sábado 28/11/20

Juego de trileros

Queriendo asfixiar al oponente, solo han conseguido dejar sin aire a la ciudadanía. Creyendo ser jugadores magistrales de ajedrez, solo han demostrado ser trileros

Todo lo que se podía hacer, se hizo mal. La sensación de cansancio y de desasosiego solo se explica porque hemos tenido a los peores políticos en el peor momento. Y no es un problema menor, en ese «todos», el hecho de que el presidente del Gobierno perdiera hace tiempo cualquier credibilidad al hablar de aplicar la ley.

Porque poca credibilidad le queda a quien es sospechoso de haber cobrado sobresueldos, a quien preside un partido imputado, a quien envió mensajes de apoyo a un corrupto, a quien ha puesto la mano en el fuego tantas veces por ladrones y chanchulleros que, de haber sido literal, no le quedaría un dedo sano. A quien el propio Constitucional tumbó una amnistía fiscal que debería haberle dado vergüenza tan solo proponerla. Seguramente, para Rajoy nada de eso le inhabilita para discutir sobre la patria y su destino, pero para muchos es no ya imposible, sino inmoral que hable en nombre de la ley quien se la ha saltado de manera habitual y vergonzosa.

En la otra esquina del cuadrilátero, Puigdemont ha estado amagando durante semanas entre el heroísmo del mártir y la responsabilidad del estadista. Hasta tal punto que ayer sus seguidores tan pronto le aclamaban por héroe como le llamaban botifler. Y nunca las columnas periodísticas caducaron tan rápido. Un President catalán que o sabía que todo en la vida tiene un precio -y que para conquistar la libertad siempre ha habido que sacrificar cosas tan importantes como la juventud, la familia, la salud o la vida- y estaba dispuesto a pagarlo con el dinero de todos, o es un ingenuo que creía que bastaba con desear mucho mucho la independencia para que ésta fuera posible.

A su sombra medra la figura de Oriol Junqueras, agazapado para ganar unas elecciones autonómicas que sabe inevitables. Un político oportunista que no quiere desgastarse en una contienda que sabe perdida de antemano. Una contienda en la que solo han sido coherente las CUP, con su propuesta de ruptura unilateral y mambo, cayera lo que cayera.

Entre los actores secundarios, el PSOE ha oscilado de nuevo entre dos almas, la del PSC -que no hubiera apoyado el 155 y que siempre ha apostado por diálogo y reforma- y la de las viejas glorias, que en el tema territorial -y en el económico- actúan como sacerdotes vicarios del PP.

Sobre Ciudadanos, el partido de Rivera primero pidió un 155 solo para convocar elecciones y después ha apretado tanto las clavijas del famoso artículo que se ha situado a la derecha del PP; en una estrategia pirómana que solo busca rascar votos a los conservadores.

Y en el caso de Podemos, ¿qué decir? Ha puesto tanto empeño retórico en defender las formas democráticas -empeño siempre necesario- que se ha olvidado de que su propuesta incluye referéndum pactado y campaña por la permanencia de Cataluña en España. Pero lo peor no es que su voz haya acabado confundiéndose con la de los independentistas en muchas ocasiones; lo peor es que su papel en una de las crisis más importantes de España, ha sido -pese a Ada Colau- casi intrascendente. Y tal vez eso sea lo peor para la opinión pública: la sensación de que eres inútil.

Entre los unos y los otros -pero sobre todo entre quienes más mandan- han conseguido reducir el margen de negociación a un día. A unas pocas horas. Porque si ayer se empezaron a llamar y a punto estuvieron de conseguir un acuerdo, ¿qué no hubieran podido lograr hace un mes o hace dos, cuando no había gente encarcelada ni una DUI encima de la mesa? Queriendo asfixiar al oponente, solo han conseguido dejar sin aire a la ciudadanía. Creyendo ser jugadores magistrales de ajedrez, solo han demostrado ser trileros.

Y en ese estúpido dónde está la pelotita, hemos perdido todos. 

Juego de trileros