sábado. 02.03.2024

“Si es idéntico el bien del individuo y el de la ciudad, parece más importante y más perfecto escoger y defender el de la ciudad; no cabe duda de que el bien es también deseable cuando se refiere a una sola persona, pero es más bello y más divino si guarda relación con un pueblo y con la ciudad”. 
Aristóteles (Ética a Nicómaco)


Encontré hace días un breve relato que expresa con inteligente ironía lo que le sucede a la sociedad que nos ha tocado vivir. Esta es la escena: “¿Papá qué haces, con quién hablas? -No lo sé, aquí hay alguien que creo haber visto antes…, pero no me acuerdo…- Anda, termina de afeitarte que tenemos que ir al médico”. Es un claro ejemplo de que los comportamientos sociales, los hábitos de consumo o la política dibujan un panorama, a veces tierno, a veces irónico y a veces satírico, de la atribulada vida contemporánea en las que todos estamos inmersos. En castellano existe una expresión para referirse a un comportamiento desagradecido o traicionero, cuando a alguien le resulta conveniente olvidarse de algo y, una vez que ha conseguido lo que quería, opta por pasar de la persona o de las promesas realizadas, haciendo ahora como que no la conoce o que no lo prometió. Esa es la imagen de algunos políticos; en momentos de elecciones, se muestran cercanos hasta acariciar y besar a los niños, incluso, a las mascotas; una vez que les hemos votado, se vuelven desagradecidos y olvidadizos; cumplen con aquel refrán tan popular: Si te he visto, no me acuerdo”. Lo dibujaba con gran sentido del humor Iñaki & Frenchy en Nuevatribuna en una de sus últimas viñetas: “¿A qué contenedor va la propaganada electoral?”, pregunta un ciudadano; el barrendero responde: “Al de las promesas electorales”.

En el fondo, es constatar lo que Pilar Urbano describe en su obra “La gran desmemoria”, en un atrevido ejercicio de investigación, con documentos inéditos y testigos para acabar con los mitos y medias verdades que, en la figura del emérito rey Juan Carlos, han desfigurado nuestra reciente historia. Con esta obra la autora intenta discrepar de lo que decía Albert Camus cuando afirmaba que “la verdad tiene dos caras, una de las cuales debe permanecer oculta”, ya que, dice Urbano, el servicio a los ciudadanos es justamente lo contrario: descubrir tramos de la historia que nos venían ocultando y reclamaban luz. Siendo un fiel admirador de Camus, en esta frase apuesto por la reflexión de Pilar Urbano: reclamar luz y transparencia, es decir, “la verdad”. Simplificando, nuestra relación con la memoria oscila entre dos mitos, uno, de Homero y, el otro, de Borges: Homero describe en “La Odisea” al pueblo de los lotófagos que, acostumbrados a ingerir las hojas del loto, todo lo olvidaban. Borges, en “Ficciones”, relata el cuento de Ireneo Funes, el memorioso, que sufría de hipermnesia, el síndrome del sabio, que, al no poder dormir, no tenía la capacidad de olvidar muchas cosas con las que no podríamos vivir si las recordamos a diario. Ambos extremos igualmente dañinos en la vida personal tienen también su reflejo en dos actitudes colectivas, de un lado, la que envía al olvido la resolución de los conflictos presentes y pasados y, del otro, la que sacraliza la memoria histórica como condición inexcusable para la construcción de una sociedad justa y decente. Probablemente hoy sea esta última la más aceptada, y no sin buenos motivos. La pregunta es obvia: ¿no puede suceder que sobrevalorar la memoria puede ocasionar más daños que beneficios? En las sociedades implicadas en procesos de retrospección, -en España es una constante-, el solo hecho de poner en duda la primacía moral del recuerdo sobre el olvido es motivo de sospecha. Se tiende a pensar que, quien propone pasar página para que la vida siga en las rutinas, está guiado por el interés personal por encubrir unos hechos que le perjudican o lo delatan, o, por el contrario, la memoria permanente es porque intenta perpetuar una situación favorable para su ideología o su opción política.

Observando la realidad, hasta resulta infantil creer que la gestión de gobernar pueda o deba desarrollarse con transparencia total, pues gobernar con pragmatismo puede gestionarse con mejor o peor interés o voluntad, con mayor o menor ética y ejemplaridad, pero difícilmente, con total transparencia. En principio, precisar si un gobernante debe actuar ceñido a principios y valores, o buscando la efectiva utilidad de su gestión, es aceptar el eterno dilema de “la política al servicio del bien común o al servicio del poder”; es entrar en el pragmatismo utilitario de las circunstancias que poderosos y conocidos sectores económicos y empresariales reclaman; ambas soluciones -la coherencia ética o el pragmatismo- pugnan entre sí; es la tragedia de la política a la que se enfrentan “los valores y principios éticos el pragmatismo político”, cuyo fundamento filosófico es que el único criterio válido para juzgar el valor o la verdad de cualquier gestión está en medir sus efectos prácticos: “lo cierto, lo que vale es lo que funciona, la utilidad es la que prima”. El pragmatismo, desde la óptica política maquiaveliana, implica dosificar la información, elegir el marco, administrar los tiempos y el auditorio, tener claras las expectativas, ocultar rasgos de la realidad que no me benefician, resaltando y enfatizando los que más conviene a mis intereses.

Remedando a Demóstenes hay que recordarles tanto a Sánchez como a Feijóo que hay acuerdos políticos necesarios que no se ganan con la espada de la confrontación sino con la razón, el diálogo sereno y el sentido de Estado

David Rieff, analista político, periodista y crítico cultural estadounidense, hijo de la escritora Susan Sontang y del sociólogo Philip Rieff, es autor de “Elogio del olvido”, versión ampliada de su controvertida oabra, “Contra la memoria”, en el que analiza las dolorosas consecuencias del pasado histórico hasta convertirlo en obsesión, para concluir que a menudo resulta imposible restablecer una mínima convivencia si no se deja actuar al olvido. “Si el olvido es una injusticia con el pasado, la memoria -sostiene- puede ser una injusticia con el presente”. Su tesis coincide con la de Tzvetan Todorov, de origen búlgaro, crítico y lingüista francés, en su obra “Los abusos de la memoria” o Toni Judt, historiador y escritor británico en su trabajo “'Sobre el olvidado siglo XX”. Todos ellos, lejos de formular una apología de la desmemoria, propusieron mitigar un frenesí recordatorio que en muchos sitios ha conducido a la asfixia y enquistamiento en el rencor y al cultivo de enemistades duraderas sostenidas por el odio. Analizando lo que nos sucede en España, es bueno aceptar lo que estas reflexiones nos advierten: de que los políticos, en su afán de poder, al criticar a los adversarios, en sus discursos apologéticos del recuerdo. vierten una deliberada confusión entre la memoria histórica como tal y el afán de no cerrar las heridas del pasado. El deber de justicia y de reparación actúa entonces de pretexto para mantener un dolor heredado, como si, de no hacerlo, constituyera alguna forma de traición hacia los antepasados, al avivar la memoria histórica, extendiendo en el tiempo los conceptos de víctimas y verdugos; este mecanismo, la mayoría de las veces, no solo deforma la realidad, sino que suministra argumentos para un enfrentamiento permanente. Según Rieff, la cuestión de la fidelidad histórica casi nunca parece tan crucial como la solidaridad colectiva que dicha rememoración puede generar. Aunque el olvido -añade-, puede llegar a ser en ciertos momentos y casos un imperativo moral derivado de la necesidad práctica de anteponer la paz a la justicia, a nadie se le puede imponer y menos, si ese olvido no es tal, sino borrar los hechos y datos que nunca se llegaron a conocer porque se los sometió a una sistemática labor de ocultamiento. Teniendo en cuenta estas ideas, en sus reflexiones finales, David Rieff concluye que una historia que no se fundamenta en la memoria puede ser asimismo una expresión de la falsificación, que inventa hechos pasados en función de sus intereses contemporáneos, atendiendo al hecho de que una historicidad construida no se traduce en que caiga en una adulteración y deformación del pasado. ¿Les dice algo esta conclusión a muchos de nuestros actuales políticos?

Hasta aquí, he hablado de la acción política, pero también hay una responsabilidad política ciudadana. Desde la inquietud política que necesita la responsabilidad de ser ciudadano, resulta imposible contemplar la realidad y permanecer impasible sin capacidad de interpretar los comportamientos políticos desde otra perspectiva que no sea buscar la verdad con mente y actitud objetivas y positivas. Ayudar a definir las estrategias, informar de ellas y analizar los relatos y acciones de los líderes políticos, de las empresas y de las organizaciones que controlan el poder en la sociedad, en sus discursos, en sus relaciones con los medios, en tiempos de cambios y situaciones de crisis o en campaña electoral, es un deber de ayuda y responsabilidad de la ciudadanía en cualquier democracia; la historia se ve distinta cuando activamente uno investiga y se implica en ella que cuando se es simplemente un espectador de la misma. En esta última situación, el ciudadano se convierte en un sujeto pasivo e inoperante para sus propios intereses. “La lógica de la acción colectiva​; bienes públicos y la teoría de grupos” es un libro de investigación del economista y sociólogo Mancur Olson, en el que analiza los comportamientos ciudadanos. En él aborda varios dilemas de acción colectiva y describe cuáles son los principales obstáculos para coordinar grandes grupos de personas, aún cuando estas busquen los mismos objetivos en común; Olson se hace una pregunta que vertebra su pensamiento: si todos los miembros de un grupo de personas tienen un mismo objetivo o interés común, ¿qué les impide alcanzarlo? En su teoría económica pone nombre a las personas que no asumen los costos de la lucha, pero que se benefician de los resultados de la dura acción colectiva; son los freeriders o polizones. En un escenario en el que las personas solo velan por su interés personal la estrategia del polizón siempre será la que más le conviene a él. ¿Por qué asumir los costos cuando esto no es necesario para obtener los beneficios? ¿Acaso no es evidente, -se pregunta-, que, si todos compartimos los mismos intereses, deberíamos trabajar en conjunto para satisfacer nuestros objetivos comunes? ¿No es esta la base para la organización y el esfuerzo colectivo? Pero según el autor, no es tan sencillo; de ahí que aborde varios dilemas de acción colectiva, al definir cuáles son los principales obstáculos para coordinar a grandes grupos de personas, aun cuando estas persigan los mismos objetivos. Lo resume en una frase-pregunta con la que describe la conducta de una mayoría pasiva de la sociedad, la de los “freeriders”, los polizones que así piensan y se expresan: “¿Para qué voy a molestarme y preocuparme si puedo aprovecharme de lo que otros consigan?”.

Mas según Mancur, esta lógica se quiebra cuando “los otros” son minorías políticas muy activas, cuyos intereses son menos cómodos y contrarios a los de las comodonas mayorías de los “polizones”, que siguen funcionando por prejuicios y emocionalmente y no por valores racionales y solidarios. Si todos nos beneficiamos de los bienes que proporciona el Estado, asumiendo o no los costos que ello implica, sería ridículo pensar, por ejemplo, que un ciudadano dejará de beneficiarse y gozar de estos servicios si es que deja de pagar sus impuestos ya que, según piensan los polizones, es imposible excluir a las personas de estos servicios comunes. Así resume Mancur “la paradoja de la acción colectiva”: “Si todos los individuos de un grupo son polizones y piensan de esta forma, entonces es poco probable que la acción colectiva tenga lugar”.

Desde la sensata inteligencia y la honesta empatía, se nos ha dicho que, en política y en la vida, las cosas no siempre son tan evidentes como creemos o como se intentan mostrar

Analizando la realidad de la globalizada sociedad actual, en la que la solidaridad no es su fuerte, qué razón hay que darle al sociólogo Olson y a su “Lógica de la acción colectiva”. Es el fuerte asidero de la mayor parte de los que controlan el poder en la sociedad, tocados la mayoría por “el síndrome de Sansón” y partidarios en su gestión del título de estas reflexiones: “si te he visto, y no me conviene verte, no me acuerdo”. Si hemos llegado a constatar que los resultados que se están produciendo en nuestra democracia, empobrece a la sociedad, reduce los derechos y las esferas de libertad personal y colectiva y aumenta la desigualdad, se impone trabajar para remediarlo y repensar nuestra democracia. Es cierto que la predisposición ciudadana a actuar es muy mejorable si tenemos en cuenta la tesis de Mancur en su “lógica de la acción colectiva”. El camino no es fácil, pero disponemos de muchos más conocimientos, recursos de comunicación y reflexión social y la solidaridad de una gran parte formada e informada de la ciudadanía que abogaría y se comprometería por mejorar la democracia en la que quiere vivir y legarla a sus hijos.

Siendo realista, pero sin compartirlo, la experiencia enseña que “el poder” expresa, casi exige, la capacidad de conseguir que la conducta de los demás se adapte a la voluntad del que lo ejerce; y cuando el poder se ejerce con coerción, incluso dentro del marco de la legalidad, hablamos expresamente de un poder político poco democrático, ya que una paradoja de las actuales democracias representativas, es que hemos dejado de ser iguales ya que unos “pesan e importan” más que otros. Cabe preguntarse, entonces, ¿por qué la gente se somete de forma voluntaria a los mandatos, a veces caprichosos e irracionales de sus líderes?; ¿cuáles son las razones psicológicas y sociales para que se produzca esa disposición a la obediencia sin crítica?, ¿cómo se difunden los mitos, las fakenews, los rumores siguiendo el argumentario de los partidos…?; ¿por qué los ciudadanos aceptan unos líderes y rechazan otros y cuáles las razones por las que los ciudadanos son seducidos y se movilizan obedeciendo al poder?; ¿cómo manejan los políticos aquellas órdenes que se difunden contra toda lógica, hasta pervertir ese dicho de “ver para creer” por “creer para ver”, es deciresa actitud en la que uno no ve las propias contradicciones pero sí las del contrario?; ¿qué sentido tiene para los ciudadanos sensatos votar a quienes, sine die, utilizan la confrontación en lugar del diálogo? 

Desde la sensata inteligencia y la honesta empatía, se nos ha dicho, y muchos lo hemos aprendido que, en política y en la vida, las cosas no siempre son tan evidentes como creemos o como se intentan mostrar. La realidad es siempre más compleja de lo que parece y nos dicen. Para entender la realidad, sin dejarnos llevar por espejismos ni seducciones, es necesario saber descifrar las palabras con las que los políticos esconden verdades o mentiras en lo que prometen o se comprometen, utilizando de forma permanente el “si te he visto, no me acuerdo”. Disfrazar o colorear la mentira es el arma más útil del poder político maquiavélico y sibilino. Una gran parte de la ciudadanía, con necesidad de respuestas palpables y con sentido común, que no aspira a recibir explicaciones a la totalidad de las teorías políticas, lo que quiere y exige es que los políticos a los que han votado encuentren y den solución a sus problemas reales, que es para lo que los han elegido, sin acudir a experimentos, relatos y escenarios ficticios, o, escapándose por la tangente. Decía Nikita Kruschovel que fuera dirigente de la Unión Soviética durante una parte de la Guerra Fría que, siendo político, conocía bien a los de su clase: “Los políticos son iguales en todas partes; prometen construir un puente incluso donde no hay río”.

Todos experimentamos lo que es el tiempo, pero realmente no es nada fácil de entender; y por supuesto, no es nada sencillo imaginar un mundo sin él, ya que sería un mundo sin presente, sin movimiento, sin reposo… Pero, ¿qué es el tiempo? Podríamos decir que el tiempo es la sucesión de pasado, presente y futuro. El presente de las cosas pasadas es la memoria, el presente de las cosas presentes es la visión de lo que está sucediendo y el presente de las cosas futuras es la espera; pero lo curioso es que ni el pasado ni el futuro son; sólo nos queda el presente, un instante casi sin duración que no acaba de dejar de ser y que desaparece continuamente entre dos nadas. Si pensamos en el presente, lo que hacíamos hace apenas un instante ya es pasado, ya no es, existe sólo como recuerdo. Pero el tiempo no deja nunca de fluir, ese es su gran misterio: el presente deja continuamente de ser sin desaparecer. Es decir, deja de ser, pero sigue siendo. Como decía Heráclito, es flujo eterno que desaparece en un instante, imposible de aprehender. Y si nos preguntamos: ¿qué es el futuro? No es nada real, es una pura posibilidad que simplemente aún no es. Podemos ir todo lo rápido que queramos, pero nunca saldremos del presente, ni por supuesto, del tiempo. De ahí que San Agustín, el santo obispo de Hipona, autor de “Las Confesiones” dijese: “Si nadie me pregunta qué es el tiempo, lo sé, pero si me lo preguntan y pretendo explicarlo, ya no lo sé”. Esta dificultad para explicar lo que conocemos, como es el tiempo, que nos afecta de continuo, es lo que sucede a demasiados políticos. Se consideran dueños del conocimiento, creen saberlo todo, pero si les pides que te lo expliquen, ya no lo saben. Ese es el problema del actual presidente del PP, el señor Núñez Feijóo. Considera que tiene respuesta para todo, pero cuando se le pregunta, el número de sus imprecisiones, lugares comunes y falacias, demuestra su ignorancia.

No son pocos los periodistas y analistas políticos que se preguntan: ¿quién es, realmente, Núñez Feijóo y cuál es su ideología?; desconcierta su capacidad para defender dos ideas contrarias a la vez sobre una misma cosa, su incoherencia crítica con la que habla de los demás y el trato que se da a sí mismo y a los que le adulan. De sacar conclusiones de cuáles han sido sus aportaciones a las mejoras de nuestra realidad política, económica, social, educativa…, habría que decir que Feijóo está demostrando ser un maestro en el arte de la ambigüedad y la crítica poco fundamentada y torpemente argumentada. Critica al presidente Sánchez por copiar una propuesta que dice que es suya (rebajar el IVA de la luz del 21 al 5%), pero cuando la presenta el presidente Sánchez para su aprobación en el Parlamento, el PP vota “NO”. Sus lagunas mentales sobre muchos temas de ámbito estatal están más secas que la laguna de Santa Olalla de Doñana. No resulta difícil fabricar un líder en poco tiempo cuando toda la maquinaria económica de un país lo quiere, pero amueblar su mente, eso ya es “otro cantar”.

El debate del pasado martes en el Senado ha sido un ejemplo de bisoñez de la política estatal del señor Núñez Feijóo, debate en el que más que ideas, por todas las partes, ha sido puro fango, degenerando en un examen sobre la idoneidad del presidente popular para ser presidente del Gobierno. Feijóo, a estas horas, debe estar arrepentido de haber retado a Pedro Sánchez. Ha expuesto ideas y propuestas que están en el marco del interés europeo e internacional, las ha catalogado como propuestas propias exhibiendo un documento que las contiene y de llegar a ser aceptadas por el gobierno es capaz de rechazarlas y votar en contra. España se está instalando en el bloqueo político, en un momento difícil en el que la mayoría de actores políticos admite que no existe sentido de Estado: falta lealtad, sinceridad y confianza; se antepone la autocomplacencia al deber de servir a la ciudadanía, el orgullo y el “ego”, a la moderación. ¡Qué fatiga! Ha sido un debate por ambas partes con más ataques que propuestas, no pensando en los problemas de la gente sino para mejorar sus imágenes e iniciar con excesiva antelación la campaña electoral. No ha sido un debate de análisis sincero sino partidista, aprovechando este tiempo de incertidumbre para buscar los fracasos del “otro”; además de insolidario, miserable. Lo que estamos contemplando, con tantos vetos y rechazos, con tantas ambiciones y egoísmos, es ver cómo se destruye la convivencia y cómo se frustran las esperanzas.

Se conoce como “Paz de Filócrates” al acuerdo de paz alcanzado en el año 346 a. C., entre la antigua Atenas y el reino de Macedonia. En respuesta a las quejas de las ciudades del Peloponeso, Demóstenes pronunció la Segunda Filípica, un duro ataque contra Filipo por haber violado los términos de la paz. “Hay guerras que no se ganan con la espada, Filipo, sino con la razón”. Remedando a Demóstenes hay que recordarles tanto a Sánchez como a Feijóo que hay acuerdos políticos necesarios que no se ganan con la espada de la confrontación sino con la razón, el diálogo sereno y el sentido de Estado.

“Si te he visto, no me acuerdo”: tiempos de incertidumbre