martes. 18.06.2024
Fragmento ‘El grito’, Edvard Munch
Fragmento ‘El grito’, Edvard Munch

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Que la entropía solo puede variar aumentando es la forma científico-poética de decir que todo acaba por deteriorarse, descomponerse y fenecer. He aquí en una extensión mínima una de las verdades más irrebatibles que puedan ser enunciadas. No hacen falta largas disquisiciones ni profusión de letras y números para exponerla. 

Muchas evidencias son sencillas de expresar. Pero los vigilantes del Sistema prefieren oscurecerlo todo. Ni siquiera son los intelectuales orgánicos de Gramsci, sino simples lacayos. Hablan y escriben al dictado de sus dueños –que son los nuestros y los de todos y todo– para hacer más poderosos a los poderosos y más miserables a los miserables. Y no les importa, porque viven de ello. No deberíamos reírles las gracias, por ridículos o grotescos que parezcan. 

Una de las técnicas más usadas por estos personajes es embarrar el terreno. Buscan confundir al público, que ya no sea capaz de diferenciar entre lo bueno y lo malo, lo legal y lo ilegal, lo moral y lo inmoral, lo justo y lo injusto, o incluso entre lo bello y lo feo. Para ocultar las fechorías se equiparan todas las conductas, para salvaguardar el reinado de la incuria se insulta a la inteligencia, para difuminar la corrupción se priorizan los sucesos o las futbolerías. 

Una de las técnicas más usadas por estos personajes es embarrar el terreno. Buscan confundir al público, que ya no sea capaz de diferenciar entre lo bueno y lo malo

Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor, / ignorante, sabio, chorro, generoso, estafador. / Todo es igual, nada es mejor, / lo mismo un burro que un gran profesor / […] ¡Pero qué falta de respeto, qué atropello a la razón! / […] Siglo XX cambalache, problemático y febril, / el que no llora no mama, y el que no afana es un gil. / […] Es lo mismo el que labura / noche y día como un buey / que el que vive de los otros, / que el que mata, que el que cura / o está fuera de la ley (Santos Discépolo: Cambalache).

Aunque el tango hace referencia al siglo pasado, se ha mostrado profético para el siguiente.

La leyenda dorada propagada por las élites cuenta que los privilegios están en consonancia con los méritos. Sus beneficios, emolumentos y sinecuras serían proporcionales a su esfuerzo, sus estudios, su trabajo, sus sacrificios. La falsedad de estas aseveraciones es palmaria. En una sociedad anquilosada, dividida cada vez más en compartimentos estancos, las clases superiores se reproducen por escisiparidad. Esto no es nuevo; no se trata de una de las muchas secuelas achacables a la última crisis. En 1996, cuando todo el mundo se las prometía tan felices, el sociólogo Michael Hartmann documentaba en Topmanager cómo la crème alemana de la época era heredera directa de la nata del pasado. 

A esta tendencia al establecimiento de dinastías, las capas dominantes añaden un desprecio mayúsculo al común de los mortales. Su autismo social ha alcanzado un grado tal que entre ellos y el resto se abre un abismo. Viven desconectados en el interior de burbujas autárquicas y calentitas, aislados del frío mundo exterior. La fractura es de tal calibre que ni comprenden ni imaginan los problemas que afectan a la gente de la calle. 

Las capas dominantes añaden un desprecio mayúsculo al común de los mortales. Su autismo social ha alcanzado un grado tal que entre ellos y el resto se abre un abismo

Ejemplo elocuente de las técnicas de posverdad dirigidas a la manipulación es el uso y abuso de las encuestas. Si ya en origen era discutible el carácter científico de la estadística descriptiva, y más aún de la inferencial, se ha convertido en risible en lo que atañe a los análisis demoscópicos. No basta con criticar la lógica de la mensurabilidad del sentir de la población y su realización práctica en los sondeos. Es necesario incidir en los efectos, en el campo político, de la confianza popular en su eficacia. De nada sirve que se cuestione cómo se lleva a cabo el muestreo, hasta qué punto es significativo el tamaño de la muestra, cómo se cocinan los resultados o los cimientos científicos en que basan su validez. La mayoría cree en su fiabilidad a la hora de evaluar el estado de la calle, al menos en un instante concreto, y esta fe es indisociable de la importancia que adquieren los especialistas en comunicación en el juego electoral. Existe la convicción de que hacer política es situarse lo más arriba posible en las cotas de popularidad. 

Un exponente del maquiavélico uso de los sondeos para influir en la opinión pública lo ofrecen las presidenciales francesas de 2017. Se construyó una imagen de ganador a base de vertiginosas subidas en las intenciones de voto, de suerte que un candidato creado de la nada se alzó en unos meses a la cabeza de un país con una tradición democrática e intelectual como Francia. La complicidad de las encuestas en ello está lejos de ser menor. En fin, aborrece la estadística y compadece a los estadísticos. 

Este conjunto de estrategias es parte integrante de eso que Byung-Chul Han llama psicopolítica. Es decir, el uso de un poder sutilmente inteligente, capaz de operar silenciosamente, de seducir las mentes de manera que el ciudadano se sienta muy ufano de su libertad de elección, cuando en realidad todas las opciones que escoge le son dictadas. La psicopolítica consigue que los individuos se sometan por sí solos al entramado de la dominación. 

Un poder sutilmente inteligente, capaz de operar silenciosamente, de seducir las mentes de manera que el ciudadano se sienta muy ufano de su libertad de elección

La forma más elemental, el grado cero de la posverdad, es la elaboración de etiquetas que se rellenan al gusto de los manipuladores de guardia. Palabras como circo o postureo son significantes neutros o vacíos en los que los turiferarios del establishment inyectan el sentido que en cada momento les interesa, al objeto de anular cualquier intento de discutir lo existente. En nuestros tiempos, el más obvio es populismo, ante cuyo embrujo millones de sujetos que no tienen ni idea de lo que puede designar, o ni siquiera de si vehicula significado alguno –que es lo que ocurre al ser así usado– estallan en irrefrenables accesos de cólera.

Hay expresiones que contienen una trampa mortal para la comprensión del concepto. Decir países subdesarrollados o en vías de desarrollo parece indicar que su economía está en una fase de evolución menos avanzada que los países ricos, y que bastará con el paso del tiempo para que lleguen, por arte de magia, a ser prósperos. Se sugiere que al igual que un niño crece, se hace joven y luego adulto, ellos alcanzarán la madurez y todos serán muy, muy felices. Eso, además, pone la carga de la responsabilidad exclusivamente en dichos países, ignorando que el desarrollo de unas cuantas naciones tiene algo que ver con el atraso de otras. Y no va a arreglar la cuestión calificar como emergente a cualquier Estado, incluso hundido en la miseria. Se trata de supercherías semánticas, porque en vez de subdesarrollados, sería más sincero hablar de países explotados y deformados. Pero quienes deciden qué palabras debemos usar y qué sentido hay que darles son los dueños de ellas y de casi todo. 

Cuando digo una palabra –dijo Humpty Dumpty– esta quiere decir lo que yo quiero que diga, ni más ni menos. –La pregunta es –insistió Alicia– si se puede hacer que las palabras puedan decir tantas cosas diferentes. –La pregunta –dijo Humpty Dumpty– es saber quién es el que manda, eso es todo (Carroll: Alicia en el País de las Maravillas).

Psicopolítica