jueves. 18.04.2024
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En tiempos de miedos resulta mucho más fácil escribir, rodar o hablar de lo mal que nos irá en el futuro que de las posibilidades esperanzadoras que nos pueda deparar la evolución humana, la toma de conciencia de los problemas que nos amenazan y las soluciones para evitarlas. Fue en plena pandemia, en aquellos increíbles días del confinamiento agudo cuando dejé de ver El Cuento de la Criada, excelente serie basada en la magnífica novela de Margaret Atwood. De momento entre las sirenas de las ambulancias, los altoparlantes que difundían canciones de Manolo Escobar o el himno de la Legión, encerrado en casa como tantos otros millones de ciudadanos, sentí que lo que narraba Atwood se había hecho realidad con unas gotas de Huxley y Orwell. El color verdoso de la serie se incrustó en mi interior y en medio de la incertidumbre pandémica decidí sustituir la pesadilla de la criada por el tremendismo de Los Soprano, serie que no había visto y con la que logré evadirme parcialmente de una situación tan dramática como desesperante.

Los meses del confinamiento, las noticias pertinaces que nos hablaban de muertes continuadas y masivas, el desconocimiento sobre el verdadero alcance de la enfermedad, de sus causas, de su evolución, de las terapias a emplear, la horrible situación de los asilos privados donde morían nuestros viejos a mansalva me hicieron comprender que ya no era menester escribir más sobre el futuro aciago porque ese mañana ya se había hecho presente. Recuerdo, sin embargo, que a la hora de sacar al perro heredado que me acompaña, comencé a ver un rayo de esperanza: El aire estaba más limpio y claro, los pájaros habían tomado las calles y el calor que nos acompaña durante casi todo el año había desaparecido para dar entrada a una primavera más fresca y lluviosa. Bueno, me dije, quizá todo esto de impedir el cambio climático pueda conseguirse teniéndonos encerrados en casa durante unos cuantos años. Luego miré los brotes de los árboles más madrugadores y regresé a casa con un cierto alivio.

Podemos describir, pensar, escribir un futuro aciago, tremebundo, siniestro, no es difícil. En pocos años el agua dulce se habrá convertido en un producto tan escaso que valdrá más que un buen vino, el sol nos impedirá salir a la calle en su presencia so riesgo de contraer enfermedad incurable, las máquinas nos expulsarán del trabajo y dictarán nuestras normas de vida. No habrá libertad de ningún tipo puesto que durante años y años hemos entregado nuestra intimidad y nuestro trasero a las redes sociales, mucho más puestas en nuestro pensamiento, apetitos y disensiones que nosotros mismos. Seguiremos ejerciendo el derecho al sufragio, pero elegiremos a personas que apenas podrán decidir nada para mejorar nuestras vidas dado que el poder real estará en manos de quienes manejen la información global y, por tanto, la capacidad de represión. Las sequías cada vez más prolongadas y las lluvias torrenciales, las temperaturas superiores a los cincuenta grados harán imposible la vida en la mayor parte del planeta, provocando hambrunas, guerras y desabastecimientos que traerán consigo la muerte de tres cuartas partes de la población mundial. En fin, podríamos seguir, con la desaparición de los bosques, la demanda por parte de los ciudadanos de gobiernos autoritarios que actúen con mano de hierro y la erradicación de los sentimientos solidarios. Todo eso y mucho más según el gusto del distópico, acostumbrados como estamos desde hace años a ver series y películas sobre catástrofes o a ver guerras televisadas en las que nos enseñan lo que son capaces de hacer las armas que nadie ve contra los vivos que apenas saben quién es el enemigo ni cuales sus razones para llenarlo todo de muerte.

La utopía es el motor el mundo, del progreso y de la evolución humana

La distopía es fácil, no lo es en el caso de Atwood porque es una novela excelente, muy bien urdida y perfectamente narrada, pero sí en la mayoría de productos audiovisuales o de imprenta con que vienen machacándonos desde hace años, con nuestra complacencia. Empero, no es tan sencillo escribir, pensar o describir la utopía, primero porque desde antiguo a los utópicos se les ha tachado de soñadores, de ingenuos, de bonachones, gentes sin demasiado contacto con la realidad dedicados a contar cuentos que nadie cree; segundo, porque el utopista es alguien muy crítico con la sociedad en la que vive y por esa misma cuestión un elemento peligroso para que las cosas sigan por donde tienen que ir, y tercero, porque hoy son raras las utopías de calidad que de verdad atraigan o puedan crear corrientes de pensamiento positivo y halagüeño. Empero, la utopía además de ser un subgénero filosófico-literario, es algo más, es el motor el mundo, del progreso y de la evolución humana.

No, la aceptación de la distopía, de la realidad distópica no puede ser el camino

Aceptar una realidad perversa, dañina y letal para la mayoría como es el capitalismo actual, un sistema económico que está destruyendo al planeta y a todos los seres que viven en él, que no es capaz por primera vez en su larga historia de reaccionar ante su inminente desaparición por agotamiento, es como admitir que el fin del mundo ya ha llegado y que es preciso prepararse para el juicio final o la conversión en polvo de estrellas, es aceptar un suicidio masivo del que algunos como Elon Musk intentarán sustraerse mediante un viaje planetario a ninguna parte o un refugio cerca del núcleo terrestre. No, la aceptación de la distopía, de la realidad distópica no puede ser el camino, porque entre otras cosas, hoy tenemos más medios de los que nunca hemos dispuesto para combatir cualquier amenaza por seria y destructiva que sea. Existe la posibilidad de poner de acuerdo a las naciones para enfriar el planeta en un plazo corto de tiempo, existen miles de procedimientos para obtener miles de millones de árboles con que cubrir el planeta del uno al otro confín, existen, si se quisiese, medios para evitar los incendios forestales mediante vigilancia intensiva que detecte el fuego desde el primer momento, existe la posibilidad de dejar la competitividad de lado y sustituirla por la colaboración entre individuos y entre estados, existe, en fin, eso que siempre ha movido al hombre hacia fronteras mejores, el deseo de conocer y saber para mejorar la vida de todos. Ello, claro está, no es posible dentro de un sistema económico que sigue basado en la depredación salvaje y en la explotación del hombre por el hombre; esto sólo será posible si de verdad entendemos que ha llegado la hora de hacer frente a la peor amenaza que ha tenido el ser humano desde que el mundo es mundo, una amenaza creada por el propio hombre y que sólo el hombre podrá eliminar reparando lo destruido y cambiando drásticamente su forma de ser y estar en el planeta. No podemos vivir sin utopías, sin horizontes de esperanza, sin soñar con un mundo más agradable para todos los que lo habitamos. No es sólo cuestión de respeto, lo es también de supervivencia.

Distopía y utopía