sábado. 22.06.2024
santiago-abascal-congreso

"No me importa que un político no sepa hablar, lo que me preocupa es que no sepa de lo que habla" (Manuel Azaña)


Es un tópico lamentarse del clima de crispación en que anda sumida la clase política. Distintos analistas ven en ello un síntoma de descomposición, no solo moral, sino, también, de la buena educación y, en ocasiones, de la más elemental urbanidad. Ya se sabe: “Buenos días”, “Por favor”, “Usted, primero” y “Gracias”.

Lo curioso es que, quienes más insultan, se declaran amantes amantísimos de una España que no parece haber perdido las virtualidades de ser Una, Grande y Libre. Han convertido ese amor en un odio cainita, olvidando que hay muchas maneras de amar la patria o, como decía Joyce, “de devorarla como hace una cerda con sus crías”. Y, si la apreciación literaria es demasiado cruel y bárbara, digamos que se confunde el plano de las personas con el de las ideas. Pero las ideas no son siempre respetables, por lo que hay que combatirlas hasta la exasperación. Las personas no, que casi siempre lo son. Algunas más que otras. 

Es gracioso constatar que, con relación a los insultos, sucede que nadie soporta que lo llamen hijo de puta, pero aguantan la palabra corrupto con absoluta dignidadpues hasta pueden creerse que lo están llamando guapo, incluso, inteligente. 

Quienes más insultan, se declaran amantes amantísimos de una España que no parece haber perdido las virtualidades de ser Una, Grande y Libre

Pero, puestos a ser precisos, ser hijo de puta -es decir, hijo de iza, rabiza o colipoterra-, es una posibilidad que cabe en la estadística de lo posible y de lo probable, mientras que ser corrupto exige cierto esfuerzo y dedicación. Ser hijo de putaes un accidente que puede pasarle a cualquiera incluso a un obispo, pero lo de legal corrupto e hijoputa no, pues hay que trabajárselo. Y, si no, que se lo pregunten a Garamendi.

En cuanto al insulto entre políticos, digamos que los de la Restauración, es decir los de la época de Cánovas, Sagasta, Canalejas, Romanones y los de la II República, tampoco es que se hablasen con mucha delicadeza fonética y galantería. Y hubo, cómo no, quienes sustituyeron el lenguaje detrítico por algún contundente puñetazo en plena mandíbula y nariz.

Precisamente hablando sobre los políticos de la II República, Azaña que los conoció bien, no les echa ninguna flor cuando se refiere a ellos. La lista de adjetivos descalificativos son innumerables en sus Diarios sobre la Política en la República: “incompetentes, amigachos, llenos de codicia y de botín y sin ninguna idea alta". Todo ello le llevaría a hablar de “una política tabernaria, insufrible por su inepcia, injusticia, mezquindad o tontería". Un diagnóstico aplicable a todos los políticos sin distinción de siglas de aquella época y que muchos verán en dicho panorama una copia del Parlamento de hoy.

Es gracioso constatar que, con relación a los insultos, sucede que nadie soporta que lo llamen hijo de puta, pero aguantan la palabra corrupto con absoluta dignidad

La diferencia estaría en que el presidente de la II República se limitó a constatar estas calificaciones en sus Diarios. No creo que se habría llegado al Frente Popular si Azaña hubiera calificado públicamente en las Cortes a los políticos radicales de izquierda como “botarates”, “loquinarios”, “obtusos”, “gente impresionable, ligera, sentimental y de poca chaveta”, como así se refleja en sus Diarios.

En cuanto a los políticos de hoy cabe decir que son más desvergonzados, menos discretos y muy bravucones. No solo se insultan a la mínima, es que lo hacen muy mal y a destiempo. Podría decirse que en este ámbito los políticos actuales son una generación perdida que no ha aprendido nada de sus antepasados, y que, como decía Azaña, tenían su punto de chavetas.

Hoy los insultos son tan groseros que han dejado de serlo para convertirse en injuria.

Para colmo, se ha extendido un tipo de insulto que debería ser una vergüenza para quien lo utiliza. Me refiero a ese insulto que se regodea en utilizar los rasgos físicos de alguien para deducir de ellos su pésimo pensamiento político y, ya no digamos, su comportamiento erótico y sexual, además de otros alambiques íntimos. 

Cualquiera puede entender que descalificar a una persona siguiendo sus atributos físicos, es un acto de habla fascista. Quevedo, el de “érase un hombre a una nariz pegado”, fue un ejemplo en el uso de este tipo de maledicencias, pero cabría exonerarlo, porque al menos escribía sonetos con dichos desperdicios. Hacía literatura con el insulto.

Vallejo Nágera, el Mengele español, en su libro La locura y la guerra. Psicopatología de la guerra española, tuvo la maldita gracia de glorificar la bondad del franquismo como resultado de la comparación entre los rasgos físicos del Dictador con los del presidente Azaña. Llegó a la conclusión de que “la fealdad de Azaña atraía las fuerzas del mal, mientras que la sonrisa equilibrada del caudillo estimulaba a los defensores del bien”. 

Vallejo Nágera: “la fealdad de Azaña atraía las fuerzas del mal, mientras que la sonrisa equilibrada del caudillo estimulaba a los defensores del bien”

Luego añadía: “Llama la atención la circunstancia de que las masas identificadas con cada una de las citadas personalidades exhiben reacciones psíquicas que parecen fruto de los complejos latentes en la conciencia de ambos personajes. Las de ellos, reacciones movidas por los complejos de rencor y resentimiento; los nuestros reaccionan a los complejos de religiosidad, patriotismo y responsabilidad moral”. No sé, pero hoy día, Nágera lo tendría muy mal para hacer este tipo de ejercicios comparando la prosopografía de Sánchez con la de sus oponentes masculinos.

No solo el insulto es un pésimo recurso retórico, sobre todo si se usa sin gracia. Lo peor es que resulta ser más popular y más eficaz para mover en unas elecciones al respetable que la crítica razonada. 

Este sería uno de los pésimos efectos colaterales del insulto, que el esfuerzo de pensar se sustituya por la ocurrencia y la mediocridad lingüística, reflejo, no solo de una vaciedad mental, sino, de una falta de base ética a la hora de actuar, sustituyéndose muchas veces por una legalidad que hace peor el remedio que la enfermedad. Para decirlo con una cita de Manuel Azaña: "La posición de un hombre político se determina de esta manera: una tradición corregida por la razón" (Discurso en las Cortes el 27 de mayo de 1932)

Un programa de acción política que no ha estrenado aún la clase política de hoy. Solo un ejemplo. Discutiéndose en el Parlamento el asunto de la prostitución, Abascal Vox subió al estrado enarbolando las memorias de Largo Caballero y, en un momento determinado de su deslavazado discurso, asoció a Sánchez con los expresidentes republicanos durante la guerra civil, Largo y Negrín, los cuales, según su opinión, se gastaron en prostitutas el dinero del Banco de España entregado a Rusia. He aquí el ejemplo más granado de pensar la tradición, no con la razón, sino con el culo. De ahí el resultado: un insulto maloliente, peor dicho y horriblemente ejecutado. A este tipo de políticos es, probablemente, a los que Azaña hubiera llamado botarate y chaveta, ejemplo sobresaliente de “una política tabernaria”.

El pésimo arte de insultar mal y pronto