viernes. 01.03.2024
alambre

Decía la escritora, politóloga y filósofa judía Hannah Arendt que “la muerte de la empatía humana es uno de los primeros y más reveladores signos de una cultura a punto de caer en la barbarie”. Opuesta al nazismo y a los totalitarismos de cualquier clase, en un primer momento Arendt criticó el nacimiento de Israel por la fuerza, sin tener en cuenta al pueblo Palestino, abogando por el entendimiento de judíos y palestinos en un doble Estado. Más tarde, conforme el tiempo fue dejando su huella en su pensamiento, Arendt llegó a creer que Israel era un estado necesario que simbolizaba el deseo de supervivencia de su pueblo. Muy crítica con Menajen Beguin, que había sido protagonista principal en 1948 del atentado del Hotel Rey David en el que murieron 90 personas, de la matanza de Deir Yassin, en la que fallecieron más de cien aldeanos palestinos o de la masacre de los campos de Sabra y Chatila, en la que perecieron cientos de refugiados, Arendt terminó sus días olvidándose de la empatía y del entendimiento que tanto había pregonado durante décadas.

Pero, ¿qué es la empatía? ¿Qué significa esa palabra tan pronunciada desde hace unos años y tan poco practicada? Parece claro, la capacidad de los seres humanos de ponernos en el lugar de los otros para saber de su sufrimiento, de sus penalidades, pero también de sus gozos. Adentrarse en los sentimientos que atribulan a un semejante no es cosa difícil, basta con mirarle a los ojos, con saber de sus dificultades, con sostener una conversación sincera o con ver dónde y cómo vive, pero vivimos en una sociedad sobreinformada, es decir, actualmente cada individuo recibe mucha más información de la que puede asimilar y de la que le hace falta, sin que ese exceso de información con el que a diario se le machaca sirva para aumentar su empatía o su capacidad para entender lo que está pasando en el mundo. El exceso de información que emana de los medios tradicionales, de las redes y plataformas sociales como un manantial inagotable, produce en los individuos un efecto anestésico que le lleva a la paralización y al aislamiento intelectual y emocional, haciéndole optar por el día a día como única forma de subsistencia dentro de un mundo que cada día está peor. A las matanzas de Ucrania y Palestina, hay que sumar el cambio climático, los veranos interminables, la sequía, el precio de la vivienda, el sueldo que no llega, la corrupción, el aumento imparable de la pobreza de los más y de la riqueza de los menos. Carpe Diem, disfrutar el momento, la vida es corta, aprovechar cada instante, son los lemas que seguimos a rajatabla quienes podemos hacerlo, dejando de lado los males que amenazan a nuestra civilización porque no tienen remedio. Al pensamiento horaciano se suma otro mucho más próximo, citado en el Quijote en numerosas ocasiones: “A quien Dios se la de, San Pedro se la bendiga”.

Es cierto lo que dijo Arendt respecto a la empatía, sin esa capacidad el ser humano deja de serlo para convertirse en un ser sin más, en un animal que procede como la mayoría de los animales pero con un agravante propio, la acumulación de bienes y riquezas. Ningún animal quiere tener cien ciervos muertos en su guarida, ni doscientos huevos, ni las ramas de una acacia amontonadas en un ribazo, pasea, acecha, se alimenta, juega y duerme a tirones. Sin empatía, la única diferencia entre el hombre y el resto de los mamíferos, por no extendernos, es la acumulación, que es el signo de poder más poderoso de nuestra era. Destruida o aminorada la empatía como cualidad humana, la barbarie campa por sus anchas y el eufemismo se impone como verdad absoluta.

Si la ausencia de empatía anticipa el estado de barbarie nadie ganará absolutamente nada y todos perderemos

Llamar a Gaza estado, nación, franja son formas eufemísticas de encubrir una realidad que una amplia mayoría de las personas con voz pública, políticos, periodistas, politólogos, filósofos, se niegan a ver pese a que saben perfectamente lo que es. Gaza no es una parte del estado palestino en la que manda Hamás, organización islámica que fue potenciada en su primer tiempo por Israel y Estados Unidos para socavar el poder de la OLP, Gaza es un campo de concentración en el que están internadas más de dos millones de personas a merced de uno de los ejércitos más poderosos del mundo. No se puede llamar de otra manera a un territorio, una mínima parte de lo que era Palestina, en el que sus habitantes no pueden entrar ni salir libremente, en el que los suministros esenciales dependen de sus vigilantes, en el que la industria, la agricultura y el comercio sólo existen si el carcelero lo autoriza y en el que ni el más sagrado de los derechos, el derecho a la vida, está garantizado, dependiendo siempre de las sospechas o veleidades del que tiene las llaves.

Tampoco Israel es un estado democrático pese a que se realicen elecciones periódicamente, porque no existe una verdadera libertad de expresión, siempre limitada por la seguridad nacional; porque la disidencia, o sea la crítica abierta a los principios fundacionales de Israel, al judaísmo constitucional o a las costumbres ordenadas por el Talmud no están permitidas, y porque su existencia no se basa en el diálogo permanente con sus vecinos, sino en la imposición de sus criterios por la fuerza de las armas.

Ahora, sin ápice alguno de empatía, con el eufemismo por bandera se habla del derecho de Israel a defenderse. Lo dicen los políticos judíos, lo aseguran los líderes de la Unión Europea, lo defiende sin fisuras Estados Unidos. Y claro que Israel tiene derecho a defenderse si hubiese sido atacado por otro estado, pero no ha sido así, sino que ha sido víctima de lo que tantas veces han utilizado ellos contra el pueblo palestino, el terror. Gaza no tiene ejército, no tiene fuerza aérea ni armada, sino grupos de milicianos especialistas en guerrilla urbana nacidos al calor de la ocupación y la represión. Si Israel fuese un estado democrático, no un estado confesional anclado en los cinco primeros libros de la Biblia, Pentateuco o Torá, intentaría detener a los autores de la masacre y ponerlos a disposición de la autoridad judicial laica, pero sobre todo, antes de seguir por un camino que sólo genera violencia infinita, trataría de analizar las causas, el origen del odio que lleva a determinadas personas que lo han perdido todo a matar y a perder la vida. No lo hace así, y persiste en la venganza, que es el mensaje principal que se desprende de los cinco libros sagrados y que garantiza el derecho del estado israelita a infringir daño ilimitado a quienes atentan contra él.

Sí, como decía Arendt, la ausencia de empatía anticipa el estado de barbarie, y ese parece ser el camino elegido no sólo por Israel, sino por las potencias occidentales dispuestas a crear como sea un conflicto mundial Este-Oeste en el que nadie ganará absolutamente nada y todos perderemos lo que no hemos sabido preservar con el celo, el compromiso y la verdad que merecen. La violencia y su madre la guerra, sólo son, y ahora más que nunca, el camino más recto e inexorable hacia la extinción.

Evaporación de la empatía