sábado. 22.06.2024
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'La Gran Ciudad', de Otto Dix.

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La sala está que arde. El combo de jazz marca el ritmo. En el centro de la pista, una pareja se desmelena en un shimmy o un charlestón frenético. Una mujer con el pelo cortado à la garçonne luce un elegante a la par que atrevido vestido y un abanico de plumas. Su aspecto muestra una curiosa hibridación de vampiresa y vedette de revista. Una pareja madura está sentada muy cerca. La señora, lujosamente vestida y enjoyada, y el hombre, de pelo engominado e impecable terno, contemplan las evoluciones de los danzantes. Sus cuerpos revelan que no padecen carencia alimenticia alguna. Más lejos, unas cuantas personas conversan en pie. Una mujer desbordante de sortijas, pulseras y cuentas de collar, como todas las que vemos aquí, mira al frente con aire de águila, imbuida de su alcurnia. Los rostros transmiten seguridad y dominio. Al fondo de la sala se adivinan otros parroquianos de similar jaez. La clientela rebosa distinción, este local no es para cualquiera. Se reserva el derecho de admisión.

¿Qué hacemos unos chicos como nosotros en un sitio como este? Estamos en el panel principal del tríptico de Otto Dix La Gran Ciudad, llamado a veces Metrópolis por asimilación con la película de Fritz Lang. La escena condensa el swinging Berlin de los locos años 20. El cuadro data del final de la década. Las clases pudientes se divierten mientras en lo profundo del pantano, un monstruo terrible se prepara para salir a la superficie. Pero ninguno de esos personajes triunfadores y satisfechos de sí mismos ríe. Su júbilo es helado, su jolgorio suena triste.

El formato de esta pintura hace pensar en el Jardín de las delicias del Bosco. Aunque la parte central de la obra del holandés es pasto de las más variadas interpretaciones acerca de sus intenciones, lo que salta a la vista es una meditación sobre el deseo y sus múltiples caminos. En La Gran Ciudad la reflexión se aplica a su sucedáneo capitalista, el despilfarro, y se representan las figuras y maneras de la clase ociosa con su compulsiva propensión a la ostentación. Los postigos del Jardín de las delicias se dedican uno al paraíso y otro al Infierno; en la obra moderna se trata de dos círculos del averno no tan diferentes entre sí.

A la derecha se alza una abigarrada arquitectura barroca e ilusionista, una muestra de ese ampuloso pero vacío modo que en Centroeuropa se denomina estilo Biedermeier, apariencia de opulencia y banalidad real. Por lo que debe de ser una escalera desciende un desfile de emperifolladas damas bajo una luz teatral. Rápidamente nos percatamos de que son Venus venales, prostitutas de lujo. La que encabeza el cortejo está ataviada con un abrigo de pieles, pintado de suerte que su estola enmarca la tela roja en una sibilina alusión sexual. Lo interior ha pasado a ser exterior; lo que era obsceno, fuera de la escena, a ponerse en primer plano. Se vende o alquila como un artículo de consumo más. La siguiente enseña generosamente su pecho en tanto que reserva para sus muñecas unos aparatosos volantes. Las vestimentas y complementos de las participantes son testimonio de una voluntad, quizás de una necesidad comercial de copiar los gustos de los burgueses acomodados que son su clientela. No hay erotismo en las parejas que abarrotan el local. La algarabía y el ambiente lujoso no parecen despertar los sentidos. El placer se ha tornado clandestino y vergonzoso.

Sentado en el suelo, un mutilado de guerra saluda militarmente a las cortesanas. El sombrero vuelto hacia arriba entre sus muñones lo identifica como mendigo. Dos explotaciones se cruzan. Las demimondaines que, para sobrevivir, se han visto obligadas a servir de objeto de diversión a ricachones rijosos, mientras sus santas esposas toman el té. Y los pobres infelices enviados al frente a defender los intereses de los que nunca van, y perecen o regresan transformados en guiñapos.

Como todo artista auténtico, Dix no busca salvar los fenómenos ni fabricar artificialmente belleza, sino proclamar en voz alta lo que ha de ser dicho

En el panel de la izquierda encontramos un escenario suburbial. Una calle de irregular pavimento desemboca en una especie de fuego rojizo que no es sino el resplandor de las lámparas rojas del barrio de los burdeles. Bajo un puente, meretrices demacradas se afanan en mostrar sus encantos a la espera inútil de público. Sus atavíos son una imitación barata de los que portan sus colegas del otro panel, y a su vez de los atuendos de las empingorotadas señoras del central. Un perro ladra al lado del veterano inválido que observa la irrisoria sucesión de beldades destrozadas por la vida. A duras penas se mantiene sobre las primitivas prótesis que sustituyen sus piernas, ayudándose de una muleta de madera. Otro desgraciado tirado en la calzada parece reunir fuerzas para intentar mirar bajo las faldas de una de las chicas. Como todo artista auténtico, Dix no busca salvar los fenómenos ni fabricar artificialmente belleza, sino proclamar en voz alta lo que ha de ser dicho.

Si de un escenario a otro asistimos a una degradación de las condiciones materiales, una misma indigencia moral impregna el conjunto. Una sociedad donde tanto tienes, tanto vales, en la que reinan la apariencia, el fraude y la hipocresía, donde la alegría y el deleite son condenados al ostracismo, es inaceptable y nociva. Esplendores y miserias no son compartimentos cerrados; se retroalimentan. Las crisis, de las que las élites salen indemnes o incluso reforzadas a despecho de su responsabilidad, son letales para trabajadores, desempleados, mujeres, jubilados o jóvenes. En el bien caldeado centro del tríptico brillan el lujo y el boato en un perpetuo e impúdico sarao donde nunca se pone el sol. Danzad, danzad, malditos. Mientras tanto, proliferan los márgenes en los que se agolpan, incrédulos, los humillados y ofendidos.

La codicia y la soberbia son las grandes perversiones contemporáneas. Unos pocos, en la cumbre de la pirámide, disfrutan de los medios que les permiten ejercerlas con impunidad. Una legión de seguidores se afana en remedarlos, sin reparar en que tales pecados capitales quedan muy por encima de sus posibilidades. Pero la ambición y la avaricia no se detienen ante minucias como la realidad. Dado su vínculo con el deseo de poder, cuando el prosélito ya no puede ocultar su impotencia vuelca su resentimiento en forma de odio, no hacia quienes lo embarcaron en su insensata aventura, sino contra los débiles o quienes se negaron a cerrar los ojos.  

Ahora bien, el salario del rencor es la amargura crónica. Hay quienes aplauden cual muñecos sociópatas frases como «¡Que se jodan!» dirigida a los parados, llaman mantenidos subvencionados a los usuarios de las colas del hambre, o comulgan con que «las mujeres cobran menos porque quieren». Su castigo es la tristeza permanente. Se trata de individuos incapaces de gozar los placeres de la vida, pues la ansiedad del resquemor les corroe las entrañas, los vuelve incompetentes para la alegría, no aptos para el entusiasmo.

En cuanto a quienes contemplan con fruición sus riquezas, sus botines de doblones, joyas y objetos de consumo, recordemos lo que aquel dijo del tesoro de Flint, el temible pirata: «¿Cuántas [vidas] habrá costado amasarlo? ¿Cuánta sangre y cuánto dolor, cuántas buenas naves hundidas en el fondo del mar, cuántos hombres valientes caminando por la tabla con los ojos vendados, cuántos cañonazos, cuánta vergüenza, y mentiras y crueldad?» (Stevenson: La isla del tesoro).

Esplendores y miserias