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Llevo muchos años coleccionando metáforas. No como quien guarda citas célebres para lucir erudición, sino como quien reúne herramientas que pueden resultar útiles en momentos concretos: para ilustrar una propuesta en una conversación, para defender un argumento, para reforzar una idea o, sencillamente, para incorporarlas en un discurso como una muleta que ayude a hacerse entender mejor.
Durante mucho tiempo anotaba estas ideas en una libreta pequeña que cabía en el bolsillo. Luego las pasaba en el ordenador, en un archivo que titulé, con cierta solemnidad doméstica, “Referencias”. Más tarde llegó el teléfono móvil y se convirtió, de forma natural, en mi nuevo cuaderno de campo. Las metáforas seguían apareciendo: a veces nacían de una película, de una conversación, de una escena cotidiana, de la historia, de la economía, de la política o del arte. En otras ocasiones -la mayoría- no me las encontraba hechas: yo mismo las convertía en metáforas, como una forma de pensar.
¿Por qué les doy tanto valor? Porque, cuando están bien elegidas, pueden ahorrar muchas palabras e incluso ampliar el sentido de una idea. No sustituyen al razonamiento, pero, si están bien llevadas, pueden iluminarlo. Nos permiten mirar la misma realidad desde otro ángulo, a veces más cercano y humano. A mí, por lo menos, me han servido muchas veces para ordenar una idea y comunicarla mejor.
Entre todas esas metáforas que he ido recopilando hay una que, estos días, me parece especialmente oportuna para empezar el año, en un momento en que el desánimo y el fatalismo parecen tener tanto peso en nuestra conversación pública y privada.
Es la historia de David de Michelangelo Buonarroti.
No voy a repetir aquí el relato en clave académica. Basta recordar un hecho esencial: Michelangelo no trabajó con un bloque de mármol ideal, sino con uno que ya había sido empezado por otros, maltratado, abandonado y lleno de defectos. Era un material de desecho, con grietas y con zonas debilitadas. Muchos escultores le habían rechazado antes. Él no.
Y ahí está la metáfora.
El mérito de Michelangelo con su David no fue imponer su idea sobre un mármol perfecto —que no existía—, sino descubrir qué figura podía nacer de ese bloque real y concreto, con sus límites, riesgos y condicionantes. Cada decisión de la escultura –la postura, la tensión del cuerpo, la contención del gesto– no responde sólo a un ideal estético preconcebido, sino también a una lectura inteligente de la realidad material de la pieza. No podía hacer cualquier cosa. Pero pudo hacer algo enorme en estas restricciones.
Y lo hizo.
Esta historia resume una experiencia común en todos los ámbitos de la vida: no siempre elegimos las condiciones en las que actuamos, pero sí la manera de situarnos enfrente. La metáfora nos recuerda que el mundo no se divide entre escenarios ideales y absolutas catástrofes. Nos dice que, aunque no disponemos del mármol perfecto, lo que tenemos delante —con sus grietas y sus imperfecciones— también puede ofrecer oportunidades si se trabaja con inteligencia, paciencia y constancia.
Por eso la llevo hoy, al empezar este nuevo año.
Porque en el 2026 no vendrá con un mármol impecable. Llegará, como siempre, con sus límites, sus incertidumbres, sus pequeñas y grandes grietas. Pero también con espacios posibles, con márgenes de acción, con rincones en los que esculpir algo que todavía no existe.
La alternativa al fatalismo no es el optimismo ingenuo, ni cerrar los ojos a las dificultades. Es una actitud más sobria y más exigente: mirar de frente el blog real que tenemos delante —nuestra vida, nuestro trabajo, nuestras relaciones, el mundo que compartimos— y preguntarnos qué podemos construir dentro de sus límites.
No podremos hacerlo todo. Pero sí que podremos hacer algo que valga la pena.
Quizá éste sea el propósito más razonable —y al mismo tiempo el más esperanzador— para empezar el año: aprovechar el mármol disponible, aceptar sus imperfecciones, leerlo con inteligencia… y ponernos a trabajar con él.
Poco a poco. Golpe a golpe. Con cuidado. Con dignidad.
Porque, a veces, incluso de un bloque lleno de grietas puede surgir una gran obra.


