martes 18/1/22
paz padilla
Paz Padilla

Aviso de antemano y que nadie se me sorprenda: lo que viene a continuación no tiene nada que ver con la corrección política. Dicho esto, vamos al lío.

Escribo desde la indignación y desde lo que Unamuno llamaba la “santa intransigencia” contra la actual desidia que rige en los medios de comunicación. Nadie parece querer exigir el mínimo rigor y la mínima coherencia a la caterva de descerebrados con los que llenan programas en los que todo vale y en los que todos se sienten libres para decir la estupidez más sonora según le viene a la cabeza.

Esto que cuando afecta a los colores y a la moda no tiene más trascendencia, aumenta su importancia cuando la estupidez de turno se convierte en una manifestación que conlleva daño, riesgo y peligro para los espectadores y público desprotegido. La cosa viene de largo y los ejemplos abundan: Miguel Bosé - o mejor, sus restos incorruptos- Victoria Abril y su inconexo discurso más propio de un simio entrenado que de una persona normal y las últimas estupideces lanzadas por Paz Padilla que suponen un insulto a la inteligencia y al lenguaje son sólo tres ejemplos de una corriente inexplicable desde el sentido común.

Los medios de comunicación deben ser conscientes de que tienen, ejercen y desarrollan una función social que cuenta con la especial protección de la Constitución Española y deben asumir esa responsabilidad de una vez por todas. Lo que se dice o lo que se escribe en un medio, en una televisión, en la prensa o en la radio, tiene trascendencia e influencia social y hay que cuidar de que esa influencia sea coherente, positiva y cuente con el mínimo respaldo probatorio cuando se trata de cuestiones serias y que afectan a la salud del colectivo.

No todo es válido o respetable cuando lo que se nos lanza a la cara es un insulto a la inteligencia

No todo es válido o respetable cuando lo que se nos lanza a la cara es un insulto a la inteligencia, carece de cualquier base científica o es producto de una alucinación conspiranoica que destruye y debilita las actuaciones de la administración sobre salud pública.  Los directores de los programas y los editores, en general, deben ser conscientes de que esa liberalidad, esa indulgencia y esa desidia con respecto a la veracidad y responsabilidad de las opiniones vertidas en sus medios es, sin lugar a dudas, dolosa.

Confundir la libertad de expresión con la libertad para engañar, mentir y/o transmitir contenidos fraudulentos cuya puesta en práctica se ha demostrado peligrosa para el individuo y para la sociedad, es algo que no podemos permitirnos ni deberíamos permitir sin actuar. De la misma manera que en un programa infantil no se puede aconsejar que los niños jueguen con pistolas, en los programas de adultos no se debería permitir que personas con una determinada - e inexplicable - influencia social, vertieran consejos u opiniones que nos ponen a todos en peligro.

Los estúpidos que tales contenidos difunden lo hacen amparados en una pretendida libertad de opinión olvidando que, cuando hablamos de ciencia, sólo es válido hablar y discutir sobre  hechos probados o de hipótesis en proceso de ser probadas; jamás, en ciencia, se otorga a una opinión no probada, ni sometida a comprobación,  la misma validez que a un hecho demostrado. Los papanatas que se dedican a decir esa clase de estupideces deben ser conscientes de su propia estulticia y sus mayores - los que les pagan - poner su capacidad coercitiva sobre la mesa, sin más. Creo, sinceramente, que estas personas deben enfrentarse al completo rechazo social, profesional y personal de todos, en bloque y sin fisuras, hasta ser conscientes de que su postura hace daño; de que sus palabras traen la muerte, la enfermedad y el sufrimiento a su propio entorno y a la sociedad en general.

Llevamos demasiado tiempo siendo condescendientes y amables con estos elementos nocivos y es hora de dejar las medias tintas, la corrección política y de desafiar a estos idiotas a que demuestren, de forma fehaciente, lo que dicen -si es que son capaces de entender lo que dicen, que lo dudo - soportado por esa jerigonza extraña que trata de envolver, con términos grandilocuentes, lo que sólo es majadería y estupidez.

¡Joder, que a gusto me he quedado!

Papanatas nocivos