sábado 29/1/22

Cuesta creer que miles de ciudadanos de países desarrollados se declaren hoy terraplanistas. Sin embargo, no nos escandaliza demasiado el razaplanismo, que asume la natural hegemonía de la raza blanca. Según esta visión, las demás razas quedarían distribuidas geográfica y culturalmente en un desigual pantone de calidad antropológica, pero siempre a la sombra de la suprema representación de Homo sapiens.

Quizá el relativo éxito de esta creencia radique en sus tentadores argumentos para justificar al privilegiado y culpabilizar al necesitado. Lo que queda claro es que muchos seres humanos siguen siendo víctimas de esta ideología que cuestiona sus derechos y capacidades solo en base a su origen o su aspecto.

A lo mejor, hemos cantado victoria antes de tiempo con el reciente logro de la igualdad racial. Pero no voy a abordar aquí el problema social del racismo. Me limitaré a reflexionar sobre la responsabilidad de numerosos científicos obstinados en demostrar que determinadas poblaciones, razas y clases sociales desfavorecidas son congénitamente menos competentes y que esta es la principal causa de su infortunio.

Asumamos con normalidad la inmensa gama de rasgos y comportamientos que Homo sapiens despliega en cada entorno

Desde el siglo XVIII, destacados hombres de ciencia estudiaron los orígenes de nuestra especie, se arrogaron para los occidentales el puesto de supremos representantes y justificaron los privilegios de su civilización. Para ello, degradaron con descabelladas teorías a los pueblos no blancos, incluyendo propuestas eugenésicas o abiertamente genocidas. Falta de rigor metodológico, cantidades industriales de prejuicios y hasta burdas falsificaciones fueron ingredientes básicos en las cocinas de la ciencia racista.

El sesgo ideológico era tan acusado que en el XIX el bueno de Darwin tildó de infrahumanos a los indios fueguinos y comparó la autoconciencia de una mujer aborigen con la de un perro. Un exabrupto inexplicable para alguien que acabaría escribiendo "Si la miseria de nuestros pobres no es causada por las leyes de la naturaleza sino por nuestras instituciones, cuán grande es nuestro pecado".

En plena modernidad, los principios morales, las convicciones religiosas y hasta el más elemental sentido común no impidieron la conquista, la esclavitud y la discriminación, y las teorías científicas que señalaban a los desfavorecidos como seres sin cualidades propiamente humanas fueron de capital importancia. Normalizar el abuso y el desprecio bajo la coartada de la selección natural o la piadosa tutela resultó un lamentable éxito. 

Para colmo, toda esa tanta sinrazón científica continuaba muy activa a comienzos del siglo XX, cuando destacados estudiosos encontraron en el cociente intelectual el parámetro perfecto para establecer categorías humanas. Aunque fue tanto su entusiasmo y tan infundado su método, que acabaron calificando de débiles mentales al 87% de los rusos o al 79% de los italianos emigrantes que intentaban entrar en EEUU.

Seguramente, muchos razaplanistas esperan conocer el código de la superior partitura del hombre blanco

Hoy, bajo el reinado de la genética, esa vocación sigue viva. Algunos expertos sueñan con que un afortunado chispazo genético en nuestro proceso evolutivo podría haber dotado de una mente 2.0 precisamente a la variedad de Homo sapiens que merodeaba por los aledaños de Europa. No me digan que no es puntería. De momento, solo nos consta que la mayor parte de la historia del ser humano se fraguó en África, donde surgió en su versión moderna, sociable y creativa, para luego esparcirse en varios impulsos y mezclarse intensamente por todo el mundo. Es decir, ni rastro del presunto salto evolutivo que marcó la diferencia entre la prosperidad occidental y la inferioridad tecnológica y cultural de los pueblos menos afortunados.

Nadie discute la legitimidad de investigar la inteligencia o las diferencias poblacionales, pero la obligación de la ciencia es neutralizar hipótesis que incurran en tendencias sesgadas y deterministas. Esas que hoy esperan como agua de mayo los ideólogos neoliberales con el fin de asentar la meritocracia, la acumulación y los privilegios, así como de evitar las políticas inclusivas o la ampliación de derechos civiles.

No duden de que mala ciencia les regalará nuevos artefactos teóricos. Por ejemplo, mediante las actuales técnicas GWAS (Estudio de Asociación de Genoma Completo) buscan desesperadamente correlaciones entre rasgos complejos y miles de genes a granel. Tratan de obtener puntuaciones poligénicas sobre una ínfima variedad de esos rasgos para discriminar las capacidades de razas, clases o individuos, pero lo hacen ignorando los factores ambientales, sin identificar genes concretos y sin explicar ningún mecanismo biológico. Por ahora no han obtenido correspondencias significativas para la inteligencia, el éxito académico o los ingresos, pero los intereses de ciertos grupos de influencia y un latente racismo social ávido de munición seguirán alentando sus trabajos.

Para evitar una sociedad vulnerable a esos mensajes debemos insistir en que, biológicamente, las razas humanas no existen. Aclarar que, salvo ciertas adaptaciones superficiales genéticamente irrelevantes, como el color de la piel, la estatura o el tipo de cabello, no hay diferencias más remarcables entre un khoisan africano y un profesor sueco que las que pueden darse entre ese profesor sueco y otro ciudadano de su mismo país.

La unidad mental y moral de los pueblos es un hecho, y quien quiera certificar una inteligencia superior deberá buscarla esparcida en miles de genes y analizar cómo reaccionan a los inciertos factores ambientales; y, también, si estos efectos influyen en el propio entorno realimentando una ulterior expresión génica. En suma, una tarea más propia de quiromantes que de científicos.

Asumamos con normalidad la inmensa gama de rasgos y comportamientos que Homo sapiens despliega en cada entorno. Y ya que desconocemos cómo se toca ese gran número de teclas genéticas, propongamos que se escuchen sin prejuicios las melodías compartidas que cualquier persona en cualquier parte del mundo puede expresar con plenitud en forma de risas, danzas, fábulas, miedo, imaginación o ira.

Seguramente, muchos razaplanistas esperan conocer el código de la superior partitura del hombre blanco. Pierden el tiempo. Los mejores cerebros lo han intentado infructuosamente durante siglos y lo único que han logrado es contaminar con su ruido la sinfonía única de nuestra especie.

Razaplanismo