jueves 6/8/20

Carta abierta a la Reina Doña Sofía

Majestad: disculpe el atrevimiento de dirigirme a usted en estos momentos difíciles. Lo hago en la confianza de que sirva para reconfortarla.

Si por algún milagro periodístico estas líneas llegan a su poder querrá saber quién es el autor de semejante osadía.

Soy un jubilado de Banca, aspirante a “plumilla” y escritor aficionado. Nací en un pueblo de La Mancha en el seno de una familia de panaderos que se esforzaron hasta la extenuación para darme estudios y tratar de convertirme en un señor y un caballero, recordando siempre las raíces de la buena familia.

Se preguntará cual es el motivo de la misiva. Muy sencillo, manifestar el asombro y el repudio de cuanto está aconteciendo en torno a las noticias sobre su esposo.

No voy a gastar ni una línea en lo que está pasando con su esposo. Ya lo hacen otros. Solamente, Majestad, cada vez que oigo o veo alguna noticia al respecto, mi sentido vitalista y humanista lleva mi corazón a pensar en usted

Nada más lejos de mi intención hacer una defensa de la Monarquía. Como demócrata soy partidario de someter a votación la Jefatura del Estado. Sin embargo, he de dejar alto y claro que voté a favor de la Constitución de 1978, con todas sus consecuencias.

Para que me comprenda mejor, permítame la licencia de contarle una experiencia personal que he mantenido en la confidencialidad salvo para algunos círculos íntimos.

En 1989 me encargaba de “la prensa” de la naciente Izquierda Unida. Tuve el privilegio de acompañar dos veces a Julio Anguita a la Zarzuela en las visitas protocolarias de los líderes políticos. Las dos fui tratado con excelente cordialidad y, yo diría, que con cariño. Recuerdo sobre todo la primera. A Julio lo subieron por una escalera y a mí me recibió quien supongo era la persona encargada de las relaciones con los medios de comunicación. Un señor mayor, elegante en su sencillez, que me recibió llamándome por mi nombre: “Hola José Luis. Por favor acepta un café”. Y me pasó a una sala privada entre la mirada sorprendida de tanto periodista egregio. Dijo que me seguían y que estaba haciendo un buen trabajo. Majestad, nunca lo olvidaré y le pido disculpas si en mi ignorancia no soy capaz de recordar su nombre. Espero que esté vivo y le ruego a quien pueda leer esta pieza y lo conozca, o a su familia, le traslade mi eterna gratitud por un respeto que pocas veces he recibido.

Cuando voté la Constitución lo hice en la esperanza de conseguir una España para todos, lejos del cainismo histórico, de la envidia voraz y de la tendencia bárbara de hacer leña del árbol caído envuelta en banderas canallas y siempre en busca del beneficio personal. En mi mundo virtual soñaba en una Constitución donde gente como usted y yo, en las antípodas de nacimiento y, supongo, que de la política, pudiéramos tomar un café, conversar, y, quizás, sorprendernos de coincidir hablando de arte, o de cocina, o de la Naturaleza o de la familia. Quién sabe.

No voy a gastar ni una línea en lo que está pasando con su esposo. Ya lo hacen otros. Solamente, Majestad, cada vez que oigo o veo alguna noticia al respecto, mi sentido vitalista y humanista lleva mi corazón a pensar en usted. Resulta que todos aceptan la infidelidad y los amoríos como prueba exculpatoria. Y lo hacen en un país católico donde muchos toman la familia como bandera.

No soy un puritano ni un hipócrita. Respeto la vida privada y no soy juez para sentenciar conductas. Pero no puedo evitar ponerme en su lugar. Madre y abuela de una larga familia. Y usted, Majestad, no dice nada. Guarda silencio en su Alta Dignidad. Como mujer, reciba mi solidaridad y mis respetos.

Desde mi agnosticismo, que Dios la guarde a usted muchos años.

Carta abierta a la Reina Doña Sofía