TRIBUNA

Un sueño intranquilo

En el Dossier de Damasco están documentadas las muertes de unas 10.000 personas a manos del régimen de Bashar al Assad.

Necesitamos tu ayuda para seguir informando
Colabora con Nuevatribuna

 

El Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ, por sus siglas en inglés) hizo público hace unas semanas el llamado Dossier de Damasco, un archivo con más de 130.000 fotografías de personas fallecidas en las cárceles sirias durante la represión y la guerra civil. Las imágenes muestran cadáveres esqueléticos con signos de violencia e inanición; quemaduras en la piel y terribles rozaduras de las muñecas, entre otros signos de crueldad. Están documentadas las muertes de unas 10.000 personas a manos del aparato represor del régimen de Bashar al Assad entre 2011 y 2024. Algunas de estas terribles imágenes pueden verse en la web de ICIJ; sin embargo, su descubrimiento ha pasado desapercibido por la mayoría de los medios de comunicación: las grandes cadenas de televisión han dedicado a este asunto, entre anuncio y anuncio, apenas unos segundos.

En el Dossier de Damasco están documentadas las muertes de unas 10.000 personas a manos del régimen de Bashar al Assad

Muy diferente fue el descubrimiento de algo similar hace 80 años, en abril de 1945, cuando empezaron a publicarse las imágenes de los campos de concentración nazis. El mundo comenzó entonces a preguntarse por la naturaleza del mal y la responsabilidad de los que cometieron aquellos crímenes. Hoy podemos decir que aquellas monstruosidades modificaron el sentido de la persona como sujeto de derechos, así como el valor del constitucionalismo, y promovieron la idea de que todos los individuos tienen derechos inherentes que deben ser protegidos.

Primo Levi cuenta en su libro Si esto es un hombre que uno de los peores destinos de los prisioneros de Auschwitz era formar parte de un Sonderkommando. La tarea de los allí enviados consistía, entre otras cosas, en buscar objetos de valor ocultos en los orificios naturales de los recién asesinados en las cámaras de gas. Acto seguido, los cuerpos se trasladaban en silencio al crematorio —a la panadería, como se conocía al edificio de los hornos entre los funcionarios del campo—. Finalmente, y para que no quedara vestigio del crimen, los huesos calcinados eran molidos y mezclados con arena para depositarla en el río. Y he dicho «en silencio» porque los guardianes SS prohibían cualquier palabra, cualquier voz que recordara que los muertos eran seres humanos. Efectivamente, a los gaseados —en su mayoría niños y ancianos, en general cualquiera que no fuera apto para el trabajo— estaba prohibido llamarles «cuerpos» o «cadáveres», y había que señalarlos como Ungeziefer, término alemán que en castellano se traduce por gusano, alimaña o bicho. No debemos asombrarnos al descubrir que es la misma palabra que usó Kafka para denominar la transformación de Gregorio Samsa en su Metamorfosis: «Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto», un ungeheuren Ungeziefer; algo que no era humano.

La maquinaria ideológica nazi ya había despojado a estas personas de su patrimonio, de sus familias, de sus casas, de sus ropas, de sus pertenencias. Lo único que les quedaba era humanitas, su humanidad, y de eso también fueron despojados antes de desaparecer para siempre en el río.

Si esto es un hombre es uno de tantos relatos autobiográficos que aparecieron a lo largo del siglo pasado. Los supervivientes tuvieron la necesidad de explicarse a sí mismos por qué estaban vivos y, con ello, dar testimonio al mundo de que algo tan horrible había ocurrido en el corazón de Europa. Pero también contaron, de primera mano, cómo el poder totalitario del Tercer Reich había creado sujetos incapaces de pensar sobre sus propios actos morales, personas convencidas de que matar ancianos en las cámaras de gas era simple burocracia. Es la banalidad del mal que denunciaron Viktor Frankl o Hannah Arendt: el asesinato convertido en algo vulgar, trivial; la maldad llevada a lo intrascendente y sin importancia.

Debemos el primer testimonio gráfico de la banalidad del mal al reportero de guerra norteamericano Marshall Levin y al fotógrafo de origen francés Eric Schwab

Debemos el primer testimonio gráfico de la banalidad del mal al reportero de guerra norteamericano Marshall Levin y al fotógrafo de origen francés Eric Schwab, que acompañaban a las tropas de la IV División de Tanques del ejército estadounidense en la liberación del campo de Ohrdruf, en Alemania. El general al mando de esa unidad, Dwight D. Eisenhower, quedó tan horrorizado por lo que allí encontraron que pensó que el mundo no iba a creerle y ordenó que todo quedara gráficamente registrado. Además, obligó a los civiles alemanes que vivían cerca del campo a acudir a contemplar los horrores de la maquinaria nazi. No era el primer campo liberado; en enero de ese año los soviéticos ya habían liberado Auschwitz-Birkenau, pero sí el primero del que se obtuvo un nutrido registro gráfico.

No se sabe si fue una orden del mando superior o iniciativa del propio Eisenhower; lo importante es que la orden de fotografiar y registrar todo se generalizó y los aliados recopilaron centenares de fotografías de todos los campos de exterminio. El mundo quedó atónito, desconcertado, con las imágenes de cadáveres de piel y huesos apilados como madera; niños en condiciones inexpresables a punto de morir; fosas comunes repletas de cuerpos torturados, etcétera.

Los militares norteamericanos pensaron que esos documentos gráficos se usarían como prueba en un futuro juicio, como así fue; pero también sirvieron para inspirar a los redactores de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, en cuyo preámbulo puede leerse: «considerando que el desconocimiento y el menosprecio de los derechos humanos han originado actos de barbarie ultrajantes para la conciencia de la humanidad, y que se ha proclamado, como la aspiración más elevada del hombre, el advenimiento de un mundo en que los seres humanos, liberados del temor y de la miseria, disfruten de la libertad de palabra y de la libertad de creencias».

La importancia de la Declaración Universal de los Derechos Humanos fue determinante para el constitucionalismo en Europa y en todo el mundo. No tengo tan claro que el Dossier de Damasco vaya a tener una trascendencia similar.

La aniquilación del pueblo palestino no es muy diferente de lo que ocurrió en los campos de concentración nazis o de lo que se ha visto en las cárceles de Damasco

Al mundo de hoy, empeñado en autodestruirse, ya no le afecta ese tipo de material. Parece que esa aspiración —la construcción de un mundo en el que los seres humanos sean libres en su más amplia expresión— ya no importa. El exceso de información y la sobrecarga de imágenes en las redes sociales nos han llevado a una increíble falta de sensibilidad y a una incapacidad de empatizar imprevisibles. Hace unos meses aparecieron en mi cuenta de X las imágenes de una mujer lapidada en Somalia a causa de una infidelidad. Muchos comentarios, si bien no todos, estaban enfocados en la infidelidad matrimonial y no en el hecho de la brutal sentencia. ¿Qué nos está pasando?

Sencillamente, estamos deshumanizando a las víctimas porque las vemos como diferentes; creemos que son distintos a nosotros porque viven en lugares remotos y, sobre todo, porque pertenecen a una cultura y religión diferentes. La aniquilación del pueblo palestino no es muy diferente de lo que ocurrió en los campos de concentración nazis o de lo que se ha visto en las cárceles de Damasco.

Algo estamos haciendo mal si no nos vemos a nosotros mismos en esas imágenes y una mañana, quizá no muy lejana, quizá todos despertaremos convertidos en un ungeheuren Ungeziefer.

Carlos Kaplan