lunes 19/10/20

La peste de la derecha

Uno de los aspectos más repulsivos del tiempo en que vivimos ha sido, lo sigue siendo, la utilización de la pandemia para legitimar o deslegitimar la actuación política de las instituciones gubernamentales, autonómicas y municipales de quienes tienen la responsabilidad de ordenar el tráfico de la ciudadanía en cada uno de los ámbitos en que esta discurre. Quienes se llevan la peor parte de este despedazamiento público, son quienes detentan el poder, que en buena lógica para eso están y les pagamos, para ser el capacillo de todas las hostias, procedan de donde vengan, incluso de quienes pertenecen a la misma camada ideológica.

En una época de convulsiones, como la que estamos padeciendo, la política deja de ser lo que debería ser para convertirse en un arma de destrucción masiva de las relaciones sociales, en general, y de la inteligencia emocional de los políticos, en particular. Una de las cosas que se decía de esta pandemia era que íbamos a salir de ella tan mejorados, éticamente hablando, que no nos iban a conocer ni en casa a la hora de comer. Sobre todo, si sufrías en llaga propia los efectos del bicho. Se aseguraba que una experiencia de este calado transformaría al más criminal de los individuos, no en un padre capuchino de los de antes, pero casi.

Eso se decía, pero me pregunto en qué medida esta situación, más o menos límite ha afectado al comportamiento ético de los políticos, en especial, en sus relaciones personales. Me preguntaba si durante y  después de la pandemia serían capaces de tomarse un café en el bar del Congreso o de saludarse sin enseñarse su última limpieza dental.

Otorgar importancia pública a quien, por ser tan boba, es incapaz de entender lo más elemental, puede, incluso, cuestionar nuestra inteligencia. Así que, siendo congruente con lo dicho, ¿por qué no mandar de una vez a la presidenta de la Comunidad de Madrid al desierto de Kalahari a pintar piedras de color almendra?

Se lo preguntaba a un amigo filósofo y me decía que la manera más efectiva de sufrir ese tipo de transformaciones empáticas consistiría en que todo el arco político del Parlamento cogiera el virus y los encerraran a todos en un mismo pabellón, viéndose unos a otros entubados y respirando a duras penas durante cuarenta días sin interrupción. En su favor, citaba a Montaigne: “vivir la misma experiencia de la muerte cercana, une más a los hombres que la propia dicha”. Solo se me ocurrió añadir a mi amigo que, quizás, el pensador francés lo dijo porque no llegó a conocer a los políticos españoles de última generación.

Ignoro si en el resto de los países europeos, los políticos están aprovechando la pandemia para derribar a quienes están en los gobiernos. Hay que ser muy ruin, mezquino y sórdido para utilizar el mal de una peste para minar la fortaleza más o menos quebradiza del basamento en que se apoya un gobierno, sea el que sea, en tales circunstancias. Desde luego, eso no sucedió durante las pestes coléricas y la gripe.

Solo el franquismo, al término de la guerra civil, se comportó de modo tan vil durante el tiempo del tifus exantemático, en la llamada peste del piojo verde. El franquismo se sirvió de dicha desgracia para legitimarse a sí mismo y seguir invocando al rojerío republicano como causa de dicha peste.

En España, a las derechas de este país, siguiendo la estela de ese franquismo infame, solo les ha faltado decir que el covid-19 lo han creado los socialistas en la fundación Pablo iglesias, precisamente, en el momento en que decidieron gobernar con Unidas Podemos. Y que, dado el providencialismo teocrático en que algunos de sus dirigentes viven el devenir de la historia, la pandemia es un castigo del de arriba para afligirnos por haber permitido ese contubernio podemita-socialista, cuya formulación bien podría recordar la conspiración judeo-masónica-comunista, que tanto furor gonádico produjo en Jaime de Andrade, alias del Innombrable, cuando escribió Raza.

Cualquiera entiende que no es lo mismo deslegitimar un gobierno que una política sanitaria de gobierno. Sin duda que la política sanitaria del gobierno ha sido en un primer momento más errática de lo que deseábamos y que ha producido consecuencias lamentables inesperadas. Pero eso mismo ha sucedido en Francia, en Inglaterra y en la misma Alemania que, según algunos, todo lo hace bien.

Sin embargo, en ninguno de estos países los partidos políticos que estaban en la oposición se han entregado a una obscena campaña de hostigamiento a los gobiernos que les ha tocado en desgracia dirigir la superación de esta pandemia, sino que, muy al contrario, o han callado, porque saben que no lo hubieran hecho mejor, o se han mostrado dispuestos a echar una mano donde hiciera falta su concurso.

¿Por qué en España se ha dado de forma simultánea la deslegitimación de una política sanitaria y una deslegitimación del gobierno en pleno? ¿En qué país de Europa ha sucedido tal cosa? ¿Acaso el gobierno de España es únicamente el culpable de que la pandemia se haya cebado con tanta saña en la población española? ¿También de que su economía haya adquirido las características de una catástrofe mundial, más grave si cabe que los muertos que ha ocasionado el covid-19?

Si esto que se dice fuera cierto, entonces, deberíamos concluir que todos los países del mundo se encuentran en la misma situación de desamparo. La pandemia ha hecho estragos devastadores en todos. Pero su mayor fracaso estaría en que han sido incapaces de dar con una vacuna contra el covid-19, por lo que los gobiernos del mundo deberían dimitir por no haber estado preparados para enfrentarse a tan devastador enemigo y no haber previsto lo que iba a suceder dentro de nada. Los griegos y los romanos tenían sus augures disponibles a todas horas para vaticinar y presagiar el aciago futuro. ¿Por qué los gobiernos del mundo entero no disponen de un ministerio de científicos dedicados a la labor de prevenir posibles hecatombes de esta naturaleza? Como diría Proust, “seguimos leyendo a los griegos sin obtener sus más provechosas enseñanzas”.

Entiendo que se pida la destitución de un gobierno cuando lleva a su país a la bancarrota, que se cese a ministros por corrupción o por ineptitud manifiesta en sus respectivas funciones gubernamentales. Y que, a la vista del espectáculo tan demoledor de contagiados y de muertos producidos por la pandemia actual, haya voces que pidan elecciones anticipadas, por pensar, de un modo tan conductista como erróneo, que el gobierno de la nación es como la Providencia, no capaz de mandarnos una epidemia cada cierto tiempo, pero sí de preparar el ambiente y su condición social para crearla.

Lo realmente paradójico es que sean las derechas del PP, todos a una como un rebaño de ovejunas, quienes se dediquen a deslegitimar al gobierno actual y pidan su derribo por no haber librado a España de este azote. Tanto es así que un gerifalte del PP a la vista del número de contagiados y muertos en España, dijo que “el Gobierno está jugando con la salud de la ciudanía”. Si dicha acusación fuese cierta, me preguntaría, entonces, ¿con qué aval respalda dicho dirigente del PP su imputación? ¿Con la política sanitaria llevada por el equipo de Díaz Ayuso en la Comunidad de Madrid? ¿Acaso la Comunidad de Madrid puede presentarse ante la opinión pública como ejemplo a seguir?

Si se aplicase el modus criticandi con el que las derechas incriminan al gobierno de la Nación en su política sanitaria, hace tiempo que la presidenta de la comunidad de Madrid debería haber dimitido. Los efectos de la pandemia en el territorio Madrid han sido devastadores. ¿La culpa? No del PP, obviamente. Sería muy fácil hacerlo, pero nada real y verdadero. En expansión de la pandemia se concitan muchas y variadas causas, como han dicho por activa y por pasiva quienes saben del asunto.

Es verdad que, si por Díaz Ayuso dependiera, ahora mismo, dada su política sanitaria portentosa, no solo Madrid, sino España entera, una y grande estaría libre de cualquier contagio y los niveles económicos del país competerían a la alza con Alemania y Singapur. Ya es sabido que la moral del pedo es la moral más extendida en la sociedad, de la que no se libran hasta los políticos más inteligentes. Las ventosidades que uno se tira nos huelen a rosas; las de los demás, a peste endemoniada. Cámbiese ventosidades por ideas, pensamientos, actitudes, política sanitaria y se entenderá la comparación aerofágica.

Decía el escritor Thomas Bernhard que en esta vida hay mucho imbécil suelto y que conviene elegir bien a cuál de ellos se critica. Pues no todos los imbéciles tienen el mismo rango de estupidez y, en consecuencia, no merece la pena perder el tiempo en ponerlos a horcajadas de asno, pues ni siquiera lo merecen por ser personas muy, pero que muy tontas. Otorgar importancia pública a quien, por ser tan boba, es incapaz de entender lo más elemental, puede, incluso, cuestionar nuestra inteligencia. Así que, siendo congruente con lo dicho, ¿por qué no mandar de una vez a la presidenta de la Comunidad de Madrid al desierto de Kalahari a pintar piedras de color almendra?

Por mi parte, enviada queda.

La peste de la derecha