jueves. 04.06.2026
TRIBUNA FILOSÓFICA

Elogio del traidor en Tierra Santa: contra la pornografía de la indignación

Hasta que la indignación deje de ser un grito y se convierta en un expediente judicial, seguiremos escribiendo literatura para almas bellas mientras la vida frágil, desnuda y sin adjetivos sigue extinguiéndose en el polvo de Tierra Santa.
Benjamin Netanyahu en el tribunal durante su juicio por corrupción, antes de su tercer día de testimonios, parece estar hablando con su abogado, Amit Hadad, de espaldas a la cámara [1]
Benjamin Netanyahu en el tribunal durante su juicio por corrupción, antes de su tercer día de testimonios, parece estar hablando con su abogado, Amit Hadad, de espaldas a la cámara [1]

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Hay frases que funcionan en el debate público como martillos: golpean con una fuerza incontestable, suenan con la rotundidad de lo sagrado y despiertan el aplauso fácil de quienes ya están convencidos. Sentenciar que Israel es un Estado miserable o que Palestina es sinónimo de terrorismo posee una eficacia retórica innegable, pero su valor intelectual es nulo.

Vivimos en una era de post-democracia donde la voluntad de la calle parece irrelevante

Estas proclamas no iluminan la realidad, sino que la aplanan; no explican el conflicto, sino que lo clausuran bajo una losa de determinismo. En su estridencia, estas frases logran algo nefasto: transforman una nación compleja en una caricatura metafísica y, por un proceso de ósmosis inversa, absuelven a los verdaderos criminales al diluirlos en la masa. Como si el mal fuera una emanación espiritual del suelo y no una serie de decisiones tomadas por personas con nombres, apellidos y cargos públicos.

  1. La falacia del pueblo maldito
  2. La crueldad de la lucidez
  3. Terrorismo: la exigencia de una coherencia incómoda
  4. La ética de los números y los dos miedos
  5. Elogio del traidor

La falacia del pueblo maldito

Esta tendencia a la condena abstracta es lo que podríamos llamar la pornografía de la indignación. Es una fase terminal de la política en la era del espectáculo, donde la emoción sustituye al análisis y el narcisismo de la piedad nos permite sentirnos moralmente superiores, desatendiendo las desdichadas variables que hay en juego. Sin embargo, para entender la tragedia que desangra la orilla oriental del Mediterráneo -esa herida violada donde los cuerpos son penetrados tanto por el metal de las bombas como por la humillación sistemática [2]- es imperativo abandonar la comodidad de los adjetivos absolutos y descender al infierno de los detalles. Allí es donde el diablo y la burocracia se dan la mano.

Ortega y Gasset, siempre atento a las trampas del pensamiento simplificador, nos recordaba que las naciones no son sustancias inmóviles ni esencias biológicas, sino biografías en movimiento. Un país es un drama histórico tejido por decisiones humanas contingentes. Españano era Aznar durante la guerra de Irak, ni Estados Unidos puede reducirse a la figura de Nixon, por más que sus actos marcaran sus respectivas épocas. Negar esta distinción entre una comunidad plural y su élite gobernante es un ejercicio de pereza metafísica que solo sirve para alimentar el estigma. La biografía actual de Israel, ciertamente, está siendo escrita con una caligrafía monstruosa, pero sus autores no son los judíos en abstracto, sino unos muy concretos arquitectos del caos.

La crueldad de la lucidez

No hay salvación en la pureza moral, solo en la precisión política, en la crueldad de la lucidez.

Decir Israel es miserable es una huida hacia la teología. Es convertir un problema político (solucionable, aunque difícilmente) en un problema metafísico (insoluble). Es un regalo para los extremistas de ambos lados, que prosperan en la absolutización del conflicto.

Hoy, esa biografía orteguiana está en manos de figuras como Benjamín Netanyahu, quien parece dispuesto a incendiar el templo con tal de evitar su cita con los jueces por corrupción. Lo vemos en las crónicas judiciales: un hombre que susurra a su abogado, Amit Hadad, mientras el país que lidera se fractura. Junto a él, el fanatismo ha dejado de ser periférico para instalarse en el corazón del Estado. Bezalel Smotrich [3] ha ejecutado un golpe administrativo silencioso, transfiriendo competencias civiles de Cisjordania a una nueva Administración de Asentamientos, donde figuras como Hillel Roth [4] actúan como virreyes con poder de demolición, operando fuera del escrutinio militar. En este diseño, la crueldad no es un accidente, sino un expediente burocrático.

Esta distinción es crucial porque, como advirtió Hannah Arendt tras las cenizas de Europa, la culpa colectiva es la mejor coartada para el criminal individual [5]. Si todo un pueblo es culpable, nadie lo es realmente. Si todo Israel es genocida, entonces los planes específicos de limpieza demográfica, como el programa Los Carros de Gedeón ejecutado en mayo de 2025, se disuelven en una bruma de odio genérico en lugar de ser tratados como crímenes de guerra con responsables directos: desde Itamar Ben-Gvir [6] hasta Yoav Gallant [7] y el alto mando que permite que la dieta calórica de Gaza sea calculada por funcionarios en un despacho.

Terrorismo: la exigencia de una coherencia incómoda

Esta exigencia de lucidez y precisión, sin embargo, no puede ser unilateral ni complaciente con ninguna de las partes. Si hemos convenido que es intelectualmente perezoso demonizar a Israel como una totalidad metafísica, también lo es reducir el complejo drama palestino a la burda caricatura del terrorismo. Pero denunciar esa generalización no nos faculta, bajo ningún concepto, para cerrar los ojos ante la barbarie concreta. Al contrario: la honestidad intelectual nos obliga a nombrar los atentados por lo que son: terrorismo criminal.

Es aquí donde surge lo que podríamos llamar una coherencia incómoda, una ruptura necesaria con esa macabra ética de los números que pretende que quinientas muertes pesan más que una sola. La moral no es una hoja de cálculo ni una contabilidad de sangre. Una sola víctima -una sola- debe ser suficiente para activar la condena más absoluta. No hacen falta cien, ni mil, para que el horror sea indiscutible y la responsabilidad sea exigida.

Por ello, si reclamamos con justicia responsabilidades penales individualizadas para los halconesisraelíes que diseñan la ocupación desde sus despachos, la coherencia nos obliga a ser igualmente implacables con los halcones palestinos. Estos últimos, a menudo parapetados tras estructuras oligárquicas que instrumentalizan el sufrimiento de su propio pueblo, operan bajo esa ley de hierro de la oligarquía [8] que separa fatalmente a las élites militantes de las poblaciones civiles que dicen representar. Llamar terrorismo a sus actos no es, por tanto, un ataque contra un pueblo entero; es, de hecho, un acto de liberación hacia él. Es rescatar la legitimidad moral y política de una nación, impidiendo que su identidad sea secuestrada por quienes comprometen su futuro en nombre de una violencia ciega.

Imagen creada por Gemini, en base a un dialogo inventado del propio autor, 11/02/2026
Imagen creada por Gemini, en base a un dialogo inventado del propio autor

La ética de los números y los dos miedos

La ética exige, por tanto, una precisión forense. Exige mirar los números no como estadísticas, sino como biografías truncadas. La simetría del horror se revela en los nombres: Omer Siman-Tov, de cuatro años, asesinado en el kibutz Nir Oz; y Omar Bilal Al Banna, asesinado apenas unos días después en un ataque aéreo sobre Gaza [9]. Una sola vocal diferencia sus nombres, pero la hemiplejia moral de nuestro tiempo nos obliga a elegir un bando para nuestra empatía. El tribalismo con notas al pie en el que se ha convertido el debate internacional borra a uno para llorar al otro. Pero la justicia no puede ser selectiva: solo reconociendo que el miedo israelí a la aniquilación es un eco legítimo de la Shoah, y que el miedo palestino al despojo es la realidad diaria de la Nakba, podremos salir del bucle de la violencia.

Mientras tanto, vivimos en una era de post-democracia donde la voluntad de la calle parece irrelevante. En Israel, cientos de miles de ciudadanos han tomado la calle Kaplan, protestando contra la reforma judicial y exigiendo el regreso de los rehenes, pero la aritmética de una coalición de 64 escaños permite al ejecutivo ignorar el clamor popular. En el exterior, la diplomacia europea se refugia en una retórica vacía, ignorando propuestas de acción concreta como las de Michael D. Higgins. Y si bien interpelamos a Europa -y por extensión, a Occidente- por nuestra propia pertenencia geográfica, ello no exime de responsabilidad el cálculo cínico de las potencias regionales de Oriente Próximo, que recelan tanto del eco democrático de una futura Palestina como de la desestabilización que implicaría abrir sus fronteras a un conflicto que prefieren contener.

Ante este panorama, la única esperanza no reside en la victoria total -que no es sino el eufemismo del exterminio de cualquiera de las dos partes- sino en la figura del traidor.

Elogio del traidor

Necesitamos traidores a la tribu, hombres y mujeres que cometan la suprema felonía de reconocer el dolor del enemigo. Como ese dibujo donde un joven judío y uno palestino conversan mientras el bosque arde al fondo, preguntándose por qué pelean por el derecho a morir quemados en el mismo jardín. El ejemplo de Rami Elhanan y Bassam Aramin, dos padres que perdieron a sus hijas [10] y decidieron traicionar el mandato del odio para construir una paz de los traidores, es el único camino práctico. Su valor no es poético, es político: encarnan la posibilidad de reducir el daño futuro.

La historia no absuelve ni condena pueblos; la historia archiva biografías. La crítica verdaderamente exigente es la que distingue mejor, la que condena el crimen sin demonizar la totalidad, la que nombra responsables sin convertir la identidad en delito. Como recordaba la famosa tesis undécima sobre Feuerbach, no basta con interpretar el mundo, se trata de transformarlo. Pero nada puede transformar aquello que no haya sido nombrado antes con exactitud.

Pensar con precisión en tiempos de consignas no garantiza la paz, pero al menos evita que sigamos alimentando la guerra con nuestras propias palabras. 

Epílogo

¿Sabe qué? -De repente se siente harto de ganefs y de profetas, de pistolas y de sacrificios y del infinito peso gangsteril de Dios. Está cansado de oír hablar de la Tierra Prometida y del derramamiento inevitable de sangre que se necesita para su redención-. No me importa lo que está escrito. No me importa lo que supuestamente se le prometió a un idiota con sandalias cuya fama se basa en el hecho de que estaba dispuesto a degollar a su hijo por una idea descabellada. Me importan un pimiento las vaquillas rojas y los patriarcas y las plagas de langostas. Un puñado de huesos viejos en la arena. Mi patria la llevo en mi sombrero. Está en el bolso de mi ex mujer.Michael ChabonEl sindicato de policía yiddish.

Hasta que la indignación deje de ser un grito y se convierta en un expediente judicial, hasta que la patria nos quepa en un sombrero seguiremos escribiendo literatura para almas bellas mientras la vida frágil, desnuda y sin adjetivos sigue extinguiéndose en el polvo de Tierra Santa.


[1] Imagen disponible bajo la licencia Creative Commons Attribution-Share Alike 4.0 International. Autor: Oren PersicoThe Seventh Eye.
[2] Tomo prestado esta potente y trágica imagen de Ánima, de Wajdi Mouawad: “Hizo la cosa más atroz que he visto. En toda mi vida. La puso de pie, le abrió el vientre en canal con la cuchilla, sin matarla, metió el sexo y la perforó hasta lo más profundo del vientre, empezó a ir y venir, se la folló por la raja, la mató con su sexo.
[3] Bezalel Smotrich, actual ministro de Finanzas de Israel y figura clave del ala ultranacionalista, ha pasado de ser un actor polémico en la política interna a un paria diplomático para varios de los aliados históricos de Israel. El 10 de junio de 2025, se produjo una acción coordinada sin precedentes.
Los gobiernos de Reino UnidoCanadáAustraliaNueva Zelanda y Noruega anunciaron sanciones directas contra Smotrich (y también contra el ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben-Gvir). Poco después, países como España y los Países Bajos se sumaron o respaldaron activamente estas medidas dentro del marco europeo.
[4] Hillel Roth es un aliado cercano de Smotrich y un residente del asentamiento de Yitzhar, conocido por ser uno de los focos más radicales del movimiento colono. En mayo de 2024, fue nombrado para un cargo de nueva creación: Viceadministrador Civil de Cisjordania. El nombramiento de Roth no fue un cambio burocrático más, sino un movimiento estratégico de calado: trasladó el control de Cisjordania del mando militar al civil bajo Smotrich, otorgándole autoridad directa para legalizar asentamientos y gestionar los recursos de la tierra, facilitando las anexiones administrativas al integrar la gestión del territorio directamente en el aparato estatal israelí.
Aunque Smotrich y Ben-Gvir acaparan los titulares, Hillel Roth ha sido señalado por organizaciones de derechos humanos y gobiernos occidentales como el arquitecto de la anexión de facto de Cisjordania, por lo que su nombre aparece en los expedientes que justifican las sanciones internacionales (como las de Reino Unido, Canadá y la UE).
[5] «Arendt rechazaba la idea de que hay un Eichmann en cada uno de nosotros. Bernstein (2001) cuenta que cuando alguien quiso atribuírsela, Arendt respondió: Siempre he odiado esta idea de un Eichmann en cada uno de nosotros. Es simplemente falsa. Tan falsa como la afirmación contraria, que Eichmann no está en nadie» Sentido arendtiano de la banalidad del malSissi Cano Cabildo, Catedrática de tiempo completo en el Departamento de Filosofía en la Universidad Autónoma de Tlaxcala (UAT), México; Doctorado en Filosofía Práctica en la Universidad Complutense de Madrid (España, 2004)
[6] Itamar Ben-Gvir es un político israelí de extrema derecha, líder del partido Otzma Yehudit (Poder Judío) y actual Ministro de Seguridad Nacional. Al igual que Smotrich, en junio de 2025 fue sancionado por países como el Reino Unido, Canadá y España debido a su papel en la escalada de violencia en Cisjordania y sus políticas represivas. Se le describe como el responsable de incitación a la violencia, gestión de la seguridad y provocaciones en lugares sagrados.
Es considerado, junto a Smotrich, el principal impulsor de las políticas más radicales del actual gobierno israelí.
[7] A diferencia de Smotrich o Ben-Gvir, Gallant representa el ala más pragmática y ligada al establishment militar del Likud, lo que lo llevó a choques frontales con Netanyahu y los sectores ultranacionalistas. Fue cesado por Netanyahu a finales de 2024, tras meses de desacuerdos públicos sobre la gestión de la guerra en Gaza y su insistencia en un plan de postguerra que no incluyera una ocupación militar permanente, así como por su apoyo al reclutamiento de los judíos ultraortodoxos.
En mayo de 2024, el fiscal de la Corte Penal Internacional (CPI) solicitó una orden de detención contra él (junto a Netanyahu) por presuntos crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad en Gaza, específicamente por el uso del hambre como método de guerra.
[8] Según la teoría de Michels, impera dentro de las instituciones y organizaciones políticas la «ley de hierro de la oligarquía», la cual puede formularse de manera sucinta: en realidad, mandan siempre unos pocos. En este sentido, los sistemas democráticos no dejan de ser otro tipo de régimen en el que se perpetúan las inevitables estructuras de Estado que a lo largo de la historia han sido y serán: gobiernos en manos de un puñado de hombres. Aún más: la propia dinámica de los partidos requiere -si pretenden seguir existiendo y acaparando o cooptando poder- de un mecanismo ejecutivo que sea prerrogativa de una minoría.La ley de hierro de la oligarquíaDalmacio NegroEdiciones Encuentro S.A., Madrid, 2024, página 8.
[9] El horror, el horrorRGCNuevatribuna.es, 26/08/2024
[10] Dos HistoriasRGCNuevatribuna.es, 09/12/2023

Elogio del traidor en Tierra Santa: contra la pornografía de la indignación