. Se acabaron los maestros, los paradigmas, los sabios, y apareció el populacho -ese que tan magistralmente pintó y dibujó Goya- como máximo instrumento socializador, orgulloso de su ignorancia. Las consignas emanadas de los círculos poderosos -odio al pobre, al distinto, al extranjero, al que reza a otro amigo imaginario-, destinadas a inocular el miedo en la población, el miedo a que te echen no sólo del trabajo, sino de facebook, de netflix, del bar, del sofá, cundió como la pólvora y continuó creciendo exponencialmente hasta nuestros días, sin que la Educación, encaminada principalmente a crear ciudadanos productivos y olvidada de las Humanidades, haya servido para menguar el rumbo reaccionario que llevan la mayoría de los estados del mundo: Véase el caso de Finlandia, con uno de los más valorados sistemas educativos del mundo, ni siquiera ha servido para que la extrema derecha xenófoba obtenga unos resultados propios de un país subdesarrollado gobernado por cuatro familias de caciques.

Fue ahí, en la crisis de 2007-2008, con la posterior explosión de las redes sociales de destrucción masiva del espíritu crítico ilustrado, cuando comenzamos a embrutecernos. Y todavía no hemos llegado al clímax. Deberíamos pensarlo y actuar en consecuencia, porque una sociedad mecida por el miedo es capaz, como demuestra la historia, de las mayores atrocidades.

En qué día nos embrutecimos