viernes 13.12.2019

Reflexiones oportunas

Quim Torra en su escaño en el Parlament.
Quim Torra en su escaño en el Parlament.

“Con el tiempo comprendes que apresurar las cosas y forzarlas a que pasen ocasiona que al final no sean como esperabas.
…Uno aprende a construir todos sus caminos en el hoy,
porque el terreno de mañana
es demasiado inseguro para hacer planes...”

Jorge Luis Borges


Comparto lo que dice Borges que apresurar, forzar las cosas -¡cuántas se aprietan en la puerta del mañana!-, puede dar al traste y desbaratar lo que se había planificado. Estamos inmersos en la estafa de las palabras; frente a la retórica propagandística del independentismo, vertebrada sobre conceptos buenistas e idílicos como “democracia, derecho a decidir, urnas, somos gente de paz, la voluntad de un pueblo…”, el Estado, en cambio, basa su respuesta en conceptos épicos como “fuerzas y cuerpos de seguridad, tribunales, sentencia judicial, legalidad, ley de Seguridad Nacional, aplicación del 155…”. Los primeros tienen buena música, suenan a “libertad”; los segundos suenan duros como a “represión”; sin embargo, aquellos, aunque seducen, engañan; éstos, en cambio, garantizan la seguridad de una convivencia en democracia. Es la importancia que tienen las palabras para ganar o perder la batalla de la comunicación; una comunicación independentista que posee la capacidad de seducir a las mayorías, aunque carezcan de verdad o encierren una gran mentira. El independentismo catalán ha ido ganando claramente esta batalla, sencillamente porque los gobiernos españoles no han sabido hacer frente al manejo de la retórica independentista y al mensaje y la frustración que ha generado en el subconsciente catalán el concepto del “derecho a decidir”; tampoco el gobierno y los partidos de ámbito nacional han sido capaces de neutralizar ese mantra victimista: “es que no nos entendéis”. Tal vez haya sido cierto; unos, los gobiernos populares no han querido entenderles y otros, los socialistas, no han sabido.

Si El País, desde su plataforma de opinión internacional con razones objetivas ha sido capaz de calificar hace días como presidente indigno al presidente de EEUU Donald Trump, con parecido derecho y razones igualmente objetivas, los ciudadanos de a pie podemos calificar de miserable a Quim Torra, político indigno, a quien la mayoría de los catalanes y muchos medios de comunicación le están pidiendo la dimisión, al mantener un silencio culpable y alentador a la vez frente a la violencia; un político lleno de contradicciones: moviliza a los ciudadanos a protestar por la sentencia, les felicita por hacerlo y, a su vez, envía a los Mossos d’Esquadra a reprimirlos. Quin Torra se ha mostrado como un político títere y servil de la “voz de su amo”, “el vividor huido de Waterloo”, ¿el molt honorable? Carles Puigdemont. Alejandro Afrodisio, comentarista griego de las obras de Aristóteles decía que tres eran las causas que impiden a los hombres ver la realidad y descubrir la verdad haciéndolos esclavos de su propia soberbia e ignorancia: la arrogancia, la torpeza para aceptar los pareceres contrarios y la incapacidad para ver y comprender la realidad que está al alcance de cualquier entendimiento libre. Isócrates el orador, político y educador griego, creador del concepto de panhelenismo, con clarividente reflexión, supo criticar a los griegos lo que hoy refleja nuestra actual situación: “Nuestra democracia se autodestruye porque ha enseñado al ciudadano a considerar la impertinencia como un derecho, el no respetar a las leyes como libertad, la imprudencia en las palabras como igualdad y la anarquía como felicidad”.

Analizados cada uno de los momentos de la pasada semana -en la incertidumbre de lo que pueda pasar en las próximas-, quienes, desde la sinceridad y el sentido común y la cordura (el seny característico de la sociedad catalana,) están viendo el descontrolado desenlace que arrastra a las fuerzas independentistas, no pueden refugiarse en unas reivindicaciones que ellos llaman demócratas y pacifistas, mientras califican como represores y violentos a quienes no comparten sus estrategias, culpando a la falta de diálogo del Gobierno de la violencia en la calle, como han declarado con ligereza y falta de autocrítica el president Torra y el vicepresident Aragonès.

Con las mentiras que dicen y su calculada ambigüedad, no pueden ni banalizar ni frivolizar una situación tan conflictiva y de tanta responsabilidad política como está padeciendo Cataluña, pues están comprometiendo la propia legalidad y las sinceras y pacifistas convicciones de todos los catalanes que se sienten independentistas, al no saber de qué lado están, si con el independentismo violento y trasgresor o con el independentismo pacifista y democrático, respetuoso con la legalidad de todos los catalanes. Nos estamos acostumbrando a que algunos gobernantes y líderes políticos hagan parecidas declaraciones sin que se les penalice electoral y políticamente; de ahí que, ante las próximas elecciones de noviembre, debamos preguntarnos si realmente sabemos qué políticos o partidos se preocupan por nosotros, si nos conocen, si creen en nosotros o sólo se preocupan y creen en ellos mismos. Viendo cómo se comportan hasta nos pueden hacer dudar sobre quiénes somos, qué podemos y qué queremos, sin tan siquiera ser capaces de preguntarnos quiénes y cómo son ellos, cómo se comportan y cómo gestionan la confianza que les hemos dado con nuestro voto.

Los gobiernos españoles a través del diálogo con los partidos catalanes han ampliado permanentemente el grado de autogobierno dentro del marco constitucional

Es bueno refrescar la memoria para reflexionar sobre hechos y no sobre relatos de ficción creados a conveniencia de parte. En un artículo publicado hace días, en Le Soir, el periódico francófono más popular de Bélgica, el ensayista español Juan Claudio de Ramón titulaba: España, como cualquier democracia, debe tener derecho a defenderse. Una democracia que teme aplicar su Código Penal -escribía- no podría sobrevivir. España es una democracia equipada con los instrumentos apropiados, legales y de garantía de derechos, para garantizar el respeto de la ley, favorecer el diálogo en la legalidad, superar esta crisis y seguir siendo, para Europa y para el mundo, un ejemplo de una sociedad abierta e inclusiva, una sociedad unida en su diversidad. Y continuaba: “El nacionalismo catalán ha empañado injustamente la imagen y la reputación de España. Que sigue siendo una democracia abierta e inclusiva, obligada a defenderse de los excesos y mentiras de los líderes independentistas”. Sería importante, más, es obligado preguntar al “huido Carles Puigdemont”, afincado en Bélgica y tan orgulloso y amante de la democracia belga qué piensa de la opinión de un periódico belga que, con tanta claridad alaba la democracia española “un ejemplo de sociedad abierta e inclusiva y equipada con los instrumentos apropiados, legales y de garantía de derechos, para garantizar el respeto de la ley y favorecer el diálogo en la legalidad”, contra la que, reiteradamente, tanto critica y denigra él, como el impresentable president Torra y la inmensa mayoría de los lideres independentistas.

Solía quejarse el polifacético escritor suizo Friedrich Dürrenmatt con una frase que muchos compartimos: “Tristes estos tiempos en los que hay que demostrar lo evidente”. Es triste tener que recordar, hacer “memoria histórica”, es decir, mostrar la evidencia, a los millones de ciudadanos y jóvenes catalanes que con “mantras y eslóganes cargados de mentiras y excesiva ignorancia”, lo que parece que han olvidado. Conviene recordar ciertos hechos necesarios para formar una opinión sin las ideas preconcebidas de tantos independentistas del citado artículo de Le Soir:

  • La Constitución de 1978 convirtió a España en un estado de derecho social y democrático; fue aprobada en referéndum por un 90,5% de los catalanes en edad de votar que votaron (con una participación del 68%, ligeramente por encima de la media española).

  • Dos de los siete juristas que la redactaron eran catalanes: Miquel Roca i Junyent y Jordi Solé Tura.

  • En este momento, los dos presidentes del Congreso de los Diputados y del Senado son catalanes.

  • Como resultado de la descentralización del Estado, Cataluña disfruta de un alto grado de autonomía política en áreas como la salud, la educación y, junto con el País Vasco, tiene su propia fuerza policial. Autonomía envidiada por muchos estados federales.

  • Los gobiernos españoles a través del diálogo con los partidos catalanes han ampliado permanentemente el grado de autogobierno dentro del marco constitucional.

  • Cataluña era hasta hoy una de las regiones más prósperas de Europa.

  • El Estado español apoyó y financió la apuesta exitosa para celebrar los Juegos Olímpicos en Barcelona de 1992, que tanto prestigio dieron a Cataluña.

  • Cataluña es la única comunidad autónoma que tiene sus cuatro capitales provinciales formando parte de la red ferroviaria de alta velocidad.

Sin embargo, sobre todo en los últimos años, el nacionalismo catalán ha tratado de reducir los lazos de pertenencia a España a través de sofocantes campañas de manipulación, utilizando la intimidación y ciertos eslóganes demagógicos en sus campañas, como “España nos roba” o “España subsidiada vive gracias a la Cataluña productiva”, llegando a mostrar carteles con niños harapientos, supuestamente procedentes del sur de España y sosteniendo que viven de los impuestos de la clase media catalana.

¿Quién puede negar que la historia de Cataluña en España ha sido una historia de éxitos? Tampoco nadie puede negar que estos éxitos comienzan a negarse cuando, bajo el liderazgo del pésimo president, Carles Puigdemont, se desata una carrera ilegal hacia la independencia contra más de la mitad de la sociedad catalana, consumando esta ruptura los días 6 y 7 de septiembre de 2017 cuando, -como describe Le Soir-, en una sesión que solo puede describirse como un golpe parlamentario, el independentismo, sin tener la mayoría necesaria de dos tercios, derogó su propio Estatuto de Autonomía y aprobó, a pesar de la Constitución, las leyes de la nueva República.

La historia siguiente es bien conocida:

  • El Tribunal Constitucional español suspendió dichas leyes basándose en el principio constitucional de que la soberanía pertenece a todo el pueblo español.

  • Inmerso en la desobediencia, el gobierno catalán continuó su carrera, organizando, contra el mandato judicial, el simulacro de referéndum del 1 de octubre.

  • Ante la inacción de la Generalitat para evitar su celebración, la policía española tuvo que actuar bajo el mandato de un juez, no del gobierno, en circunstancias muy difíciles, para garantizar el cumplimiento de la ley.

  • El complicado y difícil día terminó con solo tres personas en el hospital. La cifra de casi 900 heridos que se mencionaron y las imágenes (algunas falsas) de “un pueblo apaleado” aún se mantienen, muy exageradas y producto de la propaganda bien trabajada por la Generalitat.

  • La sentencia judicial del Tribunal Supremo -con la que se puede estar de acuerdo o no-, ha sido el resultado de todos estos acontecimientos.

  • En su intento de ganar simpatía por su causa, el nacionalismo catalán otorgó a los políticos convictos la condición de “presos políticos” y no de “políticos presos, queriendo ignorar que ninguno ha sido juzgado por sus ideas. Quienes asumen la desobediencia a las leyes como forma de protesta deben asumir también sus consecuencias.

  • Ninguna organización de derechos humanos (como Amnistía Internacional o Human Rights Watch) ha considerado a estos líderes independentistas como presos políticos o presos de conciencia.

¿Acaso no estamos viendo todos los días, a muchos de los líderes independentistas expresarse libremente en los medios? El propio president Torra es autor de docenas de artículos xenófobos contra los españoles. Por otro lado, la condena judicial se debe a la perpetración de delitos que están codificados en la legislación española y que existen, bajo el mismo nombre u otros, en la legislación de las democracias europeas.

Tras la publicación de la sentencia del Tribunal Supremo, ni la aplicación del Código Penal va a resolver la crisis política institucional ni la desobediencia a las leyes de los políticos independentistas solucionará los problemas. Hoy el independentismo no sabe si condicionar su solución política a la situación temporal de sus líderes condenados con la permanente actuación de grupos radicales e incontrolables o aceptar -así piensan algunos líderes independentistas- que su proyecto es inviable pues cada vez hay menos catalanes que les apoyan. Todos, catalanes y españoles, necesitamos cerrar un período y unos acontecimientos que han provocado división, enfrentamientos incluso familiares, desaliento y enorme incertidumbre. Para el Tribunal Supremo el procès ha sido una “aventura”, una “mera ensoñación” que logró arrastrar a miles de ciudadanos, un “señuelo” creado por los políticos independentistas para multiplicar la presión sobre el Gobierno; la reacción a la sentencia de la ciudadanía catalana está siendo confusa con sentimientos desiguales y encontrados; unos, inmersos en un silencio intraducible; otros, conducidos por manifestaciones masivas y pacíficas; otros muy pocos, pero con excesivo ruido, en la locura del caos y del desorden destructivo. Mientras, la presidencia de la Generalitat continúa dirigida por un político desquiciado y callado ante la violencia y los violentos.

Tras la publicación de la sentencia, el independentismo se debate entre sucumbir a la tentación de vincular toda salida política a la situación de los condenados o asumir de una vez por todas la realidad de que su proyecto es inviable y sus fuerzas insuficientes. Sería un error que se inclinara por la primera alternativa, significaría conceder un margen de actuación incontrolable a las fuerzas más radicales que ha incubado en su seno. Pero, además, porque la sociedad catalana, al igual que la española, necesitan pasar página a unos momentos históricos que han provocado graves heridas sociales y sufrimiento a los dirigentes condenados a unas penas de prisión cuya gravedad es acorde a los delitos cometidos; sufrimiento que, por lo demás, es posible reconocer sin renunciar a la convicción de que el Tribunal Supremo ha hecho justicia y de que era imprescindible que la hiciera.

Hay que rebajar la tensión, sin la violencia del vencido ni las imposiciones del vencedor. Salir del estéril punto muerto en el que las instituciones catalanas y españolas llevan estancadas durante más de una década, y que algunos sectores del independentismo y de grupos españoles aspiran a prolongar con la excusa de la sentencia. Hay que fijar una agenda política en la que esa solución debe intentarse. Es imprescindible encontrar un marco común en el que se pueda satisfacer tanto las aspiraciones democráticas de Cataluña como los principios constitucionales de España que lleve a una solución, compleja y difícil sí, y que requiere ulteriores desarrollos legislativos sin enquistamientos previos y dialogar de forma civilizada como una democracia seria y con políticos que buscan soluciones y no confrontaciones.

referendum

No sería posible si la parte independentista dice estar dispuesta al diálogo, pero que el diálogo obligatoriamente tiene que incluir el derecho al referéndum y la otra parte, afirmar también que está dispuesta al diálogo, siempre que el referéndum esté fuera de la mesa de negociación. Ante este bloqueo de partida, como muchos pensamos, por qué no un referéndum pactado por los representantes políticos elegidos por los ciudadanos con su participación democrática, o una reforma constitucional o una declaración de reconocimiento de que España es un país plurinacional en el que hay una nación dominante o principal, la nación española pero que, en una estructura federal, también existe una nación vasca o catalana o gallega…, siempre en el marco de un diálogo necesario en que las todas las partes, las fuerzas sociales y políticas reconozcan recíprocamente su legitimidad y su buena voluntad para el acuerdo. Sin restablecer el diálogo para llegar a acuerdos y buscar soluciones, veo difícil, incluso imposible, que se pueda superar los conflictos y reconducir esta situación.

Debemos reflexionar, cómo es posible que en diez años no hayamos podido hacer frente a este problema y hayamos llegado a niveles de intransigencia entre ambos bandos. El fuego que no hay que apagar es aquel que no se enciende. Hay que buscar salidas, de otro modo el conflicto será permanente y estarán siempre latentes los conflictos que en estos días presenciamos. ¿Qué hacer cuando lo que se quiere y lo que se debe hacer, no es lo mismo? Decía William Shakespeare en El mercader de Venecia: “Si conseguir lo que se quiere fuera tan fácil como saber lo que conviene, las capillas serían catedrales y las cabañas, palacios”. Pero nada está perdido si se tiene el valor de proclamar que todo está perdido y hay que empezar de nuevo.

La ilusionada utopía independentista de muchos catalanes tiene bajo su alfombra una necia distopía

Sostienen los constitucionalistas que son dos los principios vertebradores de nuestro Estado constitucional: legalidad y democracia. En la tensa situación que plantea la secesión catalana y cómo resolver el llamado derecho a decidir, es importante saber cómo conjugar ambos: sin legalidad no hay democracia, pero tampoco puede ser demócrata quien se salta la legalidad. Casi todos se acogen al “derecho a decidir”. Imagino que es un tema de largo estudio y de mucho diálogo temporal; pero en el hipotético e improbable escenario de una Cataluña independiente, me acojo al claro símil utilizado por Abraham Lincoln, el presidente de los Estados Unidos que tuvo que gestionar la guerra de Secesión, el conflicto más sangriento y quizás también la mayor crisis moral, constitucional y política que ha sufrido la nación estadounidense: el símil de abrir las “muñecas rusas”. Es decir, conseguida la independencia de Cataluña y aceptado el ilimitado derecho a decidir, ¿quién le puede negar a Girona, por ejemplo, que transcurrido un tiempo plantee al gobierno de la República catalana su derecho a decidir y, por tanto, su independencia como Estado Gironés? Sin estructuras previas de poder y recursos limitados, pero en “su derecho a decidir”, podría desafiar con igual derecho a “la República catalana” y reescribir sus reglas y sus leyes. ¿Qué conflictos surgirían?, ¿quiénes serían sus líderes? Que no lleve a engaño este absurdo “in infinitum”. Si la utopía es la constante proyección que tiene la sociedad humana de un mundo ideal, su antónimo, la distopía es una sociedad ficticia indeseable en sí misma; de ahí que la ilusionada utopía independentista de muchos catalanes tiene bajo su alfombra una necia distopía. Sería un viaje absurdo. En su obra La muerte de Jesús, el Nobel de literatura, el escritor sudafricano nacionalizado australiano John M. Coetzee, finaliza su historia con esta frase entre sus dos protagonistas, Simón y David: “Estamos buscando un sitio donde quedarnos, para empezar nuestra nueva vida”.

En realidad, si todo el problema catalán del derecho a decidir se ha concretado en el deseo de realizar una consulta para que la ciudadanía pueda expresar mediante su voto si quiere que Cataluña sea un Estado independiente de España, con la frase final de la obra de Coetzee, considero que el mejor sitio para quedarse y empezar una nueva Cataluña sin duda que es España en Europa. Con el tiempo se aprende a construir todos los caminos en el hoy, porque el sendero del mañana no existe.

Reflexiones oportunas