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domingo. 07.08.2022

Elecciones

Estas Elecciones, muy posiblemente, serán el final de una inercia y la base de cambios de más largo alcance...

Ya están aquí las Elecciones. Que me perdonen los apocalípticos y populistas de ambas orillas, pero a mí me gustan los procesos electorales: soy un firme defensor de la democracia representativa –aunque no excluya modelos de democracia participativa - y aunque me moleste la rutinaria afirmación de políticos y periodistas aburridos, también creo en eso de la “fiesta de la democracia”. Pero entiendo que las Europeas no son lo más emocionante que podemos imaginar: en las quebradiza cotidianeidad hay demasiada amargura como para que los ecos europeos conmuevan como antaño. Si antes Europa fue la promesa, hoy es desconcierto y la convicción de que los órganos comunitarios sólo saben hablar el lenguaje del neoliberalismo insolidario. Cuando constatamos esta deriva, que ahoga el prestigioso pluralismo de antaño, reconocemos que sólo con cambios en las mayorías políticas los asuntos se abordarán con otras trazas. Y sabemos que serán cambios, ahora, en el Parlamento Europeo y, luego, en los Parlamentos y Gobiernos de los Estados. Para largo me lo fiais, dirá alguno. Y tendrá razón. ¿Pero hay otra alternativa? Quizá la perspectiva se vuelva algo más optimista si imaginamos que no será preciso que el cambio pase por mayorías matemáticas: quizá sólo sean precisas minorías alternativas y progresistas que avisen a los poderes más enquistados que su control no es tan absoluto, que estas Elecciones son un sismógrafo de futuros movimientos en la política europea. Que les digan que, jugando con fuego, van a empezar a quemarse.

Hay emoción, pues. Contenida pero suficiente como para que apreciemos que estas Elecciones traen novedades. La principal es la alteración esencial del modelo bipartidista. No es que el bipartidismo, siempre, sea malo: lo que es malo es haber llegado a un bipartidismo aposentado en las trampas y egoísmo de los grandes y en su manía por disfrazar de enfrentamiento las múltiples coincidencias en la forma de concebir la política. Pero llegar a entender eso va a empujar por los bordes del sistema a millones de electores. Así, el primer factor dicotómico no será PP/PSOE sino votantes/abstencionistas. Y pueden ganar los abstencionistas. Eso va a suponer un refuerzo para las políticas más reaccionarias, pues expresará, con su espeso silencio, una apuesta por valores muy conservadores, los de quienes quieren salir de la crisis, pero manteniendo la misma pasividad, los mismos privilegios, el mismo consumismo suicida que condujo a ella. A los que así piensan y sienten les viene de perlas decir que todos son iguales, no votar para poder seguir anclados en la queja ciega y cómplice: el ataque general a la política y a los políticos es el mejor mensaje para los mercados y los mercaderes.

Pero el segundo factor de polarización tampoco será PP/PSOE, sino entre quienes no conciben otro voto que no sea para uno de los dos grandes y aquellos que apuestan por romper el bipartidismo, desde el convencimiento fundado de que esos dos partidos han sido responsables de habernos sumido en la crisis y de haberse quedado con las esperanzas. Ello no significa que, necesariamente, pensemos que PSOE y PP son iguales. Yo no lo creo, pero sí creo que el PSOE sigue siendo incapaz de convencer a sus electores potenciales de que A) tiene alternativas que vayan más allá de contraponerse verbalmente al PP, y B) que si llegan al Gobierno no repetirán su misma política económica y social conservadora. No es una cuestión de fe ni de venganza: es la constatación de una deriva histórica y de un comportamiento general de la socialdemocracia europea que merece de mejores análisis y de mucho valor moral para ser cambiado. Y, mientras, el PP se limita a la contención, al disfraz pertinaz de sus miserias, a ser el brazo ejecutor de la clase poderosa en este episodio de la lucha de clases. No es extraño, pues, que parte del electorado anteriormente “bipartidista” esté esta vez dispuesto a probar otras alternativas. Que voceros del PP y del PSOE –en curiosa unanimidad- les acusen de tirar el voto o prediquen el sufragio útil, sólo conseguirá reforzar la tendencia: una de las cosas que los ciudadanos ya no toleran a los dos grandes es el desprecio, la soberbia, el uso de anteojeras que les impiden ver más allá de sus argumentarios prefabricados. He aquí, pues, la paradoja clave en estas Elecciones: PP y PSOE serán los que más escaños consigan, pero sus resultados les van a preocupar mucho y su sabor será amargo, por más que lo maquillen con la sacarina de las sonrisas de cartón en la noche electoral. Sabrán que las campanas están doblando por la única forma que han conocido de hacer política. Y eso les da mucho miedo.

Pero aún hay otra contradicción: la que se establece entre las fuerzas distintas de los grandes. Dejando de lado –aunque serán de gran interés- los resultados de nacionalistas, la noticia es la emergencia de formaciones a la derecha y a la izquierda que pueden tener resultados importantes, sobre todo como banderines de enganche para futuros comicios: estas Elecciones pueden ser el bautizo de autenticidad de algunos. La cosa es más significativa en la izquierda e incide en un fenómeno de alcance europeo: la hemorragia de la socialdemocracia está alimentando formaciones de radicalidad democrática, anticapitalistas y verdes que, poco a poco, van conformando un bloque digno de ser tenido muy en cuenta, sobre todo si es capaz de imaginarse a sí mismo desde la pluralidad y no desde la atomización y converger en torno a proyectos comunes compartidos con movimientos sociales como los sindicatos o grupos ecologistas.

¿Debemos esperar un tsunami? No. Pero estas Elecciones, muy posiblemente, serán el final de una inercia y la base de cambios de más largo alcance. Esto no va a ser una Revolución, pero a algunos les va a quitar el sueño. El asunto, entonces, es cuántos quieren participar como protagonistas y cuántos prefieren refugiarse en el miedo al cambio y en las sombras de la indolencia.

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