jueves. 18.04.2024
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En política todo se mueve alrededor de la triada básica: reypatria y dios. Que es una forma ancestral de definir el poder, el espacio sobre el que se ejerce ese poder y el abstracto que justifica el funcionamiento del sistema. El carlismo lo expresó de la manera más directa posible. Y, de los tres, el más importante es el de la patria que, la mayor parte de las veces tiene el doble significado de espacio donde ejercer el poder y mito para acceder a él. Además, sin el espacio, geográfico o social, donde ejercerlo, ¿para qué hace falta el poder? El onanismo político es algo que solo vale en la etapa final del anarquismo.

El siglo de las luces empezó a iluminar los aspectos sociales de la patria poniendo el énfasis en aquello que, empíricamente, podía valorarse como beneficioso para las personas en el terreno de lo concreto. Pretendía sustituir a los designios de un más allá que regulaba las relaciones de las personas con el poder. Claro que ayudaba a ello la utilización de los propios instrumentos con que contaba el poder que, por eso, era poder. Pero con la llegada de la ilustración se hizo necesario añadir, podríamos decir, una zanahoria al uso del palo. Y la zanahoria fue valorar el concepto de patria como coagulante social.

El siglo de las luces empezó a iluminar los aspectos sociales de la patria poniendo el énfasis en aquello que fuese como beneficioso para las personas

Para ello, a los antiguos elementos geográficos, étnicos y lingüísticos se fueron añadiendo ingredientes culturales e históricos. Fue más tarde cuando se generalizó lo que ya existía en algunos sitios, aún sin ese nombre. Se le llamó patriotismo constitucional, lo que definía un espacio en el que las personas se agrupaban en torno a un conjunto de normas voluntariamente acordadas. Y, así, se consolidó el doble papel de la patria como espacio y mito del poder.

Y llegamos a España donde, una parte de los personados en el pacto constitucional, y no precisamente los más convencidos, abrieron un concurso de patriotismo en el que participaban izando banderas y repartiendo carnets de patriotas entre, precisamente, sus propias huestes. Y la cosa coló, al menos entre una parte de la población y durante un cierto tiempo, hasta que se les empezó a ver el plumero. Fue cuando empezaron a anteponer su incomodidad por el alejamiento del poder y las prisas por recuperarlo, al amor patrio. A partir de ese momento, nada que hiciera un gobierno de España distinto del suyo, era bueno para, precisamente, la patria, independientemente de que objetivamente, fuera bueno, o no, o beneficiara a una mayoría de la población. Si servía para diferenciarse, todo valía, ya se tratara de mejorar condiciones laborales de los trabajadores, pensiones para los jubilados, derechos de las mujeres, medidas sanitarias frente a una pandemia, o cualquier otra cosa.

Y se acabaron los pactos de estado, esos acuerdos que se establecían para blindar determinados aspectos de la vida en común. Por ejemplo, la seguridad del país, ya fuera contra enemigos, o adversarios, internos o externos. El primer síntoma fue contra el terrorismo. El considerar que la lucha contra ETA era algo que debía encararse de manera conjunta entre gobierno y oposición, saltó por los aires cuando Aznar avisó al, por entonces, ministro Corcuera que iba a hacer del terrorismo un motivo de oposición política como cualquier otro. En 2004, con las bombas en las estaciones, esto llegó a diferenciar dos Españas, la del terrorismo de ETA y la del terrorismo yihadista.

Empezaron a anteponer su incomodidad por el alejamiento del poder y las prisas por recuperarlo, al amor patrio

Y, luego, como si se tratara de fichas de dominó, fueron cayendo otros acuerdos establecidos en beneficio del común, la patria, de esos que se llamaban pactos de estado. Si la diferencia política era más útil que el consenso, la oposición a todo trance sustituía el bien común.

Y, a ello, se sumaba la utilización partidista de los recursos del estado. Privatizar la policía para cocinar, en la Kitchen, un plato pro domo sua parece un paso inicial para acabar teniendo, en el mismo país, a Hamás y Hezbolá. Claro, que siempre habrá un Tito Berni que permitirá entonar el "y tu más" de rigor. Porque, se mire como se mire, la corrupción, como forma de romper las normas establecidas para el reparto de la renta, tampoco queda muy patriótico que digamos. Ni el fraude fiscal, ni sus hermanos pequeños, el exilio fiscal, la deslocalización industrial o la ingeniería financiera. Yo estoy seguro de que la evasión, legal o ilegal, de impuestos, la practican los que pueden, sean de izquierdas o de derechas, pero tengo, obviamente, la misma seguridad de que lo hacen en mayor medida los que más tienen que evadir. Y, sospecho, no sé por qué, que entre ellos predominan los patriotas a la antigua usanza.

Sea cual sea la relación internacional de España, establecida, obviamente, a través de su gobierno, el PP se sitúa en el lado contrario

Lo último, en esta materia, es la posición del Partido Popular, y de Núñez Feijóo en concreto, respecto de la política exterior española. Sea cual sea la relación internacional de España, establecida, obviamente, a través de su gobierno, el PP se sitúa en el lado contrario. Ya sea en el caso de Marruecos, de Europa o de América Latina, Núñez Feijóo encuentra siempre la forma de posicionarse contra el gobierno, lo que significa hacerlo frente a la posición oficial española. Lo podrá justificar como quiera, pero está haciendo algo que, si se prolongara la acción política por otros medios, como diría Von Clausewitz, sería castigado de manera muy rigurosa.

Así, pues, se nota un descenso del valor del concepto patria entre, sobre todo, sus principales valedores: los patriotas. Ya no hay patriotas como los de antes, esos que invocaban que, con la patria, como con la madre, con razón o sin ella y decían dar todo por la patria

La raison d'etat parece haberse sustituido por ma raison, que, en una traducción libre, sería algo así como ande yo caliente y jódase la gente. Aunque Góngora lo escribiera de manera más poética.

El ocaso del patriotismo