domingo 31.05.2020

Los milagros no son lo que eran

Puigdemont está haciendo un alarde de fe “a machamartillo”, como proponía (respecto de otras liturgias) don Marcelino Menéndez Pelayo

En relación con la independencia de Catalunya, el president Carles Puigdemont ha dicho que todo el mundo siente íntimamente que esta vez va la vencida. Tiene razón, claro, pero solo si se identifica correctamente cuál es “la vencida” en el envite.

El problema de fondo en este asunto es que ya no hay milagros, y caso de haberlos, no son lo que eran.

Permitan un ejemplo de mi experiencia personal en relación con el anterior enunciado. Recorríamos la Ribeira Sacra del río Sil, hace ya algunos años, y paramos a visitar el monasterio de San Pedro de las Rocas. Luego de una agradable visita, bajamos por un sendero a la sombra de los árboles de la ribera hasta llegar a la fuente de San Bieito, que tiene un agua fresca y gustosa.

“Además, esta agua es milagrosa”, nos dijo un visitante o peregrino local. “Ah, ¿sí? ¿Y qué milagros hace?” “Alisa la piel y quita las verrugas”, explicó el hombre. “Eso tiene más de medicinal que de milagroso”, le retruqué yo, consecuente con mi eterna tendencia a la pedantería. Y él: “No. Es milagrosa, porque solo cura si se bebe con fe.”

De cuyo razonamiento se deduce que el agua milagrosa puede menos que la medicinal, porque esta última surte efecto en todo caso, y la primera solosub conditione.

Los grandes milagros, en tanto que acontecimientos que contradicen todas las expectativas racionales, apenas si ocurren ya. Antes era otra cosa. El profeta Elías no murió, sino que Yaveh lo arrebató a los cielos en un carro de fuego. Luego lo sentó a su diestra o a su siniestra, no lo recuerdo bien y tampoco tiene una gran importancia.

Yo soy libre de cifrar mis esperanzas de inmortalidad en un prodigio parecido al del profeta Elías, pero me siento más bien escéptico al respecto. Sé que mis probabilidades de no morir, en una escala de cero a cien, son más menos igual a cero. Es lo que hay. No es que descarte definitivamente ningún prodigio, pero no me asomo todas las mañanas a mirar por la ventana si hay un carro de fuego aparcado en el chaflán. Me falta fe, qué quieren.

En el asunto de la independencia de Cataluña las probabilidades racionales de un resultado positivo también vienen a ser de más menos igual a cero. Pero el president Puigdemont está haciendo un alarde de fe “a machamartillo”, como proponía (respecto de otras liturgias) don Marcelino Menéndez Pelayo. Por su parte doña Soraya Sáenz de Santamaría declara que el gobierno quitará las urnas caso de que se pongan, pero guarda en secreto la estrategia de cómo lo hará. Nadie quiere dar pistas en esta partida de la gallina ciega.

Un último retruécano: uno de los dos bandos sostiene que el gesto de poner las urnas es democrático en sí mismo, y el de quitarlas es, por la misma razón, antidemocrático. El bando contrario sostiene, sin embargo, que lo antidemocrático es poner las urnas, y que al retirarlas el propósito principal que se persigue es preservar la democracia.

No me creo ni a unos ni a otros. El problema es mío, seguro. Ya lo he dicho antes: me falta fe, qué quieren.

Los milagros no son lo que eran