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viernes. 12.08.2022

Retorno a la Casa Blanca

NUEVATRIBUNA.ES - 14.10.2009...A pesar de la guerra hispano-norteamericana que dio pie al desastre del 98 y a pesar de la avaricia de la doctrina Monroe sobre ese territorio al que Fernando Quiñones definió como la América morena, los terratenientes del patriotismo español siempre han mostrado una inexplicable actitud genuflexa ante el Tío Sam: “¿Cómo a ti, la gaditana/más airosa y más juncal,/te dicen: "Rota Oriental.
NUEVATRIBUNA.ES - 14.10.2009

...A pesar de la guerra hispano-norteamericana que dio pie al desastre del 98 y a pesar de la avaricia de la doctrina Monroe sobre ese territorio al que Fernando Quiñones definió como la América morena, los terratenientes del patriotismo español siempre han mostrado una inexplicable actitud genuflexa ante el Tío Sam: “¿Cómo a ti, la gaditana/
más airosa y más juncal,/te dicen: "Rota Oriental./Spain" ... norteamericana?/¡Ay poeta, qué dolor!/Hasta mi nombre querido/quien se aclama el Salvador/de España me lo ha vendido”, escribía Rafael Alberti tras los acuerdos de 1953 que acababan con el aislamiento internacional de la dictadura de Franco y propiciaron una secuencia de tratados que llegan hasta hoy y que hipotecaron a favor de los intereses estadounidenses la geografía y la estrategia española, con El Pardo como eterno vigía de Occidente durante la guerra fría.

Más allá de las bases, que fueron limitando su número y su potencial bélico con la célebre desaparición de los Polaris en el umbral de los 80, España y Estados Unidos siguen cabalgando junto en numerosos escenarios mundiales. Sobre todo, tras la controvertida incorporación de nuestro país a la OTAN, durante los gobiernos sucesivos de Leopoldo Calvo Sotelo, con la UCD, y de Felipe González, con el PSOE.

Aunque bases como la de Rota o la de Morón han servido en las últimas décadas como plataformas de primer orden para las actividades de la US Air Force y de la VI Flota en el norte de Africa y en diversos enclaves del Mediterráneo, España ha recobrado buena parte del control de las mismas e incluso ha asumido la tutela del operativo de comunicaciones de la Alianza Atlántica en la Península Ibérica, desplazando en su día al Comgibmed de Gibraltar que sigue tutelado, como el resto de la colonia británica, por el Gobierno del Reino Unido.

Hoy por hoy y en el contexto mundial, son muchas voces las que enuncian ya la aparente inutilidad de estas estructuras militares a la antigua, frente a una guerra nada convencional como la que plantea actualmente Al Qaeda por vía del terrorismo y de la guerrilla. Sin embargo, casi ningún partido político a escala española o a escala europea se atreve a poner en cuestión este modelo: aunque no falten informes antimilitaristas que llegan a plantear incluso su reconversión en parques temáticos o a pesar de que, año tras año, una persistente marcha izquierdista se concentre ante las puertas de Rota.

Cuando José Luis Rodríguez Zapatero, como líder de la oposición, permaneció sentado ante el paso de la bandera de las barras y estrellas durante el desfile del 12 de octubre de 2003, no estaba negando su aplauso al pueblo neoyorquino que había sido masacrado un 11 de septiembre de 2001, sino a la administración que había decidido la invasión de Irak sin un mandato expreso de Naciones Unidas y por capricho de un Georges Bush paranoico, a la busca de armas de destrucción masiva.

El Ministerio de Defensa español, durante el último mandato de José María Aznar, había incluido entonces, en dicha parada militar, un homenaje a la coalición que controla Irak. Así que entre la agrupación de tropas terrestres que desfilaron por el Paseo de la Castellana, figuraron militares de Estados Unidos participaran exhibiendo la bandera de su país y la de los marines. Junto a ellos, marcaban el paso soldados con la enseña de Polonia -que dirige la división multinacional en que participaba vergonzosamente España en contra de los deseos de su propio pueblo- y de los que actúan bajo las órdenes de España en la brigada Plus Ultra en Irak: Honduras, El Salvador, Nicaragua y República Dominicana.
«Son los países que colaboran con España en tierras iraquíes», se dijo por megafonía, mientras el secretario general del Partido Popular, Mariano Rajoy, el portavoz parlamentario del mismo partido, Luis de Grandes, y la esposa del presidente del Gobierno, Ana Botella, aplaudían a rabiar. En su descargo, Rodríguez Zapatero mantiene que, mientras no exista mandato de la Organización de Naciones Unidas (ONU), las tropas españolas no deben permanecer en Irak.

Pero había más: los socialistas tenían claro, en aquel momento, que la deriva diplomática del Gobierno de José María Aznar nos había hecho cambiar precipitadamente de bando y que en vez de insistir en un fortalecimiento de la unidad europea en materia de Defensa y Exteriores, España había cruzado el charco para poner los pies encima de la mesa del mundo junto al inquilino de la Casa Blanca.

¿Es que nadie parece recordar el escalofrío y las manifestaciones que recorrían entonces la espina dorsal de nuestro país? Ana de Palacio como ministra de Asuntos Exteriores podía despertar a las tantas del gallo al secretario de Estado Colin Powell para ponerle sobre aviso de la invasión de El Perejil por la Gendarmería Marroquí. Y, en gran medida, el primo estadounidense del Zumosol nos sirvió para poner fin a aquel episodio bélico tan propio de los chistes de Gila. Pero, ¿a qué precio?

Cuando Rodríguez Zapatero entró en La Moncloa en 2004, una de sus primeras decisiones fue la de cumplir la promesa electoral de retirar a las tropas españolas de Irak. Y lo hizo de prisa y corriendo, si, como elefante en la cacharrería y con gran enfado del todopoderoso ex gobernador de Texas y del embajador estadounidense en Madrid. Pero, ¿alguien duda acaso que si hubiera propuesto una retirada a más largo plazo no le hubieran llovido presiones para que no la llevase a cabo? La mayor parte de los países que participaron en aquella escabechina ilegal siguen empantanados en el polvorín iraquí.

Es cierto que la diplomacia no es el fuerte de Zapatero y que, en esa larga travesía del desierto con Georges Bush de morros, tanto él como el equipo de Moratinos han tenido que echarle imaginación al asunto y centrarse en la pintoresca Europa donde el PSOE es el único púgil socialista que sigue en pie o en la política de cooperación con Africa, precipitada por tantas primeras planas llenas de cayucos. El enunciado de la Alianza de Civilizaciones provocó hilaridad entre el club de fans de Samuel Hunttington y del choque entre las diferentes concepciones actuales del mundo. Todavía se estarán escuchando las carcajadas en la sede de la FAES pero aquel proyecto, más simbólico que de otro calibre, terminó siendo asumido por Naciones Unidas aunque a la propia Moncloa se le siga olvidando nombrar sustituto para Máximo Cajal al frente de un proyecto tan ambicioso.

Ese discurso ha sido asumido por Barack Obama en alguna de sus intervenciones públicas más sonadas, desde Praga a El Cairo. Y no en balde la controvertida figura de ZP fue la única referencia a políticos ajenos a los mentideros norteamericanos durante la última campaña electoral en Estados Unidos.

Es verdad que la última foto para la que ambos posaron esta semana nos costará carita, más allá del compromiso de aceptar unos cuantos presos de Guantánamo para que los gringos cierren de una vez por toda su particular GULAG en la isla de Cuba: el prometido refuerzo de guardias civiles en Afganistán no es ninguna tontería y ni siquiera consuela el distingo que el PSOE formula respecto a dicho conflicto, que contó en su día con el beneplácito de la ONU aunque fuera mirando para otro sitio y con la nariz tapada, para permitirle a Washington su propia vendetta del 11-S en el supuesto refugio de Bin Laden. Todos los indicios apuntan a que tanto los actuales ideólogos de la política exterior norteamericana como nuestros propios agentes del CNI, si es que queda alguno después de las últimas dimisiones y ceses, estarán ahora de acuerdo a que hay que irse pitando de dicho teatro de operaciones. ¿Qué pinta allí la OTAN de hoy, junto con un gobierno corrupto, unos aliados chíies que a veces se comportan con las mujeres peor que lo hicieran los talibanes, con Bin Laden en paradero desconocido y con el vecino Pakistán rearmándose hasta los dientes?

Ahora, al progrerío hispano ya no le avergüenza decir que le entusiasma Bruce Springteen y habrá incluso quien le de por hacerse de la Asociación del Rifle y sustituirá el poster del Gernika por uno de Charlton Heson. También es probable que ZP jamás vuelva a romper filas para marcar un paso contrario al del todopoderoso sheriff que sigue controlando ese nuevo orden mundial, que ya no es tan nuevo. Tanto él como la actual ministra de Defensa, Carme Chacón, han perdido una baza fundamental en cualquier estrategia: la del factor sorpresa. No se atreverán, por lo tanto, a moverse de la foto como hiciera hace cinco años. Pero esperemos que la derecha que venga, más tarde que temprano, representante eterna de ese rancio monopolio del viejo patriotismo hispano, tampoco vuelva a hacerse aquellas fotos de francachela con los bisnietos de quienes, un siglo atrás, nos dieron aquel sonado mangazo a las últimas colonias de nuestro apolillado imperio.

Juan José Téllez es escritor y periodista, colaborador en distintos medios de comunicación (prensa, radio y televisión). Fundador de varias revistas y colectivos contraculturales, ha recibido distintos premios periodísticos y literarios. Fue director del diario Europa Sur y en la actualidad ejerce como periodista independiente para varios medios. En paralelo, prosigue su carrera literaria como poeta, narrador y ensayista, al tiempo que ha firmado los libretos de varios espectáculos musicales relacionados en mayor o menor medida con el flamenco y la música étnica. También ha firmado guiones para numerosos documentales.

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