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lunes. 15.08.2022

¡Votad, votad, malditos!

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Militantes y simpatizantes de Vox, junto a sus máximos dirigentes, en la puerta de la sede madrileña del carpetovetónico partido, celebraron su buen resultado en los comicios cantando el himno de la legión y al grito de “a por ellos.” Lo primero muestra la pertenencia sentimental e ideológica de Vox a esa España que se fundó al grito de “Viva la muerte” y “muera la inteligencia” que tanto indignó a Unamuno y que tiene añejos antecedentes en el “vivan las cadenas” en celebración del retorno del bellaco de Fernando VII para mancillar la constitución de Cádiz y hacer rodar la cabeza de Riego. Más inquietante, si cabe, es el grito de “a por ellos” después del canto de un himno guerrero. En realidad, son iconos muy adrede con el imaginario de Vox que no cabe duda que comulgan con el fundador de la legión, José Millán-Astray, cuando afirmaba: “¡Cataluña y Vascongadas, Vascongadas y Cataluña, son dos cánceres en el cuerpo de la nación! ¡El fascismo, remedio de España, viene a exterminarlos, cortando en la carne viva y sana como un frío bisturí!”

La esclerosis política impuesta por el régimen de poder que consolidó la Transición ha mantenido el ascua mortecina de un nacionalismo español anclado en los tópicos retardatarios de siempre, que tanto mimó el franquismo, fermentados en un espacio político donde el debate ideológico se ha desleído ante un pragmatismo ad hoc al establishment que expulsa de su esencia controvertida elementos sustanciales de la vida pública. Esto conlleva la ruptura de todo diálogo social y la imposición de una sola realidad que implica que cualquier circunstancia en el ámbito político tenga que resolverse en términos de vencedores y vencidos. El ecosistema conservador siempre ha mostrado poca comprensión para todo aquello que no fuera concebir la verdad como coincidente con sus deseos e intereses lo que le lleva a una visión restrictiva y reduccionista de los problemas y que las soluciones sean cada vez más exóticas.

La decadencia del régimen del 78 entra en un período de confrontación sin paliativos en nombre de una uniformidad que se acrisola con el apelativo de política de Estado y que no es sino la imposición unidimensional de una visión conservadora y retardataria que no admite alternativas sino sólo alternancias en el usufructo del poder ejecutivo. El acto público se diluye sin espacio para el formato polémico en la esgrima política, constriñendo el ámbito de lo pensable y de lo opinable, penalizando al discrepante y situando en el terreno del orden público el malestar ciudadano. Se vuelve a los buenos y malos españoles, a los antipatriotas, a la antiespaña, esa corriente patriotera de la que dijo Manuel Azaña: “No podemos admitir que se identifique España y la tradición española con los harapos de la vida política española, caída ya en la miseria y en  la hediondez, con los restos de regímenes abolidos, y que, sin embargo, han pretendido y pretenden hacerse pasar por la más genuina representación del alma española.”

En este contexto, Ciudadanos, como un nuevo Lerrouxismo, nació con el único objetivo de oponerse al nacionalismo catalán, al igual que los “jóvenes bárbaros” de la restauración canovista, y cuya eclosión al resto del Estado fue acompañada de una ambigüedad ideológica que no era sino carencia de ideario que se intentó compensar con un voluntarismo regeneracionista desmentido en sus pactos con la derecha y la omisión de su celo fiscalizador con las corruptelas de sus socios. Su última adhesión a un conservadurismo fundamentalista al objeto de sustituir al Partido Popular como primer partido de la oposición, no ha sido comprendida por sus votantes ni por un buen número de sus líderes fundadores.

Los dirigentes del Partido Popular como los árboles del bosque cuando ven al leñador, saben que el mango del hacha es uno de los suyos. La sombra de la Große Koalition es alargada. La situación es peor que en abril porque en cifras el bloqueo es casi idéntico, pero mucho más diabólico: el ascenso de Vox le complica a Casado la abstención que permitiría una gran coalición a la alemana. Con esta expectativa el establishment abogó por la repetición electoral y el PSOE hizo reiteradas apelaciones a la colaboración del partido conservador. Ana Patricia Botín, Florentino Pérez, Amancio Ortega, el Círculo de Empresarios, la CEOE, la CAIXA, el Sabadell o el Grupo Planeta, demandaban un gobierno del PSOE dependiente de la derecha y no contaminado por Podemos, que afrontara la cuestión catalana, la economía y los aspectos sociales desde una óptica claramente conservadora. Algo que no sería novedad ya que basta recordar la carta que 50 diputados del PSOE escribieron a Sánchez, entre ellos Adriana Lastra y José Luis Ábalos, pidiendo la abstención para que gobernara Rajoy.

La metamorfosis de Sánchez, por su parte, ha sido enjundiosa, el líder de las primarias y el aparataje dialéctico que desplegó el presidente en funciones entonces, apostando por una recuperación ideológica y moral de los valores esenciales del Partido Socialista, la participación activa de las bases en el rumbo del partido, ha quedado en una palinodia que anatematiza todo aquello que lo hizo recuperar la secretaría general del PSOE. El aislamiento mágico, o supersticioso, de Sánchez, no compartiendo estrategias o políticas ni siquiera con su ejecutiva federal –en la reunión posterior a los comicios se limitó a pedirles a los miembros de dicha ejecutiva “manos libres” sin manifestar las acciones que pensaba llevar a cabo al objeto de llegar a pactos para el desbloqueo- le ha llevado a cometer errores de bulto, como la convocatoria de unas elecciones pensando en unos beneficios que no se han producido, asesorado por un grupúsculo, encabezado por Iván Redondo donde el tacticismo cortoplacista y el marketing sobreactuado intenta suplantar el acto político e ideológico. En este sentido, los técnicos de comunicación o mercadotécnica en el ámbito de la política, deberían tener unos espacios de actuación conceptualmente muy reglados y definidos, es decir, mejorar la difusión del mensaje político, pero no estructurar la estrategia política y mucho menos definir la misma política partidaria. Sin embargo, el desmayo ideológico, el abandono del sujeto histórico y la falacia de la transversalidad han propiciado que las ideas se hayan sustituido por ocurrencias y los valores por prejuicios. La política, vacía de contenido, deviene entonces en gestualidad de "parvenu". El caso de Iván Redondo, rescatado por Sánchez de un magazine mañanero de televisión después de su despido en Génova, es paradigmático en esa sustitución de la política por las ocurrencias publicitarias. El amplio manejo político de Redondo, lo mismo en el PP de Monago que en el PSOE, supone una trivialización de la vida pública y del acto político rebajado al anuncio de la primavera en unos grandes almacenes.

Pero la verdadera cuestión que hay que plantearse desde las fuerzas de progreso ante el colapso del régimen del 78 es lo siguiente: ¿Es posible en España en la actualidad un gobierno de izquierdas? Un gobierno que trascienda a la mera acepción y sea capaz de construir procesos de transformación social, que identifique un ubi consistam común entre mandantes y mandatarios, una ubicación compartida para definir los límites y contenidos del poder. Decía Ortega y Gasset que el radicalismo sólo es posible cuando hay un absoluto vencedor y un absoluto vencido. Siendo esto así ¿por qué en España contemplamos una derecha radical y una izquierda moderada? Es evidente que existe un contexto, un pretexto y un ecosistema político que, con independencia de qué partido esté en el Gobierno, la derecha siempre procede con la autosuficiencia de los vencedores y la izquierda con el complejo de los vencidos. Los conservadores actúan en un régimen generado a sus hechuras mientras la izquierda desde la Transición ha tenido que pagar la gabela de la inmunodeficiencia ideológica.

¡Votad, votad, malditos!