jueves 3/12/20

Cayetana Álvarez de Toledo y el franquismo

Que Cayetana Álvarez de Toledo, portavoz del Partido Popular en el Congreso de los Diputados, llame en sede parlamentaria hijo de terrorista al vicepresidente 2º del Gobierno, siendo como exabrupto  desabrido e inconveniente una boutade fraudulenta y moralmente criminosa, es algo que no debería sorprender a nadie si tenemos en cuenta que Álvarez de Toledo reconoce con esta acusación las bondades de las diligencias y condenas de un tribunal franquista de carácter exclusivamente represor y que aplicaba una legislación fascista en la que tipos penales como “reunión ilegal” o “propaganda ilegal”, por la que fue condenado el padre de Pablo Iglesias, le podían costar al reo quince o veinte años de prisión.

Cayetana Álvarez de Toledo, su soberbia, lagunas intelectuales y despotismo representan el arquetipo psicológico y moral más fehaciente de lo que ha sido la transición y su crisis sistémica que escombra la calidad y cualidad democrática del régimen del 78. En realidad, todo se sustancia en el intento fracasado de redefinir el franquismo como un artefacto pseudopolítico de apariencia democrática que sirviera no sólo para ejercer el poder, sino también ahora para retenerlo. Ello se compadece con la etiología violenta y soez del talante público de Cayetana Álvarez de Toledo.  El líder democrático sabe –o debe saber- que al ejercer el poder lo está negociando. Para una mente autoritaria, como la de la portavoz del Partido Popular, el líder es un paradigma y la historia una sucesión de hechos incontrovertibles porque no se permite una argumentación alternativa.

Al contrario que en Europa, en la España de hogaño, derecha y ultraderecha  viven en una permanente promiscuidad ideológica y estratégica, porque su origen, intereses y argamasa doctrinal tienen la raíz común del franquismo reformado, gestionan el mismo poder fáctico que conlleva una degradación de la política, ya que ésta supone siempre una profundización democrática y una reordenación del poder real.

Cuando los problemas políticos dejan de estar en el ámbito de la política la vida pública entra en una espiral de descomposición democrática donde las relaciones de poder sólo se plantean en términos de vencedores y vencidos, de uniformidad ideológica y abolición de la disidencia. Se concentra, de este modo, el régimen político en una etapa histórica en la que ya es imposible la reconstrucción de la convivencia en parámetros de pluralismo y tolerancia. A ello hay que añadir, para que la decadencia sea total, que es un régimen, por si lo habíamos olvidado, que ha ejecutado una devaluación de salarios y expectativas sociales bajo una lluvia constante de escándalos de corrupción.

Y como instrumento de resistencia sistémica,  el lenguaje orweliano donde performativamente se limita la democracia en nombre de la democracia, se empobrece a la gente en nombre del bienestar de la gente, donde la violencia la ejercen las victimas y que sirve a las minorías dominantes y su aparato político y mediático para delimitar los asuntos no opinables ni sujetos a formato polémico.

Siendo la esencia de la democracia su vertebración como régimen de poder sometido al escrutinio de la ciudadanía y la política el instrumento de participación y fiscalización cívica de los poderes del Estado, cuando el poder fáctico de los grupos de influencia y sus administradores políticos, logran reprimir la misma política, la influencia del poder real, no sometido a ningún procedimiento democrático, consigue que todo el sistema formal se precipite a su concepción primitiva, no corregida, con independencia a sus enunciado retóricos.

Los informes policiales manipulados, la invención de testimonios y pruebas con fines políticos, la permanente judicialización de la política por parte de la derecha, son la consecuencia de un poder fáctico cuya influencia y control sobre los resortes represivos y el monopolio de la violencia del Estado no quiere que sea contaminado por el debate público y democrático del poder que proporciona la política.

El franquismo no fue derrotado, como los fascismo europeos, primigenios y tardíos,  la transición, como afirmaron los propios muñidores de la reforma política desde el interior del caudillismo, fue ir de la legalidad a la legalidad, es decir el mantenimiento reformado del Estado y el poder nacido como consecuencia de la sublevación del 18 de julio de 1936 contra la legalidad democrática de la República. Esta ecología política después de cuarenta años agudiza su decadencia mediante una crispación y agresividad en ascenso por parte de una derecha y ultraderecha en comandita que estrechan los márgenes de la política para el ejercicio de un poder del que se consideran únicos albaceas.

Cayetana Álvarez de Toledo y el franquismo