martes 15.10.2019

Petróleo barato: cierto alivio, nuevos riesgos

¿Qué razones inducen a pensar que el precio del barril de Brent va a mantenerse durante el próximo año en un nivel medio muy bajo?

Con la explosión de la crisis global en 2008, los precios del barril de petróleo de tipo Brent retrocedieron desde los 140 a los 35 dólares. Posteriormente, tras el fuerte alza experimentado en 2009-2010, se han vivido algo más de tres años de precios elevados y estables de alrededor de los 110 dólares el barril hasta la primera mitad de 2014. Parecían confirmarse las hipótesis del final de la era del petróleo barato y las proyecciones que señalaban que el mundo se había adentrado en  la década en la que se haría efectivo el pico del petróleo; o, al menos, en una antesala cercana a ese cénit de producción tantas veces anunciado (y retrasado), antes de iniciar su inevitable y definitivo declive. 

Sin embargo, entre el 19 de junio y el 26 de noviembre de este año, el precio del barril de petróleo Brent retrocedió un 33%, hasta situarse en 77,63 dólares. En las últimas tres semanas el hundimiento del precio del petróleo ha proseguido y ha vuelto a caer otro 22%, hasta los 60,34 dólares el barril al cierre del pasado 17 de diciembre. En total, un retroceso del 48%. Y todas las previsiones señalan que a muy corto plazo el deslizamiento a la baja va a proseguir y su precio podría aproximarse en próximas semanas a los 50 dólares el barril, sin que se vislumbren razones de peso que permitan prever que su cotización media a lo largo de 2015 supere los 70 dólares. El petróleo barato ha vuelto, al menos durante el lapso de tiempo en el que el futuro parece ofrecer rasgos y tendencias previsibles.

Petróleo barato en 2015

¿Qué razones inducen a pensar que el precio del barril de Brent va a mantenerse durante el próximo año en un nivel medio muy bajo, cercano a los 70 dólares?

En primer lugar, existe una amplia sobrecapacidad de producción de petróleo y, como consecuencia, un exceso de oferta que se cuantifica en seis millones de barriles diarios. A ese exceso de capacidad no es ajeno el rápido aumento de la producción de petróleo no convencional en EEUU gracias a las nuevas técnicas de fracking para su extracción

En segundo lugar, la demanda mundial de crudo retrocede como consecuencia de la debilidad del crecimiento mundial. Debilidad en la que el frenazo del crecimiento chino juega un papel estelar, pero en el que el estancamiento de la economía europea también tiene un peso importante. Aclaración necesaria: la ralentización del crecimiento de la actividad económica (industrial, especialmente) en China se produce a pesar de que el  crecimiento de su PIB sigue situado (algo más del 7%) entre los más altos del mundo.

Como desde el lado de la demanda ni Europa ni China dan señales de reactivación y, desde el lado de la oferta, EEUU no disminuye su nivel de producción (cerca de 9 millones de barriles por día, gracias a la explotación de gas y petróleo de esquisto) y ya se codea con los niveles de los dos grandes productores mundiales (Rusia y Arabia Saudí), no existe ninguna razón para que la lógica de un mercado con exceso de oferta no se imponga. Salvo que el cártel de la OPEP se pusiera de acuerdo (como ya hizo en 27 ocasiones anteriores durante los últimos 30 años) para reducir voluntariamente sus exportaciones y hacer que el precio del petróleo suba. 

Sin embargo, los 12 países que actualmente integran la OPEP no se pusieron de acuerdo en esa retirada de barriles del mercado en su reciente y última reunión de 27 de noviembre en Viena. Arabia Saudí y sus aliados en la OPEP han impuesto su criterio y sus intereses al mantener el nivel de producción fijado hace tres años, cuando el barril de crudo se situaba por encima de los 100 dólares. Sus razones son diversas y de peso: no quieren que el ajuste recaiga exclusivamente sobre sus exportaciones (el cártel apenas asegura actualmente un tercio de una producción mundial que se sitúa en 91 millones de barriles al día); pretenden mantener su cuota en mercado mundial (frenando la rentabilidad de las inversiones en exploración, extracción y producción de gas y petróleo de esquisto en EEUU y su extensión a otros países, como Rusia, China o la propia UE); ponen a prueba la resistencia de compañías petrolíferas y países productores con costes de producción más elevados; debilitan a sus principales rivales geopolíticos, los regímenes de Irán e Irak, con los que mantiene una guerra sorda en el mundo musulmán y una guerra abierta y salvaje que tiene ahora su epicentro en territorios de Irak, Siria y aledaños; refuerzan su alianza con EEUU poniendo en una situación muy difícil a regímenes de países exportadores de petróleo en conflicto con EEUU que dependen de forma decisiva para financiar sus gastos públicos de los ingresos del petróleo (Rusia en primer lugar, pero también Venezuela).

Arabia Saudí y el resto de las petromonarquías dictatoriales del Golfo tienen capacidad de resistir un año de vacas flacas en sus ingresos y parecen decididas a ensayar qué efectos tiene entre sus competidores y enemigos la decisión de mantener su oferta de barriles y, como consecuencia, el petróleo barato. Es muy improbable que acuerden en los próximos meses una reducción de sus exportaciones que encarezca el precio del petróleo. Y más allá de 2015 habrá que ver qué análisis realizan sobre las consecuencias que se hayan derivado de su decisión de mantener barato el petróleo.   

Un alivio inesperado   

Si las previsiones y proyecciones indicadas antes se confirmaran durante el próximo año ¿qué impactos económicos cabe esperar en la eurozona y, más concretamente, en la economía española de un petróleo barato situado en torno a los 70 dólares el barril?  

En primer lugar y sin ninguna duda se producirá un suplemento de crecimiento que supondrá un alivio para una eurozona que, pese a las malintencionadas declaraciones recientes de Rajoy y demás dirigentes del PP, sigue en una situación muy delicada. Ningún dato permite vislumbrar la salida de la crisis a corto plazo.

Se mire por donde se mire, la situación económica de la eurozona sigue siendo de grave riesgo. Grecia, tras los innumerables sacrificios impuestos a su ciudadanía, va a sufrir la prolongación de unos planes de rescate que exigen más ajustes para que la economía se mantenga a flote mientras la mayoría de la población se ahoga. Italia mantendrá por tercer año consecutivo (2012-2014) una tasa de crecimiento negativo mientras se degrada el rating de su deuda soberana. Francia mantiene un débil y precario crecimiento (0,2% de media anual entre 2012-2014) que imposibilita reducir su déficit público y su actual Gobierno parece decidido a emprender las reformas estructurales que exigen las instituciones europeas y que tan nefastos resultados han cosechado en las economías del sur de la eurozona en las que se impusieron antes. Y Alemania ha empezado a sentir sobre su economía los efectos del estancamiento o muy bajo crecimiento de sus principales socios.

Si la eurozona no ha sufrido una tercera recesión no se debe a la estrategia conservadora de salida de la crisis impuesta por Alemania y sus aliados. Al contrario, la austeridad, la devaluación salarial y las reformas estructurales destinadas a desregular el mercado laboral y debilitar la oferta de bienes públicos han provocado ya una recesión y amenazan con generar otra, la tercera, mientras alientan el fantasma de la deflación. El mérito de que se pueda descartar la inminencia de esa tercera recesión corresponde al BCE, a su afán por mantener en mínimos históricos las tasas de interés a largo plazo de las deudas soberanas en euros (haciendo menos pesada la carga de la deuda) y a su promesa de hacer todo lo necesario para garantizar que el euro no va a desaparecer. El BCE no va a permitir la implosión de la eurozona. Así de categórico es su compromiso y así de claro lo interpretan los mercados.

Pero la situación es tan grave que próximamente asistiremos (si la situación lo requiere, que sí parece, y los halcones del Bundesbank no lo impiden) a la ampliación del Quantitative Easing o compra directa por parte del BCE de deuda pública y la consiguiente expansión monetaria que contribuirá a un ligero y coyuntural crecimiento económico que supondrá un nuevo obstáculo a la recesión.

La nueva Comisión Europea, presidida por Juncker, también parece más consciente que la anterior de la gravedad de la situación económica de la eurozona y ha lanzado un limitado plan de inversión comunitaria con parecidos objetivos e intenciones: proporcionar a partir de la segunda mitad de 2015 un suplemento de crecimiento a la debilitada eurozona y, sobre todo, reforzar el muro de contención que impide la deflación.

La reducción del precio del petróleo va a suponer también un complemento para apuntalar el débil crecimiento actual de la eurozona. La eurozona necesita para seguir caminando de esas tres muletas (expansión monetaria, inversión comunitaria y petróleo barato), pero ninguna de ellas por separado ni las tres juntas pueden resolver los problemas reales, institucionales y de especializaciones y estructuras productivas que impiden a la eurozona salir de la crisis. La prolongación de la crisis en un interminable túnel se concreta en la actual fase de la crisis en un precario y bajo crecimiento que en nada contribuye a resolver los problemas y riesgos que atenazan a la economía europea y agravan los sufrimientos de una parte muy significativa de la población.

Nada permite vislumbrar la ansiada recuperación de la actividad económica y el empleo, pero esas tres muletas que contribuyen a mantener el débil crecimiento de la eurozona contribuyen a disipar los escenarios catastróficos que, en su ausencia, impactarían de lleno sobre la eurozona y, más aún, sobre unas economías del sur que ya habrían entrado de lleno en una tercera recesión.

La estrategia conservadora de salida de la crisis nada ha arreglado que no sea la recuperación de las tasas de beneficio de las grandes compañías, la redistribución de ingresos y patrimonios a favor del capital y la apertura de nuevos campos de negocio privado mediante el recorte y la privatización de los bienes públicos. Pero todo ello, por muy interesante que haya resultado para las elites y grandes grupos empresariales que se han beneficiado de las políticas de austeridad, no ha resuelto ninguno de los grandes desequilibrios e insuficiencias de las economías del sur de la eurozona ni los graves problemas que sufre la población directamente afectada por el paro y los recortes. La demostración más palpable de ese fracaso es la propia actuación del BCE y de la Comisión Europea, rectificando parcialmente sus políticas anteriores y esforzándose por mantener el actual débil crecimiento económico de la eurozona. El petróleo barato es la muleta que faltaba para asegurar que la economía europea no va a sufrir, a corto plazo, una tercera recesión.  

El abaratamiento del petróleo permite que la depreciación del euro frente al dólar (cerca del 10% en lo que va de año: desde los 1,37 dólares por euro en los primeros días de 2014 a los 1,24 dólares por euro en esta tercera semana de diciembre) favorezca las exportaciones de la eurozona sin que, al mismo tiempo, se vea penalizada por el alza del precio de las importaciones de crudo y sus derivados.   

Ese doble movimiento de notable ahorro en las importaciones de productos energéticos y recorte marginal de las exportaciones a los países productores de petróleo podría suponer un suplemento de crecimiento del PIB de la eurozona de alrededor de medio punto porcentual en los próximos dos años (0,25% cada año). Aporte que podría ser algo mayor en el caso de la economía española, tanto por la mayor dependencia de las importaciones de petróleo como por el menor peso de las exportaciones españolas a los países productores de petróleo que, como consecuencia del recorte en sus ingresos provenientes del petróleo, menguarán sus importaciones. Nada demasiado grave si se constata que el peso de las exportaciones españolas hacia Rusia y los países de la OPEP es bastante marginal, pues apenas supone un 1% del total de las exportaciones españolas.

El suplemento de crecimiento que recibirá la economía española no es desdeñable, pero tampoco decisivo en la tarea de solucionar los graves problemas estructurales que debe solucionar; en todo caso, un goloso aporte que facilitará que el Gobierno del PP tape algunos de los destrozos ocasionados por sus políticas, impulse nuevas iniciativas y siga publicitando la reactivación.

Nuevos riesgos y algunas ideas para afrontarlos 

Los efectos parcialmente positivos del abaratamiento del petróleo mencionados antes deben acompañarse de la valoración de los riesgos que se derivan de la reducción del precio del crudo y que, en algunos casos, son de calado.  

En primer lugar, la necesaria pero renqueante transición hacia las energías renovables va a sufrir en Europa nuevos retrasos. Guiadas por el mecanismo de los precios relativos y con mercados insensibles a los costes externos que provoca el consumo de combustibles fósiles, las grandes compañías petrolíferas van a proteger sus intereses reduciendo sus inversiones en energías renovables (además de en la prospección y extracción de gas y petróleo no convencionales). Y, una vez más, se verán afectadas las negociaciones internacionales para impedir que los insensibles mecanismos del mercado prevalezcan sobre las razones científicas y políticas que aconsejan combatir el cambio climático mediante la reducción del consumo de energías fósiles y el impulso global de las energías renovables.

Sería una buena idea que las fuerzas progresistas y de izquierdas ofrecieran propuestas que impidieran que el abaratamiento del petróleo propiciara un aumento del consumo de energías fósiles, nuevos incentivos para el despilfarro energético o mayores beneficios para las grandes compañías petrolíferas. Con esos objetivos habría que arbitrar medidas para que el Estado concentrara el suplemento de renta obtenido gracias al abaratamiento del petróleo y lo destinara a incrementar la protección social de los sectores sociales en riesgo de exclusión, la promoción de las energías renovables y el impulso de la inversión pública y privada orientada a modernizar estructuras y especializaciones productivas y la consiguiente creación de empleos decentes.        

En segundo lugar, el reparto de rentas a favor de los países importadores y en contra de los países exportadores de petróleo afecta a múltiples aspectos, tanto en su impacto en los países exportadores como en los importadores. Los primeros, sufrirán una reducción significativa de sus ingresos que provocará en la mayoría un aumento de la inestabilidad y la tensión internas, mayor vulnerabilidad y nuevos riesgos geopolíticos. En el otro lado, los países importadores aumentarán su renta debido al abaratamiento de sus importaciones de petróleo y ese aumento podría repercutir en un nuevo impulso de las desigualdades socioeconómicas, pero también podría utilizarse para favorecer la cohesión económica, social y territorial. Que el incremento de rentas derivado de la reducción de la factura energética impulse la desigualdad o la cohesión social depende de múltiples factores, entre los que cabe mencionar los siguientes: el funcionamiento del mercado de trabajo y los efectos que en ese funcionamiento hayan tenido las reformas desreguladoras que se han llevado a cabo en los últimos años; la capacidad de presión y negociación de patronal y sindicatos; la presión que ejerzan sobre los salarios y las condiciones de trabajo ese ejército de reserva integrado por millones de personas que buscan empleo desesperadamente.

Ninguno de esos factores permite ser demasiado optimista sobre una distribución equitativa de los nuevos ingresos entre las rentas del capital y del trabajo. Las reformas del mercado laboral y su desregulación han estado explícitamente encaminadas a abaratar los costes laborales y debilitar la negociación colectiva y la capacidad de acción y respuesta de los sindicatos de clase. La crisis económica y la estrategia conservadora de salida de la crisis basada en la austeridad y la devaluación salarial han debilitado la capacidad de presión y negociación de la parte obrera. Y el paro masivo es el mejor aliado de las empresas en la tarea de  disciplinar a sus plantillas con el objetivo de hacer que acepten recortes de salarios y derechos.

Por eso es tan importante que la búsqueda de mayores dosis de justicia y racionalidad en la distribución de ese suplemento de renta que supone el abaratamiento de las importaciones energéticas traspase los estrechos límites en los que hoy está situada la negociación colectiva y el diálogo entre Gobierno y agentes sociales. Ese conflicto hay que colocarlo en el centro del campo de la controversia política y de confrontación entre la estrategia conservadora de salida de la crisis basada en la austeridad y los recortes y las propuestas progresistas que pretenden el apoyo activo de la mayoría social para promover empleos decentes, mayor protección social y más y mejores bienes públicos.  

Y en tercer lugar, el petróleo barato aumenta el riesgo de deflación. Los procesos de desinflación que experimenta la eurozona (con una tasa de crecimiento del nivel general de precios del 0,3%, muy lejos del objetivo del 2%) y de inflación negativa que padece la economía española (la tasa anual en noviembre fue del -0,4%) tenderán a intensificarse, por mucho que el importante peso de la fiscalidad que grava a los carburantes suponga un freno para las tensiones deflacionistas. Que la inflación se reduzca aún más implica un importante riesgo de alza de las tasas de interés reales, especialmente en los países de la eurozona como España en los que la inflación es negativa desde hace cinco meses. En tal situación, el BCE se verá abocado a reforzar sus políticas de expansión monetaria encaminadas a impedir que las tasas negativas de inflación se prolonguen en el tiempo. Y todo parece indicar que el consiguiente incremento de la base monetaria en lugar de destinarse a financiar la economía real va a alimentar nuevos fenómenos de especulación financiera y el alza de las cotizaciones bursátiles.

Resulta necesario intensificar la presión sobre el poder político para que actúe y frene la propensión al riesgo de los mercados financieros, en lugar de favorecer el negocio que acompaña a una especulación orientada a inflar nuevas burbujas que mientras crecen proporcionan una enorme rentabilidad a los especuladores, pero que al estallar expanden la desolación al conjunto de la sociedad y obligan a que el Estado se haga cargo de los costes y destrozos ocasionados. No debería ser tiempo para inflar nuevas burbujas financieras, pero en esa situación estamos de nuevo. En esa situación nos sitúan la irresponsabilidad de las instituciones europeas y los intereses del capital financiero y del bloque de poder que conforman en Europa unas fuerzas conservadoras y social-liberales que se han quedado sin ideas y sin propuestas para salir del marasmo en el que han metido a las economías del sur de la eurozona y al propio proyecto de construcción de la unidad europea.       

Petróleo barato: cierto alivio, nuevos riesgos