sábado. 02.03.2024
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Niños viendo el cartel de la Declaración Oficial de los Derechos Humanos. (Foto: ONU 1950)

Este 10 de diciembre hemos celebrado el 75 aniversario de la actual Declaración de los Derechos Humanos, un cumpleaños que debería tratarse con gran respeto y admiración (la edad lo merece) y, sin embargo, sigue quedándose en mero título conmemorativo, ya que los treinta artículos contenidos en la misma son obviados o maltratados sistemáticamente.

Por un lado, no deberíamos olvidar el contexto en el que la Declaración fue redactada. Y es que, aunque hubo a lo largo de la historia intentos anteriores de reconocer derechos naturales comunes a todos los seres humanos que habrían de respetarse por encima de las voluntades de los poderosos, lo cierto es que las atrocidades cometidas durante la Segunda Guerra Mundial consiguieron avergonzar a la humanidad entera. Como consecuencia, surgió una reflexión que ponía de manifiesto la aversión hacia el horror que había provocado el haber utilizado a seres humanos como objetos y haberlos despojado de la dignidad que les es intrínseca. Y es que, además de los millones de víctimas inherentes al conflicto bélico (algunas fuentes hablan de hasta 60 millones o más), el holocausto nazi llevó a cabo toda una serie de experimentos científicos utilizando a personas que habían acabado en sus campos de exterminio. Fueron experimentos absolutamente prohibidos (antes y después de esa época) por lo que de repugnancia moral comportaban. Pues bien, los derechos humanos llegaban en 1948 (tres años después de la finalización de la contienda) como garantes del respeto a esa dignidad humana que jamás debería ser olvidada, como idea reguladora, como utopía hacia la cual encaminar las actuaciones individuales y colectivas. Imagino que podemos pensar también que eran el mejor ejemplo del propósito de enmienda y las buenas intenciones de los que quisieron hacer gala entonces la mayoría de dirigentes mundiales. Quisieron proponerse que semejantes barbaridades no volvieran a ocurrir.

Por otro lado, y aun cuando no suponen leyes u obligaciones concretas o sanciones relacionadas con su incumplimiento, los derechos tienen también una función crítica. Me resulta difícil a veces explicar esto a mis alumnos, pues los ven masacrados en tantos lugares, que acaban pensando que no sirven de mucho. Hemos de reparar en que después acaban plasmados (de un modo u otro) en las constituciones de los diferentes países y que nos legitiman a opinar o intervenir cuando advertimos que son ninguneados. Y es que, a pesar de la opción a veto que ejercen muchos Estados ante el Consejo de Seguridad de la ONU y de que los últimos conflictos internacionales no dejan demasiado lugar al optimismo, a cualquier ser humano medianamente en sus cabales le acaban indignando determinadas situaciones de maltrato a los semejantes, llámese personas migrantes que arriesgan su vida intentando encontrar un futuro digno, genocidios o limpiezas étnicas, civiles como escudos o moneda de cambio durante las guerras, violaciones que quedan impunes en los conflictos bélicos, desigualdad entre hombres y mujeres y tantas otras.

Tener la referencia crítica de los derechos nos humaniza y nos hace evolucionar moralmente

La paradoja de que estén ahí siempre (puesto que son inherentes al hecho de ser humanos), que sean ignorados, pero que al mismo tiempo sirvan como marcadores del camino que hemos de recorrer, no es nueva. Por ejemplo, en pleno S. XVIII, el siglo de las luces, de la Ilustración y de las declaraciones de independencia y de derechos que precedieron a la de 1948, la humanidad se encontraba al mismo tiempo en pleno apogeo del comercio de esclavos, un negocio en el que España (puente geográfico entre África y América) jugó un papel importante. Como siempre, la historia nos enseña y hemos de aprovechar ese aprendizaje. Tener la referencia crítica de los derechos nos humaniza y nos hace evolucionar moralmente.

Desde la filosofía, también se nos orienta para saber en qué ha de consistir ese progreso de la humanidad, algo que no podemos perder de vista. Decía Kant en la Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres: “…todo tiene un precio o una dignidad. Aquello que tiene precio puede ser sustituido por algo equivalente; en cambio, lo que se halla por encima de todo precio y, por tanto, no admite nada equivalente, eso tiene una dignidad (…) la moralidad y la humanidad, en cuanto que esta es capaz de moralidad, es lo único que posee dignidad”. Por lo tanto, para actuar correctamente, debemos tratar a nuestros semejantes siempre como fines en sí mismos y jamás como medios, jamás para satisfacer nuestros intereses. Que quede claro, el ser humano nunca ha de tener un precio.

Y, según Adela Cortina, filósofa valenciana, en un artículo titulado La manida palabra ética : “Los derechos tienen que ver con la justicia, y estos derechos que ya se han reconocido urbi et orbe son ese tipo de derechos que hay que proteger para no caer bajo mínimos de humanidad”.

Si no se protegen pues, estaríamos bajo mínimos. ¿Perder en humanidad? Creo que no podemos permitirnos esos lujos. Seguro que el mejor regalo para este cumpleaños tan significativo sería que, además de que los gobiernos los protejan e impulsen, que cada uno de nosotros, como miembros de la sociedad civil los llevemos como bandera a la hora de tratar a los otros. Cada comportamiento cuenta.

Derechos Humanos, hoy y siempre