jueves. 18.04.2024
 

Según el RAE, definimos genocidio como “Exterminio o eliminación sistemática de un grupo humano por motivo de raza, etnia, religión, política o nacionalidad” y eso, exactamente, es lo que está sucediendo con un enorme colectivo de trabajadores españoles que se encuentran más allá de la negra frontera de los 50 años de edad.

Lo que aguarda a la población española que supera los 50 es un panorama espeluznante en el que se verán sometidos, como en una especie de macabra simulación de los Juegos del Hambre, a la implacable amenaza del paro. Justo cuando cumplimos esa edad, las empresas empiezan la caza y la presión sostenida para hacer ver al trabajador que cualquier destino es mejor que la permanencia. Y una vez fuera…el llanto y el crujir de dientes.

Si en el interior la cosa es complicada y el acoso es sostenido y evidente, lo que se obtiene una vez fuera es el desprecio. Antes que el rechazo, está el desprecio, pues por muchos artículos que inunden las redes sobre los beneficios de contar con, y contratar a trabajadores (aplíquese el normal uso del castellano para incluir a los dos sexos, por favor) de este grupo de edad, la realidad es que nadie les mira a las cara siquiera para simular una cierta empatía con ese muerto en vida que tiene el atrevimiento de presentarse a la selección de un puesto de trabajo.

Escribo justo en la frontera de los 63 y los 64 años, de manera que, además de pasar por todo lo que digo, he visto a muchos amigos y conocidos desvanecerse en translúcidos espectros de sí mismos, languideciendo a la espera de un trabajo. Y es que el 41% del grupo de parados de más de 55 años, lleva más de dos años -ya agotado el paro y los subsidios - buscando un trabajo como un maníaco obsesivo compulsivo. Con intensidad, pero sin resultado alguno.

Nos piden a todos seguir activos hasta los 67 años, pero en muchos ambientes, las cabezas ruedan entre los 50 y los 55, de manera que acceder a la jubilación es un sueño y una imposible quimera

Nada importan los estudios y los artículos publicados: son y están muertos sin saberlo, como agonizantes luchadores que retuercen el embozo de la cama buscando el aire de un contrato o el paraíso de una nómina. Pero nadie les tiende la mano en forma de la oportunidad de demostrar su vigente valía. Saben y conocen las formas que su trabajo adopta; son resolutivos y no crean conflictos, pues sus aspiraciones se basan, normalmente, en cumplir con la tarea asignada y ayudar a cuantos a su alrededor tienen ganas de mejorar, aprender y emprender la carrera de la gloria. Para ellos, la gloria reside en mantener su puesto de trabajo y poder comer todos los días, vicio al que ese colectivo tampoco puede resistirse.

Nos piden a todos seguir activos hasta los 67 años, pero en muchos ambientes, las cabezas ruedan entre los 50 y los 55, de manera que acceder a la jubilación es un sueño y una imposible quimera. Los derechos adquiridos en forma de años de cotización, se perderán mucho antes y tan solo llegará la escueta y delgada ayuda de una pensión asistencial, pues el colectivo carece de protección alguna para evitar el genocidio. Es cierto que se han mejorado las ayudas y las mínimas entregas de dinero, pero no se ha protegido a ese grupo de edad para evitar el despido, que es la caída a los infiernos: cobran mucho más que los nuevos esclavos disponibles en formato de falso becario por 300 o joven en proceso de dejarse los dientes por 800 euros al mes y currar 14 horas al día.

Nadie valora los datos de la última EPA más que yo y asumo que se está en camino, pero esta tragedia humana hay que pararla. Nos desangramos con lo que hoy dejamos morir y moriremos por causa de lo que no puede llegar a ser. Aprisionados en la bota malaya de un paro juvenil indecente y un colectivo condenado a languidecer en la permanente frustración de la búsqueda inútil, nuestro mercado laboral es, sencillamente, un desastre de proporciones bíblicas.

O nuestro políticos, junto con los prebostes burocratizados de la UE, se ponen las pilas, o los próximos años se va a producir un colapso social -lo de las pensiones, también llegará- que unirá a jóvenes y viejos en el sano empeño de incendiar las calles en busca de soluciones: estamos alimentando el monstruo de la revuelta y lo peor es que, de producirse esos desmanes y protestas, los que porten las antorchas incendiarias tendrán razón y estarán movidos por una justa furia. No podemos pretender que las masas mueran sin lucha en pro del aumento del beneficio de las empresas construido, una vez más, sobre la discriminación y el genocidio laboral de colectivos enteros que yacen inertes y sin defensa alguna.

Toca ponerse en marcha, señores.

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Genocidio laboral