lunes. 04.03.2024

“[L]a líder de JxCat, Laura Borràs, ha considerado que «es evidente que Cataluña debe poder gestionar y regular un tema tan importante y fundamental como los flujos migratorios y su impacto»” (RTVE.es/EFE, 11/01/2024)


A pesar de la insuperable dificultad de su concreción, no deberíamos considerar esa hipotética cesión un mero brindis al sol, por el contrario: estamos ante una demostración de la capacidad de la política fálica y testosterónica de Junts contra el gobierno de coalición, por una parte, y contra el ejecutivo catalán de ERC, por otra ("Se ha dado un pase de gol a la Generalitat, y esperemos que la Generalitat marque este gol", ha asegurado Nogueras en Rac1).

La utilización del miedo al otro que impregna sus motivos lleva a Junts a definir un nosotrosque agrupe y cohesione, a articular una política tribal que evite un supuesto gran reemplazo, a elaborar un discurso que imponga el miedo a una presunta Cataluña con más Mohameds que Jordis. Y mutatis mutandis, donde ellos dicen Cataluña, otros dirán una España con más Alís que Josés.

Estamos ante una demostración de la capacidad de la política fálica y testosterónica de Junts contra el gobierno de coalición

Y ahí, en ese definir un nosotros ajeno, incompatible y agonista del otro, se da un problema filosófico cuya irresolución ya ha provocado, aquí y ahora, la aparición de graves problemas sociales y políticos. La acción de Junts, que no mera actuación -a pesar de que tantos y tantos arguyan que todo es postureo de cara a la galería y para consumo interno-, tiene puesta la mirada en un núcleo social que hoy ve en la identidad un castro donde protegerse y “evidencia que Junts sabe interpretar y acompasarse al paso de la oca de los nuevos tiempos.” (Francesc Valls, El País, 12/01/2024)

Debemos hablar de ello, de la pulsión a definir un nosotros extraño del otro. Y aunque este articulo, mucho nos tememos, no nos traerá amigos -más bien los espantará-, es lo que hay y es lo que toca hacer: escribirlo.

Es español...

...quien no puede ser otra cosa. Algo así dijo Cánovas del Castillo, quien siendo presidente del Gobierno en 1876, y a la hora de definir en el proyecto de Constitución qué es ser español, sugirió con malévola ironía: «Pongan que son españoles los que no pueden ser otra cosa».

En 1962, en el poema Es lástima que fuera mi tierra, y seguramente con la lapidaria frase de Cánovas en la mente, Luis Cernuda abundaba en este antiesencialismo al escribir: “Si yo soy español, lo soy // A la manera de aquellos que no pueden // Ser otra cosa...”.

Los Padres de la Constitución de 1978, ladinos y taimados ellos, debieron tener en mente tanto al político como al rapsoda y cual gato escaldado huyendo del agua fría, se abstuvieron de definir ser español. No lo hicieron, e hicieron bien. Y las posteriores leyes, tampoco, lo que es muy saludable: se es español de acuerdo a ciertas Normas Generales de Procedimiento Administrativo, algo muy poco emocionante y aún menos emotivo.

Pero sigamos. Con todo, se sigue hablando de ese ser español, de esa esencia que debería de alguna manera ser el alma de la españolidad, una propiedad que marca con ciertos caracteres indelebles, culturales cuando no hasta psicosomáticos, a los que se saben y son españoles.

La preposición ‘de’ y el caso genitivo

Se llama anfibología al hecho de que exista más de un sentido asociable a una palabra, propiedad en especial peligrosa cuando el contexto no sólo no determina su sentido, sino que, por el contrario, será el significado con el que en cada caso dotemos a la palabra anfibológica quien modifique el sentido del propio contexto, y no al revés.

Son palabras anfibológicas, entre otras, ‘solo’ o ‘este/esta’, pues donde antes era obligado en su caso el acento diacrítico, ahora la norma es no acentuarlas nunca, dejando a la discreción del usante que el contexto aclare suficiente su sentido.

Los Padres de la Constitución de 1978, ladinos y taimados ellos, debieron tener en mente tanto al político como al rapsoda y cual gato escaldado huyendo del agua fría, se abstuvieron de definir ser español

La preposición ‘de’ también es una palabra anfibológica, pues, entre otros significados, indica temporalidad, relación, posesión o procedencia. Y si nos centramos en los dos últimos, posesión o procedencia, nos encontramos en la peligrosa situación de que el sentido que le otorguemos, las más de las veces de forma instintiva, involuntaria y aprendida, afecta, modificando, el contexto donde la usamos como preposición.

En las lenguas latinas que no declinan el llamado caso genitivo, este se resuelve usando la preposición ‘de’ en su sentido de posesión: la moto de mi amiga, el libro de[l] profesor, la Generalitat de Catalunya. La apropiación del objeto por cada uno de los sujetos queda establecida claramente, y no cabe duda, por retorcida que pueda ser la interpretación, de que estamos indicando una posesión clara y aceptada. Pero no siempre es así.

Y no lo es cuando el concepto de esencia aparece, como por ejemplo si decimos los pueblos de España.

Aquí, a la anfibología de la preposición ‘de’ se le suma la de la palabra ‘pueblo’ ¿Pueblo, en tanto que poblado de menor categoría o Pueblo, en tanto que conjunto de personas de un lugar, región o nacionalidad? En el primer caso parece claro que nos referimos a una relación geográfico-administrativa de una entidad física menor localizada dentro de una entidad física mayor que la engloba, la tiene -posee- geográficamente hablando; pero en el segundo caso, cuando hablamos de personas, ese ‘de’ puede pensarse como una relación de pertenencia posesiva: un ente, España -el pueblo español- que incluye en propiedad a otros entes -los pueblos, en tanto que conjunto de personas-, lo que no es políticamente neutro: sin decirlo, se cuela una definición metafísica que da pie a esa pertenencia y que, metafísica mediante, genera una conflictividad basada en las esencias de los pueblos, aquellas de las que ni Cánovas, ni Cernuda ni tampoco los Padres de la Constitución querían oír hablar.

Esencias

Tienen las esencias que, aunque no existan, con solo mentarlas hay consecuencias [1]. A veces nefastas. Especialmente la tribales.

En toda la naturaleza y en toda la cultura existe un continuum que hace imposible marcar perfectas y rotundas fronteras tanto entre objetos naturales como entre sujetos culturales, por ajenas que nos parezcan sus existencias. Esa falta de solución de la continuidad la podemos observar a poco curiosos que seamos, solo es necesario atender a los detalles [2] y veremos que, no es que no haya solo lo blanco y lo negro, sino que precisamente lo que no existe es el blanco puro y el negro puro, pues todo es nada más y nada menos que una inacabable gradación de grises sin solución de su continuidad. Hablar de esencias, pues, es hablar de entelequias que solo existen en la mente, que cuando sueña, produce monstruos.

Milan Kundera, en La Inmortalidad (Tusquets, 1990), asociaba esa esencia tribal, que llamaba “alma hipertrofiada”, a aquello que “impulsa a la lucha por causas justas e injustas [...] la gasolina sin la cual el motor de la historia no giraría y sin la cual Europa estaría tumbada en la hierba viendo pasar perezosamente las nubes en el cielo” (página 255). Perdonemos la poética que nos podría hacer ver, según Kundera, al león hambriento -o a la gacela asustada- plácidamente mirando las nubes, pero se entiende qué quiere decir: estamos obligados a reconocer que esa esencia, esa “alma hipertrofiada” saca lo mejor y lo peor de nosotros. La pregunta, ahora que conocemos y comprendemos las consecuencias de pensar bajo el marco de esencias, debería ser si sabremos construir otro marco para seguir sacando lo mejor de nosotros evitando las consecuencias negativas que conlleva creer en esencias tribales.

Las esencias de los pueblos de España no nacieron con la Constitución del 1978, ni tampoco la valiente apuesta descentralizadora en ella contenida fue combustible para su (re)surgimiento

Otro pensador, Giorgio Agamben, en su libro LO ABIERTO. El hombre y el animal (Pretextos, 2005) habla en el capítulo “Máquina antropológica” de cómo esta máquina-patrón definidora del ser, ya sea que lo delimite por inclusión (definir qué es la esencia del ser) o por exclusión (qué características demuestran no pertenecer a la esencia del ser), así cómo cualquier intento de definir con una pauta lo humano por inclusión (v.g. ser humano es proceder de descendencia humana [3]) o lo no humano por exclusión (v.g. el judío para el nazi), y al margen de que sea más o menos eficaz, será siempre una forma “sangrienta y letal” de clasificar y etiquetar, por lo que nuestro mejor proceder será siempre “comprender su funcionamiento para poder, eventualmente, detenerla.” (página 53).

Senselanocaleal 

Las esencias de los pueblos de España, y sus consecuencias, no nacieron con la Constitución del 1978, ni tampoco la valiente apuesta descentralizadora en ella contenida fue combustible para su (re)surgimiento. Fue el franquismo su principal motor y valedor, como muestra con aguda e irónica destreza Andrés Sopeña Monsalve (El Florido Pensil: memoria de la escuela nacionalcatólica, adaptado al teatro por la compañía Tanttaka Teatroa bajo la dirección de Fernando Bernués y Mireia Gabilondo) en un hilarante diálogo entre escolares, donde deja al descubierto el funcionamiento de esa máquina antropológica que crea esencias tribales:

ARTOLA.- ¡Pues los asturianos! Lo acabas de decir: sufridos, sobrios...

JÁUREGUI.- Porque lo pone en el libro.

ARTOLA.- Pero los gallegos no sufren.

JÁUREGUI.- No, los gallegos son serios, laboriosos, pacientes...

ARTOLA.- ¿Te das cuenta?... Pacientes; pero no sufridos.

JÁUREGUI.- Y los andaluces, delgados, morenos, alegres, imaginativos y... espera... (Mira en el libro.) aficionados a las fiestas camperas, los toros, el baile y los cantos típicos ¿Me sé o no me sé la pregunta?

ARTOLA.- ¡Que sí!

JÁUREGUI.- ¡Pues, entonces! Además, te toca a ti. Los hombres de la meseta.

ARTOLA.- Espera, que lo tengo en la punta de la lengua... Recios, como el acento de su jota.

JÁUREGUI.- Son recios, pero a secas, sin la jota.

ARTOLA.- Y ¿religiosos?

JÁUREGUI.- No.

ARTOLA.- Joé, pues a misa irán, ¿no?

JÁUREGUI.- No, no te la sabes. Son sencillos, serios, laboriosos, nobles, caballerosos... SENSELANOCALEAL. Repítelo tú [...] Los hombres de la meseta: SENcillos, SErios, LAboriosos, NObles, CAballerosos... Es así de fácil: coges la primera sílaba de cada palabra y ya está. Los hombres de la meseta SENSELANOCALEAL. Los gallegos SOLAPAAN, los andaluces DEMOALIM, y así... [...] Y los valencianos... alegres, simpáticos, de temperamento artístico, amantes de la música y de las flores.

ARTOLA.- Sí, y de la paella.

JÁUREGUI.- Y los madrileños... un pueblo simpático, cual ninguno.

ARTOLA.- ¡Pues mira qué suerte! Oye, ¿cómo dices que era la palabra ésa de antes?

JÁUREGUI.- SENSELANOCALEAL

Es de agradecer a Sopeña Monsalve que nos revele lo irrisorio de los fundamentos del intento franquista del divide et impera. Irrisorio, pero eficaz. Tan eficaz como hoy es la política de Juntsy su “acompasarse al paso de la oca de los nuevos tiempos.”. O la de Vox.

Sin embargo, la comicidad del libro, y en particular la de este diálogo, no nos debe hacer olvidar la tragedia inherente a la creación de “almas hipertrofiadas” por parte de toda y cualquier “máquina antropológica”. A veces, dice Kundera, son razón de “causas justas”, pero siempre, advierte Agamben, acabarán mostrando su cara “sangrienta y letal”.

És català...

...qui viu i treballa a Catalunya. Esta voluntariosa y bienintencionada aserción, un antiguo lema del PSUC, popularizada posteriormente por Jordi Pujol con un “y quiere serlo” (“i en vol ser”, adenda en absoluto inocente), ha generado una polémica nada anecdótica cuando “[u]n militante de los Comunes la lía en las redes después de decir qué es para él 'ser catalán'” (03/01/2024).

La reacción ante el intento de Ivan Martos de racionalizar, alejándola del sentimentalismo, la identidad con una patria (interprétese nación o léase chica) ha provocado un alud de respuestas, desde ingeniosas hasta mordaces, desde ofensivas hasta argumentadas [4].

No olvidemos que la frase de marras, “catalán es quien vive y trabaja en Cataluña”, fue usada por el PSUC en un contexto, perfectamente mostrado por Francisco Candel en su Els altres catalans, donde se necesitaba un eslogan que integrara a los recién llegados y los defendiera de una política y una sociedad que, en tanto que inmigrantes, los convertía en ciudadanos de segunda clase.

No olvidemos que la frase de marras, “catalán es quien vive y trabaja en Cataluña”, fue usada por el PSUC en un contexto, perfectamente mostrado por Francisco Candel en su Els altres catalans

Ser -llegar a ser, convertirse en- catalán era, para el PSUC, el camino, el ascensor social, la forma de romper esa frontera invisible y convertirlos en ciudadanos de primera, aunque fueran, aunque siguieran -y aunque sigan- siendo los otros catalanes.

El PSUC, con su eslogan, había actualizado el camino para la integración de los inmigrantes que en los años 30 Rafael de CampalansUnión Socialista de Catalunya, ya había hollado. Senda con la que Campalans quería desligar cualquier etnicismo de la, para él, legítima necesidad de una identidad nacional, y a la par integrar en la cultura catalana a los inmigrantes [5].

Pero al fin y al cabo el concepto ser catalán campalansiano es una identidad, y el eslogan acaba siendo asumido como una máquina antropológica por inclusión cuya eficacia a poco que la trasteemos muestra fallos como toda máquina antropológica, con el peligro subsiguiente de vaciar de contenido al eslogan, y arrastrado por ese vaciamiento, desnaturalizar toda política de lucha contra la discriminación por razón cultural o de procedencia. Una superficial mirada a las respuestas al tuit de Martos muestra en todo su esplendor los fallos de esta concreta máquina antropológica por inclusión, ese “catalán es quien vive y trabaja en Cataluña”.

Máquina que no deberíamos cebar más, sin embargo, porque es aún más peligroso el que permita como reacción a su existencia la legítima aparición de una máquina antropológica por exclusión, la de Pujol, al restar de todo aquel que viva y trabaje en Cataluña los que no muestren voluntad de serlo ¿Cómo negar el derecho de no serlo a quien no quiera ser catalán? ¿Cómo negar, entonces, que para ser catalán hay que quererlo, y no solo ser ciudadano catalán? Y así vuelven a aparecer los ciudadanos de segunda clase, los que no se integran (Tweet: “Ve a Santa Coloma o Badalona a decirles que sólo son andaluces aquellos que viven, estudian y trabajan en Andalucía, verás qué golpe de realidad te llevas.”), los que ni tan sólo merecen ser los otros catalanes. Como si para ser ciudadano de primera clase fuera necesario comulgar con una identidad, la catalana; como si la identidad catalana fuera una y una única determinada cultura, la catalana; como si la cultura catalana fuera una inviolable propiedad, la de los catalanes.

La pregunta no es qué es ser catalán, sino por qué aceptamos que es necesario ser -tener como esencia ese ser- catalán para ser ciudadano. La pregunta filosófica, pero con consecuencias políticas y sociales, es por qué hay que ser catalán para ser ciudadano en Cataluña.

Etiqueta

Toda máquina antropológica que busca, ya sea por inclusión, ya sea por exclusión, definir la identidad de una persona encorseta y etiqueta a esta persona. Que esta persona no reniegue por haber sido etiquetada, que incluso lo desee, no le quita un ápice a la violencia del encorsetamiento.

Incluso el voluntarioso y bienintencionado anhelo de intentar crear una identidad no identitaria, valga la contradicción, ligando el ser al habitar muestra una violencia contra los que no quieran ser etiquetados con esa identidad, ya sea porque tan solo les interesa ser ciudadanos, ya sea porque quieren ser de otra identidad.

Lo único por lo que debemos luchar, lo único por lo que vale la pena esforzarse es por ser ciudadanos iguales y libres en cualquier rincón de las Españas, en cualquier esquina de la Unión Europea

Si los mafa (ver nota 2) asocian las mismas emociones al mismo tipo de música sin haber estado en contacto con cultura o educación alguna que los pueda condicionar, por qué y para qué identificar cultura con identidad. La respuesta la conocemos: por comodidad. Por la ley del mínimo esfuerzo. Porque nos es más fácil etiquetar un nosotros y un ellos y así pensar que vivimos en un mundo ordenado y racional que ni existe ni nunca existió. Porque aún vibra en nuestro interior la necesidad de buscar la defensa de la propia tribu ante un exterior que se muestra -nos muestran- peligroso, cuando no directamente agresivo. Porque los discursos que saben “interpretar y acompasarse al paso de la oca de los nuevos tiempos” tocan la fibra sensible del sentimiento de pertenencia, de ser “de un pueblo” en lugar de ser “en un pueblo”.

Rememorando a Clara Campoamor y su "soy ciudadana antes que mujer", y siguiéndola como única manera de tener una real posibilidad de acabar con las luchas identitarias, debemos renunciar tanto al Homo catalanus psuquerensis, el que es porque habita, como al homo catalanus pujolensis, el que es porque quiere. Deberemos renunciar a cualquier esencia identitaria.

Ser ciudadano antes que catalán es ser ciudadano en, y no de, Cataluña; es poder reírse ante la identidad senselanocaleal, la solapaan, la demoalim...; es querer ser ciudadano en cualquier lugar de las Españas, sin tener que renunciar a ninguna particularidad cultural; es negarse a usar el test del pato [6] como forma de identificar a las personas.

Lo curioso de las etiquetas esencialistas identitarias es que son totalmente intercambiables entre ellas. Y lo son porque tras ellas no hay nada, sino humo y niebla. Si les quitas la sábana no son nada, como los macarras de la moral de Serrat [7], pero son una nada dañina, criminal y que se acaba volviendo “sangrienta y letal”, como nos recuerda hogaño GazaCisjordania e Israel. Y antaño Francia y Alemania [8].

Si, ceteris paribus, donde decimos ‘catalán’ o ‘Cataluña’ pusiéramos ‘gallego’ o ‘Galicia’, ‘extremeño’ o ‘Extremadura’... incluso ‘español’ o ‘España’, todo sería igual: es xxxxx quien vive y trabaja en xxxxxx... o quien quiere serlo.

Es por ello que lo único por lo que debemos luchar, lo único por lo que vale la pena esforzarse es por ser ciudadanos iguales y libres en cualquier rincón de las Españas, en cualquier esquina de la Unión Europea, y cuando pueda ser, en cualquier parte del mundo.

Mientras tanto, no hay mejor terapia contra el esencialismo identitario que la ironía sarcástica del que siguiendo a Cánovas sin orgullo ni falsa humildad pueda decir, rellenando los puntos, «son ... los que no pueden ser otra cosa».


[1] “Si las personas definen las situaciones como reales, éstas son reales en sus consecuencias” (W.I. Thomas, sociólogo, The child in America: Behavior problems and programs, 1928).
[2] El divulgador de la ciencia Javier Sampedro explica en un artículo de El País (La renovación de la sexualidad, 22/03/2009) como las emociones ante la música, el arte más abstracto, son independientes de la cultura: «Los mafa de las aldeas más remotas carecen de electricidad y nunca han estado expuestos a la música occidental. Pese a ello, los 21 voluntarios mafa han asociado las distintas piezas musicales a las mismas emociones que los occidentales, aunque en distinto grado según el individuo. Los dos rasgos que más pesan para juzgar una melodía como feliz, triste o aterradora son también los mismos en los oyentes mafa y en los occidentales. El primero es el tempo, lo que puede parecer bastante obvio: ambos grupos de oyentes tienden a clasificar las piezas rápidas como "felices", y las lentas, como "aterradoras"; la tristeza puede sobrevenir a cualquier ritmo, aquí y en Camerún». Por otro lado, no es osado decir que es imposible establecer una frontera evolutiva, una solución de la continuidad entre lo más sencillo conocido (las partículas elementales, fermiones y bosones) y lo más complejo conocido (el cerebro humano). Todo es un inmenso campo de grises sin esencia alguna, fuera de considerar esenciales a los fermiones y bosones (hasta que se descubran que también son elementos compuestos...).
[3] El absurdo de esta máquina antropológica, que parece evidente, es así mismo evidente: no hay un primer humano, pues todo humano precisa de una ascendencia humana a su vez; y si no lo hay, entonces no hay humanos y la esencia delimitada por esa máquina se difumina hasta desaparecer.
[4] “¿Y yo que soy pues, que nací en Cataluña y por diferentes motivos he tenido que irme?”
“Pues… pregunta a la gente que en el CEO responden que no se sienten catalanes pese a vivir en Catalunya. Ahora me dices nazi a mí también…”
“¿Entiendo que los sarracenos que no trabajan o se quedan en paro dejan de ser Catalanes? Esto es racismo y fascismo.”
“Según la ley española, no es español quien vive, estudia y trabaja en España. Nosotros en cambio, al ser superiores moralmente regalamos catalanidad a cualquiera, ame u odie el catalán y/o Cataluña.”
“Lo que dices no es ser catalán, es ser habitante de la Comunidad Autónoma española de Cataluña. Todavía no existe ningún país que proporcione la ciudadanía catalana.”
“Lamentablemente esto es de un idealismo que lleva a la falacia. Ahora mismo dejas fuera a Pep Guardiola, por ejemplo, mientras incluyes los expat que vienen a Barcelona a hacer workvacations.”
“Por esta regla de tres yo soy más alemán que el chucrut, ¿no?”
“Para ser español, en cambio, es necesario pasar un examen y haber vivido en España durante varios años. Porque ser español es una identidad de primera. Ser catalán una de segunda.” 
(Diversas respuestas al tuit de Ivan Martos, traducidas del catalán con Google Translator).
[5] “D’aquí en sorgirà el paradigma, de tots conegut, segons el qual: «És català tothom qui viu i treballa a Catalunya i mostra voluntat de ser-ho». Una asseveració que té antecedents en formulacions realitzades per Rafael Campalans als anys trenta i que aplega, d’una part, el rebuig a la definició etnicista de la identitat nacional i, de l’altra, el pressupòsit d’una certa aculturització de l’immigrant, que és presentat com un full en blanc, disponible per tal d’inscriure-hi la nova identitat.” Domingo, Andreu (2014), Catalunya al mirall de la immigració: Demografia i identitat nacional a Catalunya, Barcelona: L’Avenç, Documents d’Anàlisi Geogràfica2015, vol. 61/2, página 442.
[6] “Cuando veo un pájaro que anda como un pato, nada como un pato y grazna como un pato, lo llamo pato”, sentencia atribuida al poeta estadounidense James Whitcomb Riley (1849-1916), según Daniel VerdúEl País, 01/11/2021.
[7] “«El que no se quede quieto no sale en la foto...» «Quien se sale del rebaño, destierro y excomunión». Son la salsa de la farsa. El meollo, del mal rollo. La mecha de la sospecha. La llama de la jindama. Son el alma de la alarma, del recelo y del canguelo [...] Si no fueran tan temibles nos darían risa. Si no fueran tan dañinos nos darían lástima. Porque como los fantasmas, sin pausa y sin prisa, no son nada si les quitas la sábana.” (Joan Manel SerratLos macarras de la moral, 1998). Si las esencias no fueran tan temibles, si las etiquetas no fueran tan dañinas...
[8] “La reconciliación franco-alemana puede servir como modelo para el conflicto en Oriente Próximo. La Segunda Guerra Mundial fue peor. Y la Alemania hitleriana que la provocó o el exterminio de los judíos en Europa. Y ahí está la reconciliación franco-alemana, fundamento de la construcción europea, quizás el mayor éxito de la historia en cuanto a cooperación multilateral e integración regional [...] habrá que reconstruir el país y reparar a las víctimas, castigar los crímenes cometidos por todos los bandos, restaurar las instituciones contando con el antecedente de los Acuerdos de Oslo o crear otras nuevas si hace falta. Y lo más difícil, buscar los ciudadanos israelíes y palestinos que puedan sustituir a los que han llevado a sus países a esta ruina sin fin, capaces de dirigir una tarea tan inmensa, como hace 80 años hicieron Jean Monnet, Robert Schuman, Alcide De Gasperi y Konrad Adenauer.” Lluís BassetEuropa como inspiración y acicateEl País, 11/01/2024 (la negrita es nuestra).

Ser español