viernes. 23.02.2024
Albert Boadella, en una imagen de archivo
Albert Boadella, en una imagen de archivo

Albert Boadella afirmaba que en “Cataluña hay dos millones de personas que viven unidas en el odio a lo español” (El Pais, 22.2.2023). Esto significa que, según el padrón catalán, de los 7.710.136 habitantes que hay en Cataluña, el 25,93% está poseído por “un sentimiento profundo e intenso de repulsa hacia alguien que provoca el deseo de producirle un daño o de que le ocurra alguna desgracia”, que es la definición de odio que trae un diccionario. 

Si es así, se entiende mal que la justicia ordinaria no haya intervenido como acostumbra en estos casos. El Código Penal -artículo 510.1-, contempla el odio como delito y lo castiga con 1 a 4 años de cárcel. La indiferencia de los jueces hacia esta población que se activa por el odio es llamativa, porque se trata de dos millones de sujetos portadores de un virus capaces de propagar una epidemia de trágicas consecuencias, no solo para España, sino para Cataluña. Boadella dixit.

¿Y qué es lo español? Ni idea. Podría concitar un sinfín de detalles para definirlo, pero dudo mucho que agotaran el contenido de dicha expresión. Y, caso de hacerlo, dejarían insatisfecho a la mayoría.

¿Y qué es lo español? Ni idea. Podría concitar un sinfín de detalles para definirlo, pero dudo mucho que agotaran el contenido de dicha expresión

Ni siquiera sabe Boadella qué es “lo español” y tiene a la vista dos millones de personas que alardean de ello. Es verdad que a España se la puede querer de muchos modos y por diversos motivos. Pero, quizás, sea como amar la Humanidad, es decir, y según Flaubert, como amar al lucero del alba.

Quizás, el origen de este desbarajuste conceptual sea el de siempre, en aclarar si existe esa id-entidad o esencia de España y, por derivación, lo (id) español, como quintaesencia de esa identidad. Como decía Borges, hablar de lo que no existe produce más literatura que la realidad. Con las esencias pasa lo mismo que con Dios. Si de verdad existiera, la teología nunca habría existido.

Si el debate sobre hechos reales cercanos y objetivos nos lleva a las más agresivas situaciones dialécticas, ¿a dónde nos conducirá hacerlo sobre esencias e identidades que no hay por dónde cogerlas? 

Es verdad que, cuando Boadella afirma que dos millones de personas viven unidos gracias al odio que sienten por lo español, no es para tomárselo a risa, precisamente porque ese odio no existe. Lo que produce las más increíbles suposiciones y, por derivación, inculpaciones increíbles. Hasta la indiferencia hacia cualquier símbolo de lo español puede ser calificada por un juez quisquilloso como una muestra de odio y, por ello, ser juzgada como delito. No sería la primera vez.

Hasta la indiferencia hacia cualquier símbolo de lo español puede ser calificada por un juez quisquilloso como una de odio y, por ello, ser juzgada como delito

Concedamos que ese odio existe, que se puede tocar e, incluso, cuantificar. Y que es motivo de preocupación, como parece que le sucede a Boadella. La pregunta, entonces, tendría que hacerse viral: ¿cómo se ha podido llegar a esa situación? Porque el odio no surge por generación espontánea, ni es hereditario, a no ser que Boadella piense que el odio del catalán a “lo español” se debe a que dos millones de catalanes han nacido con un “gen antiespañol”, lo mismo que los comunistas transportaban en su ADN el gen rojo, como aseguraba el nazi Vallejo Nágera, y que los llevaba a odiar a España.

Es verdad que cualquier persona puede decirnos cómo tenemos que comportarnos en esta caliginosa materia. Pero, si fuera cauto y sobre todo, si no quiere hacer el ridículo, debería abstenerse dando lecciones sobre este particular. 

Sabe bien que no existe ningún modelo que represente en exclusiva y con carácter excluyente al buen catalán, ni al buen español, ni al buen navarro. Suelen creerlo quienes consideran que sus particulares opiniones deben tomarse como exigencias universales. Que es lo suelen pensar los fascistas y totalitarios.

Lo mismo que los comunistas transportaban en su ADN el gen rojo, como aseguraba el nazi Vallejo Nágera, y que los llevaba a odiar a España

Que haya gente que se sienta más navarro o más vasco disfrutando unas alcachofas o de un bacalao a la vizcaína, pues allá él y su circunferencia craneal demediada. Mientras no pretenda que los demás se conviertan en unos cenizos como tal espécimen, no pasa nada. Pasa cuando se quiere uniformar conductas y pensamientos mediante la negación de la libertad individual a la hora de autodeterminarse en cualquier ámbito de la vida: gastronomía, sexualidad, política, religión, literatura, música, lencería…

La cartografía de los afectos, incluidos los derivados del amor o del odio hacia el terruño familiar y sus símbolos, nunca está cerrada. De hecho, algunas personas, fervientes catalanistas en tiempos pasados, han terminado por echarse a los brazos maduros de lo español. El mismo fenómeno de sangrante darwinismo político se ha vivido en el País Vasco. 

¿Qué los llevó a convertirse en tránsfugas y cambiar radicalmente de registro político amatorio? ¿Fama, salud, dinero y amor? No hay modo de saberlo. Solo detectamos, al leer algunos de sus confesiones, que el amor que en el pasado sintieron por lo catalán y lo vasco lo han cambiado por una acritud que es lo más parecido al resentimiento de un converso. 

La cartografía de los afectos, incluidos los derivados del amor o del odio hacia el terruño familiar y sus símbolos, nunca está cerrada

¿Tiene sentido calificar una sociedad por la cantidad de odio o de amor hacia una identidad o esencia etéreas? Para quienes viven de esta mercancía patriotera, refugio de tanta falsedad y de cambalaches, por supuesto. Si no hubiera sido por ese conflicto, cantidad de estos intelectuales darwinistas no hubieran sobrevivido.

Pero, si hay que buscar y señalar a un responsable, ese es el Estado. Nadie como él ha sabido ordeñar dicha situación, exigiendo para sí en exclusiva la patente, no solo de la definición de qué sea lo español, sino, desgraciadamente, qué es y qué debe ser lo catalán, lo vasco, lo navarro, para obtener así el salvoconducto de su libre circulación. 

Termino con una prueba. Si se pidiera a dos españoles con pedigrí definir por separado qué es lo español, se sorprenderían al comprobar que sus definiciones no se parecen ni por equivocación. Lo mismo pasaría con dos catalanes y con dos vascos. Así que ya se dirá qué se quiere decir cuando dos millones de catalanes odian lo español: ¿lo español que entienden los españoles o lo español que entienden los catalanes? 

Habría que aclararlo antes de acusar a nadie de odio, máxime si se acusa a dos millones de dicho delito, ¿no?

Odio a lo español