Las lágrimas de Odiseo
Necesitamos tu ayuda para seguir informando
Colabora con Nuevatribuna
En una de mis visitas a Nápoles quise visitar el Palacio di Capodimonte. La culpa era de Schopenhauer. Por aquel entonces andaba traduciendo ‘El mundo como voluntad y representación’. El caso es que me impresionó su reflexión sobre un cuadro del palacio napolitano. Allí se ve a Ulises en la corte de Alcínoo, rey de los feacios y padre de la princesa Nausícaa, quien había encontrado al naufrago en la playa. No estamos ante una obra maestra del arte pictórico, pero a Schopenhauer lo que le impresionan son las lágrimas de Odiseo.
El síndrome del ‘llanto de Ulises’ lo padecemos todos y se presenta inopinadamente, cuando menos lo esperamos
El héroe de la ‘Odisea’ ha vivido grandes experiencias, no solo durante la guerra de Troya, sino a lo largo del viaje de retorno hacia Ítaca. Su vida ha estado en peligro innumerable veces y ha visto morir a sus compañeros de periplo. Ha sorteado mil y una dificultades mostrándose impávido ante cualquier adversidad. Sin embargo, al oír narrar sus aventuras por un invidente aedo le invade la emoción y rompe a llorar cuando se cuenta el episodio del caballo que los troyanos deciden introducir en su ciudad infranqueablemente amurallada.
En realidad, si reparamos en ello, es un fenómeno que todos hemos experimentado en más de una ocasión. Tras mostrarnos fuertes e incluso impasibles en circunstancias muy complicadas, nuestras lágrimas pueden aflorar al oír el relato de nuestras desventuras y esto puede suceder, aunque seamos nuestros propios cronistas, al rememorar la pérdida de un ser querido, por ejemplo. El síndrome del ‘llanto de Ulises’ lo padecemos todos y se presenta inopinadamente, cuando menos lo esperamos, en medio de una felicidad que debería conjurar las desdichas pasadas.
El relato que nos hacemos de nuestras propias experiencias dichosas o traumáticas modulan el ánimo. Eso puede hacernos crecer ante problemas muy sustantivos de salud o de cualquier otra especie, pero también puede agigantar menudencias que no deberían poder atormentarnos lo más mínimo. Estamos ante lo que se conoce respectivamente como efectos placebo y nocebo en el ámbito de la medicina. Las expectativas positivas del paciente pueden repercutir en su curación y, bien al contrario, las negativas logran empeorar la salud, al margen de la eficacia del tratamiento.
A fin de cuentas, igual que podemos hacernos llorar, al contarnos un relato siniestro de cuanto nos ocurre, también somos capaces de hacernos reír, tomándonos las cosas con humor y un saludable distanciamiento irónico, algo de lo que por cierto, un buen amigo es un auténtico maestro. Esto puede hacernos tóxicos para los demás o nosotros mismos, al adoptar una óptica pesimista y catastrofista. Pero también puede resultar benéfico para nuestro entorno y uno mismo, si adoptamos un punto de vista que diluya lo negativo sin obviarlo. No deberíamos olvidar algo que depende absolutamente de nosotros y puede hacernos la vida mucho más amable, generando además una convivencia sin hostilidades totalmente gratuitas.