sábado 21.09.2019

Intrascendencias de verano

Dos hombres ocupan una de las mesas de la primera línea del mirador al mar. Llama mi atención su hablar pausado, nutrido por silencios entrecortados. El ritmo me hace imaginar el balanceo de un barco: ora a babor, ora a estribor, surcando un mar en calma. Seguro, me digo, han sido pescadores…de bacalao…en heladoras aguas del Ártico…

Tienen ante sí, equidistante, una botella de vino blanco más que mediada, lo que me hace sentir pudor al solicitar un zumo de naranja, pero el largo paseo orilla del mar y lo temprano del día, las diez de la mañana, no me motiva a ingerir alcohol.

Su idioma, ininteligible, expande aromas nórdicos, de vikingos viejos, que unido al colorido de su piel, rosácea, y al cobrizo entrecano de cabello y barba, me reafirma su condición marinera por aguas insondables, alejadas de este Mediterráneo de chapoteo.

 Finalizamos a un tiempo las bebidas. Ellos su vino. Yo el jugo de naranja. La camarera deja sobre mi mesa la cuenta y en la de ellos un barreño cumplido de botellas de heladas cervezas y una fuente de lonchas de jamón.

Tentaciones me entran de unirme al dúo al son de «Háblame del mar, marinero…» pero no soy Marisol cantando la copla y temo ser mal interpretado…con el añadido de que, sino rudos, si parecen recios. Y fornidos. Así que fuime por donde vine. Por la mar, claro.

Intrascendencias de verano