domingo 12.07.2020

Interseccionalidad y feminismos

Estos dos conceptos, identidad e interseccionalidad, han recobrado relevancia en el pensamiento social y, en particular, para la teoría feminista. Hacen referencia a algunas características de los grupos sociales, su reconocimiento y su relación, que conforman su actitud sociopolítica en un contexto de grandes transformaciones sociales. Por separado pero, sobre todo, juntos, ayudan a explicar la formación de nuevos actores (o sujetos), individuales y colectivos, y sus procesos participativos y colaborativos en el marco del cambio sociocultural y político. Conllevan una experiencia relacional diversa que se combina con lo común de la interacción humana, al mismo tiempo que con su pluralidad.

Procesos identitarios

Dos libros recientes considero de especial interés para estudiar estos dos temas, identidades, en particular las feministas, e interseccionalidad, así como su relación. Su breve comentario es el punto de partida de este texto.

El primero se titula Identidades en proceso: Una propuesta a partir del análisis de las movilizaciones feministas contemporáneas (CIS) de María Martínez, profesora de sociología de la UNED. Es una excelente monografía, publicada por el Centro de Investigaciones Sociológicas, derivada de una amplia investigación sociológica cualitativa que aborda interesantes cuestiones sobre la experiencia (relacional) del movimiento feminista en España desde los años setenta. En particular, llama a superar los esencialismos y el construccionismo discursivo. Profundiza en la problemática de su identidad colectiva a través de una ‘procesualidad radical’, basada en la interacción social y la participación democrática, valorando críticamente distintas teorías feministas y sobre los movimientos sociales.

Con la crisis socioeconómica, especialmente, ya no se pueden separar las demandas clásicas de la izquierda de reclamaciones, por ejemplo feministas, que ya no son solo culturales: contra la violencia machista y por la libertad sexual, contra la precariedad laboral femenina y las brechas de género…

Es una buena base para abordar el análisis de los cambios significativos de los últimos años, en un nuevo contexto sociopolítico, que modifican parcialmente la dinámica fragmentaria anterior y que he valorado en otra parte (ver Activación feminista). Las movilizaciones feministas han adquirido una masiva expresión pública, con un mayor impacto en la formación y el carácter de una corriente social feminista más amplia que la activista, en la que se centra el libro. No obstante, hay que profundizar en el sentido y el alcance transformador de la nueva ola feminista, no solo de su dinámica procesual. Hay que valorar su consistencia identificadora y su capacidad expresiva en torno a unos ejes sustantivos (contra la violencia machista y las brechas de género…), que han polarizado recientemente su acción. Se trata de avanzar en un hilo conductor: interpretar al sujeto (social) colectivo del feminismo y sus perspectivas, según el contexto.

Se produce un positivo desplazamiento del enfoque. Se trata de partir del estatus desigual y desventajoso de las mujeres pero sin quedarse rígidamente en la identidad mujer(es), solo desde sus variables sociodemográficas, particularmente el sexo; ni tampoco solo por su posición de subordinación en la estructura social (patriarcal) derivada de la imposición a la función reproductiva. El paso siguiente, que es el que da el carácter feminista, es la práctica emancipadora, igualitaria y solidaria frente a esa desigualdad y discriminación injusta de las mujeres. Evidentemente, porque se desarrolla una activación cívica (personal y grupal), con la actitud ética de un proyecto antidiscriminatorio o liberador. Así, se diferencia entre el concepto mujeres (biológico, estructural o cultural) y el concepto feminismos (relacional, procesual, sociopolítico y cultural), vinculado a una experiencia mediadora emancipadora-igualitaria y solidaria.

Los sujetos y sus identidades se conformarían a través de la articulación de experiencias diversas. Son procesos en formación de características socioculturales identificadoras, en las que entran los comportamientos igualitarios-emancipadores y la dinámica relacional, con un sentido colectivo específico que permite la identificación propia y la diferenciación y/o complementariedad con otras (ver Identificaciones feministas). Los llamados nuevos (y los viejos) movimientos sociales progresivos tienen, además, un componente democrático-participativo y otro crítico frente a las estructuras de poder y privilegios.

Ahora bien, más allá de una posible visión de un continuum como ritmo gradual de experiencias con un peso relativo similar y permanente, habría que valorar las distintas fases de materialización y sedimentación de esos rasgos culturales y prácticas sociales. O, si se quiere, poner el acento no solo en el ‘proceso’ (o su radicalización como categoría analítica) de la conformación (o construcción) de una identificación inacabada sino, sobre todo, en su ‘sentido’. Esa pertenencia colectiva, aunque sea provisional y en cambio, puede tener suficiente estabilidad o equilibrio inestable para que sea factor de identificación, es decir, facilitar suficiente reconocimiento colectivo y cohesión del grupo en cada etapa de desarrollo y frente a las dinámicas disgregadoras o de dilución identificadora. Es la experiencia del movimiento feminista en España y la realidad sociológica de sentirse feminista.

Interseccionalidad como interacción de identidades

El segundo libro se titula Interseccionalidad (Morata) de Patricia Hill Collins y Sirma Bilge, catedráticas de sociología de las Universidades de Maryland (EE. UU.) y Montreal (Canadá), respectivamente. En él explican el concepto de interseccionalidad, su significado como investigación y praxis, relacionada con la protesta social, el neoliberalismo y la educación crítica, así como su historia, su difusión global y su actualidad. En particular, trata sobre el tema objeto de esta reflexión, la vinculación entre identidad e interseccionalidad. A través de este concepto, las autoras explican el origen y la interrelación de las desigualdades sociales de raza, clase, género, sexualidad, edad, capacidad y etnia. Aunque el análisis se realiza, especialmente, sobre la realidad estadounidense y con la segmentación propia de categorías analíticas, habitual en la sociología anglosajona. La investigación tiene una gran base empírica y permite afrontar la multidimensionalidad de las relaciones sociales de desigualdad y profundizar en su diversidad interna y sus puntos comunes de intersección y de conjunto.

En realidad, la necesidad de la interseccionalidad, iniciada en el proceso de lucha por los derechos civiles en EE. UU. en los años sesenta y setenta, resurge a partir de la experiencia y la reflexión de las mujeres trabajadoras afroamericanas (y, en menor medida, latinas), que viven directa y unitariamente las divididas categorías de sexo, clase y raza, insatisfechas con esa separación analítica y práctica y, sobre todo, de las dificultades emancipadoras de la división movimientos (identidades y sujetos) segmentados, y que demandan una dinámica y una teoría integradora, multidimensional e igualitaria. Es también la superación de la fragmentación multicultural y una apuesta más cercana a la interculturalidad o un mestizaje pluralista.

Estamos manejando conceptos complejos, con interpretaciones variadas. Me refiero, brevemente, al significado que tienen aquí. Las identidades expresan, fundamentalmente, una relación social: el reconocimiento de unos rasgos y vínculos socioculturales y su interacción. Como tales no son (socialmente) positivas o negativas, ni (éticamente) buenas o malas. Son una realidad humana, ambivalente, cuyo carácter depende del papel sociopolítico de un grupo social respecto de las realidades de desigualdad o discriminación, así como del sentido ético y cultural de su comportamiento y su actitud con los demás grupos sociales: opresivo/emancipador, autoritativo/democrático, segregador/igualitario, excluyente/inclusivo, conflictivo/complementario…. Incluso su carácter más fuerte o más débil y su integración en un conjunto multidimensional y variable también se debe valorar por esa función concreta en su contexto específico, aunque sea de carácter estructural e histórico. Una gran firmeza democrática, cívica e identitaria también es necesaria para la confrontación con los fuertes núcleos de poder que imponen la subordinación de variados grupos sociales.

Intersección tiene, al menos, dos acepciones: lo común de las partes que interaccionan y el conjunto (no simple suma) de las mismas. Hay tres planos de la diversidad (o la unidad): la interior de cada grupo social o identidad singular; la derivada de las distintas combinaciones puntuales de grupos e identidades específicas o identidad múltiple; la del conjunto de actores que tienden a formar un solo conglomerado unitario, con una sobre-identificación añadida, más o menos superficial, integradora y/o superadora de las parciales y, en consecuencia, con unos efectos unificadores respetando la diversidad y la pluralidad.

Frente a visiones rígidas y estáticas, está clara la necesidad de una visión dinámica e interactiva. También he mencionado la conveniencia de superar una simple visión procedimental o solo como proceso. Se debe integrar el sentido cualitativo y la orientación de esa dinámica por su significado respecto de la realidad de origen y del carácter del proyecto o aspiraciones a conseguir. En todo caso, utilizo expresiones como formación, configuración, conformación de las identidades, mejor que ‘construcción’ más controvertido en distintas teorías idealistas por su asociación a un plan de una élite (arquitecto) y el voluntarismo de una base constructora que comienza desde cero con nuevos materiales. También utilizaré las palabras identificaciones, pertenencias colectivas o procesos identificadores, conceptos más suaves que identidades y más adecuados a la actual fluidez y provisionalidad combinatoria de las experiencias actuales de participación cívica.  

Por otro lado, hay que resaltar otro aspecto teórico. La identificación, la diferenciación y la articulación entre las partes (lo particular) y el conjunto (lo general), entre lo específico y lo universal, entre lo singular y lo colectivo, son aspectos que han tratado las ciencias sociales, desde la tradición clásica, aunque ahora se utilicen otras expresiones. Esas dicotomías se vuelven a reproducir y adecuar ante tres transformaciones de fondo: La crisis de la modernidad tardía con sus grandes ideologías (liberalismo, socialismo, nacionalismo…) y sujetos (ciudadanía, nación, clase obrera…), en el contexto de una globalización neoliberal; las insuficiencias idealistas del discurso postmoderno, con la fragmentación de sujetos parciales o la ausencia de identificaciones colectivas e incapaz de interpretar las grandes tendencias estructurales y de poder, así como conformar fuerzas sociales relevantes, y la reacción conservadora, regresiva y autoritaria, que pretende recuperar viejos privilegios e identidades reactivas y segregadoras, y que pugna por la hegemonía político-cultural frente al liberalismo y el progresismo de izquierdas. 

La articulación (interseccional) de la acción colectiva e institucional

Para una actitud transformadora vuelve la necesidad de dar respuesta a los interrogantes del cambio sociopolítico y cultural con un enfoque crítico y una articulación unitaria de los actantes y procesos colectivos bajo los criterios clásicos republicanos y de izquierda: libertad, igualdad, solidaridad, democracia, laicidad. Estamos ante un desafío político y estratégico para definir quiénes, qué contenido y cómo se articula la acción colectiva e institucional, así como con la necesidad de avanzar en una teoría crítica, realista y explicativa de los retos presentes y futuros, que sirva para la transformación democrática-igualitaria.

En el caso de la identidad, de matriz hegeliana, con su contenido prevalente de reconocimiento, ha servido para analizar el ascenso de los movimientos nacionales en los dos últimos siglos y, ahora, la nueva dinámica de movimientos nacional-populares latinoamericanos y, por otro lado, de populismos europeos de extrema derecha. Ha estado ligado, sobre todo, a la definición de los rasgos de pertenencia nacional, al sujeto nación. De ahí saltó a la identidad de clase, ahora más desdibujada en su sentido fuerte pero latente, al sujeto movimiento obrero o de la clase trabajadora. Y, especialmente, desde los años sesenta y setenta, con el desarrollo y la diversificación de los llamados nuevos movimientos sociales (feminista, ecologista, pacifista, antirracistas o étnicos, colectivos LGTBIQ, de solidaridad…), a la interpretación de la singularidad de esos nuevos actores o sujetos sociopolíticos y culturales.

Estos nuevos procesos de identificación, nacionales, populares y ciudadanos, se iniciaron, precisamente, como activación y cohesión cívica para el cambio político, social y cultural en combinación y confrontación con los viejos componentes identitarios conservadores y de poder del Antiguo Régimen, incapaces de legitimar el nuevo orden socioeconómico y estatal: tradicionalismo -incluido el patriarcal-, religión y Monarquía absoluta.

En sus orígenes en EE. UU. y Europa, en los años sesenta y setenta, ya se expresaron los llamados nuevos movimiento sociales, mal llamados culturales o de clase media, por su diferenciación con los viejos movimientos de clase trabajadora. Se acuñó el término progresista interpretado con un contenido, fundamentalmente, cultural desligado de lo socioeconómico, es decir, de las condiciones materiales y estructurales de clase trabajadora, sobre todo, de mujeres precarizadas y compuesta también de población afroamericana y latina. Era la nueva izquierda progresista confrontada con la vieja izquierda de clase (eurocomunista o socialista). No es de extrañar que para superar esa separación rígida de procesos identitarios de clase, raza y género, así como su articulación político electoral, se buscase una dinámica común de las tres facetas (y otras). Es la experiencia de las campañas por los derechos civiles, los procesos democratizadores y las tendencias hacia la interseccionalidad.

En España hemos asistido a una experiencia similar, donde se han producido grandes movilizaciones populares progresivas (o interseccionales) que han englobado muchas demandas y activismos parciales y sus componentes compartidos. Dejando aparte los movimientos nacionalistas y, ahora, el reaccionarismo conservador, me refiero a dinámicas e identificaciones de progreso y de izquierda que aglutinaban a sectores sociales y reivindicaciones de derechos más allá de las específicas de cada grupo o movimiento social: el movimiento antifranquista por la democracia (1970/77), la movilización contra el ingreso en la OTAN y por la paz (1982/85), la dinámica hacia la gran huelga general de 1988 contra la precariedad laboral y el giro social, las manifestaciones contra la participación del Estado español en la guerra de Irak (2003), el proceso de protesta social de indignación (15 M, mareas, huelgas y similares) (2010/13), por la democracia y la justicia social. En fin, la amplia movilización feminista generada estos últimos años contra la violencia machista y la discriminación de las mujeres y por la igualdad.

También cabe citar dinámicas integradoras o interseccionales entre diversos movimientos sociales y sus temáticas. Por ejemplo, en el sindicalismo se han configurado las secretarias de la mujer (o de igualdad) para afrontar las situaciones discriminatorias de todo tipo, no solo laborales, de las mujeres; en el feminismo ha cobrado más relevancia la pugna contra la precariedad laboral y la marginación de las mujeres trabajadoras, así como en los derechos a la protección pública de la vida reproductiva, a los cuidados y su reparto igualitario; se ha ido conformando el ecofeminismo para abordar el impacto de las condiciones medioambientales en las mujeres, especialmente, las vulnerables a nivel mundial; los colectivos LGTBIQ, coaligados con el feminismo (al decir de Judith Butler), comparten objetivos por el respeto a la diversidad sexual y de género; así mismo, existen colectivos de mujeres inmigrantes en defensa de los derechos humanos desde su especificidad y colaborando con asociaciones solidarias y antirracistas.

Son procesos democratizadores, igualitarios, críticos frente a los poderosos y con una orientación de progreso. Pero esta experiencia, ya nos indica la superación de la rígida separación entre los componentes culturales, la redistribución y la firmeza democrática y participativa frente al poder establecido. Con la crisis socioeconómica, especialmente, ya no se pueden separar las demandas clásicas de la izquierda (igualdad social, derechos sociolaborales, protección pública, servicios públicos de calidad, empleo decente, regulación y renovación de la economía y del aparato productivo) de reclamaciones, por ejemplo feministas, que ya no son solo culturales sino que tienen impacto evidente con las estructuras sociales y los comportamientos colectivos: contra la violencia machista y por la libertad sexual, contra la precariedad laboral femenina y las brechas de género…

Interseccionalidad y feminismos